Familia Fane Capítulo 30
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Capítulo 30

A Henry no le sorprendió que le dijera tal cosa, ya que su rostro decía más que cualquier palabra.

—Era igual que tú, la misma edad. No podía contra mi padre.

—No éramos iguales, tú ya estabas podrido con él. La codicia lo cegó hasta el punto de llevar hasta el final la bajeza que me hizo...

—Y que me obligó a presenciar. Pedirte perdón no soluciona las cosas.

—No. Yo quiero hundirte en la miseria y que sufras un poco de lo que he tenido que sufrir por lo que me hizo tu padre. No puedo siquiera considerarlo un familiar, porque lo que ha hecho no es digno. Es mejor que te prepares para las desgracias que caerán sobre ti.

—Cuida a mi tía y sé un caballero con lady Eugenia Fane. Soy consciente de que ella no está conmigo por nada más que estatus. Ella quiere un marqués y ahora tú lo eres.

—Es probable que la destierre junto a ti si no se doblega ante mí.

—Entonces la esperaré, porque ella no se doblegará. Primero te doblegará antes que tú logres romperla.

—Una niña caprichosa no podrá conmigo.

—Ella y su extensa y poderosa familia. Puedes ser un marqués, pero ellos son un clan, no tienes tanto poder para desafiarlos.

—No los desafiaré, me haré respetar. Sé de buena fuente que esa joven te ha hecho sudar frío con su temperamento. Ella es una mujer para hombres fuertes, no para débiles como tú.

—Milady es una dama con carácter, pero una dama al fin, espero que aprendas a ser un caballero y no seas un salvaje por no haber escogido a tu prometida. Ella es mejor que cualquier otra que puedas conseguir por tu cuenta.

—Quizá ella sea lo único bueno que has hecho por cómo la describes.

—La acepté porque mi tía deseaba emparentar con ellos. Le vio potencial a la familia, pese a los escándalos hace dos temporadas.

—Aléjate de mi madre, no quiero que vuelvas a estar a su lado. Eres una lacra sinvergüenza, no sabes de qué puedes ser capaz si estás acorralado.

—A mi tía jamás le haría daño. Ella me ha cuidado y me ha querido mucho.

—Sin merecerlo, sin saber que acunaba al mismo demonio. Si viniste a hacerme perder más tiempo, puedes irte.

—Vine a comprobar que eras tú y que no estabas embaucando a mi tía.

—¿Un usurpador está hablando de embaucar?

—Randalf no pudo evitar que una carcajada sarcástica escapara de su boca—.

Suena tan grotesco que me asquea. De cualquier persona sería bien recibida tal aclaración, pero viene de ti, un ser al que no le podemos creer ni la entrada a la iglesia.

Vete antes de que me enfade y te marque la bota en la cara —advirtió molesto.

—Por última vez, cuida a mi tía y ten cuidado con tu venganza para que no se dé vuelta contra ti. Espero que algún día entiendas mi posición y llegues a perdonarme.

—Lo nuestro es irrecuperable. Ni siquiera te considero parte de mi familia. Ten cuidado de las calles por las que vas y los lugares que frecuentas, tal vez se me antoje enviarte un saludo en el futuro. Pronto todos sabrán quién eres y te excluirán de tu selecto grupo.

Henry salió con lentitud de la casa del señor Roosevelt. Para él, Randalf estaba completamente cerrado de mente. Su discurso era de odio puro y de malos deseos. Lo merecía en parte por ser un cobarde, ese era su mayor pecado.

Aquel día había recibido dos visitas y ninguna le había llenado de satisfacción.

Con el pasar de los días, el señor Roosevelt le comunicó que podía ocupar su residencia y que su madre lo esperaba para que tomara posesión.

Randalf y Thomas procedieron a mudarse a la lujosa mansión del marqués.

Asimismo, Randalf contrató un preceptor para él y su amigo, además, de pedirle al señor Jenkins que abriera una cuenta para Thomas, que le comprara una residencia y le diera una mensualidad.

Con eso él habría cumplido parte del pacto que hicieron en Australia para ayudarse.

Las cosas comenzaban a fluir para mejorar la vida de Randalf, solo le faltaba presentarse frente a Eugenia.

—¿Cómo sería la mejor manera de presentarme ante los demás, madre?

—Un baile, querido —respondió.

—Él no sabe bailar, su señoría —comentó Thomas.

