Capítulo 21
—Al caballero le faltaba aire y yo se lo di, Augusta. Es todo —respondió.
—¿Entonces a mi madre le falta aire o a mi padre? Siempre les falta...
—Es probable que el aire sea un poco escaso entre ellos.
—Oh...
Augusta trataba de sopesar lo que le decía su tía con certeza, pero ella no se confiaba, ya que había sido capaz de incumplir su palabra de cederle la totalidad de sus masas. Uno menos no significaba el total, había sido deshonesta.
Eugenia creyó que domó a la fiera. Esperaba que así fuera, pues, de lo contrario, estaría en un gran aprieto.
Tendría problemas con toda su familia y no estaba de más decir que la condenarían por sus malos actos estando comprometida, en pocas palabras la matarían lenta y dolorosamente, al menos Spencer lo haría, tal vez si no le daba un desmayo antes.
Si eso ocurría era el tiempo perfecto de huir.
Tanto Eugenia como Augusta se prepararon para la hora de la cena. Ninguna de las dos había vuelto a mencionar el asunto del que habían discutido durante el té, aunque Eugenia no se confiaba del todo, trataría de ser más que amable con su sobrina, puesto que la tenía en sus manos.
En medio de la cena, todo parecía normal, hasta que Augusta dejó a un lado sus cubiertos.
—Madre, ¿a usted le suele faltar el aire? —preguntó la niña.
El faisán se le había quedado atorado en la garganta a Eugenia. Presentía que algo malo ocurriría.
—¿Por qué preguntas eso? —indagó Kitty.
—Mi tía Eugenia dice que cuando una dama y un caballero pegan sus labios, es porque a la otra persona le falta aire. Ella lo ha hecho con un hombre en la cabaña.
No había forma de que el faisán pasara por su garganta. Augusta la delató sin compasión alguna.
Una tos sin precedentes atacó a Albert, al parecer el ave también había quedado atascado en sus vías, al igual que a su cuñada.
Kitty se levantó de su asiento y fue a golpear a su esposo en la espalda. Los sirvientes que estaban cerca se acercaron a soplarle, ya que se había puesto demasiado colorado.
Cuando se recuperó y todavía no podía respirar muy bien, Albert señaló a Eugenia.
—¿De qué está hablando Augusta, Eugenia? —increpó Albert que se puso de pie.
—Yo... Hmm...
—¡Quiero una respuesta en este instante! —exigió.
—Le disparé por accidente y... ¿Podríamos quedarnos con él?
Los que estaban en el salón tenían la boca abierta al escuchar a Eugenia.
—¿Hablas de una mascota o de un hombre? —interpeló su hermana.
—Es un ladrón, pero me ha dicho que es un caballero...
Albert abandonó el comedor y fue hacia su despacho. Eugenia sabía lo que eso significaba. Su cuñado buscaría un arma. Sin dudarlo tomó la decisión de salir de la casa. Debía salvar a Randalf de cualquier manera. Albert no se detendría a escucharlos.
Corrió hasta las caballerizas y montó un caballo con presteza. Lo azuzó con fuerza, sacando a relucir que era una excelente amazona.
Estaba en un gran problema que solo le traería más de ellos.
Cuando Spencer lo supiera, tenía miedo de que tuvieran que enterrarlo, ya que, sin duda alguna, su salud no soportaría lo que ella había hecho en una inocentada.
Cayó en brazos de un ladrón y no se había decepcionado, sino más bien se sentía fascinada.
Si le decía eso a su familia, enterraría a más de uno.
Nadie se detendría a escuchar sus argumentos.
¿Quién le creería que estaba enloquecida por un delincuente?
Lamentaba que su aventura tuviera un final tan abrupto, pero era lo que debía hacer para salvarse y salvarlo.
No quería terminar con Randalf de esta manera, pero no quedaba otra solución.
Tal vez se volvieran a ver en el futuro, aunque los dos tendrían caminos separados y eso que vivieron quizá se les olvidara.
Eugenia pensaba que no sería así, ya que tenía tanto parecido con él que jamás tendría con su futuro esposo.
—¡Randalf! ¡Randalf! —gritó la joven que llegaba a dónde se encontraba la cabaña.
