Familia Fane Capítulo 26
95%

Capítulo 26

Al terminar de instalarse en la residencia del amable señor Roosevelt y después conversar con el señor Jenkins, Randalf pudo sentir un poco de paz al ser reconocido y tratado como lo que era: el marqués de Lorne.

Tenía el apoyo completo de dos personas que lo ayudarían a llevar a buen puerto la fortuna de su familia y a comprender cómo funcionaba todo más adelante.

Henry no había hecho un mal trabajo, su pecado había sido no abogar por él y ser el hijo de su codicioso tío.

Suponía que aquel primo, que había sido como un hermano, tenía el mismo pensamiento de su padre y hoy debía estar viviendo obsesionado con algo más, tal vez buscando la manera de ser príncipe, ya que la codicia nunca acababa.

También le resultó una ingrata sorpresa saber que lady Eugenia Fane era la prometida de su primo.

No sabía qué acciones tomar en ese caso, ya que el señor Roosevelt le aconsejó que fuera de mente fría con su venganza y que se quedara con la prometida de su primo.

Tenía sentimientos encontrados con respecto a eso, puesto que, sería una venganza implacable tenerla con él, pero sería mejor romper el compromiso para humillarla a ella por la afrenta que le había hecho.

Eugenia le hizo un daño moral y sentimental.

Como un tonto se arrojó a sus pies para pedirle que se fueran juntos.

Ella en este momento estaría viendo su realidad y que no era mentira lo que le dijo; sin embargo, la cruda realidad era que no le había creído.

De forma absurda cayó en el juego de una niña caprichosa, coqueta y ardiente.

Vaya alimaña con la que se hubiera casado Henry si él no lo salvaba con su aparición.

Todavía debía seguir considerando algunos asuntos, porque no le convenía iniciar en la sociedad con el pie izquierdo enemistándose con uno de los clanes más importantes en Londres, eso sería como colocarse la soga al cuello.

Su ensañamiento con Eugenia no podía ser mayor a sus ánimos de recuperar su vida, eso sería desviar su camino.

Además, desde que ella entró a su vida se convirtió en un gran distractor, alguien que siempre estaba buscando que la atención se dirigiera a su personalidad y no era para menos.

Tan insoportable, pero igual de radiante, sus labios eran deliciosos como los frutos del bosque que le había dejado el día que lo hirió.

Su vida podría ser un jardín de rosas con ella como la abeja reina si se lo permitía, mas no era tiempo decidir eso por más que quisiera ver la cara de Eugenia cuando se diera cuenta de que le cambiaron el prometido.

Sería poético al saberse la prometida del ladrón al que humilló.

Una sonrisa de satisfacción cruzó por su rostro al imaginar la escena, tal vez hasta se desmayara dramáticamente, ya que ella le había contado que el dramatismo era su segundo apellido.

Al día siguiente, el señor Roosevelt le consiguió prendas a Randalf y a Thomas. Los dos no tenían un chelín, en el bolsillo, pero estaban vestidos como elegantes caballeros.

—Nunca me he puesto prendas tan finas —comentó Thomas que observaba en el espejo cada detalle de su vestimenta.

—Pues deberías acostumbrarte. Esto solo será el principio de lo que podrás pagar en un futuro no muy lejano.

—No puedo creer que llegara este día.

—Aún no llegó el día, pero lo estamos arañando —dijo Randalf haciendo un gesto con la mano—.

Tendremos a Londres en donde nos apetezca en poco tiempo.

Buscaremos una buena esposa para ti, lo que nos espera es solo felicidad al salir por esta puerta.

Ya sabes cuánto dinero te daré, te alcanzará para hacerte socio de quien quieras. Hay minas en América.

—Solo quiero ser tu socio. No confío en nadie más que en ti, Randalf.

—Aprenderás a confiar más adelante en otras personas como el señor Roosevelt y el señor Jenkins. Encontrar personas leales es muy difícil. La lealtad se construye con los años.

—Lo sé, pero mientras para mí seguiremos siendo solo nosotros hasta que pueda acomodarme en tu mundo. Ya conoces el mío, ahora debes mostrarme el tuyo.