—Y tú tampoco, Thomas. El señor Manfort les enseñará lo necesario para que aprendan lo más rápido posible, para eso tienen un preceptor.

—Yo no bailaré. Solo los miraré.

—Tom, es la mejor manera de presentarte ante ellos. Es una oportunidad. —Randalf intentó persuadirlo.

—Solo ahora me doy cuenta de que soy un ignorante. ¿Quién querría casarse conmigo en estas condiciones? Prefiero esperar un poco.

—Tal vez él tenga razón, Randalf. Déjalo que mire y aprenda. Tú recuerdas algunos pasos de baile, porque bailabas en Navidad.

—Quizá un par, pero debo practicar igualmente.

—Entonces es mejor que empecemos. Tengo una amiga que nos hará el favor de organizar un baile en su casa en tu honor.

—Me encanta la idea. Quiero ver la cara de todos cuando me vean. Sé que será una sorpresa inolvidable, en especial para Eugenia. Ella querrá que la tierra se abra bajo sus pies.

—¿Qué tienes contra ella? Es una dama preciosa y educada. Tal vez un tanto liberal en sus ideas, pero es adorable, con una familia entrañable. Te hará bien integrarte a ellos.

—Eugenia no me merece. Ha jugado conmigo estando comprometida.

Eso no habla bien de ella. Ha hecho una pésima elección.

La hermana de lord Nottingham tiene dos caminos: aceptarme y someterse o irse con Henry a nadar en la miseria.

Sé que a ella le gusta el dinero tanto como a mí, me escogerá de todas las maneras posibles y me respetará.

El que reparte el pastel se lleva la mejor parte, madre.

—Temo que pierdas a la mejor candidata de la temporada por ser un tonto —lo reprendió su madre.

—Hay muchas temporadas más para escoger a una digna sucesora para usted, mi querida madre.

—Cierto, hay muchas temporadas, al igual que mujeres, pero solo una temporada y una dama son suficientes para derrotarte, Randalf. Esa joven te quita el sueño. Primero querrás morir antes que perderla —reveló Thomas sonriente.

***

Eugenia no había recibido más noticias de su prometido.

No se habían puesto de acuerdo para asistir a los bailes.

Tampoco le entusiasmaba mucho verlo, pero representaba una distracción y una oportunidad para salir, ya que su hermano la tenía atrapada como una doncella en una torre y eso no le ayudaba a olvidar a su ladronzuelo.

Lo único que hacía era suspirar por los besos que él le había dado.

En sus momentos menos iluminados consideraba buscarlo; sin embargo, cualquier contacto de ella con el exterior era el jardín que a su vez era custodiado por el mismo Spencer ante la tontería que pudiera hacer en un momento de desesperación.

Su hermano sospechaba que en el instante menos pensado se daría a la fuga para hundir su buen nombre.

—Buen día —saludó Eugenia, aburrida—. ¿Y tus padres, Philip?

—Están abriendo invitaciones —respondió el niño.

—¿Y tu preceptor?

—Ese no es asunto suyo, tía.

—¿Quién te ha enseñado a responder así?

—Usted...

Ella suspiró y mejor se dirigió al despacho de su hermano antes de que sumara un problema más al gritarle a su sobrino. Ella era la única culpable de que fuera un deslenguado.

Entró al despacho sin tocar. Su hermano y su cuñada no estaban haciendo exactamente lo que había dicho Philip. Victoria estaba sentada en el regazo de Spencer con él metido en su escote y ella riendo como una tonta. Era la peor escena que había presenciado jamás, mas era envidiable.

—Ya sé cómo se hacen los hijos. Cuidado con alguna Fane —dijo sarcástica.

Victoria dio un salto del regazo de su esposo y se apresuró a arreglar sus prendas.

—¿Ya no golpeas las puertas? —espetó Spencer.

—Estaba aburrida. Philip me dijo que estaban aquí abriendo invitaciones, aunque en realidad engañaban al pobre niño.

—A ti también te engañamos cuando te decíamos que nos faltaba espacio en la cama... —contó Spencer en tono jocoso.

—¿No era cierto? —cuestionó decepcionada.

—Y también cuando te decíamos si querías jugar a las escondidas —siguió Victoria.

—He vivido engañada.

—Bienvenida a la adultez, Eugenia —musitó su hermano que cogió un abrecartas y le entregó otro a su esposa—. No tengo otro, si quieres puedes abrirlo con tus dientes.

