Familia Fane Capítulo 27
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Capítulo 27

La gran dama negaba con la cabeza como si fuera que no creía en lo que le decía su hijo, un hijo que no sabía si era real o producto de sus anhelos.

—Jacob, ¿esto no es real? —cuestionó asustada por la fantasía que le parecía todo lo que la rodeaba.

—Tampoco pude creerlo, milady, pero estoy despierto y viendo a su hijo —respondió el sirviente.

—Sé que le resulta difícil creer lo que estoy diciendo, madre.

No le mentiría, no me escondería tanto tiempo y menos con trece años, todavía era un niño que no podía despegarse de las faldas de su madre.

Durante estos años de prisionero y esclavo en Australia, no he podido olvidar sus ojos azules llorando al dejarme sin saber si me volvería a ver.

Lamento trastornar su paz, pero necesitaba volver junto a usted.

Me enteré de la muerte de mi padre por alguien que viajó a Inglaterra y de ahí fue a Australia.

Me dolió saber que no lo volvería a ver, pero me mantuve firme para no morir sin verla...

—Tu tío era un buen hombre que siempre nos ha apoyado...

—No, madre. Era codicioso, si no hubiera sabido que él murió antes que mi padre, lo hubiera culpado de su muerte sin duda alguna.

Mi tío pensó que no viviría o que, si lo hacía, mejor fuera en un lugar donde el único hijo de su hermano y heredero no regresara.

Por la memoria de mi padre, le juro que es la más absoluta verdad, ese lado de la familia está podrido.

—No, Henry no, Randalf, él es tu primo y siempre te ha querido.

—Siempre me ha querido sacar del medio, tal vez, pero cariño no es, madre.

—Hay algo que no es posible.

—¿Qué no es posible? ¿Que su hijo luchara contra todos los obstáculos para llegar hasta usted o que Henry sea un santo?

—Henry es incapaz de hacerle daño a nadie.

—¡Henry estaba presente cuando me desterraron! ¡No es ningún inocente, quiero enfrentarlo y que escuche lo que ha hecho desde su propia boca!

La marquesa rompió en llanto al oír los gritos de Randalf. Para ella era muy difícil comprender la cantidad de información que él le estaba dando de manera rápida y sin pausa, sin dejarla digerir o entender.

Para Randalf era doloroso no entender lo que su madre sentía por Henry. Él no daría su brazo a torcer para sacarlo del camino. Sabía que se había exaltado durante su explicación, pero no podía soportar las negativas de su madre ante lo evidente.

—No quería gritarle, madre. ¿Sabe lo que significa para mí que usted prefiera a Henry y no a mí que soy sangre de su sangre?

—No es eso. Tú no me entiendes a mí. Perdí a mi hijo hace quince años y de la nada, regresas.

—Parece que no le agrada tanto que esté aquí.

Si le importa mi vida, madre, estaré complacido de recibirla en casa del señor Roosevelt.

Dejaré que trate de comprender lo que ocurre y hable con Henry, ya que será inevitable que él regrese a la posición de segundón que le corresponde —escupió ofendido.

Salió de la habitación de su madre rumbo a la salida de la residencia.

Tanto él como ella debían aceptar lo que ocurría.

Randalf tendría que luchar contra la figura de Henry y su madre para decidir a quién amar.

No soportaba pensar en que no le alegrara a su madre tenerlo ahí.

Los años y la dureza de sus experiencias le exigían que tomara cartas en el asunto.

Si hacía falta deshacerse de Henry, sería más sencillo dejar sin opciones a su madre y a Eugenia sin un prometido.

Su primo tenía todo lo que él deseaba y definitivamente se apropiaría de las dos porque le pertenecían.

Subió al carruaje y partió hacia la casa del señor Roosevelt, a quien le pediría que apresurara el momento para barrer su casa y sacar a Henry de ahí para poder tomar su lugar.

La mujer había quedado en su cama entristecida, confundida y dolida.

Sabía que ese que estuvo ahí era su hijo, aquel que dio por perdido tiempo atrás, mas le parecía imposible que resucitara, aunque tampoco podía no creer en él, ya que tenía el anillo que le había dado su padre en el pasado.

