Familia Fane Capítulo 16
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Capítulo 16

Después de saciar su estómago con lo que había conseguido, regresó a la casa con un poco de leña encendida para la lámpara que tenía ahí. Él no había tenido tiempo de explorar la cabaña, al menos no había hurgado en nada. Podría hacerlo durante el día, pero no sentía sueño y estaba aburrido.

Encendió la lámpara y comenzó a buscar algo que hacer, a lo mejor encontraba un tesoro, algo así como un libro.

No había mucho que buscar, lo poco que encontró eran muñecas de paja bien hechas y algunas anotaciones.

Hojas sueltas que alguien había dejado ahí con algunos dibujos que comenzaban a ser bonitos.

También se dio cuenta de que los papeles tenían fechas de un par de años atrás y abajo la firma de Eugenia.

«Lo que más deseo es que mi familia sea feliz.

Amo a mis hermanas y a mi hermano, pese a que él no me quiere tanto, me grita y me dice que soy problemática.

A veces lloro por la noche, pero no se lo cuento a nadie, porque soy fuerte y nada puede hacerme daño.

Si me rindo perderé y si soporto ganaré un buen futuro... »

Él leyó lo que estaba escrito en una de las hojas y se entristeció al leer esas palabras, tal vez ella tuviera trece años al escribirlas, pero reflejaban su felicidad, su malestar y la tristeza.

Ella veía como tumultuosa la relación con su hermano.

Podía entender hasta cierto punto sus conflictos por más que Randalf no tuviera hermanos.

Le hubiera gustado tenerlos. Imaginaba que Eugenia no había sido la niña mejor portada del mundo y por eso su hermano se comportaba de manera exigente, para educarla y no para ser malvado por diversión.

Al seguir con su curiosidad, encontró un libro bajo la cama, dentro de una caja con una colección de plumas y semillas. Tal vez a Eugenia le encantaba coleccionar esas cosas.

Para su buena fortuna, el libro era algo bueno para él, por lo que empezarlo le había puesto de buen humor. Con el paso de las horas se había quedado dormido con la lectura en la cara.

Eugenia salió de la casa del duque más temprano, incluso antes de que alguien se despertara.

Llevaba pan recién hecho, quesos, salchichas y un poco de cecina en el mismo canasto que el día anterior.

La cocinera había intentado averiguar qué haría con esa comida, pero ella simplemente le dijo que no desayunaría con los dueños de la casa, porque prefería tener un tiempo a solas.

Al llegar a la cabaña y abrir la puerta, encontró a Randalf tendido en la cama, abrazando uno de los libros que ella dejaba en la cabaña por si tuviera oportunidad de leerlo.

Sonrió al considerar al caballero bastante tierno con esa lectura, aunque después se dio cuenta de que él había estado hurgando entre sus cosas cuando vio que también cerca de él se encontraban un par de sus anotaciones dispersas, en donde colocaba sus pensamientos que la atormentaban o que la ponían de buen humor.

Se sintió avergonzada al ver que Randalf había leído toda su intimidad en un segundo. Molesta por lo que pensaba sobre él, cogió el libro y golpeó al hombre en la cabeza.

Randalf pegó un salto de la cama y miró a su alrededor.

—¿No era más fácil decir, buen día, milady? —cuestionó Randalf que se acarició la cabeza después de ser golpeado con el libro de tapa dura.

—¿Le resulta divertido buscar entre las cosas ajenas? ¿Pensaba que dejaría joyas aquí? Por favor, es una cabaña de juegos —masculló enfadada.

—No he visto nada malo en sus cosas. Anoche estaba aburrido y busqué algo que leer.

—Y no se le ocurrió otra cosa más que agarrar hojas sueltas e íntimas de una dama.

—No se exalte. Son sentimientos y pensamientos, no veo lo malo en exteriorizarlos.

—No hay nada de malo, pero son míos y son para mí.

—No se enfade. En verdad solo quería el libro y en la búsqueda me encontré con estas hojas. Disculpe mi intromisión.

—Traje algo de comer —masculló acercándose a la mesa en la que había dejado el canasto antes de golpear al hombre.

—¿Y no ha traído mi dinero?

—¿Considera que lo merece?

—Sí, usted me disparó.

—Y usted ha sobrepasado los límites de la privacidad. Creo que estamos empate.