Randalf escuchó su nombre, cerró el libro que estaba leyendo en la espera de Eugenia y salió fuera de la cabaña. Pese a la penumbra pudo distinguir a la dama al lomo de su caballo. Casi se arrojó de él antes de correr hasta donde se hallaba.
Ella no dudó en besarlo primero antes de decirle que debía huir.
A él le sorprendió la locura de Eugenia, pero correspondió con gozo al acercamiento.
—Debe irse ahora mismo —dijo Eugenia, agitada.
—¿Qué ocurre?
—Augusta nos ha visto aquí y se lo ha contado a mi cuñado. Logré salir corriendo de la casa antes de que él cogiera su arma y soltara a sus perros. Llévese lo que pueda, también a mi caballo.
La notaba afligida y él en el fondo se encontraba de la misma manera. Randalf no quería dejar a Eugenia. Ella le había tocado algo desconocido en el pecho, deseaba tenerla con él.
—No pierda tiempo. Albert le llenará el corazón con plomo —advirtió. Lo tomó del brazo y lo arrastró hacia el caballo—. Puede llevarse el libro si quiere.
—Eugenia... —pronunció indeciso.
—Si me envía una dirección en Londres, le daré el dinero que le debo; sin embargo, le he dado bastante. ¿Algo más?
Con una de sus manos ocupadas por el libro que llevaría, Randalf la cogió por las mejillas y la miró a los ojos. La penumbra no dejaba ver mucho; no obstante, él tenía la figura de ella dibujada en su mente. Nunca podría olvidar sus facciones, no quería hacerlo.
—Venga conmigo, Eugenia. Estoy cerca de conseguir mi objetivo de recuperar lo que me pertenece. Si me acepta estaremos juntos para siempre, porque yo le prometo matrimonio. —Randalf se había desnudado con ese ofrecimiento de huir juntos.
La joven sabía que no podía huir por muchos motivos y los principales eran: la vergüenza familiar, él no sabía que no tendría un chelín en su bolsillo y que estaba comprometida. ¿Qué pasaría si llegara a decirle eso?
—No puedo huir con usted, Randalf...
—No soy un simple ladrón, venga conmigo. El riesgo lo valdrá porque tendrá lo que desee conmigo.
La tentación de decirle que sí era demasiada, pero no podía.
—Lo lamento, no puedo hacerlo —insistió Eugenia.
—Sé que le pido algo cuestionable para una dama soltera, pero si no acepta irse conmigo, al menos no se case con nadie hasta que me presente.
Ella negó con la cabeza, era el momento de ser sincera y decirle la verdad.
—No puedo hacerlo, porque estoy comprometida desde hace un par de semanas... —confesó avergonzada.
Randalf soltó el rostro de Eugenia y retrocedió.
Había estado haciendo el papel de tonto, ya que ella estuvo jugando con él.
Pensó que por ser hombre y ladrón no era importante, pero las cosas no eran de esa manera.
Por un segundo había sido sentimental con la joven, mas eso nunca volvería a ocurrir.
En ese momento ella formaba parte de sus enemigos.
—¿Le parece gracioso todo esto, Eugenia? Si eso le parece, le advierto que quien ríe al último, ríe mejor. No vuelva a cruzarse en mi camino. Si la vuelvo a ver, la haré añicos. Ni siquiera lo dude.
—Randalf, no es de esa manera. Si usted tuviera lo que dice tal vez sería diferente, abandonaría a mi prometido. ¿No lo entiende?
—Por supuesto que lo entiendo. Tampoco dejaría el dinero por alguien como usted... —Randalf subió al lomo del caballo, miró a Eugenia con desprecio y azuzó al caballo sin despedirse de la joven.
Esas palabras rompieron algo dentro de Eugenia.
Nunca se había sentido tan triste por preocuparse por su futuro.
Él era inconveniente y no lo entendía, pero ella tampoco entendía esa inconveniencia, por eso le dolía verlo partir con una idea errada de los dos.
No podía hacer nada más, no volverían a verse nunca.
Esperaba que algún día la herida dejara de doler.
Era tiempo de preocuparse por responder por sus actos y dejar ir de una vez a alguien que no le convenía, por más que su partida la dejara desolada y vacía.
¿Cómo una aventura podía causarle tanto daño a alguien?
—¡Eugenia! —exclamó su cuñado que llegó hasta el lugar con mucha prisa y en compañía de sus perros—. ¡Voy a matarlo primero a él, y después a ti!