Eso solo podía tenerlo su querido hijo. Sin embargo, sospechaba cómo afectaría a Henry la reciente llegada de Randalf.

Lo que le perturbaba era tener que enterarse de que su queridísimo sobrino estaba involucrado en eso.

Ya que lo apreciaba mucho, ambos se habían adoptado como madre e hijo y no quería abrir los ojos con respecto a él, pero debía enfrentar lo que ocurriría.

***

En casa de Eugenia, el marqués había sido citado por Spencer para conversar.

Eso le había parecido extraño a Henry, puesto que su prometida pasaría al menos un mes en la propiedad del duque de Salisbury en Gloucestershire.

¿De qué hablaría si habían dejado claro lo que correspondía al matrimonio?

No tenían ningún asunto pendiente que tratar, salvo que quisiera conocerlo de manera más íntima.

Llegó a la residencia y el ayuda de cámara del conde de Nottingham lo recibió y lo llevó al despacho.

—Buen día, su señoría —saludó Spencer sonriente.

—Buen día, lord Nottingham, ¿cómo se encuentra?

—De maravilla y expectante por el matrimonio entre Eugenia y usted. No solo yo estoy impaciente, ella lo está aún más. No ve la hora de estar casada.

—Pronto pasarán estos dos meses...

—Siéntese, por favor, mi estimado futuro cuñado —concedió Spencer—. Mi hermana ha regresado con presteza porque no soporta la idea de estar alejada de su prometido.

—¿Milady ha regresado tan pronto?

—Sí. Estando en medio del campo, sopesó que no necesitaba ningún tiempo a solas, sino que lo que quería era regresar a su lado y apresurar la boda.

Henry tragó saliva al escuchar las palabras: adelantar la boda.

Su prometida era una joven un poco intensa y con un gato que le causaba estornudos.

Viviría incómodo muchos años, al menos quería disfrutar un poco más de su tiempo.

No obstante, sabía que lord Nottingham consentía en demasía a su hermana y sospechaba que terminaría aceptando adelantar la boda.

—¿Apresurar la boda? —cuestionó.

—Mi adorable hermana es enérgica y ha pedido que converse con usted sobre esto. Desea ser una mujer casada más pronto que tarde.

—Pues... ¿Cuánto tiempo piensa adelantar la boda? La licencia la debo cambiar —alegó Henry para que no le pidieran adelantar nada basándose en la licencia de matrimonio.

—Un mes. No es mucho tiempo adelantarlo un mes.

Sé que se casarían a finales de primavera, pero ella es como es...

—Spencer no tenía forma de explicar que necesitaba con suma urgencia deshacerse de Eugenia antes de que cometiera otra locura y terminara regresando a Gloucestershire para buscar al delincuente con el que tenía una aventura, pero una vez que se casara con su prometido, no habría forma de que ella torciera su camino a conveniencia—.

No puede dejar pasar la oportunidad de nada cuando se entusiasma.

—Es comprensible. Hmm... Estoy de acuerdo, lord Nottingham.

—Entonces puede tramitar la licencia o si lo desea, puedo hacerlo yo por usted...

—No hace falta. Será cuestión de ir otra vez.

—Eugenia está en el jardín, si le apetece saludarla. La vi dibujando hace unos instantes. Llamaré a mi ayuda de cámara para que lo lleve hasta donde ella se encuentra. —Spencer agitó la campanilla hasta que Calvin se presentó—. Calvin, lleva al marqués junto a Eugenia.

—Por supuesto, milord.

—Lo esperaré aquí por si le apetece una copa, su señoría. Eugenia siempre da un poco de sed.

Henry asintió un poco dudoso y después salió del despacho. Esa familia era demasiado extraña, comenzaba a sentir cierto temor de emparentar con ellos.

Al quedarse solo, Spencer se sirvió una copa de whisky, pero después cogió la botella y le dio un trago muy largo.

Si no lo mataba el cigarro, lo haría la bebida.

Acercó la cabeza a la ventana y la abrió para fijarse en lo que hacía Eugenia.

Tal vez le apetecía ver la cara de susto que tenía el prometido de la joven.

El pobre sería un títere para ella y lo peor era que tal vez Eugenia arrastrara el buen nombre de esa familia con un amante delincuente.