—Qué caballeroso. Quiero cinco esposos como tú —masculló Eugenia que tomó asiento para romper los sobres como podía.

—Sé feliz, se te pasará el aburrimiento —alegó su cuñada.

Los tres abrían y leían las invitaciones, hasta que Spencer encontró una que le llamó la atención.

—¿Un baile en honor a tu prometido? —preguntó Spencer extrañado.

—Si ahí lo dice, debe ser. No he sabido nada de él en estos días. No es que me preocupe mucho, pero había quedado en escribirme para coincidir en los eventos.

—¿Por qué haces planes a mis espaldas?

—Porque con él sí puedo salir, ¿no es así? No dijiste nada cuando te conté que me besó.

—Es tu prometido, el único que debería besarte y no un ladrón, pero esto es extraño. ¿Por qué no nos ha avisado nadie?

—Supongo que la invitación es para eso —razonó Victoria.

—Quien invita es lady Kirby. Algo no está bien. Si no fuera por la buena fortuna del marqués, desconfiaría de lo que está haciendo.

—Me extraña que se comporte así, puesto que es muy condescendiente, todo lo que hace lo puede saber cualquiera.

—Iremos a ver. Sin duda este es nuestro lugar. Le diré a Helen que prepare unas prendas y joyas para ti —dijo Spencer.

—¿Puedo escogerlos yo?

—No, Eugenia. Estás castigada por malos hábitos.

—Pero si ya no beso ladrones, por favor, Spencer...

—¿Has olvidado al delincuente?

—No, pero tampoco puedo salir para ir a buscarlo y humillarme.

Él tapó sus ojos con las manos ante lo que decía su hermana. Le avergonzaba profundamente su comportamiento.

—No puedo creer que solo estas cuatro paredes te impidan arrojar por la borda tu futuro, Eugenia. De ser la que quería callarnos a todos, ahora no dejas de dar de qué hablar —gruñó el conde.

—Fue solo un desliz. Todo lo tomas muy a pecho. Agradezco no ser Rose en su época de soltera, porque de ser así, estarías muerto. Tu salud es tan débil como la confianza que tienes hacia mí.

—¿Cuál confianza? ¿Quién puede confiar en ti hoy en día?

—No le quito razón a tu hermano, Eugenia. No queremos que hagas tonterías y termines manteniendo a un delincuente que te hará muchos hijos y malgastará tu fortuna —aseguró Victoria preocupada.

—Si me hace muchos hijos, significa que será muy apasionado con los besos. Cómo dice la señorita Harting: tendrá desatados sus demonios.

—Vete, Eugenia, ante de que te saque de aquí. Ya te has divertido suficiente por hoy.

—Mereces una buena tortura por abandonar a mi gato. ¿Crees que lo olvidaré? Nunca lo haré. Te tengo entre mis cejas, Spencer...

Eugenia salió del despacho dejando a su hermano como una vela derretida en su asiento.

—No dejes que la rabia te consuma, Spencer. El médico dijo que debes evitar las situaciones en las que tus nervios se pongan a prueba.

—¡Vivo estando a prueba, Victoria! ¿Cuándo podré descansar tranquilo? Eugenia me ha sumido en la vergüenza. Si no hacemos algo, hundirá nuestro apellido y eso no le conviene a nadie.

—No pienses en eso. El marqués solucionará todo, déjalo en sus manos. Él debe estar ocupado después que le pidieras que adelantaran la boda.

—Me temo que ese hombre debió huir. No se notaba muy feliz por casarse con Eugenia. Debería estar más que contento, mi hermana es hermosa y rica.

—Tal vez está enamorado de otra dama, y ahora que se encuentra comprometido con Eugenia, debe resignarse. Nadie quiere casarse obligado, recuerda a Foster.

—Pero Foster ya está feliz con Meredith. Él no cuenta como ejemplo. Se han casado enamorados, quizá ambos un poco obligados, pero esos meses de compromiso sirvieron para conocerse.

—Tienes razón. Deberías insistirle al marqués para que visite con mayor frecuencia a Eugenia. Está ociosa y es capaz de pensar en las peores cosas imaginables. En ocasiones es mejor no darle rienda suelta a los pensamientos. Si ella está en compañía de su prometido, no tendrá tiempo para tonterías.