Capítulo 32
Randalf disfrutaba de la atención que recibía por parte de las demás personas y más aún de Eugenia, que no apartaba la vista de él. Ella ya había descubierto que el asunto entre ellos no sería fácil y que su futuro pendía de un hilo al saber cómo era en realidad.
Cuando la atención mermó un poco más y las personas comenzaban a murmurar en las tertulias que armaban, Randalf decidió prestarle atención a Eugenia, ya que ella estaba en boca de todos porque era la prometida de quien había estado en su lugar por un tiempo.
Querían saber, al igual que él, qué pasaría con ella.
Era la oportunidad perfecta para torturarla o quizá, morir torturado por ella.
—Iré a conversar con Eugenia, madre. Es tiempo de bailar —dijo Randalf.
La marquesa estaba preocupada por su hijo.
Su ímpetu de venganza se encontraba presente en todo lo que hacía.
Ella lo soportaba por cariño, pero no porque lo apoyara.
De esa manera, al menos intentaba retrasar cualquier daño que pudiera hacerle a Henry, ya que suponía que Randalf no podría abandonar a la joven con la que estaba comprometido y no solo por compromiso, sino también porque se había dado cuenta de que dentro de su corazón no podría hacerle daño, por más que su boca dijera que lo haría.
Al menos era más entusiasta por ese matrimonio que el mismo Henry.
Al ver que Randalf se acercaba a ella, Eugenia decidió que buscaría el refugio más cercano: su hermano. No le tenía miedo, mas quería que él supiera que no estaba sola.
—Buenas noches, Eugenia. Creo que ahora sí te concederé lo que me has pedido —habló Randalf, ignorando que ella no se encontraba sola.
Spencer miró a su hermana y quería saber qué demonios le había pedido a él y por qué razón la llamaba por su nombre.
—Disculpe, marqués de Lorne, ella viene con nosotros —alegó Spencer.
La mirada de Randalf se dirigió al hombre alto y rubio que estaba al lado de ella. Era evidente que se trataba de su hermano por el terrible parecido que tenían.
—Perdón por mi desatención. Supongo que Eugenia sigue castigada —mencionó como si supiera lo que estaba diciendo.
—Es probable que sí. Si es posible, quisiera que mañana me visitara.
—Usted me visitará en casa. Son ustedes los interesados en que Eugenia no quede en mala posición, ya que tampoco me produce satisfacción tenerla como mi prometida.
Eugenia escuchó aquello con atención y comenzó a evaluar la situación. Randalf empezaba a poner en marcha su pequeña maldad y ella estaba en la posición de víctima total.
—¿Qué le has pedido al caballero? —cuestionó Spencer, molesto, por el trato grosero que recibía por parte del marqués.
—Un baile, es todo.
—Pues a quien no le complazca tu presencia, no tiene razones para desear conceder nada. Eso significa, su señoría, que no debe tomar en cuenta el pedido de Eugenia, que consideró que conversaba con otra persona.
—Su hermana carece de la bien llamada vergüenza, no le importa mucho eso cuando se trata de divertirse. Insisto, puedo hacer un sacrificio para hacerla feliz y saber si quiero conservarla —replicó burlón. Molestaría a todos ahí. Su objetivo en ese instante era incomodarlos.
—Su señoría quiere jugar, Spencer. Deja que juegue con él —pidió Eugenia, ofendida por la actitud que estaba tomando Randalf. Estaba siendo irrespetuoso con su hermano y eso era algo que ella no podía permitir.
Ella colocó su mano sobre el pecho de Spencer para convencerlo de que dejara ese momento en sus manos, del resto podría encargarse él.
El marqués extendió su mano para que Eugenia se dejara llevar por él ante la mirada de Spencer que, gracias a las malas formas de ese hombre, decidió que no quería que Eugenia se casara con él.
Con el otro caballero, sabía que Eugenia sería quien dominaría, pero por el bien de ambos, en cambio, con este nuevo, no alcanzaba a dimensionar el problema.
Su hermana tendría que ser sincera para poder protegerla.
—Ya no está tan feliz de verme, ¿no es así? Le dije que tuviera cuidado con su trato hacia mí. No la he vuelto a notar tan valiente como antes... —musitó burlándose de ella.
