Familia Fane Capítulo 31
98%

Capítulo 31

La marquesa viuda escogió a la mujer más cotilla de Londres para que organizara el baile, dándole la primicia de todo lo que había ocurrido para que Randalf llegara hasta ella.

A lady Kirby le apenaba la situación en la que quedaría Henry una vez que la gente se diera cuenta de que no era el mismo marqués que vieron días atrás y que convivió con ellos un par de años. Toda la verdad se sabría esa noche.

—Estoy ansioso de que llegue la familia de Eugenia, quiero ver su cara. Imagino la palidez que la invadirá —comentó Randalf que estaba en la parte alta de la residencia de lady Kirby, observando a los asistentes en compañía de su madre.

—Trata de ser un caballero con ella y con todas las damas. Recuerda que cumplirás con la palabra que ha empeñado Henry por ti.

—No tengo razones para cumplir con lo que él dijera. Con Eugenia aún no sé qué haré, por ahora me conformo con ver su cara.

Los dos tenían la cabeza mirando hacia la planta baja de la mansión, esperando a que aparecieran.

—¡Lord Nottingham! —exclamó lady Kirby, sonriente, acercándose a ellos que entraban por la puerta.

—Lady Kirby... —musitó como saludo. Entre ella y Spencer existía un código de respeto mutuo, ya que ella había hecho mucho por su familia en el pasado. En ocasiones, no estaba de acuerdo con la mujer, pero guardaba su opinión por respeto a su servicio.

—Siempre acompañado por tan bellas damas, milord. Lo que más lamento es que su última hermana pronto se casará. No tendremos a ninguna otra Fane.

—Gracias a Dios —dijeron Victoria y Spencer al unísono.

—Pasen, por favor... —pidió lady Kirby, que de última cogió a Eugenia de una mano—. Su señoría está aquí y tiene una sorpresa para usted...

—¿En dónde está? —preguntó la joven.

—Siga a su hermano, en cualquier momento lo verá.

Ella siguió su camino y miró de un lado al otro.

No estaba muy entusiasmada con ver a su prometido, pero le aliviaría mucho que la invitara a bailar y la sacara de la presión de soledad en la que estaba sometida en su casa.

No era lo mismo ser la última hermana que ser la primera, ella ya no tenía a nadie que la hiciera reír, solo Helen la ayudaba a no morir.

Lo buscaba por cada rincón sin hallarlo. ¿Cómo podía ser posible que él estuviera ahí?

Randalf se alejó de su madre al distinguir a Eugenia buscando algo de un lugar al otro.

Esos días lejos no le hicieron olvidar lo hermosa que era.

Con aquel vestido y las joyas que llevaba, entendía las razones por las cuales pensaba que era un charlatán y no alguien de buen estatus.

Los pensamientos de Eugenia eran consecuencia de su entorno, uno que él no conocía, pero por el cual ella se movía con gran soltura.

Dentro de su mente pedía que lo viera. Quería ver su rostro cuando lo distinguiera bien vestido y entre los suyos.

Ella alzó la mirada hacia las escaleras y vio a Randalf.

Su corazón comenzó a latir desenfrenado y una enorme sonrisa cruzó su rostro.

No podía creer lo que veía, por eso intentó mirar a otro lugar para saber si no estaba enloqueciendo, mas sus ojos no se equivocaban, él estaba ahí y por ningún motivo lo perdería otra vez.

Se apresuró para subir las escaleras y poder hablar con él.

Al igual que ella, Randalf no la perdía de vista mientras se acercaba.

¿Cómo podía ser cruel con Eugenia si era tan encantadora y graciosa?

¿Cómo reprimir sus sentimientos hacia ella para poder tomar una pequeña venganza?

Esa joven hacía que él desviara todos sus pensamientos de sus objetivos para perderse en su efímera presencia.

—¿Todavía sigue enfadado conmigo? —preguntó Eugenia que acortó distancias con él.

—Sí, y con mucho ánimo de venganza, Eugenia. Logré llegar hasta aquí. ¿No preguntará cómo he llegado?

—No, lo que importa es que está aquí.

A él le sorprendía que ella no quisiera más información sobre su llegada.

Randalf solo notaba que a Eugenia se le iluminaba el rostro al verlo y cuando eso ocurría, se sentía desarmado por su encanto.

Tan insoportablemente encantadora que ni siquiera sus ánimos de maldad buscaban hacer de las suyas.

