Familia Fane Capítulo 17
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Capítulo 17

Eugenia había sufrido un ataque emocional con el beso de Randalf, y se encontraba ansiosa por volver a probar ese elixir de felicidad que la había embargado cuando se besaron la primera vez. Él parecía un caballero culto e inteligente al leer el libro.

—¿No prefiere ir a nadar? El día está caluroso... —comentó como una sugerencia.

Randalf levantó la mirada del libro y sonrió.

—Debería ser más recatada —alegó Randalf.

—Los recatados no ganan demasiado. Debo confesar que ayer lo estuve dibujando sin demasiadas prendas encima. Soy muy curiosa, señor Amery.

—La curiosidad no es una virtud, al menos eso decía mi preceptor. La curiosidad es una herramienta peligrosa que, si no se utiliza de manera correcta, puede ser peor que la hipocresía.

—Por eso no soy hipócrita, pero sí muy curiosa.

Desde pequeña he escuchado detrás de las puertas, entre las plantas del jardín y también escondida detrás de las cortinas del salón.

Nadie quería compartir sus cotilleos con niñas, entonces, en compañía de mis hermanas hacíamos equipo para que algunas escucharan en un lugar y las demás en otro, aunque en la mayoría de las veces logramos escuchar juntas. Fueron hermosos momentos.

—Si mi preceptor me veía acercarme a una puerta, me castigaba. Decía que alguien de mi posición no conseguía información de esa manera, sino que lo hacía de la forma correcta: preguntando con exactitud lo que deseaba.

—Lo estaban educando bien por lo que oí. Mi institutriz es una cotilla más como nosotras. No podemos estar tranquilas sin oír todo lo que podría interesarnos.

—Sospechaba que su institutriz dejaba mucho que desear. ¿No debería irse?

—¿Me está expulsando de mi cabaña?

—No. Me preocupo por usted y para que nadie más venga aquí. Recuerde que debe regresar esta noche para darme el dinero.

—Veré cómo escapo de la casa de mi cuñado. Nunca lo he hecho antes, pero no creo que sea muy difícil.

—Recuerde que es la condición...

—¿Y la oferta del beso no le ha llamado la atención?

—Sí, pero el dinero me interesa más.

—Me ofende, pero lo comprendo, a mí también el dinero me importa más que un caballero grosero.

—Empezamos otra vez, milady. Usted y yo no podemos permanecer tranquilos más de una hora. Le recomiendo que regrese a su morada.

—Al menos no podrá decir que soy hipócrita, me hago entender lo suficientemente bien. —Eugenia se levantó de la silla y fue a coger los dibujos y escritos que ella tenía en la cabaña—. Le traeré un libro más para que no esté hurgando. Tal vez deje de ser amigo de lo ajeno.

Él bufó una maldición porque Eugenia no ayudaba a que se comportara como un caballero.

Lo poco que se le había quedado en la mente, solía ensombrecerse por los malos hábitos de la gente que lo había influenciado durante años en las minas.

Eran personas sin educación alguna y que solo se dejaban llevar por el momento o los impulsos más bajos del ser humano.

Randalf luchaba contra eso, puesto que era superior y no podía caer en el vicio de ser salvaje, por más que eso resultara demasiado tentador para enfrentar a Eugenia y su impertinencia.

La joven regresó a la cabaña para llevar el canasto y golpeó la puerta con fuerza al salir.

—¿Cómo se atreve a rechazarme? ¡Ni sabe quién soy!

¡Un beso! ¿Qué le costaba cerrarme la boca con uno?

¡Soy una bocazas! —masculló Eugenia, mientras que se retiraba enfadada para subir al lomo de su caballo—.

¡Es solo un ladrón de poca monta y tú una mujer de clase, comprometida con un marqués!

Tienes que avergonzarte de tu comportamiento y no regresar aquí jamás, es más, deberías expulsarlo de la cabaña que es tuya...

Se reprochaba muchas cosas a la vez que se dirigía a la casa de su cuñado.

No estaba acostumbrada a que la rechazaran o que la ignoraran, solía despotricar por celos contra su hermana, pero nada más que eso, y tampoco aquello le hacía sentir rechazada, pues después siempre la buscaban para consolarla o congraciarse con ella.

