Capítulo 19
Randalf había tomado la situación en sus manos, estaba encima de una dama, llenándola con sus atenciones.
Sin tener en cuenta que estaba un poco mareado por el whisky, todavía podía disfrutar de los tersos labios de Eugenia.
Ella misma había propiciado ese acercamiento y él no podía quedar indiferente, puesto que le gustaba la joven y sería un acto criminal de su parte fingir que no deseaba algo.
Abandonó los labios de la joven y la observó.
—¿Qué hace? Continúe, señor Amery... —ordenó Eugenia al sentirse abandonada por los labios del hombre que tenían sabor a brandi.
Él no respondió, se dedicó a recorrer el cuello de Eugenia con sus labios, haciendo que ella diera un gemido que la hizo estremecer.
Eugenia nunca había pasado por tales sensaciones.
Lo que Randalf hacía recorriendo su piel, no tenía nombre, solo podría ser descrito como algo increíble y desconocido.
Todos sus sonidos estaban perdidos, nada en su cuerpo podía funcionar, ni siquiera sus pensamientos.
Ella era un cúmulo de extrañas experiencias en su cuerpo.
Partes que no sabía que estaban vivas, parecían latir desesperadamente, buscando algo necesario para calmarse.
Su corazón estaba enloqueciendo y su cerebro no podía controlar los movimientos, ese instante era solo sentir y no pensar.
Ahí no existía el tiempo ni las consecuencias, se trataba de instinto, atracción y una pasión que se había desatado sin esperar que fuera tan abrasadora.
Ella se retorcía entre los brazos de Randalf cada vez que la besaba con mayor ánimo en el cuello, en la clavícula y aún más en el escote.
Él sabía que no podría pasar de los límites permitidos.
Debía resistir hasta tener su dinero y pedirle matrimonio a ella.
Pese a lo alocada que era Eugenia, merecía un matrimonio.
Nada de lo que hacía parecía estar impulsado por la mala fe.
Randalf estaba seguro de reconocer a alguien bueno, de alguien malvado.
Siempre tuvo buen ojo, y no se equivocó con sus parientes.
No podía cegarse por la atracción hacia una joven, consideraba que su posición era la correcta en ese caso y Eugenia era buena.
Cuando mayor era la pasión, densas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre ellos, golpeándolos con fuerza.
Los dos tuvieron que levantarse del suelo con rapidez.
—¡No me importa que estemos mojados! —Eugenia lo cogió de la mano y lo llevó corriendo hacia la cabaña. Ahí abrió la puerta y comenzó a reír. Los dos respiraban agitados por la carrera—. Podríamos continuar aquí...
Randalf no se negó a lo que Eugenia propuso. La siguió besando sin descanso, aunque con un poco más de soltura. Llevó su mano a la cintura de Eugenia y la acarició. Subía y bajaba desde la cadera hasta las piernas. Él sentía que le faltaban manos para acaparar toda la figura de la joven.
—No puedo mostrarle más que esto, milady...
—Puede llamarme Eugenia. Considero que hemos tenido suficiente intimidad para tutearnos. ¿Por qué no puede mostrar más?
—Porque el resto está reservado para el matrimonio, Eugenia. Soy alguien honorable por más que no lo parezca. Esto es cuestión de paciencia.
—Pero yo no quiero esperar, Randalf, quiero experimentar todo lo que mi cuerpo ha vivido. Por algo la vida lo ha puesto en mi camino...
—Me encantaría hacerle una promesa.
—¿Eso significa diferir el asunto?
—Significa que cumpliré algunas cosas, en un plazo de tiempo.
—No me gustan los plazos, deseo que sea ahora.
—Mientras más deseos tenga hoy, la promesa ganará más fuerza y disfrutará mucho más de lo que obtendrá.
—¿Seguirá besándome?
—Al menos hasta que me tenga que ir...
—Yo me quedaré un par de semanas más aquí, por si se quiere quedar. Prometo darle más dinero para que se quede.
—No hace falta que me pague, lo haré con gusto.
Para Eugenia, las palabras de Randalf eran un gran triunfo, seguiría ahí un tiempo más, al menos antes de que ella regresara a su casa en Londres y tuviera que casarse.
