Familia Fane Capítulo 20
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Capítulo 20

Cuando quedó conforme con lo que había seleccionado de información, dio por terminado su desayuno. Le servía para saber lo inconveniente que era Randalf y que solo podían tener esa aventura de unos días, ya después ella debía regresar a los brazos del hombre al que había escogido.

Le pidió a la cocinera que le preparara un canasto para salir de la residencia.

Debía hacerlo antes del almuerzo, había prometido muchas cosas para Augusta.

Le debía un poco de atención, ya que si no le daba lo que pedía estaría en aprietos.

Ella la había descubierto llegando en la madrugada.

Si Albert llegaba a saber eso, esa casa estallaría.

Para su buena fortuna, la niña se encontraba durmiendo.

Cuando le avisaron que el canasto estaba listo, ella se retiró, aunque no sin antes ser observada con atención por su antigua institutriz.

Si las miradas mataran, la de ella ya la hubiera enterrado hacía tiempo.

Con esos ojos le recordaba que no era correcto lo que hacía, pero al final no le importaba porque terminaba haciendo su voluntad.

El día seguía nublado, aunque había dejado de llover, eso ya era un avance.

Le daba pena que el sol no se pudiera distinguir, puesto que si tenía suerte podría volver a ver a Randalf sin ropa, pero era mejor no ilusionarse con eso, sería echarle más leña a la pasión que sentía cada vez que se acercaba a él.

Al llegar a la cabaña, Eugenia abrió la puerta y encontró a Randalf que seguía durmiendo en el suelo sobre la alfombra. Había bebido demasiado durante la noche, no tenía mucho ánimo de dejar la comodidad de su posición, al menos eso pensaba ella.

—Randalf... —Lo llamó Eugenia que se agachó para despertarlo.

Él, en cambio, movió las manos como si fuera a matar una mosca; no quería que lo molestaran.

—Es momento de despertar, el día está nublado y yo he traído comida. Considero que necesita un té...

Ella no dudó en buscar la manera de preparar eso para Randalf, le haría bien un pequeño té, ya que había llevado unos saquitos para el efecto.

Eugenia nunca había hecho nada por los demás, es más, se quejaba de la mayoría de las personas.

Solo la locura la llevaba a ser tan amable con alguien que en realidad no era de buen carácter.

Cuando él le hablaba, ella sentía la necesidad de discutir, pero al final terminaba cuadrándose a lo que él decía.

No acostumbraba a obedecer, mas con Randalf se sentía extraña, con ánimo de ceder en ocasiones, no era inflexible como cuando se enfrentaba a una situación familiar.

Tampoco era flexible con su prometido, ya que él no representaba a alguien que se opusiera a ella.

No sabía qué le deparaba el destino, casada con el marqués de Lorne.

Al terminar el té, golpeó a Randalf con un puntapié para que se despertara. Esa era su forma cariñosa de hacerlo. Era algo parecido a la cortesía que él le daba.

—¡Auch! —expresó al sentir el golpe en la parte baja de su espalda. Abrió los ojos y vio ahí a Eugenia—. Pensé que escapé de la esclavitud, pero aquí está el capataz.

—Pues su capataz le ha preparado el té para que supere su borrachera.

—No estoy ebrio, estaba descansando.

—Casi vuelvo a creer que estaba muerto. Ya estamos cerca de la hora del almuerzo. —Ella extendió su mano con el té para que lo cogiera.

A Randalf le agradaba el servilismo de la joven. Le hacía sentir que era apreciado.

—¿No se quedará?

—Lo lamento, pero volveré por la noche. Hoy me comprometí a darle atención a mi sobrina. Me descubrió llegando al salir el sol, pero he negociado que se quede callada.

—¿Confía en que lo hará?

—Por supuesto, tiene sangre Fane, lo más importante para nosotros es nuestra palabra.

—Debe ser eso, ya que no es virtud suya escuchar los deseos ajenos.

—No me haga reír, Randalf. Sospechaba que era perspicaz, pero no tanto. No me delate con nadie —se burló Eugenia.

—Usted anda por la vida como espina entre flores y no al revés. —Randalf sorbió el té y le sonrió a Eugenia—. No tiene mal sabor, pero definitivamente usted no ha nacido para saber prepararlo.

