Familia Fane Capítulo 18
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Capítulo 18

Eugenia se acercó a la ventana y no vio movimientos, ¿sería posible que Randalf se hubiera ido? Si así fuera quedaría muy decepcionada.

—Señor Amery, ¿todavía se encuentra aquí? —preguntó al abrir la puerta. La respuesta pronto se hizo llegar, él retiró lo que cubría la lámpara y se acercó.

—Sí, aquí sigo.

—Menos mal —dijo aliviada—. Le he traído más comida y un whisky. Imagino que no suele beber algo bueno. Al menos Albert dice que es de los mejores, la verdad le mentiría si le dijera que he bebido whisky alguna vez, soy experta en ginebra y oporto.

—Yo no podría describir lo que bebo. Podrían darme agua de charco y no sabría si es un buen té.

—¿Hace cuánto tiempo que no bebe un buen té?

—Quince años.

—Mañana traeré unos saquitos. Aquí tengo un juego de té, podríamos divertirnos mucho.

—Sigue pensando que va a retenerme aquí por más tiempo. Si no hay dinero esta noche, me iré.

Ella abrió el canasto que llevaba y le arrojó una pequeña bolsa.

—Tiene un par de monedas, pero si se queda conmigo tendrá el doble.

—¿Intenta comprarme cuando en realidad yo persigo una gran fortuna?

—Sí, no me culpe por intentarlo. Me agrada. Pocas personas logran con sus malos modales ganarse mi atención.

—No me interesa llamar su atención. Milady, necesito que entienda una cosa, no estoy aquí para jugar y menos para que una niña caprichosa me tenga cautivo.

—¿Niña? Soy una mujer, señor Amery, una muy deseable, por cierto. En Londres se pelean por bailar conmigo.

—Pues vaya y continúe causando disturbios ahí, aquí lo que necesito es irme y saber si mi amigo ha regresado con buenas noticias de mi madre.

No puedo desaparecer, pero sin este dinero no podré pagar la posada.

No muchas personas vienen a Gloucestershire para poder sacarles dinero, y menos en esta época del año.

—Un día más no le hará daño. Tampoco tiene que ser grosero. —Eugenia se acercó a él para acortar distancias y colocó su mano sobre el pecho de Randalf—. Si no sabe contar, le puedo ayudar...

Randalf la observaba y percibía el delicioso aroma del perfume de Eugenia.

Su sonrisa y su mirada pícara hacían que él se sintiera muy atraído a seguirle la corriente, por más que su parte vengativa le exigía que se enfocara en lo que realmente importaba que era recuperar su dinero, le decía que una vez que tuviera su título podría apoderarse de ella, tenerla para siempre y que por eso no era necesario aventurarse y caer en la tentación, pero él era un joven un poco incauto en el coqueteo y ella al parecer alguien muy entrenada.

No contaba con la astucia suficiente para repelerla y Eugenia parecía inmune a las groserías que él le hacía.

—Sé contar, no hace falta que me trate de tonto. —Él se alejó de ella—. ¿Qué trajo de comer?

—Carnes, queso y pan —respondió, aunque quería decirle que ahí estaba ella para que devorara sus labios—. Escoja lo que quiera.

El joven agarró el canasto y hurgó en él.

—Un libro... —musitó él al ver que le había llevado uno.

—Para que no se aburra y deje de buscar problemas.

La institutriz nos daba actividades para no molestar a Spencer cuando deseaba descansar en su habitación.

Éramos un poco fogosas con nuestro hermano.

Era nuestro tutor, y yo, particularmente, estaba empeñada en conocerlo, puesto que era la única que no lo conocía gracias a los desacuerdos que él tenía con mi padre.

Entiendo a Spencer, tenía problemas con los comportamientos apasionados de él.

—¿Qué son comportamientos apasionados para usted?

—Soy hija del cuarto matrimonio de mi padre. La señorita Harting dice que los caballeros tienen demonios apasionados que se manifiestan cuando están con la dama adecuada.

Él no pudo soportar la tontería que escuchó y se desternilló de la risa.

—¡Demonios apasionados...! —Randalf no podía parar de reír. Pocas veces se divertía mucho, pero en esa ocasión, ella parecía hecho el chasco del siglo.