—Usted ha sido grosero con mi hermano y eso no es tolerable, Randalf. No crea que me tiene en sus manos porque le he dicho que me agradaba antes, cuando era un ladronzuelo que me contaba sus ideales.
—Nunca fueron ideales, Eugenia. Eran realidades.
Henry es el hijo de quien me arrojó al barco.
Lamento que se muriera tiempo atrás, ya que quería llegar aquí y echar todo su teatro en su cabeza y enviarlo a Newgate.
Sin embargo, la vida lo recompensó con la muerte, dejando a mi primo como su heredero, alguien que no hizo nada para salvarme por ambición.
—Su primo era tan joven como usted, ¿qué pensaba que haría? ¿Sabe los miedos que pudiera tener él?
—¿Por qué todos se preocupan por él? ¿Usted también lo defiende? ¿Está enamorada de él? Porque de ser así, puede ir a compartir su miseria a su lado.
—¿Y qué le importa a usted si estoy enamorada o no de él? Considero que merece mi corazón por ser tan amable conmigo y con mi familia y haber cedido ante mi pedido de comprometernos. Randalf, soy una persona que toma iniciativas, no espera.
—No quiero oír tanta palabrería, responda, ¿está enamorada de él?
Si su respuesta es sí, la liberaré de este compromiso y podrá ir corriendo a sus brazos...
¿Piensa que le diré eso? ¡Ja! No me haga reír, si él la ama, y usted también, la mejor venganza es que se case conmigo para que los dos sufran.
—¿Cuál es su empeño en querer que sufra? ¿Acaso todos tenemos que sufrir porque usted lo ha hecho? Supérelo y disfrute de su momento de gloria regresando a su casa y no se desperdicie en odios y celos innecesarios. Cuesta entender eso, pero una vez que lo logre, será feliz.
Una carcajada burlona se escapó de entre los labios de Randalf y miró a Eugenia.
—¿Odios y celos innecesarios? Usted no está en mis zapatos.
Nada es innecesario. Apenas estoy recuperando parte de lo que me pertenece, porque sepa que, al llegar aquí, tuve que enfrentar la cruda realidad de una madre que amaba más a un sobrino que a su propio hijo y saber que ese mismo ser despreciable estaba comprometido con la única mujer que me interesaba tampoco fue agradable. Él tenía todo lo que yo anhelaba.
—Pues ya tiene su título, su dinero, a su madre y a mí. ¿No basta con eso?
—No, Henry debe pasar hambre, miseria y torturas para que yo esté tranquilo.
—No le haga eso a él. Es una buena persona, lo sé. Me ha ofrecido su amistad, ha sido gracioso y muy condescendiente.
—¿Sabe la razón por la que dudo de usted y de sostener este compromiso? Porque no es de confianza. Engañó a Henry conmigo y puede ser capaz de engañarme con él. Eso habla mucho de su moral.
—Es mejor que conversemos en otro lugar sobre mi moral y la suya para definir cuál es más cuestionable.
Randalf prefería hablar con ella que bailar.
Discutir con Eugenia podría ser una forma de deshacerse de sus demonios para poder estar en paz.
Pensó que, llegando a Londres, recuperando todo y estar cerca de su madre sería feliz; sin embargo, lo último que lograba era eso.
No se sentía conforme por más que debiera estarlo.
La llevó hasta el jardín. Nadie diría demasiado de ellos, ya que estaban comprometidos y no sería un escándalo si los veían conversando.
—Si me aventuré con usted, Randalf, fue porque me agradó, sentí que era lo que esperaba, la persona desafiante con la que soñaba tener debates de cualquier tipo.
Lo último que deseo es la tranquilidad como si fuera una anciana esperando la muerte.
Eso era con exactitud lo que recibiría de su primo.
Yo lo escogí como mi futuro esposo y no fue por su carisma, sino por su título y lo que me ofrecería.
No hay amor de por medio, solo busqué a alguien que me diera notoriedad y dinero.
Mi contraprestación sería una gran dote, contactos y herederos para el título. Era un matrimonio conveniente.
—Eso no la perdona por traicionar a alguien. La lealtad es más importante que la conveniencia. No es de fiar siendo tan pícara y de falda ligera.