—Es cierto, pero me ofende un poco por haber hecho eso con buena voluntad, sabiendo que pude haberlo envenenado. Considérese afortunado al resultarme agradable.

La sonrisa en el rostro de Eugenia era difícil pasar por alto.

No existía una palabra exacta para definirla, ya que rozaba lo exótico y espléndido, aunque también tenía demasiados defectos y uno de ellos era creerse más que los demás.

Ella no terminaba de poner sus pies en la tierra, pero ese era parte de su atractivo encanto.

¿Sería un demente si le pidiera que lo tuviera en cuenta para un próximo encuentro para cuando estuvieran en igualdad de condiciones?

Solicitar su mano sería algo por lo que podría arriesgarse sin mayor inconveniente y más porque ella le correspondía en atenciones.

Quizá soñaba despierto por no sentir que la joven podría ser imposible de alcanzar.

Todo dependía de desear estar juntos. Estaba seguro de que jamás volvería a tener ese afianzamiento que él tenía con Eugenia.

Cuando Eugenia lo vio más despierto, se acercó para ofrecerle lo que había llevado para él.

Sin darse cuenta, los dos se encontraban de nuevo frente a frente, pero sin luchar contra la atracción que sentían.

Sin dudarlo ni un minuto, ambos volvieron a caer en ese acercamiento.

La tentación era difícil de superar cuando a los dos les apetecía estar cerca.

Ambos pensaban cosas distintas y tenían otras expectativas.

Mientras que Eugenia jugaba algunas de sus cartas con Randalf, él sin darse cuenta se mostraba más transparente y vulnerable al darle confianza a ella.

Pocas cosas había guardado para sí, puesto que suponía que, Eugenia, al ser soltera, lo aceptaría una vez que recuperara sus recursos y tuviera algo que ofrecerle.

Lanzarse en ese momento hacia el vacío de la confesión podría dar como resultado una muerte triste y dolorosa para Randalf, además de sumar otra persona más a la cual odiar en la vida.

Después de que ella se despidiera, regresó justo a la hora del almuerzo y encontró a su sobrina con las faldas llenas de barro ensuciando el salón.

—¿Por qué estás sucia, Augusta? —cuestionó Eugenia que se sentó en el sillón antes de ser llamadas para que fueran al comedor.

—Salí a perseguir mariposas porque estaba aburrida al levantarme —respondió la niña.

—Te aburres con facilidad como yo, pero eso ha terminado. ¡Jugaremos al ajedrez!

—¡Eso es genial!

—Pero después de comer.

La niña cruzó los brazos y arrojó su figura, enfurruñada, sobre el asiento, haciendo que Eugenia se burlara de ella.

—Augusta, de todas formas, sabes que será difícil que no nos interrumpan. He prometido pasar tiempo contigo y lo cumpliré. Estaremos juntas todo el tiempo que desees.

—Parece que por fin será de nuevo la tía divertida, porque todavía no se ha casado y ya comienza a ser aburrida.

—Nunca nadie me ha llamado aburrida. El mundo me adora, Augusta.

—Tal vez mi padre sí, pero los demás no.

—Es suficiente, Augusta. No seas insidiosa. ¿Acaso intentas caerme mal? Comienzas a lograrlo.

—No, solo que no le gusta que le digan la verdad.

—La única que dice la verdad soy yo, y tú eres una niña insolente.

—No peleen y vayamos a comer —llamó Kitty para que ninguna terminara ahorcando a la otra.

Las dos pasaron al comedor y se sentaron a comer.

Augusta no dijo nada sobre el pequeño altercado de antes, pero sí contó que Eugenia se había comprometido a varias cosas porque estaba arrepentida de haber sido una mala tía desde que llegó a la propiedad días atrás.

El rostro de la joven era un poema por lo que decía su sobrina.

Le tocaba escuchar todo con incredulidad y concluía que Augusta era un verdadero monstruo en el cuerpo de una cría adinerada.

Al acabar el almuerzo, Eugenia comenzó a cumplir con su palabra, se puso a jugar con Augusta y darle todos los gustos que ella quería. Lo malo era que su sobrina parecía nunca estar satisfecha del juego y la tía ya estaba cansada, por lo que dio la idea del té.