—Usted es un caballero, ¿no debería tener demonios apasionados? Tal vez como el que se apoderó de usted esta mañana.

—Me gustan las mujeres, usted es muy bella, pero es una dama. No puedo divertirme con usted, todavía no.

—No haga que lo desprecie, señor Amery —advirtió con una sonrisa sardónica.

Dejó de reír y siguió buscando la comida, también abrió el whisky y le dio un par de sorbos.

—¡Demonios! ¡Esto es lo mejor que he probado en la vida! —espetó después de que el líquido ambarino cruzó por su garganta. Tenía sentimientos encontrados con respecto a la bebida. Eso no debería ser algo excepcional para él, sino más bien algo convencional.

—Se lo dije, mi cuñado tiene razón.

Siguió bebiendo de la botella sin detenerse, el sabor que le quemaba hasta la mente le daba satisfacción. Después cogió la carne, el queso y el pan. En un primer momento, olvidó sus modales, estaba emocionado por lo que comía, hasta que se dio cuenta de cómo lo observaba Eugenia.

—¿Le apetece? —indagó para que dejara de parecer que deseaba lo que comía.

—He cenado, señor Amery.

—Entonces, deje de mirarme.

—No podrá comer ninguna comida una vez que recupere su vida. No olvide que comerá con un ejército de sirvientes a su espalda si en realidad es un hombre rico.

—Lo toleraré. Beba un poco de whisky para distraerse y no molestar con su curiosidad —farfulló pasándole la botella para que hiciera algo.

Ella miró la botella y sonrió nerviosa.

—Las damas no beben whisky... —alegó Eugenia.

—Tampoco salen de sus casas en la noche, no portan armas, no cuidan a ladrones y tampoco les llevan libros.

—Entonces admite que es un ladrón.

—No es tonta para darse cuenta de eso. Es la triste realidad de mis días.

—Me gusta que sea tan sincero, señor Amery. Considero que eso es un gran atractivo para un caballero.

—Pensé que el dinero era el gran atractivo de un caballero.

—No lo niego, también tiene razón. ¿A quién no le gusta el dinero? Y a quien dice que no le gusta, miente.

—Salud por el dinero, milady —dijo Randalf. Le indicó que le diera un sorbo a la botella de whisky.

—Salud, señor Amery... —Ella probó el licor y lo escupió con rapidez—. ¡Mi garganta! ¡Me moriré!

Eugenia agitaba sus manos como si fueran abanicos. El calor del whisky calcinaba sus entrañas.

—Todavía hay un poco del vino que trajo ayer, milady, es mejor que beba eso. —Randalf no podía contener la risa.

—Búrlese, señor Amery, tal vez yo termine burlándome de usted más adelante.

Ella se acercó para tomar la botella de vino y darle sorbos para calmar la quemazón. Se lo bebió como si fuera agua.

—Es muy graciosa. En verdad que me ha hecho reír mucho. Llevo la mitad de mi vida ahogándome en la amargura.

—¿Le he hecho cambiar eso?

—No, pero disfruto de estos momentos.

Rendirse no era una opción para Eugenia, continuaría firme como rulo de estatua para conseguir un acercamiento. Si toda su sutileza no funcionaba, tendría que decirle lo que quería, no le quedaba más tiempo para nada y le importaba poco que él fuera un ladrón.

—Siga bebiendo, señor Amery. A lo mejor se pone más amable...

—Me hace sentir más cómodo que tengamos los mismos modales.

Los dos bebían sus respectivos licores. Eugenia lo hizo con más inteligencia, pues fingió tomar al mismo ritmo que Randalf, a quien con el paso de los minutos comenzó a notar más hablador y reía por cualquier razón. Su plan de embriagarlo había funcionado sin el menor esfuerzo.

—¿No quiere mirar las estrellas? Son hermosas —ofreció la joven, sonriente.

—Durante demasiados años he visto las estrellas, para mí no es algo bonito.

—Al menos deme el gusto. Le di dinero, y como le dije, hay más de dónde viene ese.

—No quiero darle el gusto a nadie, no me interesa. Quiero ver correr sangre de mis enemigos. Usted no sabe cómo odio a mis parientes. Los odio tanto que incendiaría su casa con ellos dentro.

