Capítulo 24
Eugenia era un mar de lágrimas. Sabía que su hermano encontraría su talón de Aquiles. Encontró el castigo ideal para hacerla añicos.
—Clauss —pronunció Eugenia al ver a su gato acostado en la cama—, te alejarán de mí. Cometí una terrible locura al sentirme atraída por alguien inconveniente, pero solo tú me entiendes...
El gato Clauss tenía el rostro como siempre: enfadado. Su ceño fruncido nunca dejaba a nadie adivinar cuál era su verdadero estado de ánimo. Ella lo abrazó y él quería escapar desesperadamente.
Lamentaba lo que estaba ocurriendo y más que lo arrojarían a la calle.
Era su gato, era lo mejor que Spencer había hecho por ella en toda su vida y por un enfado en el que tenía razón, se lo arrebataría.
Él ya no era un gato tan joven. La calle para él podría ser muy peligrosa y eso la destrozaba aún más.
Helen entró a la habitación y fue hacia el armario, comenzó a quitar las prendas con mucha tristeza.
—Su hermano ha ordenado que se retire todo lo que le gusta de esta habitación, aparte de sus posesiones —musitó Helen—. ¿Qué ha hecho en esta ocasión para que el conde se enfadará tanto?
—¿Quieres detalles de mi desgracia? Lo escuchaste... —respondió molesta.
—Es que me cuesta creer lo que escuché. Usted es una dama y el hombre debe ser un vagabundo. Es incomprensible cómo pudo haber caído en los influjos de un pobre diablo.
—Él no hizo nada para seducirme, es más, es tan seductor como un bagre, pero su personalidad, su conversación... nunca podré tener algo similar con el marqués.
—Decía lo mismo del marqués casado, que nunca podría olvidarlo, y resulta que no solo lo ha olvidado, sino también ha escogido a alguien que no está ni cerca de ser alguien ideal para usted.
—No entiendo por qué todos enloquecieron por un par de besos.
Sigo comprometida, sé con quién me casaré.
Está bien, ciertamente he fallado en mi lealtad, pero si no lo hacía, moriría sin probar lo que era ser besada por alguien que se hizo deseable para mí.
Tampoco he sentido esto mismo por el marqués, es cierto lo que me dijo una vez: estaba confundiendo su cariño de hermano con amor.
No me arrepiento de escoger a mi prometido, es lo mejor que me pudo pasar en cuanto a dinero.
Es adecuado, atractivo y educado. No lo cambiaría por alguien como Randalf Amery, por más que cuando estaba con él, el fuego corría por mis venas y la emoción me embargaba.
Las discusiones eran tan excitantes que no hay una explicación para el gusto que tenía cada vez que entraba en discusión con aquel hombre.
Todo iba más allá de solo un beso. Randalf nunca cedió ante mí y eso era muy atractivo.
—Su hermano tampoco cede ante usted y ya ve lo que pasa.
—Él es un ogro despiadado. No iba a correr tras Randalf, de hecho, nunca lo volveré a ver.
Tal vez viva en una mayor fantasía que la mía.
Su historia de que es un hombre al que le robaron su vida es algo tan triste que es imposible que alguien no se conmueva.
Mi corazón es duro, Helen, pero al escucharlo, sentí pena, empatía y lástima.
¿Imagina perderlo todo por la codicia de los demás?
¿Por qué alguien inventaría algo así? La verdad no sé...
La mente de Eugenia era un torbellino de confusión, porque se debatía entre creer y no creer en Randalf.
Era absurdo considerar que ella lo conocía a fondo y tenía la verdad.
Sabía solo lo que él le había contado, desconocía si era cierto o no, no le quedaba otra cosa más que creer en sus palabras y seguir en el juego.
Con ambos separados, lo único que debía hacer era concentrarse en su vida, al caballo ya lo había perdido y si las cosas eran como las imaginaba, al recuperar su título estaría igual: en la calle.
Lo que le había dicho su cuñado era poco alentador para él, pero no se lo dijo.
No quería hacerlo sufrir en caso de que todo fuera verdad.
—Dejen el cotilleo —expresó la voz de Spencer que entró a la habitación de la joven—. Me llevaré las joyas y al gato.
