Capítulo 28
Cuando terminaron el beso, los dos parecían indiferentes y Henry retiró su mano para que el contacto fuera nulo.
Eugenia forzó una sonrisa y lo observó para tratar de convencerlo de que ella estaba feliz.
—Ha sido un momento grato el que compartimos, señoría. Parece que por fin dejará a un lado el recato para ser más atrevido. Le aseguro que con eso le irá bien en la vida —comentó Eugenia.
—Y a usted no le vendría mal un poco de compasión por las personas reservadas y respetuosas, milady. Sé que es encantadora cuando lo desea, pero espero que en su intento de encanto no termine desencantando a los demás.
—Conmigo vivirá encantado, ya lo verá.
—¿Y su gato, milady? Es extraño no verlo por aquí.
Ante esas palabras, a Eugenia le desapareció su sonrisa y sin darse cuenta se le había escapado un sollozo.
—¿Qué le ocurre, milady? —indagó al oírla sollozar.
—El gato Clauss está extraviado y no sé si regresará —mintió para camuflar su pena.
—Lo lamento. —Henry volvió a acercarse a ella para consolarla. Tocó el hombro de la joven y ella agradeció el gesto colocándole la mano encima de la suya.
—Sé que Clauss no ha sido lo mejor para usted, pero agradezco su compasión ante mi dolor. Ha sido mi amigo por muchos años. Es difícil creer que nunca lo volveré a ver.
—En caso de que no regrese, puedo ser su amigo o le puedo conseguir otro de esos animalitos. Cuando estemos casados tendrá un salón propio que, si no le molesta, compartirá con mi tía, y que tiene una salida al jardín. Su gato podría pasar sus días en aquel lugar tan cómodo.
Ella se limpió las lágrimas y bajó su mano sobre su regazo.
—Usted aprecia mucho a su tía. Es una mujer amable.
—Ella es como una madre para mí, me ha dado más de lo que puedo esperar. Le debo lo que soy, porque si seguía los lineamientos de mis padres, hoy sería alguien despreciable.
—¿Sus padres no han sido buenas personas?
—No. Quisiera no hablar de ellos, prefiero conversar sobre mi tía Elizabeth.
Es una mujer talentosa e inteligente, también con buen ojo, y que se fijó en su familia para recomendarme una mujer excelente.
Confío en que me guio hacia el lugar correcto que es hacia usted.
Ahora que adelantamos el compromiso, ella estará aún más entusiasmada.
—¿No prefiere que ella organice nuestra boda a su gusto? Creo que eso le dará mucha satisfacción a su tía y hará que se afiancen los lazos de formar parte de una familia conmigo.
—¿Estaría de acuerdo en que ella lo haga? Sé que mi tía estaría encantada con eso.
—Por supuesto. Ella es de mi agrado y estaré complacida al verla feliz.
—Le agradezco que cediera tal evento para ella. La imagino muy feliz con la noticia. Usted merece otro compañero como el gato, le prometo que le conseguiré otro.
—Nadie puede reemplazar a Clauss, pero tal vez ayude a que esté contenta. Pasaré mucho tiempo con su tía, espero que le gusten mucho los animales.
—Le gustan, pero no está de acuerdo con que las damas vayan de cacería.
Prefiere que las mujeres queden es sus hogares a beber té con sus amistades y darle un espacio de soledad a los caballeros.
Ella dice que eso ayuda a que nosotros extrañemos a nuestras esposas y las apreciemos.
Un tiempo lejos es algo importante, al menos por consejo de una gran dama.
—Se nota que posee mucha sabiduría como la duquesa viuda de Salisbury.
—Sí, de hecho, desde que se conocieron, han deseado estrechar vínculos no solo con ella, sino también con lord Sharp, que ya pertenecen a su familia.
—Lord Sharp es tan bueno que no creo que exista alguien mejor que él en el mundo. Muchas veces ha insistido en criarme, pero Spencer se ha negado.
—Debió hacerle caso a lord Sharp, digo, tal vez su educación pudo ser un poco más pudorosa.