—Comprendo su dolor, su furia y su rencor, pero sea amable conmigo. —Ella se acercó y lo tomó del brazo para que se levantara—. Conmigo aprenderá a ver el cielo de otra manera.

No se resistió por mucho tiempo a lo que Eugenia quería. Lo tomó del antebrazo y por poco lo arrastró hasta la salida de la cabaña.

—Perfecto, con usted el cielo se ve blanco, con relámpagos, a punto de llover. ¿Qué se supone que debo interpretar con esto?

—Que soy desatenta. Hoy lloverá, pero eso no importa, las tormentas tienen su encanto.

Randalf echó su figura sobre el césped y miró el cielo nublado e iluminado.

—Mi vida es una tormenta todo el tiempo... —comentó con sinceridad.

—Alcanzo a comprender algunos de sus pensamientos, señor Amery. También he tenido sentimientos encontrados por mi familia, pero ellos no son tan malos como se supone que son los suyos.

—No es lo mismo, lady Eugenia. Desde siempre he sentido el rechazo de ellos, esperaban que mi padre jamás se casara, que no tuviera hijos, pero las cosas salieron mal para ellos. Aprovecharon mi enfermedad para deshacerse de mí, fue la oportunidad perfecta...

No podía dejar de mirar los ojos de Randalf, lo notaba triste y pensativo. ¿Cómo no creer en su historia si él demostraba sentimientos? Alguien que mentía jamás podría tener ese rostro de sufrimiento.

—Quiero que ambos seamos felices. En lugar de recordar cosas malas, podríamos pensar en algo bueno... —sugirió Eugenia que se echó junto a él.

—¿Qué es algo bueno para usted? —Randalf la observó, mientras ella se acomodaba a su lado.

—No lo sé —respondió después de un largo silencio en el que solo consideró una opción: hablarle de un beso—. Tal vez podríamos besarnos...

—Milady...

—Antes de que diga algo... —Ella lo interrumpió con presteza—. Para mí es algo tan nuevo y satisfactorio que me gustaría volver a experimentar, señor Amery. Siéntase afortunado de tenerme aquí pidiéndole con exactitud lo que espero de usted...

Pese a sus mareos por estar un poco pasado de copas, Randalf no podía dejar de asombrarse por la iniciativa de Eugenia. Ella, en realidad, carecía de sentido común.

—No le daré nada porque estoy seguro de que Dios no lo quiere.

—¿Y cómo sabe que Dios no lo quiere? —Un rayo cayó cerca de la zona y Eugenia dio un respingo—. Eso no significa nada, no sea supersticioso.

—No he dicho nada de un rayo cayendo cerca de nosotros, aunque tampoco me niego a que sea una señal divina.

Sin soportar una tontería más, Eugenia se arrojó sobre Randalf y comenzó a besarlo con timidez, a la vez que él permanecía quieto, pero moviendo los labios. Ella quería sentir que tenía el control.

—¿Ve que no es difícil cooperar? —curioseó Eugenia, socarrona, alejando unos centímetros la boca de ella de los labios de él.

—Está jugando con fuego, milady. Usted no se imagina lo que puede encontrar en un encuentro semejante con un caballero...

—replicó Randalf, malicioso, ya que Eugenia creía tener el control; no obstante, él tenía la fuerza y el dominio de la situación.

La joven tomaba un papel que no le correspondía.

Estaba al borde de un fino hilo que los separaba de la pasión, la lujuria y el ser interior: el primitivo.

—Me interesa saber lo que puedo encontrar, señor Amery. —Ella regresó a apoderarse de los labios de Randalf, mas él se adelantó y dio la vuelta la situación; era él quien se encontraba sobre ella en ese instante.

—Ya que insiste y yo no soy de acero, podríamos probar sin que salga usted dañada... —sugirió con una voz penetrante.

El tono con el que le hablaba Randalf había cambiado por completo y a Eugenia eso le ponía la piel de gallina, no por miedo, más bien era porque ese tono desvelaba una promesa y a la vez producía la angustia de la anticipación. La imaginación jugaba un papel fundamental en el momento.

—¿Y qué probaremos, señor Amery? Sea lo que sea, quiero conocerlo en este mismo instante.

—No se desespere, todo será a su tiempo.