—Es uno difícil de transitar, pero no tanto como el tuyo. Cuando conozcas a mi madre, te agradará y tú le agradarás tanto que te adoptará.

—A tu madre le gusta adoptar bestias como lo hizo con tu primo.

—Su corazón es muy inocente. Sé que se lo romperé con lo que haré, pero es Henry o soy yo, tendrá que escoger.

—¿Ahora irás a verla?

—Sí. Sé dónde está, ¿para qué esperar más?

—¿No es mejor que primero el señor Roosevelt solucione el asunto de tu muerte?

—Lo sé, pero si no lo hago, enloqueceré. Necesito verla, saber que me apoya...

No había fuerza en el mundo que lo hiciera desistir de la idea de estar con su madre. Esperaba verla en buen estado y no tan maltratada por la edad.

—¿Pedirás el carruaje del letrado?

—Ya se lo he pedido. En unos minutos más estaré partiendo rumbo a mi casa para verla. ¿Cómo me veo?

—Te ves de soponcio, porque a tu madre le dará como mínimo un desmayo al ver a su hijo muerto entrando por la puerta. Ten cuidado, debe ser una mujer de edad, no la asustes o todo tu esfuerzo será en vano.

—Lo tendré en cuenta, Tom. Nos veremos más tarde. Aprovecha para conversar con el señor Roosevelt, él tiene muchos conocimientos que te servirán para el futuro.

Randalf dejó la habitación de su amigo en la que había entrado para fijarse en cómo le quedaba la ropa que tenían.

Gracias a Dios, el señor Jenkins destinaría dinero a pagar todo lo que ellos estaban usando.

Cuando aquel hombre lo vio, lo reconoció de inmediato y demostró la fidelidad al verdadero portador del título de marqués.

Ese era el valor de la lealtad a su padre y los esfuerzos que este había hecho para ayudarlo a quedarse en la mente de las personas más importantes para él.

Cuando subió al carruaje sintió que eso que vivía era real y ya no algo que solo esperaba o que existía en su mente como un sueño. Vería a su madre y eso le llenaba de satisfacción.

No sabía cómo reaccionaría ella al saber con vida a su único hijo. Quince años en los que había perdido el afecto, el cariño y los consejos de su madre y los de su padre.

Cada uno de ellos tenía un rol diferente en su vida, aunque sabía que ambos los habían amado por igual.

Su madre era quien se encargaba de amarlo y consolarlo ante cualquier evento, y su padre, le educaba y le aconsejaba.

La enseñanza de lo que debería ser un caballero y hombre de negocios estaba en su mente no tan vívida como antes, puesto que en muchas ocasiones perdió la fe y se desesperó al no poder regresar.

Sin embargo, la perseverancia le devolvía al camino y la paciencia le exigía que no se rindiera.

Él consideraba su sufrimiento, pero aún más tenía en cuenta el de sus progenitores.

No pudieron tener más hijos y por eso se compadecía de ellos y de lo que pudieron haber sufrido por su ausencia.

El carruaje se movía con lentitud agobiante. La desesperación por llegar era mucha y no podía hacer mucho por tranquilizarse, solo mirar por la ventanilla del carruaje y esperar.

Todo el paisaje de Londres no era tal como lo recordaba, no solo existían nuevas edificaciones y comercios, también las prendas habían cambiado mucho. Él tendría que acostumbrarse a muchas cosas.

Cuando el carruaje se detuvo, su corazón se instaló en su garganta, impidiéndole respirar con tranquilidad. Se daba cuenta de que coronaría muchos años de ausencia y que cambiaría la vida de su madre y de las personas de esa casa para siempre.

Bajó del coche y golpeó con determinación. Unos minutos después, su antiguo mayordomo abrió la puerta.

—Buen día, ¿en qué puedo...? —El mayordomo se quedó mudo.

—¿Se encuentra mi madre, Jacob? —preguntó reconociéndolo, mientras que el otro no sabía cómo reaccionar.

—¿Lord Latimberg? —Después de preguntar eso, el sirviente tapó su rostro como si eso fuera imposible. Se sentía enloquecer.