—Perdón, Spencer. Prometo portarme bien y ser una hermana cariñosa. Puedes atarme a Rose y con gusto la besaré si quieres, pero no me quites a Clauss, eso sería como quitarme el corazón... —Ella se aferró aún más al animal que estaba desesperado por huir.
—Dios, míralo, estará mejor en la calle sin tantas atenciones que no ha pedido. Además, le haría bien cazar un poco y sufrir de hambre como antes. Ven, Clauss —lo llamó Spencer.
El gato, desesperado, escapó de las garras de Eugenia y fue a ronronear dándose vueltas alrededor de las botas de Spencer.
—Nunca me habían traicionado de esta manera, Clauss... —musitó llorosa.
—Supongo que ya te has despedido de él, ahora, di adiós a tus joyas.
—Adiós, mis joyas —farfulló recostando su cabeza en la almohada.
—La vida mejorará para ti, puesto que nadie volverá a consentirte. Has perdido a tu mejor aliado, Eugenia. Es tiempo de que seas mansa como un cordero.
—¿Para qué ser mansa de todo continuará igual? Cuando sea la marquesa, ustedes se acordarán de mí.
—Todavía estoy a tiempo de deshacer tu compromiso. Tus amenazas deberías guardarlas en tu armario que quedará vacío. Buena suerte, Eugenia.
Spencer salió de la habitación con el gato siguiéndolo y con el alhajero en los brazos.
—Vea algo bueno de esto, milady, todavía tiene su anillo de compromiso —dijo Helen para que se sintiera mejor.
—De qué me sirve si ya no tengo a Clauss.
Ahora será un gato callejero, sin sus comodidades ni su comida.
No valía la pena perder a Clauss por Randalf, al menos a mi mascota lo conocía casi desde su nacimiento; sin embargo, a ese hombre solo lo conocí por accidente, por uno que comienzo a lamentar mucho.
—Oh, milady, me duele verla derrotada. Usted es fuerte y podrá levantarse, no lo ha perdido todo, aunque en este momento en que su hermano está tan enfadado, es mejor que guarde silencio y sea muy buena.
—Es un buen consejo. Él se ha disparado en el pie al decirme que apresurará el compromiso, eso es conveniente, porque me vengaré por haberme quitado a Clauss. Ha perdido a su hermana, ha ganado una enemiga.
Estaba tan dolida que consideraba a todos a su alrededor como enemigos. Sería la comidilla cuando sus hermanas la visitaran.
Logró recuperarse de su llanto y se arregló lo mejor que pudo para continuar con su vida normal, o al menos lo más normal que pudiera.
Sin Clauss sus días serían tan miserables que no quería saber nada.
Debía hacer como si estuviera en alguna propiedad lejana en la que su gato no pudiera estar para consolar su corazón.
—¿La mayoría de mis hermanas saben que he caído en desgracia? —preguntó a Helen.
—Sí, milady, y todas han confirmado que vendrán para la cena, eso significa que tendrá muchas preguntas que responder.
—Las responderé como siempre y no me disculparé. Les diré la verdad: que fue la mejor aventura de mi vida. Spencer me arrebató la oportunidad de ser una mejor persona, ahora solo soy Eugenia, una joven a la que no le importa nada.
—Ellos piensan que está sufriendo mucho por lo de su gato, supongo.
—Lo estoy, pero no lo demostraré. Ya no quiero que sepan que se llevaron lo más vulnerable de mi vida, lo único que me convertía en niña y no en una pequeña adulta. Hoy me convertí en mujer a las malas.
—Tiene todo mi apoyo, milady.
—Gracias, Helen. Eres cotilla, pero incondicional.
Su misión era sobrevivir a las burlas familiares y las miradas acusatorias que le harían los demás. Todos le preguntarían qué había hecho, o, en su defecto, si se había enloquecido. Nada era difícil de responder, lo haría con cinismo si hiciera falta.
—Si no es Rose quien matará a Spencer, es Eugenia —pronunció Fanny, burlona, al ver a su hermana menor acercarse al resto.
—Eres la fruta de la discordia, Eugenia. ¿En qué estabas pensando? —preguntó Meredith que negaba con la cabeza.
—Spencer debió decirles todo con lujo de detalles, no se habrá perdido nada y tampoco dudo que inventara algo más para dejarme en una peor condición.