—Llegas tarde, se ha ido con mi caballo.
—¡Para colmo te ha robado! Era evidente si lo tratabas como tu mascota y se cansó. ¿En qué estabas pensando cuando se te ocurrió meter a un ladrón en mi propiedad?
—No fue mi intención. Yo lo herí accidentalmente cuando quiso asaltarnos en el carruaje. Me sentí culpable y lo traje aquí. Agradece que no lo llevé a tu casa.
—¿Que agradezca? ¿Te oyes, Eugenia? Encima te has besado con él, eres una sinvergüenza. Tu hermano lo sabrá y serás expulsada de mi casa hasta nuevo aviso.
—No sé qué ha pasado conmigo. No tengo justificación. ¿Es necesario que matemos a Spencer con algo así?
—¿Prefieres matarme a mí? Por supuesto que prefiero que muera tu hermano. Qué tontería. Quise ser un buen cuñado, más que eso, un hermano para ti. Sabía que necesitabas muchas cosas y te las di incondicionalmente. Me has decepcionado.
Las palabras de Albert hicieron que ella derramara muchas lágrimas. Se sentía lastimada por sus propias acciones.
—Te devolveré con tu hermano y no quiero saber de ti hasta que te cases y vuelvas a ser una mujer decente. Puedo tolerar tus caprichos e incluso tus groserías y malos comportamientos, pero no las indecencias como besarte con alguien de menor valía que tú, eso es humillante.
—No quiero que Spencer lo sepa, es por su salud.
—¿Su salud? Si te hubieras preocupado por eso no habrías hecho esta tontería. No estoy en contra de ayudar a alguien, Eugenia, pero no cuentes conmigo para traicionar un compromiso. Somos personas íntegras. Con ese comportamiento no representas a la familia.
—¡Lo sé, lo sé! ¡Me enloquecí por una aventura! —expresó como un lamento.
Él luchaba para no abrazar a Eugenia, pues si llegaba a hacerlo, sería como autorizarla a seguir abusando de su confianza y siendo caprichosa. No le brindaría su apoyo.
—Regresa a la casa en caballo. Mañana partiremos a Londres. No hay marcha atrás. Pensé que tenía tu confianza.
—La tienes, Albert. Lamento lo que hice, no tengo forma de justificarme. Se me ha nublado la mente en un instante y esto es lo que ha ocurrido.
—Ya no importa. Haz lo que te digo.
Ella tuvo que obedecer a su cuñado. Por su rostro podía notar que estaba ofendido en su orgullo. Se daba cuenta de que había mordido la mano que la alentaba y la cuidaba. Comenzaba a percibir que era el fin de su imperio en la familia Fane y en casa de su hermana.
Con lágrimas en los ojos espoleó al caballo de su cuñado hacia la residencia. Estaba triste y devastada por lo que ocurría. Cuando viera a su hermano no sabría qué hacer. Él la mataría si aquel no moría primero.
Eugenia llegó al lugar y corrió hacia su habitación sin hablar con nadie. En la entrada de la casa estaban Kitty, Augusta y la señorita Harting. Cerró la puerta de su habitación y se acostó en la cama, cogió una almohada y la abrazó. Por primera vez sentía que no contaba con el apoyo de nadie.
—Le dije que era mala idea, aunque las cosas han resultado peor de lo que esperaba —habló su institutriz—. Debió escucharme y dejarlo donde lo encontramos. Ahora no sé qué ocurrirá con usted.
—La familia me lapidará con los ojos y mi prometido no tiene que enterarse de mi desliz.
Por primera vez sentí tantas cosas, señorita Harting.
Randalf es alguien tan incontrolable y tempestuoso como yo.
Podría arrasar conmigo en un día si no pongo resistencia.
Somos tan parecidos y a la vez diferentes. Nunca encontraré a alguien así.
—Siempre dice lo mismo. Su palabra «nunca» es algo demasiado habitual en su vocabulario. Ha cometido una falta grave a nivel moral y tendrá que pagar por ello. ¿Cuántas veces le advertí sobre los caballeros sin dinero capaces de hacer perder el buen juicio a una dama?
—El problema es que no tengo buen juicio, señorita Harting. En parte le creí a Randalf, pero solo el tiempo dirá si era alguien que hablaba con la verdad o no.