—¿Insinúa que soy una mujer de mala vida solo por besarlo?
—Sí, por dejarse besar por un delincuente.
Eugenia le dio una sonora bofetada.
—Supongo que con eso se le colocarán bien los dientes para que respete a las damas.
Si no le agrado en mi manera de ser picaresca, rompa el compromiso, pero no intente humillarme con su falta de educación.
Será el marqués de lo que se le venga en gana, pero no es más que un delincuente resentido con la vida.
Ante esas palabras, Randalf la cogió de sus antebrazos y los apretó con fuerza para acercarla a su cuerpo.
—Nunca lo comprenderá, criatura grosera y caprichosa. Usted es más resentida que yo, ya que es celosa, envidiosa y codiciosa con respeto a su hermano. Nunca la querrá como espera.
—No me importa, sé que me ama a su manera y no quería verlo, pero al fin lo hice.
Usted leyó mis anotaciones pasadas, no puede hacer nada con eso, mi pasado me afectará solo si yo le doy el poder de hacerlo.
En cambio, usted es pasible de ser juzgado por su presente y compadecido por su pasado.
¿Dónde está el niño que perdió todo y quería regresar con su madre?
No es más que un joven enfadado, vulgar, odioso y resentido.
—Nunca fui de otra manera, le he gustado así, Eugenia. ¿O acaso olvidó que rogó por mis besos?
—No sé en qué estaba pensando cuando se lo pedí.
—Creyó que era un atractivo y joven ladronzuelo que mentía, al que la gran hermana menor de lord Nottingham podría jugar y manipular a su antojo. Usa el nombre de toda su familia para obtener lo que quiere, pero conmigo no podrá. Y cabe destacar, que puedo hacerle recordar lo que le atrajo de mí.
Él se abalanzó sobre los labios de ella, luchando en contra de su rechazo hacia Eugenia y sus sentimientos. Estaba llevando la situación a un extremo en el que quizá no hubiera retorno.
Pese a que ella rechazaba aquel beso, al final cedió a lo que su cuerpo le pedía.
Lo había anhelado durante días, aunque saberlo su prometido no la consolaba ni le daba esperanzas de algo más.
Randalf estaba cambiado por el poder que tenía.
Poder y venganza no eran buenas para alguien que careció de eso.
Era como una navaja en las manos de un mono o un bebé en brazos de un niño, algo totalmente peligroso.
Bien decían que no había nada peor que un amo que fue esclavo.
Los dos se rendían ante el beso que era capaz de apaciguar sus caldeados ánimos. Se ofendían sin descanso, aunque lo que deseaban era deshacerse en los brazos del otro, puesto que los dos se habían enamorado sin darse cuenta y no lo admitían, preferían sacarse los ojos antes que hacerlo.
—Las cosas no mejorarán entre nosotros, Eugenia —declaró Randalf.
—No lo harán porque usted prefiere la guerra y no la paz que le ofrece el futuro. Si tiene todo lo que quiere, prefiere perder parte de eso.
—No la voy a perder, ya que me conviene casarme con usted para hacerle mal a Henry.
—¿Y dónde queda usted? Piensa que haciéndome infeliz, él será infeliz... ¿No entiende que era un matrimonio por conveniencia?
—Puede que usted no lo quiera, pero él sí. Preocúpese por su futuro y no por el mío. Estaremos juntos como yo deseaba cuando le pedí que huyéramos y se negó.
—No puede ser más resentido... —afirmó.
—Fue su error mentir.
—Usted también me mintió con su apellido. Creí que su familia era otra que estaba quebrada. Estuve indagando. Si me hubiera dado los datos correctos o al menos el título de su familia, nos hubiéramos evitado todos estos problemas.
—Menos mal que no se lo dije, porque hubiera sido la primera en traicionarme.
—¡Eugenia! —espetó Spencer que buscó a su hermana en el salón, pero no la encontró—. Un minuto de confianza y te encuentro en un jardín. ¡Qué hablamos del jardín!
—Es mi prometido, Spencer.
—Eso lo veremos. Vámonos de aquí. Y usted, señoría, me tendrá mañana en su puerta.