Capítulo 29
En casa del señor Roosevelt, él tomaba el té en compañía de Thomas. Su amigo era poco diestro para coger una taza sin agarrarla como si en lugar de manos tuviera garras.
—Después de que salieras, yo también lo hice —comentó Tom para que Randalf lo escuchara.
—¿Fuiste a la que fue tu casa?
—Sí.
—¿Y tus hermanos?
—Ya no viven ahí. Tal vez nunca los encuentre. No dijeron a dónde iban.
—Lo lamento, Tom. Sin embargo, todavía hay esperanzas de buscarlos, nunca es tarde cuando se trata de alcanzar algo. Lo mío parecía imposible y aquí estamos. Yo seré el marqués y tú mi respetable socio de negocios.
Tom sonrió por más que su tristeza era visible. Randalf tenía razón, lo importante era continuar adelante y no perder las esperanzas.
—Aún no puedo creer que lo lograras. Todo esto se veía tan lejano desde nuestro cubil en Australia junto a los animales. Nunca perdiste la esperanza.
—Y cuando la perdía me daba una bofetada para recuperar las fuerzas y seguir por más que en ese camino no existiera nada.
Lastimosamente, mi madre no me recibió como yo esperaba.
Estaba más preocupada por Henry y sus mentiras que por mí.
Fue un golpe duro, pero saber que ella está con vida es suficiente para mí, sobreviviré viéndola.
—La juzgas muy pronto. Apareciste en su vida como si nada, un muerto, ¿entiendes? No debe ser fácil cambiar quince años de dolor por un montón de risas. No la has dejado comprender lo que ocurre.
—No quiero dejar a nadie comprender nada, deseo que me comprendan.
No necesito entender las razones de otros, cuyas vidas han sido fáciles.
Quisiera comenzar a vivir la felicidad que imaginé que tendría al regresar.
No obstante, tengo a mi madre reacia a mí y a Eugenia sin creerme, pero ella será la que se llevará la mayor sorpresa de todas.
—Ella te tiene muy entusiasmado. Eres afortunado dentro de tu infortunio. ¿A quién más le pasaría que la mujer que lo ha deslumbrado resultara ser su prometida?
—Es de mi primo y no mía, pero también se la quitaré. Le arrebataré todo, y si puedo hasta el aire que respira.
—¿Por qué mejor no te enfocas en seguir viviendo con lo que has recuperado?
—No quiero la paz, necesito una guerra, una venganza por todo. No fue suficiente con una terrible enfermedad, Tom, hizo falta ensañarse conmigo y yo no tendré compasión con Henry. Él no es un hombre justo, es un mentiroso y aprovechado que prefirió guardar silencio por conservar lo que no era suyo.
—Si eso te hace feliz... Solo ten cuidado de que eso no termine arruinándote.
Randalf asintió y ellos siguieron conversando.
El señor Roosevelt se comportaba como un gran anfitrión y había hecho sus deberes con rapidez para que Randalf tuviera lo necesario a su disposición y también el señor Jenkins.
Los dos eran incansables en lo que se refería al trato con él.
Lo reconocían como el único y legítimo heredero del marqués de Lorne.
Por la mañana, Randalf se dedicaba a estar con Tom y enseñarle a leer y escribir con todos los implementos con los que contaba el señor Roosevelt en su residencia. Era mucho mejor que hacerlo con una ramita en el suelo.
Él sabía que Thomas necesitaba un preceptor que lo ayudara, aunque el mismo Randalf también requería de uno por su formación incompleta.
Era consciente de que no estaba a la altura de conocimiento de otros nobles y tampoco del mismo Henry, por más que hubiera leído libros, todavía le faltaba mucho que aprender.
—Su señoría, la marquesa viuda ha venido a verlo —anunció el mayordomo del señor Roosevelt.
—Que pase, por favor —pidió Randalf.
—Me retiraré para que converses con tu madre —dijo Thomas después de que el mayordomo se fue.
—No, quiero que ella te conozca. Si está aquí supongo que es para algo importante. Mi madre debe conocer a quién fue mi apoyo moral de tantos años.
Después de unos instantes la marquesa se encontraba en el salón, cara a cara con su hijo y Thomas. Los dos inclinaron la cabeza para saludarla.
