Capítulo 25
Llegando a Londres se encontraban Randalf y Thomas dentro de una diligencia y detrás de ellos estaba atado el caballo que le había dado Eugenia. Era un animal de gran estirpe, no lo dejaría en un pueblo.
—Todo se ve tan diferente después de quince años, Thomas... —comentó sin despegarse de la ventanilla del carruaje.
—Lo mismo dije. Sentí tentación por buscar a mis hermanos, pero es mejor esperar que llegue mi tiempo. Me costará llegar a donde era mi casa.
—Tendremos tiempo de muchas cosas, Tom, los encontrarás y podrás ayudarlos.
—¿Quieres hospedarte primero o mejor ir a donde se encuentra el letrado?
—La paciencia es algo que no poseo en demasía, necesito ver al letrado y que este me ayude a salir del hoyo en el que me encuentro.
—Pues estamos a un par de calles para llegar. Disfruta de la vista, hay mujeres muy bellas. Te aseguro que son más bellas que la dama que está pensando.
—Nadie es más bella que Eugenia y tampoco tan cruel y maquiavélica. Se ha burlado de mí por creerme inferior, pero tendrá su merecido, la dejaré para el final.
—Creo que no podrás hacerle mal, porque te conozco y nunca te he visto de esta manera. Es preferible que olvides un enamoramiento perjudicial, ya que cuando estés entre los de tu clase, ella será parte de la gente que tendrás que ver y sabes que está comprometida.
—Espero que todo se dé antes de que se case para que yo pueda ver su cara de sorpresa y de arrepentimiento por perder a alguien como yo.
Llegaron hasta la residencia del letrado y, para Randalf la casa no había cambiado demasiado, esperaba que él lo reconociera. Golpeó la puerta y esperó en compañía de Tom a que alguien les abriera.
—¿En qué puedo servirles? —preguntó un mayordomo.
—¿Se encuentra el señor Roosevelt? —correspondió Randalf.
—Sí, se encuentra. Pueden pasar a esperarlo, siempre está complacido cuando tiene nuevos clientes...
El mayordomo se hizo a un lado para dejarlos pasar al pequeño recibidor.
—Esta pintura en tantos años no la han sacado de ahí.
Mi padre decía que la pintó un artista con dos manos izquierdas y no le quito la razón.
El perro está deforme —comentó Randalf al mirar la pintura del señor Roosevelt en compañía de su spinel negro.
A esas alturas ya debía estar muerto el pobre animal.
—Considero que buscar esos errores es cosa de perfeccionistas.
—Mi padre lo era. Quería que yo aprendiera todo a corta edad. No pude terminar mi preparación, aunque entiendo o al menos entendía muchas cosas de las que él hablaba con el administrador y con el letrado. Los libros contables no son ajenos a mí.
—Para mí hasta la lectura es ajena.
—No seas ansiosa, pronto serás diferente.
—Por favor, síganme, el señor Roosevelt los recibirá...
Siguieron al hombre hasta el despacho. A Randalf todo le resultaba conocido, el señor Roosevelt no era alguien que acostumbrara a cambiar lo que le rodeaba con frecuencia.
Al entrar al despacho, ambos vieron a un hombre que acomodaba su peluca con presteza y escondía su prominente barriga bajo el escritorio.
—Por favor, siéntense. Disculpen la demora, estaba realizando unos escritos —dijo el hombre que todavía se acomodaba y no había alzado sus ojos para ver a los jóvenes que estaban frente a él—. ¿En qué puedo servirles?
Con la última frase él se había fijado en quienes estaban en su oficina y a uno de ellos lo miró con el ceño fruncido.
—Disculpe, ¿lo conozco de algún lugar? —curioseó el señor Roosevelt dirigiéndose a Randalf.
—Espero que usted sea una de las personas que no se olvidara de mí, señor Roosevelt. —Randalf extendió el anillo que su padre había utilizado como sello cuando fue conde.
El letrado lo cogió entre los dedos y lo observó con detenimiento hasta que pudo leer la inscripción en ellos.
—¿El conde de Latimberg? Pero si...
—No morí como le hicieron creer a todos, señor Roosevelt.