Eugenia rio ante lo que Henry había dicho. Él había logrado arrancarle una buena carcajada.
—Sin duda sería el pudor hecho carne y no dude que quizá muriera de aburrimiento a mi lado. Me encanta vivir la vida con intensidad, la tranquilidad y yo no vamos de la mano.
—Eso significa que no terminaré aburrido, milady.
—Así será...
—Me tengo que retirar. Ahora debo hacer los mismos trámites para la licencia y adelantar el matrimonio. La veré en algún otro evento. Podríamos ponernos de acuerdo por cartas para acudir al mismo.
—Lo haremos de esa manera, señoría.
Henry dejó un beso en la mano de la joven y regresó a la casa para tomar su sombrero e irse.
La joven se quedó quieta y en silencio por un momento, después se levantó del banco en el que se encontraba y comenzó a caminar de un lado al otro con nerviosismo.
Le desesperaba el no haber sentido nada nada al besar a su prometido.
Casarse con él sería un verdadero sacrificio en ese aspecto.
Faltaba pasión y vida entre ambos, lo único que compartían era un compromiso y ella comenzaba a arrepentirse por haberse apresurado.
Ella quería ser marquesa y estaba a un mes de lograrlo, pero estaba segura de que las risas que Henry pudiera sacarle no eran suficientes para mantener un matrimonio y tener hijos.
Su existencia sería miserable y no tendría lo que sus hermanas poseían en sus matrimonios. No conocería la palabra amor.
¿Qué había hecho con su vida? ¿Por qué Randalf apareció para cambiar todo lo que ella conocía?
¿Por qué la atacaban pensamientos de tristeza al estar lejos de alguien que debía estar odiándola?
Los dos no habían dicho la verdad, mas al final ella había sido la única perjudicada.
Se involucró más de lo que debía y no escuchó los consejos de su institutriz que siempre había deseado lo mejor para ella.
Eugenia sospechaba que con todo lo que había hecho se disparó en el pie. Echó por la borda lo que bien podría haber sido un buen matrimonio por conveniencia, para convertirse en un sacrificio, una verdadera tortura.
***
Henry fue en dirección a su residencia. Debía ir a contarle a su tía lo que había ocurrido ese día desde que salió.
A ella le alegraría saber lo que había pasado con Eugenia, aunque él no estuviera convencido de nada y solo tuviera que pensar en la dote para no sentirse al borde del abismo ante lo enérgica que era su prometida.
Él creyó que la encontraría en su salón; no obstante, ahí solo estaban sus elementos de costura y un té que parecía estar tan frío como su pecho al intentar ser un buen prometido.
—¿Y mi tía, Jacob? —preguntó Henry al ver que su sirviente se acercaba a él.
—Está en su habitación. Me dijo que cuando lo viera, le contara que lo espera en su habitación.
—¿Se encuentra bien? Ella no es alguien que esté en su habitación con frecuencia.
—Se ha desmayado hace un par de horas.
—¿Se ha desmayado? Hubieras empezado por ahí —espetó Henry que se dirigió a los aposentos de su tía.
Golpeó la puerta y entró al recibidor de la habitación y después fue hasta el lecho, pero su tía estaba de pie junto a la ventana—.
¿Está bien, tía? Jacob me dijo que se había desvanecido tiempo atrás.
La mujer giró sobre sus talones para mirar a su sobrino.
—Sí. Henry, quiero que me digas la verdad sobre la muerte de mi hijo. Dime la verdad.
—¿De qué está hablando? Él murió de escarlatina hace muchos años.
Ella se acercó a él y le mostró el anillo que Randalf le había dado.
—Este anillo lo tenía mi hijo, ¿sabes quién me lo dio? Él mismo, el que se suponía que debería estar muerto.
El marqués bajó la mirada y guardó silencio.
—Necesito que me digas todo. ¡Habla! —exigió.
—Mi padre le ha dicho lo que pasó, no hay otra verdad.
La marquesa viuda le dio una bofetada a su sobrino. Lo que le decía era evidentemente una mentira.