Para Eugenia no ser escuchada no era una opción, debía encontrar la manera para que Randalf recapacitara su comportamiento hacia ella.

Primero la había besado, después se dedicó a ignorarla con la lectura.

¿Qué se había creído? Ella no dejaría pasar esa ofensa.

Llegó de pésimo humor a las caballerizas y solo llevó sus papeles con ella. Ignoró a sus familiares que la habían visto llegar. Fue a su habitación, guardó sus dibujos y escritos en un secreter. Exhaló el aire que estaba en sus pulmones, alzó el mentón y salió de sus aposentos.

—Ahora ya ni siquiera saludas, Eugenia —reprochó Kitty al ver a su hermana dirigirse a ellos.

—Buen día, querida familia. Hoy me levanté temprano, quiero practicar arquería —comentó.

Su cuñado, que tenía un periódico recién llegado de Londres, lo bajó un poco para mirar a Eugenia.

—Dile al mayordomo, Eugenia —mandó Albert.

—¿Puedo ir, tía? —preguntó Augusta que estaba muy aburrida en compañía de sus padres y de la señorita Harting.

—Usted tiene cosas que aprender, lady Augusta —alegó la institutriz.

—¿La arquería no es algo que aprender? Por favor...

—Augusta, deja a Eugenia sola por un minuto. Los nervios del matrimonio pueden hacer que falle en algún flechazo, no quisiera que fueras víctima de tu tía... —aseguró su madre.

—No le haré nada a Augusta, pero es mejor que esté sola, al menos por un rato. Después la esperaré. —Eugenia tocó el hombro de su sobrina y luego se retiró.

—Albert... —habló Kitty.

—Dime... —pronunció él de nuevo concentrado en su periódico.

—Albert... —insistió.

—Dime, Kitty, ¿qué pasa?

—¿Puedes hablar con Eugenia?

—¿Qué quieres que le diga? Debe estar sangrando. Tanto que antes le gustaba presumir que era mujer.

—No creo que esté sangrando. Tiene más confianza contigo que con cualquier otra persona. Habla con ella. Su comportamiento es extraño...

La institutriz trataba de no escuchar ni ver, ya que si no escuchaba ni veía, nadie le preguntaría nada. Ella sabía en qué andaba metida la joven, pero no lo diría por el bien de todos.

Los sirvientes prepararon el jardín para que ella pudiera practicar con el arco. Un árbol tenía las marcas de las veces en que ella y sus hermanas practicaron la arquería. Por más que cambiaban las maderas del blanco, ese árbol sentía las heridas, ya que las flechas lo herían.

Eugenia cogió el arco y la flecha para colocarla en posición de tiro. Analizó por un momento hasta que se decidió a tirar.

—¡Condenación! —masculló al ver que perdió una flecha. Ella era una buena arquera; sin embargo, solo Dios sabía a dónde había viajado y si dejó algún herido en su trayecto.

Trató de recobrar la fe en sus habilidades con un par de flechazos más, pero estos fallaron o cayeron cerca del blanco.

Culpaba a Randalf por su falta de concentración.

No sabía cómo canalizar la frustración que sentía.

Consideró que la arquería le ayudaría a tener confianza, ya que siempre se jactaba de ser buena en eso; no obstante, su mente estaba muy nublada. Tomó otra flecha y siguió intentando.

—Qué mal tiro, Eugenia, espero que la flecha no llegara a Escocia —musitó su cuñado que se acercó hasta donde ella se encontraba—. ¿Te encuentras bien? Los nervios por el futuro matrimonio pueden ser un poco traicioneros, y más cuando sabes que no amas al hombre con el que te casarás.

—Por supuesto que lo amo; amo la posición que me dará en la vida —replicó la joven.

—Una buena posición no lo es todo en la vida y he podido comprender eso a lo largo de los años. Yo no podría vivir con alguien diferente a Kitty...

—Y yo quizá no pudiera vivir más tiempo con mis hermanas, son insoportables.

—Sabes a lo que me refiero, Eugenia.

—Sé que tienes buenas intenciones y tu cariño por mí te ciega, pero sabes cómo soy. La arbitrariedad es lo mío.