En la inocencia absurda de mis padres para no propagar el contagio de la enfermedad que me aquejaba, me enviaron a una propiedad lejana para ser tratado o para morir.
Sin embargo, cuando mi tío se enteró de que estaba mejorando, me llevó a un barco rumbo a Australia.
No sé qué debieron decirles a mis progenitores.
—Es... esto es increíble, milord...
—Acudo a usted para que me ayude a recuperar mi dinero por la vía que corresponde, que es mi derecho hereditario como hijo del marqués de Lorne. La persona que lo esté portando no es el verdadero heredero.
—Por el infierno... —expresó el letrado al darse cuenta de todo lo que significaba lo que decía.
—Mi tío debe ser el que usurpa mi lugar...
—No es así, es su primo, Henry Beaumont. Su tío no alcanzó a disfrutar de lo que esperaba, sino fue su hijo. Su tío murió unos días antes de su hermano.
—Al menos me alegro de que su codicia se enterrara con él, lo merecía completamente.
Entonces a quien debo sacar del camino es a Henry.
Ahora no tengo cómo pagarle, señor Roosevelt, de hecho, ni siquiera uso mi apellido, uso el de mi madre para no levantar sospechas de que he regresado.
No sé de qué será capaz Henry por seguir como gran señor con algo que no le pertenece.
Le pagaré lo que sea que me pida para recuperar lo que es mío.
—Será un gran placer, su señoría. Su primo me ha reemplazado como letrado al morir el marqués, si usted restituye ese lugar para mí, no tiene de qué preocuparse.
El administrador, el señor Jenkins aún sigue siendo el administrador de los bienes del título y el señor Grason, de los bienes hereditarios de su primo.
—¿Puede hacer que el señor Jenkins venga aquí para conversar?
—Por supuesto. Se lo pediré a un lacayo ahora mismo y después veremos cómo lo traeremos de vuelta a la vida. Hay que dejarlo en mis manos.
—Confío plenamente en ustedes, señor Roosevelt. Las cosas cambiarán y habrá un gran alboroto en Londres.
El hombre se puso manos a la obra para cumplir con los pedidos de Randalf. Buscar al administrador era un asunto casi de vida o muerte. Mientras aguardaban, Randalf presentó a Thomas con el señor Roosevelt y le contó toda su travesía desde que dejó Inglaterra hasta lograr regresar.
Le alegraba que alguien más le creyera. Según lo que comentaba, no sería difícil regresarlo a la vida, ya que el señor Roosevelt podía dar fe de que estaba con vida.
—Señor Roosevelt, necesito hablar con mi madre. ¿Podría usted citarla aquí o prefiere que vaya a la casa en la que se encuentra?
—Tengo entendido que la marquesa viuda vive con el usurpador. Ella lo adora, es como si fuera otro hijo. Ha volcado toda su atención en él durante los últimos años.
—¿Considerar a ese desgraciado como su hijo? Eso es una ofensa para mí. Sobreviví a lo que otros no podrían para regresar a su lado. No podría soportar que lo ame más que a mí —espetó Randalf molesto.
—No podría asegurarle que ella lo ama más a él que a usted, pero si así fuera, no es culpa de su madre, solo buscaba un consuelo.
—Todo es culpa de la codicia de mi tío, pero su legado no continuará con lo que él esperaba.
Sacaré a Henry, aunque sea a rastras de mi casa, tal y como sus padres me sacaron a rastras del carruaje para tirarme a un barco.
Estoy dispuesto a que sufra lo mismo que yo, pienso dejarlo en la miseria más absoluta y sé que no sobrevivirá porque no es fuerte como yo.
—Haremos lo que esté a nuestro alcance, su señoría. Ahora nos compete hablar con el señor Jenkins. ¿Dónde se está hospedando?
—Todavía no hemos definido eso. Hemos pasado por mucho, señor Roosevelt. Desde prisioneros hasta salteadores de caminos para llegar aquí. No tenemos arraigo, ni nada.
—¡Oh! No se preocupe, su señoría. Puede quedarse en mi casa si le apetece en compañía de su amigo. Es un placer volver a tenerlo como mi cliente.
