Capítulo 23
Londres...
—Es el carruaje del duque de Salisbury —anunció Helen que miraba con aburrimiento a través de la ventana. Desde que las hermanas Fane casi ya no habitaban esa casa, ella cada vez se sentía más inútil por la falta de trabajo, puesto que solo atendía a lady Nottingham.
—¿No te estarás confundiendo? —preguntó Victoria haciéndole gestos a Helen para que se retractara. No quería que su esposo se preocupara, aunque al rato lo escuchó dejar a un lado su periódico y comenzar a reír.
—¿Por qué no me sorprende? Algo debió haber hecho Eugenia para que la devolvieran tan pronto, antes tardaba al menos dos semanas. Se nos ha acabado el idilio, Victoria. Ninguna felicidad es para siempre —habló Spencer.
—Tal vez olvidara algo importante y alguien ha venido a buscar eso. Eugenia puede ser un poco despistada...
Spencer extendió la mano hacia su esposa. Cuando ella lo cogió, él besó su extremidad y le sonrió con cariño.
—Se agradece el intento de consuelo, pero la realidad es distinta. ¿Qué haría sin ti, Victoria? Eres mi oasis de paz.
Helen volteó los ojos ante las exageradas muestras de aprecio del conde de Nottingham y después corrió para abrir la puerta y que pudieran entrar los recién llegados.
Eugenia fue la primera que descendió del carruaje y entró a la residencia, seguida por su cuñado.
—¿Qué has hecho, Eugenia? —increpó Spencer.
—Buen día para ti también, Spencer —replicó sarcástica.
—Buen día para todos. Spencer, necesito conversar contigo sobre mi cuñada —musitó el duque.
La joven se sentó en el sillón y después suspiró.
—¿Qué la trae aquí en esta oportunidad?
—¿Podemos hablar en tu despacho? —preguntó Albert.
—¿Por qué tanto secretismo? Acompáñame, Victoria, o que alguien vaya a por el médico, siento que no recibiré buenas noticias del comportamiento de mi hermana.
Lord Nottingham fue hacia su despacho en compañía de su cuñado y su esposa. Suponía que nada podía ser bueno porque Kitty no había acudido en compañía de su esposo.
Eugenia los vio retirarse y a los pocos segundos Helen se sentó con ella.
—Cuénteme, milady, ¿qué ha dicho o hecho en esta ocasión? Su excelencia se veía muy enfadado con usted.
—Es una larga historia, Helen, y un tanto vergonzosa.
—Tengo todo el tiempo del mundo para escucharla. Esta casa es demasiado aburrida sin ustedes. Casi no hay vida. Lady Nottingham es un amor, su hermano solo está tranquilo y el hijo de ambos vive para estudiar. Ese preceptor es un torturador de niños.
—Albert...
Cuando Eugenia estaba a punto de comenzar su relato, alguien golpeó la puerta, entonces Helen enfurruñó su rostro y de mala gana se acercó para abrir.
—Bienvenida, su excelencia —saludó Helen al ver a Rose y al esposo de esta.
—Lo que me faltaba —murmuró Eugenia. Sospechaba que la aparición de Rose solo haría que se hundiera en el pozo de la miseria. La humillaría con su título de duquesa y su amor por un duque. No quería saber nada del amor.
—¿Qué has hecho, Eugenia? —preguntó Rose que se quitó el sombrero y se lo entregó a Helen.
—Otra persona que no saluda y hace preguntas absurdas —masculló con los brazos cruzados bajo el pecho.
—¿Cómo estás, Eugenia? Déjanos jugar a las adivinanzas. —El duque de Alcost se sentó junto a ella con un tono burlón—. Le dijiste a Albert que es un viejo anticuado...
—Eso ya se lo dijo. Estoy segura de que pronunció otras palabras que no habrán sido del agrado de nadie o empujó a Augusta. Ya sabes que nuestra sobrina es tan insoportable como Eugenia.
—Augusta tiene mucho que ver con lo que pasó para que me desterraran. Me comí un scon que me pertenecía, pero como se los había prometido a ella, al percatarse de que faltaba uno, fue a decirle un par de cosas a Albert y...
—¿Qué le ha dicho? —cuestionó Rose.
—¡Eugenia! —gritó la voz de Spencer.
Los que estaban en el salón se colocaron de pie, y Eugenia se escondió detrás de Harper.