—Comprendo tu sorpresa, Jacob. Debo explicar por qué me creen muerto, cuando eso nunca ha pasado. ¿Puedes dejarme pasar para ver a mi madre?

El sirviente estaba demasiado confundido para poder decir algo. Randalf le puso la mano en el hombro para que de alguna manera se consolara o entendiera que estaba vivo.

—Milady está en el salón, milord...

—¿Y dónde está Henry?

—Ha salido esta mañana temprano.

—Llévame junto a mi madre, no soporto más las ganas de verla.

—Por favor, tenga cuidado de cómo habla con su madre. Esta noticia podría ser muy fuerte para ella.

—Soy consciente de eso, Jacob, pero me arriesgaré, ya no soporto un día más sin poder verla.

—Sígame, por favor.

Al adentrarse en la que de niño había sido su residencia, sintió gran nostalgia.

Definitivamente, debía recuperar lo que le pertenecía.

A medida que pasaban por el recibidor y el salón principal, llegaron hasta el salón privado de su madre, en aquel ella se encontraba tejiendo, aunque al escuchar que se abrió la puerta, levantó la mirada para ver de quién se trataba.

—¿Ocurre algo, Jacob? —curioseó la mujer.

Al oír la voz de su madre, tragó saliva. Ella seguía sonando igual que siempre, tal y como la recordaba en sus momentos de lucidez.

—Disculpe la interrupción, milady, pero... —El mayordomo enmudeció y se hizo a un lado para que la dama viera al visitante.

La marquesa viuda miró con detenimiento al joven y pareció reconocer a su esposo, el parecido con él en su juventud era bastante.

No obstante, lo observó con más detenimiento y se levantó de su asiento, dejando a un lado su quehacer.

Acortó distancias con los ojos llenos de lágrimas y acarició el rostro de Randalf sin decir nada.

—Madre... —pronunció queriendo hablar con ella, mas la mujer se desvaneció, siendo sujetada por el mayordomo y su hijo para que no cayera al suelo.

Randalf cayó en cuenta de que el golpe emocional para su progenitora fue demasiado y colapsó.

—Hay que llevarla a su habitación —ordenó Randalf.

La tomó en brazos, a la vez que el sirviente le abría camino entre las puertas de la casa hasta subir las escaleras y llegar a la habitación.

Una vez en el lugar, Randalf la dejó en su cama y la observó.

—Ve por unas sales para despertarla, Jacob.

—Por supuesto, milord.

—Soy el marqués, Jacob. Las cosas cambiarán en esta casa muy pronto...

—Sí, su señoría.

Después de que el mayordomo se retirara, él se arrodilló ante el lecho y cogió la mano derecha de ella, dejando muchos besos a su paso. Había llegado el momento de estar a su lado, lucharía por lo que fuera para recuperar su vida y el amor de su madre.

Una vez que Jacob regresó con las sales, las pasó por la nariz de la marquesa para que ella pudiera despertar.

Con lentitud fue abriendo los ojos. Creyó que todo había sido un sueño muy vívido, aunque al mirar a su alrededor, ella volvió a ver al hombre que le había llamado madre.

Él no quería hablar hasta que ella lo hiciera. Se quitó el anillo del dedo y se lo entregó a su madre para que ese símbolo hablara por él.

—El viejo sello de mi esposo que le había dado a mi hijo, a mi querido Randalf.

—Soy Randalf, madre. Si me permite le explicaré lo que ha ocurrido y le señalaré a los responsables de mi desaparición, y no ha sido la escarlatina...

—Esto no es posible. Todos los años visito tu tumba, querido mío —dijo la marquesa hablándole al anillo.

—Visita una tumba vacía. Logré superar la escarlatina, la muerte y la esclavitud para regresar a su lado, madre.

Cuando ustedes me dejaron al cuidado de los sirvientes en la propiedad, comencé a mejorar, pero ellos se lo comunicaron a mi tío en lugar de mi padre.

Él me recogió en compañía de su familia en otro carruaje y me llevó al puerto.

En el sitio, ordenó que me subieran al barco y que, si moría, podían tirar mi cuerpo por la borda.

Me mandaron a Australia, madre, como esclavo, para que ellos pudieran quedarse con el título...