Los dos siguieron besándose durante más tiempo, además de conversar mucho sin darse cuenta de que el tiempo pasaba con rapidez, mientras ellos estaban perdidos en su conocimiento mutuo, el mundo afuera se caía por la tormenta.
Horas después, los dos se quedaron dormidos. Randalf como todo un caballero, le cedió la cama a la joven y él durmió en el suelo, sobre una alfombra.
Eugenia despertó al oír un par de pájaros. Sus ojos se desorbitaron al notar que estaba a punto de amanecer y ella no estaba en su habitación de la casa de su hermana.
Abandonó la cama y se propuso despertar a Randalf.
—¡Randalf, debo irme! —exclamó con premura.
—Buena suerte, Eugenia —la despidió con voz pastosa. Ni siquiera se había despertado por completo.
—Siempre tan poco educado, volveré por la tarde. Aún queda un poco de queso y pan. Cuide el whisky.
Todavía estaba oscuro cuando ella salió de la cabaña y fue corriendo hacia un pequeño establo donde estaba su caballo. La lluvia no había cesado, por lo que llegaría mojada a la casa. ¿Qué haría con sus prendas? Tirarlas. Nadie podía saber que ella no había dormido en su cama.
No se arrepentía al haberse quedado con Randalf.
Se sentía plena, feliz y atendida a su lado.
Él era de los que le daba el gusto, pero no en exceso.
Ella sabía que Randalf tenía un corazón que parecía estar muy herido por lo que contaba, pero no lograba ser sincero con ella.
Cuando hacía preguntas de su familia lo notaba desconfiado, como si ella fuera a traicionarlo en cualquier momento.
¿Y si averiguaba por su cuenta? Sabía su apellido, era Amery, con eso tendría más que suficiente para saber lo que necesitaba.
Su cuñado y su hermana conocían a muchas personas de Londres y podrían darle una pista, aunque no podía decir demasiado, ya que se delataría y quizá Albert llegara hasta donde se encontraba Randalf y terminara en un desastre: con ella enviada a un castigo seguro y desagradable aplicado por su hermano.
Eso era peor que estar muy enferma. Spencer sabía lo que significaba hacer sufrir al prójimo.
Una vez que dejó al caballo, el sol casi salía por el horizonte, se apresuró a llegar a su habitación. Los sirvientes ya comenzaban a moverse por cada lugar de casa para empezar con sus labores.
—¿Por qué está mojada, tía Eugenia? —cuestionó Augusta que salía de su habitación con una lámpara.
—Tuve la necesidad de hacerlo porque sentí calor. Tú no deberías estar despierta, es muy temprano.
—Usted tampoco debería estar mojada tan temprano. No ha llegado el tiempo de su baño.
—Escucha, querida Augusta, ¿qué te parece si hacemos como si no nos hubiéramos visto todavía? Si no cuentas esto te daré mis masas en el té y...
—La diadema que tiene...
—No, quería negociar nuestro tiempo de juego. Hoy prometo ser buena contigo.
—Solo la gente que se siente culpable hace tantas concesiones... —razonó la niña.
—Es lo que tú harías, eres una pequeña arpía desconfiada. Nos veremos en el almuerzo.
Ella se apresuró a entrar en su habitación y maldijo por lo bajo.
Augusta era de armas tomar, siempre pendiente de los demás.
Esa niña la superaba en inteligencia maliciosa.
Era como tener el carácter de ella, pero con la lógica de su padre.
Albert no era una persona sencilla de conquistar, Eugenia había tenido mucha suerte al resultarle graciosa y que la viera como una hermana.
Se quitó las prendas y se apresuró a ponerse algo cómodo y seco.
Cogió unas telas para secar su cabello. Mientras lo hacía, recordaba lo que había vivido junto a Randalf.
Para ella era un juego divertido; sin embargo, dentro de ella comenzaba a tener sentimientos no solo de empatía hacia él, sino también atracción.
Lo que ella sentía al verlo era lo que deseaba que le ocurriera al ver a su prometido, pero no.
No existía ese vínculo, el parecido que tenían era en el interior.
Ambos parecían estar podridos, aunque a la vez tenían un pequeño corazón.
Quizá Eugenia romantizara la situación que vivían.
Era probable que Randalf solo quisiera el dinero tal y como le decía.