—Ese grito no es nada bueno, Eugenia. ¿En qué te has metido? —indagó su hermana.
En el despacho, Albert sujetaba a Spencer para que no fuera a ahorcar a Eugenia en el salón.
—Querido, primero deberías calmarte antes de intentar hablar con Eugenia, es lo más conveniente —pidió Victoria tratando de calmar a la bestia.
—¿Quién dijo que quiero conversar? Deseo estrujar su cuello hasta que oiga el satisfactorio sonido de sus huesos rompiéndose entre mis dedos.
Eugenia no tiene solución, es un caso perdido.
¿Oíste lo que dijo Albert? Se ha involucrado sentimentalmente con un ladrón.
¡Un ladrón! Cómo no se me ocurrió que ella podría ser tan sinvergüenza de buscarse un amante y engañar a su prometido a solo unas semanas de comprometerse con quien ella había escogido.
Es una desvergonzada e inescrupulosa. Esto es lo que ha causado consentirla demasiado.
Ya no le complace lo bueno de la vida, ahora quiere experimentar con lo malo, lo tenebroso y lo oscuro.
—Admito que tienes razón y parte de la culpa es mía por darle tantas alas a una niña caprichosa. La adoro, pero ha superado los límites y no me queda más que devolverla aquí para que encuentres un castigo ejemplar para ella.
—Por supuesto que tengo el castigo perfecto. Ve a por ella, Victoria. Me calmaré mientras Eugenia llega aquí. Estoy seguro de que no tendré el miserable impulso de matarla. Estoy controlándome.
Victoria asintió y salió del despacho. Hizo una mueca con la boca, pues suponía que su esposo había mentido al decirle que estaba calmado.
—Rose... —murmuró Victoria al ver a su cuñada, quizá ella fuera una forma de calmar a Spencer—. ¿Puedes ir al despacho junto a tu hermano? Dale un abrazo y un beso.
—Está hecho un animal, es probable que me muerda la yugular.
—No lo hará, se alegrará al verte, ve y calma a la fiera.
Rose miró a su esposo y emprendió camino hacia donde se encontraba su hermano.
—Y tú, Eugenia... Nos has decepcionado tanto. ¿Engañar a tu prometido con un ladrón? Eso no es correcto.
—¿Engañaste a tu prometido con un ladrón? Eso es algo horrible, Eugenia —acusó Harper molesto.
—¡No lo engañé! Solo ayudé al hombre al que disparé cuando intentó asaltarnos y lo llevé a la propiedad de Albert.
—Me sorprende que no te enviaran al otro lado del mar por lo que has hecho —comentó su cuñado.
—No cantes victoria, porque Spencer me castigará y no sé con qué puede hacer eso. No hay nada que pueda dolerme, pero es probable que él encuentre algo con lo cual ponerme de rodillas y rogar para que me mate y no me haga tanto daño.
—Tu hermano ha pedido verte —comunicó Victoria—. Te sugiero que solo aceptes las culpas y no lo provoques, porque está muy enfadado.
—Lo sé, conozco a mi hermano. No tengo miedo de enfrentar mi destino. Como toda tormenta esto pasará, me casaré y no hay más que decir.
Ella dejó a sus cuñados en el salón y decidió darle prisa a su sufrimiento. No quería estar pensando en qué pasaría, eso se traducía en sufrir por algo que ni siquiera ocurría.
—¡Tú! —La señaló Spencer con un dedo. Su rostro era demencial y sus ojos parecían salir de sus cuencas. Sus mejillas estaban rojas y de sus labios se escapaban gotas de saliva espumosa—. ¡Lo sabía, lo sabía! Tú me llenarías de vergüenza, siempre lo supe, lo presentía.
—Estoy segura de que Albert exageró un poco las cosas, Spencer...
—Siéntate antes de que cambie de opinión y en lugar de castigarte, te golpee con el atizador.
Obedeció con rapidez y después miró a Rose que tenía la mirada acusatoria con dirección a ella.
—¿Qué pude haber exagerado? Augusta vio que te besaste con un delincuente y para colmo le mentiste a una niña diciéndole que le dabas aire porque le faltaba.
La duquesa de Alcost casi estalló de risa al escuchar la explicación que había dado Eugenia. No le sorprendía mucho, ya que la señorita Harting inventaba cada cosa para mantener la curiosidad de las jóvenes en márgenes aceptables. Nunca olvidaría a los demonios apasionados de los caballeros.