—Madre —pronunció Randalf con emoción contenida. No sabía lo que ella había ido a decirle y tampoco quería emocionarse para no sufrir otra vez—, le presentaré a Thomas, mi amigo desde mi confinamiento en Australia. Es otra persona a la que subieron al barco el mismo día que yo.
—Es un placer conocerlo, señor —musitó la mujer.
—El placer es mío. Llevo años escuchando a Randalf hablar de usted y creo que se ha quedado corto en la descripción que ha dado sobre su madre. Si me permiten, me retiraré para que puedan conversar más cómodos.
—Es un caballero agradable... —comentó la marquesa.
—Sí, lo es, y le he prometido grandes cosas. Ahora le enseño a leer y escribir. Él no pertenece a nuestro círculo social, pero ha hecho tanto por mí, que lo convertiré en alguien importante. Lo merece. Con quien es bueno conmigo, yo también lo seré.
—Me parece bien, esa es parte de la enseñanza que ha dejado tu padre. Él era un hombre generoso y desprendido.
—Sí, pero yo seré un poco más tacaño con algunas personas.
—Ayer confronté a Henry...
—¿Fue capaz de negarlo?
—La primera vez sí, y después las cosas cayeron por su propio peso. Le pedí que dejase la casa y te entregue lo que te pertenece.
El espíritu de Randalf parecía sentirse más aliviado con el apoyo de su madre.
Eso es lo que había esperado de ella desde un primer instante.
Tom tenía razón, ayer su progenitora no pudo entender las cosas porque lo estaba analizando a nivel emocional, lógico y racional.
Los muertos no regresaban, pero él sí, porque nunca lo estuvo.
—Me alegra que no se pegara como mugre a la alfombra. Supongo que se fue con el rabo entre las piernas.
—Está llevando sus pertenencias en este momento. Quiero que entiendas que él ha hecho un buen trabajo como marqués y ahora que no estará cumpliendo ese papel, te tocará a ti casarte con la mujer que yo le indiqué.
—La pequeña arpía Fane. Ella es otra persona que no será tan feliz en el futuro. Tengo mucho que ofrecer para la joven y Henry.
—¿Qué quieres decir con eso, Randalf?
—Arruinaré la vida de esos dos. Quebraré a Henry y me quedaré con su prometida. Lady Eugenia Fane tiene una pequeña deuda conmigo, pero haré lo posible para minimizar su sufrimiento, ya que ella me dio el dinero para venir a Londres. No lo creerá, madre, pero la conocí en Gloucestershire.
—Por favor, Randalf, no quiero que le hagas daño a Henry. Si se lo haces a él, también me lo haces a mí.
—¿Qué no le haga daño, madre? ¿En qué momento me preguntará cuánto sufrí?
No imagina lo duro que ha sido todo. He comido y dormido en medio de los caballos, me he alimentado con las sobras de los demás, me han golpeado y puesto a trabajar de sol a sol, me han arrebatado mi vida y usted quiere que me preocupe por la vida de privilegios de Henry.
¡Él no tuvo que robar para estar aquí! Fui hasta un salteador de caminos.
No sabe lo que he hecho para llegar. Me lastiman sus palabras más de lo que a él podrían lastimarle mis actos.
Se alejó de su madre para poder pensar mejor en lo que hacía. A medida que su madre defendía a Henry, su corazón se llenaba de más odio hacia él.
—Tienes razón, Randalf, pero no quiero que ninguno sufra, son mis hijos.
—¡Yo soy su hijo, madre! Él solo es un usurpador, un maldito impostor que me ha hecho la vida miserable.
—¡Él era un niño como tú! ¡Fue manipulado por tu tío!
—¿Eso fue lo que le dijo? Qué gracioso, ¿por qué al morir mi tío no confesó lo que sabía?
¡Por conveniencia y por codicia! No solo quería mi dinero, también mi suerte, quería robarme a mi madre y lo ha conseguido.
Tal vez recupere todo mi dinero, pero hay algo que nunca recuperaré: el tiempo perdido.
—Tienes mucho rencor contra alguien que es muy noble de corazón.
