Capítulo 22
Eugenia sabía que su cuñado echaba chispas hasta por las orejas.
Estaba muy enfadado con ella y muy ofendido por la situación en la que lo había colocado.
Comprendía los sentimientos de traición que pudieran embargarlo en ese instante, pero ella no tenía idea de cómo justificar su actuar sin algo tan irracional como la atracción.
Vivía una bofetada de realidad. Tanto había juzgado a todos los que la rodeaban, que ella era la peor de todas.
Ninguna de sus hermanas estaba vinculada sentimentalmente con un delincuente, en cambio, Eugenia sí, y para acrecentar su mala fortuna, estando comprometida con alguien que ella misma había escogido.
Sus familiares pedirían su cabeza al pisar la casa de su hermano en Londres.
Por la mañana, Eugenia había sido llamada por su cuñado y también la institutriz para que asistieran al despacho. Una doncella se había quedado en la habitación de ella para recoger sus cosas en un baúl. Albert la tenía con un pie fuera de la casa.
—Quería conversar con ustedes dos antes de llevar a Eugenia a Londres.
Señora Smith, me ha decepcionado al solapar las actividades de Eugenia.
Me genera desconfianza que tenga que instruir a Augusta en cuestiones morales cuando usted está apoyando comportamientos poco decentes de sus pupilas —acusó el duque.
—No es culpa de la señorita Harting. Me niego a llamarla señora Smith.
Es mi entera responsabilidad. Yo la sometí a mis órdenes aprovechando mi posición.
Desde que le disparé al hombre, ella insistió en que lo dejara tirado y que no lo llevara a la cabaña.
Me dijo que te lo contaría, pero volví a amenazarla.
No tiene culpa de nada. Es una mujer de gran rectitud y tú sabes los resultados que tiene.
Tu esposa es parte de la educación que ella nos ha dado.
¿Te atreves a decir que no vale la pena que eduque a Augusta?
—Por algo ella está aquí, Eugenia. Por lo que dices es peor lo que le terminaré diciendo a tu hermano sobre ti. Hay partes de tu persona que no nos habías mostrado...
—En la poca defensa que puedo darle a milady, le aseguro que se sintió culpable, ya que yo propicié que ella le disparara a ese mentiroso y grosero delincuente.
Quizá milady quedó un poco impactada por el atractivo del caballero y eso pudo llevarla a un estado de confusión momentánea.
Espero que usted y lord Nottingham traten este asunto con cuidado para que no salga de las paredes de la familia, ya que puede afectar el futuro de todos.
—Lo tendré en cuenta, señora Smith, solo que nadie salvará a Eugenia de un buen castigo que su hermano le dará. Además, ella no volverá a tener mi apoyo y cariño por haberme defraudado. Morderá el polvo al ser ignorada. No tendrá lo que siempre espera: atención.
Para Eugenia, esas palabras eran demasiado fuertes y tenían mucha crueldad en el tono. Albert era una persona muy rencorosa, alguien que no dejaba pasar una falla con una sonrisa. Se atrevió a engañar a una criatura de naturaleza bondadosa como su cuñado y esas eran las consecuencias.
Después de seguir escuchando hasta de qué moriría, llegó la hora de subir al carruaje y partir.
Kitty no le hablaba y Augusta había sido apartada de la mala influencia que representaba Eugenia.
Veía a su sobrina llorando a través de la ventana, cuando ella subía al coche.
Esperó por unos minutos a que Albert se despidiera de su esposa antes de subir.
Lo miró mientras se acomodaba en el asiento.
Los ojos del duque la juzgaban sin piedad.
—No dejaron que me despidiera de Augusta. No me parece justo —reprochó la joven.
—Para qué hacerlo. La ignoraste todo el tiempo. ¿De qué sirve que ahora la aprecies? No volverás a acercarte a Augusta en lo que le quede de crecimiento. No eres el mejor ejemplo que ella podría seguir.
—Antes no pensabas de esa manera.
—Antes tampoco habías mostrado estos comportamientos. Todavía no puedo creer lo que me has hecho. Tu hermano te trataba de cierta manera por una razón y recién ahora lo comprendo. No volveré a sentir compasión por ti.