—Para cualquier cosa de la vida tal vez, pero no para alguien que te acompañará hasta el final.

—Albert, no siempre se pueden cumplir todos nuestros deseos. Si así fuera, yo sería la marquesa de Asthon. No hay que ser tan ambiciosos, ¿o sí?

—Qué tonterías dices. William te duplica la edad. Debería darte unos azotes por pensar así, tal vez entrarías en razón.

—Es un decir. No siempre puedo salir victoriosa, ¿verdad? Me frustro y no sé qué más hacer...

—Seguir intentando hasta que consigas lo que quieres. Plantéate la idea de buscar virtudes en las personas, en especial con quien vivirás. Busca su encanto, tal vez una pesadilla suya sea un encanto para ti.

Eugenia le prestó más atención a su cuñado y le sonrió.

Seguir intentando, buscar virtudes y encantos en alguien que no los tenía.

Por supuesto que podía hacerlo, era lady Eugenia Fane.

Su tiempo de revolcarse en su propia miseria había terminado.

Tenía el plan perfecto para conseguir lo que deseaba.

—Me has abierto los ojos, querido Albert...

—¿En verdad? —preguntó Albert que no se fiaba del todo en las palabras de su cuñada. Era bastante bromista.

—No, pero si te sirve de consuelo me resulta útil tu consejo.

—No me ilusioné ni por un segundo al creer que te había podido convencer de algo.

—Aunque no lo creas, me estás ayudando, es probable que no de la manera que esperas, pero sí de la que yo espero.

—No hagas que sienta temor de mis propios consejos, solo quiero tu bienestar.

—Igual que todos los que me rodean, aunque más parece interés por deshacerse de mí. Quizá ya aprendí que hay diferentes tipos de afecto familiar.

Albert no sabía si la había ayudado o no. Solo esperaba que ella no cometiera alguna locura de esas que podrían darle problemas familiares. Eugenia era como una nube tormentosa que viajaba sobre el paisaje, aunque nunca sabían en dónde se desataría la tormenta.

Después de enfocarse, ella había conseguido dar en el blanco.

Su confianza, que antes se había visto opacada por Randalf al ignorarla, había regresado con nuevas ideas de cómo conseguir su objetivo y saciar su curiosidad.

Él había desatado a su lado más salvaje de la familia Fane: la curiosidad, si esta no era saciada, nada bueno podía existir después.

También pudo conversar con su sobrina en tranquilidad hasta que llegó la hora de la cena en la que compartieron un tiempo más.

Al terminar, Eugenia fue a sus aposentos y fingió que dormiría; sin embargo, por la ventana observaba que a lo lejos se notaba una gran nube que se acercaba por el horizonte.

Cuando mermaron los movimientos en la residencia, ella fue a la cocina, buscó de nuevo el canasto, metió dentro un libro, un poco del dinero que deseaba darle, una lámpara, una botella de whisky y lo que quedó de la cena, además de unos quesos y más cecina.

La cocinera pensaría que tenían una plaga de roedores a causa de todo lo que se había llevado.

Con sigilo fue a las caballerizas para sacar a uno de sus diez caballos que le había regalado Albert. Ella amaba a cada uno de esos animales. Cabalgar era algo que adoraba.

Una vez que logró su cometido de apropiarse de un corcel, subió a su lomo y partió con presteza, aunque sin hacer demasiado ruido. Sería escandaloso que le pillaran en esa situación.

Seguía fijándose en el cielo. Las nubes tenían densas tiras de luz a lo lejos. Eugenia desconfiaba de que una tormenta pudiera atraparla en el campo. Nunca estuvo lejos de su familia en una noche tormentosa.

Randalf que se hallaba en la cabaña, seguía leyendo el libro de Eugenia.

Cuando estaba despierto podía escuchar varios sonidos distintos a los renacuajos de los charcos, también escuchaba a los insectos como escarabajos golpearse contra la madera de la casa cuando intentaban un vuelo, por eso pudo escuchar el sonido de un caballo.

Suponía que era Eugenia, pero su desconfianza le hizo cubrir la lámpara con una piel de venado para que no pareciera que alguien habitaba el lugar en caso de tratarse de alguien distinto a quien él esperaba.