—¿Es decir que me ha mentido y estafado?

—Tengo el dinero escondido, pero mejor no se lo doy. Merece ser castigado por su impertinencia.

—¡Ajá! Es lo que esperaba, sinvergüenza. Cómase lo que trajo —expresó Randalf, después tomó el libro que había estado leyendo—. Me llevaré esto como pago a lo que me ha hecho.

Randalf salió de la cabaña dejando a Eugenia muy asombrada por su determinación. Se quedó quieta unos instantes pensando en qué debía hacer en ese momento. No deseaba que Randalf se fuera, por eso lo siguió con premura.

Eugenia corrió detrás de Randalf y este no se detenía.

—Señor Amery, deténgase —ordenó Eugenia.

—¿Para qué lo haría si he descubierto de lo que es capaz? Gracias por ofrecerme su dinero, pero no lo necesito para obtener lo que quiero.

—Me necesita para llegar a Londres...

—Eso está en su mente. Si me he quedado aquí es por tonto. Debí creer en mi instinto y no en una mujer que mastica más de lo que puede...

—¿Qué insinúa? —increpó Eugenia enfadada.

—Que me mintió para traerme aquí. ¿Cree que la necesito? Pues vaya desvaneciendo esa idea de su cabeza.

—Usted no puede hablarme así —masculló la joven que lo cogió de la muñeca.

—Puedo hacerlo, porque soy superior a usted. No aceptaré que intente imponerse.

—No tiene donde caerse muerto, señor Amery, y para colmo quiere desafiar a una dama de mi estirpe.

—Definitivamente, no sabe con quién está tratando. Es mejor que me suelte si no quiere conocer mi peor lado.

—¿Y cuál sería ese lado si usted no es más que un ladrón?

—El lado del sinvergüenza. —Randalf aprovechó que la joven lo seguía cogiendo de la muñeca y entonces la llevó hasta él en donde agarró a Eugenia y la apretó contra su cuerpo antes de robarle un beso.

En un primer momento, Eugenia se resistió, empujó a Randalf y le dio una bofetada.

Los dos se miraron desafiantes y ahí ocurrió algo inusitado: los dos se cogieron del rostro y comenzaron a besarse desesperadamente.

Eugenia no tenía experiencia en besar a nadie, pero al sentir los labios de Randalf sentía el instinto que le indicaba qué hacer para que fuera satisfactorio.

Algo la impulsaba a abrir su boca con desesperación.

Ahí comprendió que sentía una atracción muy fuerte e inexplicable por un ladrón y un probable mentiroso, pero no le importaba, se sentía en el cielo.

Pese al bofetón que le había propinado Eugenia, él no se sintió intimidado, sino que fue todo lo contrario, se atrevió a más y ella le correspondía con avidez.

De cierta manera supuso que eso pasaría, ya que coincidían en algunas cosas de la vida.

Disfrutaba de ese beso y de la distracción que le proporcionaba en su incansable búsqueda de recuperar su nombre y darse a respetar.

Esperaba que esa distracción no lo llevara a un lugar peor.

Los dos sincronizaron sus lenguas y siguieron en aquel acercamiento hasta que tuvieron que separarse un poco para poder respirar.

—Su lado sinvergüenza es un poco excéntrico, pero me agrada... —confesó Eugenia que tenía la boca roja por el contacto.

—Me ha dado un buen golpe, pero no he cambiado de parecer, me iré —replicó mirándola a los ojos.

—No puede hacerlo si me ha besado, y quiero saber la razón por la que ha decidido hacerlo.

—Para jugar con usted. Tenía que sacar algo más porque me ha hecho perder el tiempo, y el libro no es suficiente botín para mí —expresó.

—No me ha besado por eso, lo ha hecho porque le gusto, le agrado en demasía.

—Quizá me gusta, pero no me agrada.

—Usted es un ladrón —dijo como réplica a lo que él había dicho.

—Y usted es una mentirosa, estafadora.

El caballero se alejó de ella y cogió el libro que había dejado caer. Randalf decidió continuar con su camino.

Ella no quería dejarlo ir, no podía después de aquel beso. Algo dentro de corazón se había removido y necesitaba respuestas que, estando alejada de él, no podría obtener.