Ante ese pensamiento siguió bebiendo un poco más.

En el jardín, Eugenia, intentaba dibujar el cuerpo de Randalf. Él no había desaparecido de su mente. Quizá la alejaran físicamente, pero él ya vivía en su cabeza y tal vez hasta en su corazón.

Se sentía triste por la ausencia de su gran confidente y solo le quedaba dibujar para sacar de su pecho lo que añoraba.

A veces lo dibujaba en el agua y seguía agregando detalles como si lo estuviera viendo, incluso los claros de luz entre los matorrales que la ocultaron cuando observaba lo que no debía.

—Milady, ha venido su señoría a visitarlo —anunció el sirviente que por descuido había fijado sus ojos en lo que Eugenia dibujaba. El pudor se le había subido a la cabeza al pobre Calvin.

De inmediato, ella cerró el cuaderno y sonrió con nerviosismo ante la mirada perdida del ayuda de cámara de su hermano.

—Gracias, Calvin. Su señoría —saludó Eugenia con una inclinación y con la mano estirada para que él la besara—, qué gusto verlo por aquí.

—El gusto es mío. —Él forzó una sonrisa y correspondió con un beso en la mano de la joven.

—¿Cómo se ha enterado de que regresé? —inquirió la joven invitándolo a sentarse con un gesto de la mano.

—Su hermano me ha escrito para conversar sobre nuestro casamiento.

—¿Le ha hablado de adelantarlo?

—Sí. Me ha dicho que me ha extrañado tanto que decidió adelantar la fecha del matrimonio y cambiarla para el próximo mes y no para fines de la primavera como habíamos quedado.

—Por supuesto que lo he extrañado mucho...

—Eugenia quería matar a su hermano en ese mismo momento por haberse atrevido a cumplir con su amenaza.

Nunca más volvería a subestimar a Spencer.

Era despiadado cuando le fallaban—. Mi hermano solo cumple con mi entera voluntad.

No pude observar el paisaje sin pensar en nuestro matrimonio.

Adelantarlo es algo que nos complacerá a ambos.

—Es cierto...

—Señoría, ¿le molestaría darme un beso? —preguntó con atrevimiento. Consideró que quizá un beso la entusiasmara para casarse.

Un silencio un poco incómodo se extendió entre ellos y Henry la miró como si ella no estuviera bien de la cabeza. Le resultaba un poco inapropiado que una dama de esa posición le pidiera algo así. Lo imaginaba de cualquier otra joven de pueblo, pero no de una de su estatus.

—¿Beso? —replicó como respuesta.

—Su señoría, yo sé que los caballeros besan a quienes ellos apetecen sin que exista un compromiso de por medio. Usted es mi prometido y le estoy pidiendo lo que considero me corresponde.

—Lo que a usted le corresponde es un anillo de compromiso y mi palabra, más de eso es inapropiado.

—¿Inapropiado? Inapropiado es lo que usted dice.

Al menos, tome mi mano. Un poco de contacto no hace daño.

Mis hermanas han besado a sus prometidos antes de casarse, ¿por qué no puedo hacerlo yo?

No sea tan recatado y pudoroso. Cualquier otro caballero estaría deseoso de besarme, soy bella y adinerada.

—Tiene razón —aseguró sin querer pelear una batalla que desde el inicio tenía perdida.

Debía aceptar lo que él mismo tomó como camino para complacer a su tía y asegurar su propia fortuna.

Eugenia Fane no sería fácil de domar en el futuro, pero debía esperar a estar casados para ponerla en su sitio, ya que, si no lo hacía, tendría un gran problema en sus manos—. Hagámoslo entonces.

Pese a no desear a ese caballero, le entusiasmaba pensar que quizá cambiaría su mente y llevaría su obsesión por un ladrón hacia quien debía: su prometido.

Los dos se acercaron para juntar sus labios, mientras que Henry tomaba la mano de Eugenia para que ella tuviera lo que esperaba. Sus labios estaban cerca de tocarse, aunque por parte de ella no sentía esa excitación que le provocaba besar a Randalf.

Cuando sus bocas se encontraron, entre ellos no había mucha química, era un beso forzado y sin emoción.