Se sentía tentado a besarla, pero ahí no podía, sería imposible por la multitud de gente.

—¿Y no preguntará cómo llamarme?

—Supongo que milord. Abundan muchos condes y no creo que usted sea la excepción.

—¿Y su prometido? —curioseó señalando el dedo de ella con el enorme anillo que perteneció a su madre.

—No lo sé. Lleva un par de días desaparecido y creo que es mejor así, aunque este baile es en su honor, supongo que pronto se presentará. ¿Usted no me invitará a bailar? Complete mi carnet.

—No me apetece hacerlo. Usted no confiaba en mí. Además, me ha mentido.

—No ha sido una mentira, solo oculté mi compromiso. Lo que ocurre es que cuando lo veo me arrepiento de haber tomado esa decisión, pero ya estaba comprometida antes de conocerlo, no me queda más que cumplir.

—Si yo le propusiera escapar ahora mismo, ¿se iría conmigo?

—No debería tentarme de esa manera. Desde ya, le digo que eso no es posible.

Si llegara a hacerlo, mataría a mi hermano y no tendría derecho ni siquiera a visitarlo en su tumba.

No me dejarían hacerlo. Ni por más tentada que esté no lo haría, preferiría que usted fuera a ponerse a disposición de Spencer para conversar sobre si le intereso.

Esa es la forma en la que actuaría un caballero.

No veo mal una sana competencia por mi mano.

—Usted es indecente, y todavía tiene el descaro de hablar de competencia.

—Y usted de huir, Randalf.

—No olvidaré que le hice una propuesta y me rechazó. Aquí me ve ahora y todavía no sabe todas las sorpresas que tengo para usted y que son parte de lo que hará que piense dos veces antes de volver a rechazarme.

—Sigue siendo tan vengativo, pese a conseguir su objetivo.

¿No se da cuenta de que es mejor disfrutar de lo bueno?

Se morirá tratando de hacerme daño o al final se dañará usted mismo.

Sabe que me agrada. Si le apetece, mi hermano está aquí y si conversa con él y demuestra su fortuna, tengo oportunidad de tenerlo y no de que usted me tenga.

Esa joven no terminaba de sorprender a Randalf. De cualquier manera, ella necesitaba tener el control de la situación, pero él no se dejaría utilizar de esa forma, ya que si caía en esa espiral de darle gustos a esa chiquilla, terminaría mal, sin carácter y arrollado como zorrillo en el camino.

—Veremos si me tiene, Eugenia. Regrese con su hermano, esperemos la sorpresa que tiene lady Kirby para todos.

—No hay sorpresa más grande que verlo aquí. Lo esperaré para bailar, y si no me busca, yo lo haré, no podrá librarse de mí.

—Rezará por librarse de mí muy pronto.

—He rezado por muchas cosas y nunca ha ocurrido ningún milagro. Le contaré a mi hermano que usted está aquí. Después de que mi cuñado me descubrió y casi me echa a sus perros encima, me trajo a Londres y le contó todo a Spencer. Ahora me tiene como una prisionera en jaula de oro.

—Ya era hora que alguien tomara cartas en el asunto de su libertinaje, Eugenia.

—No soy una libertina, solo que me sentí libre con usted. Sé que trata de ser duro, pero no podrá serlo por mucho tiempo.

—No crea que me conoce, puesto que estoy comenzando a conocer una parte de mí que desconocía. Si hay algo que no haré, es colocarla en mi lista de solteras deseables.

—No necesito estar en una lista, porque sé que quiere quedarse a mi lado, si no fuera así, no me hubiera pedido escapar con usted. Lo sabe...

—Váyase antes de que la abone aquí...

Eugenia sonrió y fue con prisa hacia su hermano. Aquel bebía una copa de brandi junto a Victoria, mientras parecía feliz y tranquilo.

—Spencer... —habló Eugenia.

—¿Qué ocurre? —preguntó su hermano.

—El ladrón está aquí —contó Eugenia presurosa—. El ladrón de mi corazón...

Spencer escupió su bebida al escuchar lo último que había dicho su hermana sin ningún reparo o un poco de dignidad.

—¡Por el amor de Dios, Eugenia! No digas tonterías.

—Está aquí y de nuevo me ha propuesto escapar. Sabía que me adoraba y que no quiere que me case con nadie más. Está bien vestido, lo que significa que es alguien como nosotros.