—Si ha venido a defenderlo, es mejor que se vaya y se mude con él. Haré como si fuera que ha muerto, madre. Supongo que como la mantuvo tantos años, podrá hacerlo ahora también, salvo que lo deje en la ruina a ver cuánto le dura su amor de madre hacia él.
—No eres bueno, Randalf. ¿Y la compasión que te hemos enseñado en el pasado? ¿Dónde están tus buenos valores?
—Rotos por la dura e inmisericorde vida.
¿Qué puedo esperar de un sueño de quince años de volver a los brazos de mi madre y que esta prefiera a otro en mi lugar?
A veces merece la pena arrancarse la vida, si lo único que se avecina es la miseria del corazón.
Me alegra saberla con vida. Cuando pise mi casa, si la veo ahí, sabré que me ha escogido, pero si no la encuentro, le haré una tumba junto a la mía, para que reposen madre e hijo muertos por la escarlatina.
—No quiero irme y dejarte. He venido porque te amo, hijo mío, pero no comparto tu deseo de venganza. Morirás envenenado con eso.
—No moriré, yo vivo envenenado. El deseo de venganza hizo que siguiera remando cuando las aguas me arrastraban, que soportara cuando mi espalda ardía en el sol. Henry tiene que sufrir al menos un poco de lo que yo he tenido que pasar quince años. Eso conformará a mi pecho y alimentará mi sanación.
—Te lo ruego, no le hagas daño. Yo estaré contigo, mas no hagas cosas de las que puedes arrepentirte pronto.
—Me arrepentiré de dejarlo disfrutar de la vida sin recibir un castigo. No esperaré ninguna justicia divina, la haré por mi cuenta.
La marquesa se acercó a su hijo y lo abrazó con fuerza. Quería sacar ese rencor que habitaba en su pecho y que amenazaba con destruirlo. Tal vez tendría dinero y posición, pero perdería lo más importante: su espíritu.
Pese a los desacuerdos que tenía con su progenitora, su niño interior se sintió consolado por la larga ausencia de su madre.
Luchaba por no llorar, ya era un hombre.
Sus días de llorar en silencio terminaron hacía mucho tiempo.
El Randalf del pasado tenía lo que quería para ser feliz, pero el Randalf del presente estaba más sediento de venganza que antes.
La compasión no tenía la intención de aparecer para salvar a nadie.
Después de aquella incómoda visita de su madre, Randalf no hallaba paz para estar tranquilo. Estaba feliz, pero algo no lo dejaba disfrutar de eso.
Por la tarde, le avisaron que tenía otra vista en el salón.
—¿Quién es? —curioseó dejando a un lado el libro que había cogido para leer.
—El mar... Su primo, el señor Henry Beaumont.
Al oír el nombre de su primo, sospechó que el pequeño ratón había entrado en la guarida del gato sin saber que este tendría la intención de devorarlo sin siquiera masticarlo. Sin perder más tiempo fue hacia donde aquel lo esperaba.
Henry necesitaba asegurarse que quien estaba en ese lugar sí era Randalf y no alguien que pudiera hacerse pasar por él, teniendo en cuenta alguna historia que había escuchado antes.
Sin embargo, al ver que él se acercaba, se convenció de que era su primo.
El parecido entre ambos era evidente, ni su tía, ni el sirviente habían enloquecido.
—Randalf... —pronunció Henry un tanto temeroso por la expresión del rostro de su primo. No era aquel niño bien cuidado de años atrás. Su cara tenía una expresión dura y carente de emoción. Su boca apretaba sus labios con dureza, como si lo que saldría de ahí pudiera ser algo demasiado malo.
—Su señoría para ti, maldito impostor —acusó inexpresivo.
—Tengo que explicarte lo que ha ocurrido.
—No hace falta, tengo mis propias conclusiones al respecto. Tu padre logró entrenarte para ser un buen impostor.
—No es cierto.
—¿Y qué es lo que has estado haciendo? Sabiendo que estaba vivo, tomaste mi lugar, lo usurpaste. Estuviste ahí ese día y no fuiste capaz de decir algo a mi favor. Si al menos hubiera visto una pizca de compasión de ti hacia mí, hoy no te odiaría tanto.