—Señor Amery, le ordeno que se detenga y regrese a la cabaña...

Él solo ladeó su cabeza para poder mirarla y después sonrió.

—Tiene que hacer mucho más que eso para convencerme, no siga insistiendo, le falta creatividad para conseguir retener a alguien.

—Le daré el dinero esta noche, lo prometo.

—No le creo. Buena suerte, milady...

—¡Quiero que regrese para besarme, señor Amery!

Esas palabras detuvieron a Randalf. Ella debió notar que lo tenía muy divertido y por eso utilizaba esa artimaña.

Debería seguir su camino y no quedarse ahí en donde no sacaría nada.

Tenía cosas más importantes por las cuales preocuparse; sin embargo, no podía resistirse a ese ofrecimiento y no tenía una explicación que lo conformara para seguir quedándose ahí.

—¿Esta noche? Me quedaré por el dinero —alegó como motivo para permanecer ahí.

—Es un interesado —aseguró la joven.

—No me he quedado por sus besos. Es una gran inexperta.

—Admito que lo soy, pero puedo conseguir lo que me proponga y para eso, deberíamos seguir practicando, señor Amery.

—No deja de dar una sorpresa tras otra con su poco decoro. Ahora entiendo la razón por la que su hermano le gritaba, según sus propias palabras. Ningún hermano puede tolerar a alguien como usted.

—Admito que no he cooperado mucho para que me adoren, pero no le costaba darme más afecto o al menos repartirlo de forma igualitaria. ¿Por qué amaba más a Rose que a mí? Soy más hermosa, ingeniosa y no he fallado como las demás.

—Los celos no son los mejores consejeros, pero le aseguro que si su hermano llegara a saber que usted esconde a un ladrón; como me ha llamado en varias oportunidades, sí le habrá fallado y no es por exagerar, pero, además, me está chantajeando sin parpadear.

—Siempre consigo lo que quiero si lo considero importante para mí, siéntase afortunado, señor Amery, me agrada.

—Me arrepentiré de quedarme, lo presiento...

Eugenia se acercó a él, le quitó el libro y lo tomó de la mano para llevarlo de vuelta a la cabaña.

—No se arrepentirá. Me parece bien que recapacitara.

—No he recapacitado en nada.

—No se presione, podemos limar las asperezas empezando de nuevo, ¿le parece? Yo no lo llamaré ladrón y usted no me dirá mentirosa, estafadora y chantajista.

—Es hábil intentando borrar sus tonterías, pero yo no soy su familia, no olvido las afrentas con facilidad, ya ha visto que ni los años me detienen para alcanzar una venganza, por eso le recomiendo que cuide sus palabras conmigo, no le gustará tenerme como enemigo y más cuando le cierre la boca con mi dinero.

—Hasta que eso no ocurra, es mejor que dejemos sus teorías de lado.

—Sigue sin creerme...

—Y usted sigue sin creer que no miento. Estamos empate. Ya sabe, iniciaremos esto otra vez. Llevamos dos días conociéndonos. Tal vez si se quedara más días...

—No, no me quedaré por más tiempo. Ya sabrá lo que necesita en Londres, cuando vea mi nombre en todas partes.

—Sí que está confiado.

—Por supuesto, tal y como usted está acostumbrada a conseguir lo que desea, yo también. Conseguiré lo que quiero. He ambicionado esta venganza por demasiado tiempo. No importan los años, rendirme no es una opción.

Ella lo llevó a la cabaña para mostrarle lo que había conseguido para comer.

Se sentaron y comenzaron a mirarse mientras comían.

Existía armonía entre ellos, aunque en medio de los silencios, la tensión podría ser hasta palpable.

Eugenia esperaba que él pronto tomara la iniciativa de besarla otra vez, que cumpliera con su deseo de adiestrarla en ese arte.

Se atrevería a pedírselo por sentir de nuevo que tocaba el cielo con las manos.

En un momento se preguntaba si sentiría lo mismo con otro caballero.

Por supuesto que debía arriesgarse; no obstante, ese ladrón era quien se había apoderado de sus pensamientos.

Al parecer la señorita Harting tenía razón cuando hablaba de la pobreza, la debilidad y la atracción.

Se sentía atraída por alguien que era pobre y que carecía de lo necesario para ser esposo de alguien.