Lord Nottingham y su esposa miraron a su alrededor. Había muchas caras nuevas y no podían identificar a nadie si Eugenia no hablaba.

—¿En dónde se encuentra? Le dejaré claro que estás comprometida para que deje de hacer esas propuestas indecorosas a una mujer indecorosa.

—Lo que quiero es que averigües si posee fortuna, de esa manera le darás mi mano si quiero romper con el marqués.

—Victoria, abanico —mandó aflojando su pañuelo lazado. Sentía que se estaba asfixiando y no sabía si era por su indecorosa hermana o por la edad.

Victoria agitó su abanico para que él no se desmayara. Eugenia no pensaba las cosas antes de decirlas.

—Deja de decir cosas absurdas, Eugenia, matarás a mi esposo con tu atrevimiento —masculló Victoria en defensa de Spencer.

—Pero si es cierto. Como mi tutor deberías considerar mis deseos, Spencer.

—La mataré, sin dudas lo haré al llegar a casa. Tú quisiste este compromiso con el marqués y ahora lo soportas. Nos chantajeaste para que lo presionáramos. Intentamos persuadirte antes de cometer esa locura. No hay tiempo de arrepentimiento. En el futuro te enamorarás de tu marqués.

—Su atención, por favor, queridos míos —llamó lady Kirby para que todos le prestaran atención—.

Esta noche, tenemos una ocasión especial.

Mi querida amiga, la marquesa viuda de Lorne ha tenido una gran sorpresa.

Su hijo, al que creía sin vida, ha aparecido y está aquí junto a nosotros.

Con ustedes, Randalf Beaumont, marqués de Lorne.

Lady Kirby tuvo que aplaudir para que los demás también lo hicieran y de paso para poder ver a Randalf que descendía por las escaleras en compañía de su madre.

No solo los asistentes al evento estaban boquiabiertos, sino también Eugenia y su familia.

Ella no podía creer lo que veía o si tomarlo como buena suerte o mala fortuna que resultara ser él su prometido, o tal vez, la rechazara, ya que se había comprometido con otro hombre y no con ese que estaba ahí.

Quizá el título fuera igual, pero no el hombre.

¿Qué ocurriría con ella? ¿Se quedaría sin prometido y sin su más reciente vicio que era Randalf?

—Esto es una pesadilla —habló Spencer. Su hermana no estaba comprometida con ese señor que estaba ahí.

—¿Te puedo decir qué más es una pesadilla? —pronunció Eugenia que no despegaba sus ojos de Randalf.

—No quiero escucharlo, sé que no es tu prometido.

—Pero es el ladrón con el que tuve el desliz en Gloucestershire y no está feliz de verme porque piensa que le quise ver la cara al estar comprometida cuando él me dijo que huyéramos juntos. ¡Lo hubiera hecho!

—Aquí existe un compromiso y el marqués de turno debe responder. Si uno escogió y el otro se casará, mejor. Es el que te agrada. Pon empeño en que salgan bien las cosas.

—¿Qué parte de que no está feliz conmigo, no entiendes? Es como que lo engañara a él con él. ¿Por qué soy tan infortunada?

—Por coqueta e insensata. Nadie te enseñó a ser de esa manera, pero tú, y tus ánimos independentistas... Bazofias.

—Considero que no es momento para discutir entre nosotros, estamos del mismo lado. Deberías conversar con el nuevo marqués, Spencer, para saber cómo quedará la situación con Eugenia. Si este hombre la rechaza, las cosas se complicarán para ella y podría hasta quedarse soltera —intervino Victoria.

—¿Soltera y viviendo con nosotros? Primero me arrojaré al Támesis antes de que eso ocurra. Eugenia se casa porque se casa, todas sus hermanas lo hicieron, ella no será la excepción. Moveré cielo y tierra y haré valer la palabra del antiguo marqués.

La mente de Eugenia era un cúmulo de dudas.

Ya no sabía qué esperar. Randalf le había dado una sorpresa que no hubiera imaginado, ya que ella lo asociaba con la familia que había mencionado Albert cuando le preguntó tiempo atrás.

Ya no estaba tan segura de que Randalf quisiera algo de verdad.

Él sí podía llegar a ser vengativo, y sabiendo esto último, le preocupaba el destino que había tenido su verdadero prometido.