—Le agradecería que nos diera el asilo y nos proporcionara prendas decentes. Thomas y yo estamos dispuestos a integrarnos a la sociedad lo más pronto posible. ¿Usted sabe qué ha pasado con mi preceptor?
—Sí. Ya sabe que los educadores nunca van muy lejos. Él se encuentra contratado por lord Nottingham para que eduque a su hijo.
—¿Lord Nottingham?
—Es un conde, uno importante en la sociedad. Tiene el temple de acero para convivir con cinco hermanas y pagar las dotes de todas. Eso no es para cualquier mortal. Y todavía no le he dicho que tiene dos cuñados duques y dos condes y próximamente...
—¿Y próximamente? —inquirió Thomas que estaba escuchando el cotilleo con mucha atención.
—Es una situación complicada, pero debo decirle a usted, su señoría, que el próximo en formar parte de ese prestigioso clan, es el marqués de Lorne.
Tanto Randalf como Thomas estaban boquiabiertos. Esto superaba por mucho todo lo que pudieran imaginar alguna vez.
—Los astros se alinean a tu favor, Randalf. ¿Comprendes lo que significa? —interpeló Thomas.
Randalf no podía masticar lo que le había dado el señor Roosevelt como bocado.
Eso le daba a entender que su primo, Henry, estaba comprometido con lady Eugenia Fane.
Eso solo significaba algo curioso, más que una coincidencia.
¿Cómo podían haberse cruzado sus caminos sin desearlo?
Primero como desconocidos, y después, como prometidos.
En realidad, no eran prometidos, Eugenia era la prometida de su primo, pero a través de un título que le pertenecía a Randalf.
Esto en lugar de parecer una alineación astral, se asemejaba a un destino vengativo y cruel, porque ellos dos estaban destinados a encontrarse siempre, como un ensañamiento.
¿Qué haría con ella cuando despojara a Henry de todo?
¿Era la oportunidad perfecta para tomar venganza por su engaño y su insana diversión a su costa, o dejarla en libertad de irse con su prometido?
Sospechaba que Eugenia moriría por quedarse a su lado y él también lo haría por estar con ella, pero se propuso una venganza y la conseguiría sin importar mayores consecuencias.
—La prometida de Henry no me importa. Puede quedársela sin problema —replicó con desinterés.
—Le recomiendo que lo piense dos veces por dos motivos fundamentales: será la mejor venganza que podría tener y el dinero que le dará la dote de la dama. Muchos lamentan que ya no existan más hermanas Fane, usted se quedará con la última y dicen que es la más bonita de todas.
—Y la más endiablada. Es una diablesa encantadora a la que tuve el disgusto de conocer por casualidad...
—¿No me diga que le ha robado a milady, su señoría?
—Considero que fue ella quien terminó robándome el valioso tiempo que tenía. Tomaré en cuenta sus consejos, señor Roosevelt.
—Mientras medita la situación y seguimos esperando al señor Jenkins, podríamos instalarlo en la casa.
—¿Y su antiguo mayordomo?
—Usted lo dijo, antiguo. El buen John murió el invierno pasado. Fue muy triste para nosotros, una pérdida invaluable en el servicio, no hay nadie como él. Los años pasan y se llevan a las personas que apreciamos y respetamos.
—Lo sé, señor Roosevelt. Mi padre no supo que estaba con vida. Debió morir con tristeza y desazón.
—Así fue. Su padre, no soportaba la vida sin su amado hijo. Soportó muchos años, pero sucumbió ante la tristeza una mañana de primavera. A su madre, solo la impulsa a seguir el cariño a su sobrino.
—Ya no hará falta que aprecie a mi primo, después de verme, me apoyará y es probable que ella misma lo eche de la casa. Confío en que no me amará menos que eso para apaciguar mi resentimiento ante la maldad de mi familia.
—Milady es un alma bondadosa, no creo que rechace a su primo. Se lo advierto, ella lo aprecia demasiado. No quiero que se lleve una decepción a causa de lo que espera y que quizá no reciba.
—Un hijo no se olvida y un sobrino político sí puede olvidarse y lo conseguiré así tenga que desaparecerlo. Por todo lo que he pasado, no dudo que pueda dar un buen disparo entre las cejas.