—Tú estabas ahí cuando lo subieron a un barco para que lo llevaran a Australia. Randalf me lo dijo.
Para Henry no existían palabras para explicar lo que ocurría. Su padre le había dicho que Randalf nunca regresaría y que moriría camino a Australia. Después, montó una tumba en la propiedad para que sus padres lo visitaran y pagó por el silencio de los criados de la finca.
—Tía Elizabeth...
—¿Cuántos años llevas viéndome llorar sobre una tumba vacía, Henry? ¿No te has compadecido de mí al menos por un instante? Pensé que mi cariño de madre era correspondido por ti como un hijo... —lamentó la gran dama que se sentó en la cama para llorar.
—No podía decir nada...
—¡Por qué no hiciste algo para que no se lo llevaran! —reprochó
—Porque también era un niño. Cuando le pregunté a mi padre por qué lo hacía, me dijo que lo hacía por mí, pero en realidad lo hizo por él. Siempre quiso ser el marqués. Yo solo fui una excusa. Ni mi madre ni él me querían de la manera en la que usted me quiso.
—Quisiste tomar el lugar de mi hijo, Henry...
—Tal vez envidiaba el amor que le tenía a él y que yo no lograba conseguir.
Quizá ambicioné el amor y no el título. Usted no entiende lo difícil que ha sido para mí callar esta gran mentira.
Confiaba en que Randalf no había logrado sobrevivir y que por eso no aparecería, pero parece que me equivoqué, al igual que mi padre.
El corazón de Elizabeth estaba destruido por las confesiones de Henry. La vida feliz que ambos lograron construir como familia se desmoronaba frente a sus ojos con la verdad que salió a la luz.
—De todas maneras, te sigo queriendo, Henry, pero estás usurpando el lugar de Randalf en todos los aspectos: en el título y como mi hijo.
Debes abandonar esta casa y regresar a la de tu padre —declaró con gran tristeza.
Ese paso que estaba dando era demasiado doloroso; sin embargo, era lo que correspondía para comenzar a restituir la vida de su hijo, al que necesitaba con urgencia en ese mismo momento, puesto que comprendió que recuperó a su amado pequeño, al que de alguna forma intentó reemplazar con Henry.
—¿En dónde está Randalf?
—En casa del letrado, el señor Roosevelt. Es mejor que entregues el título y las posesiones sin rechistar, sabes que no tienes derechos ahora que él está vivo y esperando recuperar todo. No pretendo que se enfrenten entre ustedes. Los quiero a ambos, los adoro, y no soportaría que se hirieran.
—Nunca junté mis finanzas con las del título, tía. Algo me decía que no podría ser un marqués y es probable que estuviera presintiendo esto.
—Me has decepcionado. Pudiste acudir a mí, Henry. Te hubiera amado de la misma manera si sabía que arriesgaste todo por mi hijo. Mi esposo y yo te hubiéramos dado cobijo y afecto, además de fortuna por delatar a tu padre.
—No me hubieran creído. Mi padre era un manipulador, tanto, que le hizo creer a usted que era un hombre de bien. Ahora no puedo juzgarlo a él, ya que fui hipócrita al acompañarla cada año a la tumba de Randalf.
—Eso es lo que más me duele de esto. Mi querido Henry, mi corazón entró en otro duelo, pero en esta ocasión por ti, porque debo escoger entre mi hijo de sangre y mi hijo del corazón. No puedo tolerar tanta miseria... Retírate...
Obedeció sin resistirse. No había forma de explicar más de lo que manifestó.
No le quedaba otra cosa que aceptar lo que había pasado.
Fue por cinco años el marqués de Lorne, pero el dueño había regresado y él debía hacerse a un lado, no solo con el dinero y las propiedades, también con la mujer con la que se había comprometido.
Eugenia no aceptaría ser menos que una marquesa y él no estaba en condiciones de cumplir con promesas y caprichos de una dama gastadora.
Su fortuna era decente, pero no daba para mantener a una esposa exigente con ínfulas de princesa.
Al menos se quedaría soltero más tiempo y no se casaría con la dueña de un gato que no le hacía bien a su salud.