Eugenia fue a la cocina a refugiarse y pedir que les llevaran el té. Sabía que podía agitar una campana y alguien aparecería a preguntarle sus necesidades, pero ella necesitaba librarse del yugo de su sobrina.

—¿Tienen listo el té? —indagó Eugenia al entrar ahí.

—Sí, milady. Además, he apartado los scones que pidió para su sobrina. —La cocinera le enseñó cómo había quedado.

La bandeja del lado de Augusta estaba repleta y la suya quedó vacía. Ante eso, Eugenia cogió una de las masas y se la llevó a la boca.

—¿Qué daño puede hacerme comer uno? Augusta ni siquiera se dará cuenta —dijo Eugenia, sonriente.

Ella no podía quedarse sin probar el scon. Sabía que se había comprometido a darle todos a su sobrina, pero sabía que la niña no se pondría a contarlos.

—Supongo que no, milady. Se lo llevo ahora mismo.

—No hace falta, lo llevaré yo misma para alegrar a Augusta.

Cogió la bandeja y fue con ella hasta el salón del té para poder colocar todo en condiciones para invitar a Augusta y sorprenderla. Debía ser buena con la pequeña o su vida sería un infierno absoluto si llegara a abrir la boca.

—Iba a darte una sorpresa —pronunció Eugenia, sorprendida al ver a su sobrina en el salón.

—Yo pensé lo mismo y me temo que gané. Estoy ansiosa por comer sus scones, tía Eugenia.

—Y aquí están. Lo prometido es deuda. Todo lo mejor para mi sobrina favorita.

Las dos tomaron asiento. Eugenia era la encargada de servir el té para ambas. Todo parecía estar de maravilla, conversaban y se divertían hasta que llegó el momento de contar la cantidad de scones que había comido Augusta.

—Aquí solo hay once —manifestó la niña.

—Igualmente es mucho, Augusta. —Eugenia rio nerviosa.

—Si aquí estaba la ración que le pertenecía, deberían hacer doce. La cocinera se ha equivocado.

—Debe ser eso...

—Entonces le diré a mi padre para que ponga a la cocinera a hacer un buen amasado para comer más.

—Es solo uno que ha faltado, Augusta.

—Quiero más. En mi mente suponía que debía haber doce.

—¿Molestarás a la cocinera para eso? Es tonto.

—Molestaré a todo el condado si hace falta por lo que me falta. Estoy segura de que la cocinera no volverá a equivocarse cuando se lo diga a mi padre.

Estaba en aprietos. Eugenia no creyó que su sobrina se tomara ese asunto tan en serio. No quería perjudicar a nadie y menos a una inocente cocinera.

—Me comí uno, Augusta —confesó—. No ha sido culpa de la cocinera. No lo resistí, tenía que probarlo.

—No puedo creer que no pueda cumplir con su palabra.

—¡He cumplido! He jugado y te cedí mi ración.

—Pero no toda y eso es un incumplimiento. Le diré a mi padre lo que he visto esta mañana.

—¡Pequeña diablilla!

—¿Cómo me ha dicho? A mi padre se le nublará la vista cuando le diga que su querida cuñada, su favorita, su princesa, esconde un secreto en la cabaña.

Por primera vez en su vida, Eugenia palideció. Augusta estaba dispuesta a desmembrarla por un scon, por una pequeña debilidad. Era peor de lo que imaginaba.

—Augusta... Le pediré a la cocinera que prepare más masas... ¿Está bien? No hay que enloquecer por una pequeñez —alegó la joven, pero los ojos azules de su sobrina pedían su cabeza.

—Es muy tarde para arrepentimientos, tía. Me decepciona que teniendo un prometido tenga a un hombre escondido en nuestra cabaña.

—Es mi cabaña, no tuya. Tu padre la construyó para mí.

—Sabe que será mía pronto. En fin, se lo diré a mi padre.

—¿Qué más quieres, Augusta? —increpó para evitar que la delatara—. Me disculpo contigo. Eres mi queridísima sobrina... escucha lo estoy ayudando porque le disparé por accidente.

—¿Y por qué junta sus labios con los de él como hacen mis padres?

El bochorno se le había subido a Eugenia hasta la cabeza. No sabía qué responder ante eso.