—Espero que algún día me perdones. No cambian las cosas por un pequeño desliz que tuve...
—¿Qué es lo que en realidad buscabas con ese ladrón? No es normal que te agrade alguien así.
—No lo sé. Desde que lo vi, algo me decía que era diferente y que no podía alejarme de él. ¿No has vivido algo semejante con Kitty? ¿No has sentido algo que los impulsa a estar juntos en contra de la razón?
—Sí, por supuesto que sí. Mi cabeza me gritaba que abandonara la casa después de conversar contigo la primera vez, pero, Eugenia, tu hermana es una dama y yo un duque.
No hay punto de comparación. Tú eres una mujer de recursos y comprometida que no puede fijar los ojos en alguien por debajo de su nivel.
No estás desesperada por casarte. Tienes la vida resuelta y aun así, quieres complicarla. Qué empeño por complicar tu existencia.
—Fui muy feliz en esas horas en las que lo acompañaba.
Él intentaba ignorarme y ser cruel, pero conmigo no ha podido, aunque yo tampoco he podido superarlo.
Me duele que no pueda tener a alguien con quien pelear como lo haría con él.
El marqués no representa un adversario digno para mi lengua ni mi intelecto, es solo un esposo conveniente y atractivo, es lo que cualquiera necesita.
—Es lo que escogiste. Ahora te resignarás, no le diste tiempo a los sentimientos y resulta que un delincuente es quien te roba el sueño.
—La señorita Harting me lo advirtió, me lo dijo mil veces, pero siempre me sentí suficiente para solucionar cualquier cosa.
Quería impresionarlos a ustedes con un excelente compromiso.
No podía quedarme por debajo de mis hermanas.
Me sentí presionada por las expectativas y las propias excusas de todas, que siempre tenían que preocuparse más por mí que por ellas al momento de hacer un movimiento.
Yo no tengo esa necesidad, esa es mi ventaja.
—Pero no la aprovechaste, ahora tienes un compromiso que cumplirás, te guste o no.
***
Randalf había regresado a la posada en la que se hospedaba hasta que fue secuestrado por lady Eugenia Fane.
Debió pagar por los días en los que le habían mantenido reservada la habitación con sus pertenencias dentro.
Llegó justo a tiempo antes de que arrojaran todo a la calle.
Tenía dinero para pagar el hospedaje y su comida, además, tenía un caballo.
Podía esperar cómodamente a Tom. Sin embargo, lo haría con un mal sabor de boca a causa de Eugenia.
Saber que ella estaba comprometida y había jugado con él, lo llenaba de ira. Cuando se comenzaba a entusiasmar con la joven hasta cometer la locura de pedirle que huyeran juntos.
Comenzó a reír como un demente al darse cuenta de lo estúpido que había sido al primer intento de abrir su corazón.
¿Cómo no se percató de que era una caprichosa y manipuladora?
La respuesta era evidente: lo había engatusado de una manera vergonzosa.
Él se encontraba tan carente de afecto y vulnerable que no se fijó en que ella quería jugar a su benefactora y tomarse libertades que una dama decente no haría.
Pensó que era una atracción única que los podría enloquecer, mas Eugenia solo había logrado alejarlo de su objetivo.
Una vez que tuvieran las condiciones suficientes para enfrentarla, lo haría sin miramientos, sabía quién era su hermano y de dónde venía.
Debía volver a enfocarse en su objetivo de recuperar lo suyo, vengarse de quienes debería y también de Eugenia, que estaba ahí por haber jugado con sus sentimientos.
Al menos por un momento tenía que dejarla en un apuro por lo que había hecho.
Al día siguiente de haber dejado la cabaña de Eugenia, él continuó con su lectura.
Lo peor era que el libro y cada una de sus hojas tenía el aroma de ella.
Era como un perpetuo recuerdo de que estuvo conviviendo con una bella culebra.
¿Por qué? No sabía cómo responderse la pregunta.
No estaba en condiciones de entregarse a nadie, ni siquiera por la pasión de una noche, como siempre le sugería Tom.