—Responde a esa acusación de una manera coherente, Eugenia —ordenó su hermano.
—Por algo inventé eso. Pides muchas explicaciones para alguien que conoce poco de la atracción por un caballero. ¿Por qué un beso es algo malo?
—El beso no es algo malo, el problema es a quién se lo das.
Tu lealtad es con tu prometido y al estar soltera sin compromiso es con tu padre o tu tutor.
La gente señalará y juzgará a todos los miembros de nuestra casa por tus acciones, así como juzgaron a tus demás hermanas que salieron triunfantes de las desgracias que acaecieron sobre ellas.
—¿Y no puedes pensar que yo saldré victoriosa?
—No, no porque ninguna ha traicionado a su prometido o a su esposo con otro. Tu decencia es floja.
—Por supuesto que no. Admito que yo misma sugerí una aventura con Randalf Amery, un noble en apuros.
—¿Cómo sabes que es un noble en apuros? Eso pudo decírtelo cualquiera con tal de sacar ventaja de ti. ¿Te pidió dinero?
—Le di dinero como compensación por haberle disparado y para que aceptara quedarse más tiempo en la cabaña para que lo visitara.
Spencer se desplomó en su sillón. Rose y Albert comenzaron a abanicarlo con lo que encontraban sobre el escritorio. Él no había soportado semejante respuesta tan sincera por parte de su hermana.
—¡Mira lo que has hecho! Ahora tendremos que cavar un hoyo en el jardín para tirar su cuerpo en lugar de arrojar el tuyo —farfulló Rose, molesta.
—No se va a morir. Además, él pidió que le dijera todo. Lo que pasa es que no soy su hermanita perfecta.
—Deja esa bobería de las hermanas preferidas. No desviarás la atención de lo que realmente importa que es tu comportamiento inmoral —replicó Albert.
—Esto es difícil de escuchar. Intenté darle todo a mis hermanas.
La mejor educación, lo que pude como familia y una gran fortuna...
¿Qué hice mal para que Eugenia saliera de esta manera?
No encuentro una explicación a su comportamiento atrevido y poco elocuente.
Hablaré con tu prometido para adelantar la boda.
Ya no deseo que seas mi problema. Él tendrá que lidiar contigo y tus gustos excéntricos, pero mientras eso ocurre, tendrás tu castigo.
Ella esperaba su castigo, el que fuera lo soportaría sin problema. Era fuerte y lo toleraría.
—No hiciste nada malo, aparte de darle más amor a Rose, pero ya no puedo reclamar por eso, Albert lo ha dicho. Sé que obré de manera descuidada, pero seguía mis deseos y la recompensa inmediata para mis sentidos me cegó.
—Es tarde para explicar esto. Tu castigo es que se requisarán todos tus vestidos, joyas, zapatos, sombreros y listones. No tendrás nada más que dos vestidos y cinco delantales...
—Las joyas son mías, son regalos.
—Son mías ahora como un pago al mal que has causado a Albert y a mí. Traicionaste nuestra confianza y nuestro cariño, pero esto no termina aquí, Eugenia. El gato Clauss se irá de la casa. Siempre fue de la calle y ahí regresará.
—¡No! No puedes quitarme a Clauss. Si lo haces te odiaré para siempre, Spencer.
—Ya me odias desde hace muchos años, Eugenia.
No hace falta que me adviertas sobre eso.
Este será tu castigo por desobedecer. También, ten en cuenta que tu prometido tiene ciertos problemas de salud con tu gato.
No será viable llevarlo a la casa de él en el futuro y yo no pienso tenerlo aquí por más tiempo.
—Eres un ser despiadado, Spencer. No pensé que te vengarías de mí con un inocente —lamentó. Trataba de soportar la presión para no romper en llanto. Lo que ocurría con ella era algo horrible. No estaba dispuesta a perder a Clauss.
—Es la consecuencia de lo que haces. Vete de aquí. No saldrás de esta casa en mucho tiempo por tu seguridad, no sabemos si irás a la prisión de Newgate para salvar a algún falso noble.
Eugenia salió corriendo del despacho. Spencer suspiró y trató de encontrar paz.
—¿En verdad arrojarás al gato Clauss a la calle? —preguntó Rose.
—Claro que no, pero se irá a casa de alguno de ustedes hasta que ella aprenda la lección. Tal vez un poco de sufrimiento haga que su mente cambie y piense mejor las cosas.