—Estoy seguro de que cualquier cosa que hayas hecho, Eugenia, se solucionará. Todos nos equivocamos alguna vez —alegó Clifford, su cuñado.
—Mi querido cuñado, se nota que no llevas una sola gota de sangre de la familia Fane, nuestra especialidad es juzgar a nuestros semejantes y ensañarnos con los miembros de nuestra propia familia —replicó Eugenia que se sentó y cogió una copa que llevaba una doncella en la bandeja, mientras repartía algo de beber.
—No digas eso. Recuerda que cuando comemos la misma comida ya somos casi de la misma sangre, tú misma lo has dicho, Eugenia —le recordó Victoria.
—¿Cómo se llama el supuesto delincuente con el que estuviste saliendo, Eugenia? —curioseó Foster.
—No creo que lo conozcas, lo dieron por muerto hace demasiado tiempo, pero te diré lo que me ha dicho: Randalf Amery, padeció de escarlatina.
Su tío aprovechó su enfermedad para engañar a los padres de él y llevarlo a un barco que iba rumbo a Australia y lo mantuvieron esclavizado durante quince años.
Ellos querían quedarse con el título familiar y es probable que lo consiguieran al fallecer el padre de Randalf.
Foster se quedó boquiabierto. Era una narración digna de los escritos de Fanny.
—No, no lo conozco, ¿cuál es su supuesto título? Hay que saberlo.
—No me lo quiso decir porque pensaba que era peligrosa para sus planes de recuperar lo que le pertenecía.
—Para lo único que eres peligrosa es para darle disgustos a tu familia, Eugenia —acusó Spencer.
—Si me van a juzgar, prefiero que lleven mi cena a la habitación y si no les apetece puedo pasar hambre o buscarla yo misma.
Ya he recibido suficiente castigo y demasiados señalamientos.
Si quieren que continúe como si nada, dejen de recordarme mis errores.
Si los repiten se les escapará frente a mi futuro esposo y eso será terrible para todos.
—Tuviste un comportamiento libertino, Eugenia.
Eso es lo que cuestionamos de ti. Dispusiste de una propiedad ajena para un rufián que intentó asaltarte y después te mintió de manera descarada.
Eres muy inteligente para lo que te conviene y te desentiendes de lo poco conveniente. —Spencer regresó a la carga.
—No puedo arrepentirme más. Me han alejado de Clauss, con eso ni siquiera esperen nada de mí.
No hay arrepentimiento alguno de mi parte, no volveré a caer en tonterías, pero no seguiré humillándome ante ustedes, mientras me estiran la lengua para saber hasta dónde puedo llegar.
Saben de lo que soy capaz y ahora también sobre lo que no.
Espero estén conformes con molestar a otros.
Y, otra cosa, Spencer, mejor si mi prometido aparece antes para casarnos, de esa forma me libraré más rápido de ustedes.
Te daré la paz que anhelas, ya que desde ese día no volverás a saber de mí.
La joven regresó a su habitación. Había dejado claro lo que deseaba, no la tendrían como pelota de bádminton golpeándola de un lado al otro. Si pensaban que sería tan calmada como las otras, estaban equivocados, bastante equivocados.
—Es una joven perturbada... —habló Foster que negó con la cabeza.
—No, ella no está perturbada, nosotros le hacemos daño. Todas fuimos alguna vez señaladas por algo. No es justo para Eugenia que la tratemos de esta manera. Está aprendiendo de sus errores, experimenta el mundo —la defendió Meredith.
—No me hagas recordar tus pecados, Meredith, ya que te gustaba experimentar el mundo con el cuñado de tu esposo —farfulló Spencer—.
Esa arpía siempre nos ha tratado como si nadie la quisiera, y es hora de que sienta un poco de lo que tanto espera: la falta de amor familiar.
La hemos amado estos años con sus defectos más que virtudes, pero lo hemos hecho.
¿Y qué nos ha devuelto? Malos tratos y humillaciones.
Es un arma letal al decir boberías. Maltrató a Fanny durante años, a Rose le hizo una guerra de nervios.
A ti y a Kitty no les alcanzó a hacer mucho, ya que Kitty era como una zarigüeya inmune a las letales mordidas de cualquier serpiente.
Eugenia tendrá que pensar en lo que hará la próxima vez o este compromiso terminará desbaratado, y no por mí, sino por ella misma.