Tenía dinero en el bolsillo, pero no le apetecía.
Sus pensamientos y sentimientos estaban ocupados para conseguir lo suyo.
Se olvidaría de todo lo que no le ayudara a prosperar.
Sepultaría a Eugenia hasta nuevo aviso. No más distracciones ni equivocaciones.
Por la tarde, estando encerrado en la comodidad de su habitación, escuchó unos golpes en la puerta. Por un instante, consideró que podría ser el cuñado de Eugenia, pero se suponía que nadie sabía en dónde encontrarlo, por lo que caminó para abrir la abertura.
—Tardaste demasiado en abrir —dijo su amigo, Thomas.
—¡Por un demonio, Tom! —exclamó y lo abrazó. Su amigo golpeó con fuerza su espalda como si correspondiera al acercamiento.
—Se me acabó el dinero y tuve que regresar, pero con excelentes noticias para ti.
—¡Eso es lo que necesitaba escuchar en este momento! —expresó emocionado. Ni siquiera sabía cuál era la buena nueva y ya estaba feliz.
—Invítame algo de beber y te lo contaré todo. También quiero que me cuentes lo que ha ocurrido por aquí, porque percibo el aroma de una dama en este lugar —alegó su amigo que tenía el olfato bien desarrollado.
—Hay algunas novedades. Tienes suerte de que tenga dinero y han sido las peores monedas que he podido conseguir en la vida.
—Me muero por enterarme qué ocurre por este lugar tan recóndito.
Los dos hombres salieron de la habitación y fueron hacia el comedor de la posada. Pidieron un par de copas para empezar.
—Necesito que me digas qué sabes de mi madre —pidió Randalf.
—Ella se encuentra bien según lo que he logrado saber. Siempre está paseando entre las propiedades que tienen...
—Entonces mi tío no la ha expulsado después de la muerte de mi padre. Al menos eso me reconforta un poco. ¿Y qué sabes de mi tío y de mi primo?
—No he podido averiguar demasiado. Me ha costado trabajo, pero a quien pude llegar es al letrado, el señor Roosevelt, el que me dijiste que era el depositario de fe de tu padre. Sigue con vida, solo que le gusta mucho beber.
—Entonces él me recordará si me llegara a ver.
—No he querido mencionarle tu nombre por si él no está de nuestro lado.
—Él era una persona muy fiel a mi padre.
—Es fiel al que le paga su sueldo, es un letrado.
—Tienes razón, pero sabe que una vez que yo esté ahí frente a él no podrá negarse a cooperar y más si le enseño tu arma.
—¿Y la tuya?
—Esa es una triste historia. Una mujer me ha despojado de ella.
—No puede ser posible. ¿Te robaron en el burdel?
—Por supuesto que no. Una dama me disparó y tomó mi arma. Quise asaltarla y me dio un tiro. Después, me llevó a una cabaña en donde cuidó de mí. Fue bochornoso.
—Eso es mala suerte, pero cuidó de ti, ¿de qué te quejas?
—De que me vi envuelto en una corta aventura con una mujer de clase alta, de la hermana soltera y debutante de un conde. Cometí el peor error del mundo al decirle que huyera conmigo.
Thomas tenía la boca abierta. No podía creer lo que escuchaba y de todo lo que se había perdido estando lejos más de una semana.
—¿Y qué te ha dicho? Supongo que le dijiste quién eras.
—No se lo dije. Quién sabe si me echaba a perder el plan de aparecer sin ser invitado en mi propia casa.
Hice bien en no decírselo. Resultó ser una arpía que estaba comprometida.
Deseaba enloquecerme con sus besos y sus caricias...
Casi lo logra, pero con un baldazo de agua fría entré en razón.
Nunca antes me sentí así con una mujer. Le ofrecí algo que no tenía, mas que me pertenecía y que pronto recuperaría. Debí verme como un tonto.
—No lamentes nada de esa bruja. En Londres hay mujeres tan bellas que yo también necesito una oportunidad de casarme con alguien así. ¿Crees que podrás contratar un preceptor para los dos?
—Todo lo podré hacer cuando esté en casa.