Pagaría lo que fuera por tener más tiempo esa felicidad a su lado.
Al mirarse en el espejo, viéndose completamente desarreglada, imaginó cómo sería su vida casada con un delincuente como Randalf. Él era todo lo que no debería ser correcto, se trataba de uno de sus mayores miedos.
Ser pobre y estar enamorada no era lo que esperaba y tampoco lo que sus parientes deseaban. Podía creer en lo que Randalf decía sobre su familia, pero sentía desconfianza de todo. Ella necesitaba averiguar más cosas sobre él sin tener que preguntarle.
Pese a sus temores de enamorarse de él, siguió pensando en lo bello que había sido ser besada y acariciada por un caballero que le gustaba. Vivía algo a lo que no quería renunciar, pero que tarde o temprano terminaría porque cada uno debía seguir su camino.
Cuando sintió que su cabello se encontraba más seco, se acostó para dormir un poco.
Horas después se levantó de la cama y una doncella la ayudó a vestirse para que se presentara para el desayuno.
—¿Y sus prendas de ayer, milady? —preguntó la doncella.
—Se han roto y por eso se las daré a Helen, la doncella de mi cuñada —replicó sin titubear.
—Como diga, milady. Su cuñado y su hermana la esperan para desayunar.
—¿Podrías decirle a la cocinera que aparte mis scones del té para entregarlos a Augusta? Le prometí que le daría mi parte.
—Por supuesto...
Eugenia se dirigió al comedor y se sentó en su lugar de siempre.
—Buen día... ¿Qué le ha pasado a tu cabello, Eugenia? —indagó su hermana.
—Sentí calor y no se me ocurrió otra cosa que mojarme un poco y dormir. Es todo... —respondió—. ¿Y Augusta?
—Todavía sigue dormida —dijo Albert—. Nos ha dicho que no la molestemos hasta el almuerzo porque no había dormido bien.
—Si yo le hubiera dicho algo semejante a Spencer, hoy estaría rumbo a un convento francés.
—Eugenia tiene razón. Considero que deberíamos ser más duros con Augusta, Albert.
—Ella no puede opinar del comportamiento de nadie. Es mejor que las dos no digan mucho, ya que no han sido lo mejor en eso.
—Y... ¿Conocen a alguien de apellido Amery en Londres? —preguntó Eugenia iniciando una conversación, a la vez que tomaba un trago de zumo.
—¿Amery? —respondió su cuñado.
—¿Qué tienen los Amery? —curioseó su hermana—. Tu prometido no es Amery. ¿Por qué debería interesarte ese apellido?
—Es simple curiosidad. Oí ese apellido en un baile y anoche soñé con un caballero de apellido Amery.
—Ya estás comprometida —le recordó su cuñado.
—¿Acaso está prohibido soñar con un desconocido y con un apellido? No sabía que podía comandar mis sueños. Si así fuera, hubiera sido reina de Inglaterra.
—Tiene razón, Albert. Es simple curiosidad —alegó su hermana.
—Bien, si es así. Hay muchos Amery y la mayoría pertenecen a la nobleza —contestó Albert—. No solo están en Londres, sino también en las regiones rurales de Inglaterra.
—¿En Londres no está lord Hampton? Él es un Amery.
—Sí, pero es un viejo zorro, creo que ha disputado ese título con su fallecido hermano, pero están en la bancarrota. No creo que Eugenia soñara con alguien así... La pobreza no se atrae ni con el pensamiento.
La joven escuchaba con atención las palabras de su cuñado y concluía que esos Amery arruinados eran parientes de Randalf.
Tal vez él sí tuviera un título, pero uno vacío al ser el hijo del fallecido conde.
Esas noticias no serían alentadoras si le llegara a contar algo semejante.
Debía mantener en secreto que ella había descubierto quiénes eran sus familiares.
Si lo que le había dicho a Eugenia fuera cierto, saber que estaba otra vez en la miseria lo dejaría de muy mal humor y sería aún más malvado y vengativo, quizá hasta llegara a atentar contra la vida de ese hombre.
Lo que podía sacar de la información que había recabado era que no podrían estar juntos jamás, su posición se lo impedía y la miseria del Randalf no lo ayudaba. Estaban destinados a tener solo una aventura.