Familia Fane Capítulo 15
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Capítulo 15

Eugenia podía ofenderse por lo que decía la institutriz al decir que Randalf la veía de esa forma, pero ella no era tonta, aunque sí una niña rica que podía hacer lo que quería con el dinero y si ella deseaba podía darle lo que quisiera.

—Él puede verme como desee, señorita Harting, también puedo ser como una pesadilla ambulante como me llaman mis allegados, pero sí soy rica y con ese dinero puedo darme algunos gustos.

—¿Mantener a un ladrón es uno de sus gustos exóticos, milady? —se burló la institutriz.

—Un gusto culposo, tal vez. ¿Nunca ha tenido uno de esos gustos? No me mienta, señorita Harting, la he visto coquetear con algún que otro cochero y también con el preceptor de Philip. Tengo ojos en donde no debería.

—Qué insolencia. Jamás he mostrado interés por ninguno de ellos.

—Pero estoy segura de que casi se arrepintió de su matrimonio con Calvin porque el preceptor es más atractivo y gana más dinero que el ayuda de cámara del conde.

—Qué cosas tan osadas se atreve a decir. Calvin y yo llevamos muchos años de entendimiento mutuo, conociéndonos.

—Si usted me dice que lo quiere, le creo, pero sé que se sintió tentada por otros caballeros por cualquier motivo, no solo puede referirse a algo físico, sino también a algo intelectual.

Sabemos que, si bien, Calvin es inteligente, cuidadoso y amable, el preceptor es con quien mejores debates intelectuales es capaz de tener.

Lo común entre dos personas es algo que me resulta tan perturbador y a la vez divertido.

No tengo muchas cosas en común con el marqués de Lorne aparte de respirar; no obstante, con el señor Amery existe algo más, es otro nivel de entendimiento de la conducta, la soledad, la venganza y en parte malos sentimientos que no cualquier persona alberga y cuenta con tanta pasión.

—Dios la ha juntado con un demente peor que usted. Ese hombre no es de fiar. Hay algo en él que no es bueno, en su mirada se nota que no tiene corazón.

—Yo tampoco tendría corazón si me arrebatan todo lo que tengo y a quienes amo. Tengo ciertas dudas de su historia, pero la mayor parte de mí, le cree.

—Tenga dudas, milady. Esas son las que la salvarán de cometer cualquier tontería. Confíe en su mente si le dice que desconfíe de él y que siga lo que es seguro, nunca se arrepentirá. La tentación es grande, pero la seguridad del futuro es lo que al final debe primar para evitar la desgracia.

—Qué fatalista, señorita Harting, únicamente le he pedido una pequeña mentira y terminamos hablando de la inmortalidad de un sapo. Recuerde lo que debe decirle a Albert.

—Todo es fácil para usted, siendo que soy yo quien arriesga la cabeza.

—Lo hace porque me quiere y yo a usted.

—Si hay consecuencias de esto, la dejaré de querer. No lo olvide.

—No sea miedosa, no pasará nada. Solo tiene que decir lo que le dije y todo quedará solucionado.

La institutriz tuvo que aceptar salvar a Eugenia para que ella continuara haciendo su voluntad.

Una vez conseguido su objetivo, Eugenia fue a su habitación y la cerró con llave, ya que no quería la intromisión de la pequeña criatura infernal que era Augusta.

En su habitación se sentó junto a la ventana a observar el horizonte, o mejor dicho, a pensar en dónde se encontraba la cabaña.

Quedarse quieta no era lo suyo, por lo que después buscó en el armario su cuaderno de dibujo.

Clifford le había ayudado a perfeccionar su técnica y también la pintura, ya que él era muy talentoso.

Había pintado a la familia casi completa.

Ese era el momento de poner en práctica sus habilidades en el dibujo.

En su cabeza permanecía fresca la imagen de Randalf sin ropa.

Se sonrojaba al pensar que le gustó lo que vio.

Era una pequeña pervertida al haber espiado a un caballero, sabía que era incorrecto, pero ella era la reina de lo incorrecto.

En una hoja comenzó a tallar con el grafito las escasas curvas de Randalf, su torso más bien era recto con un poco de vello en el pecho.

No debía dibujarlo por debajo del ombligo, ya que cualquiera podría ver sus dibujos y eso terminaría en un escándalo que arrasaría con ella y eso sí que no podría explicarlo.

Pasó mucho tiempo encerrada, dibujando hasta que alguien golpeó la puerta de la habitación.

—En mi casa son las mismas reglas que en la de tu hermano —espetó la voz de su cuñado con dureza.

Eugenia palideció y corrió para esconder su dibujo antes de destrabar la puerta.

—Perdón, lo había olvidado... —dijo Eugenia buscando el perdón de Albert.

—Aquí nadie se encierra, salvo que sea una situación de vida o muerte, ¿entendido?

—Lo sé, es que quería paz y tranquilidad, es todo.

—El té está listo. Dijiste que me esperarías ahí.

—¡Lo olvidé por completo!

—Kitty ya está ahí, ven...

—Ahora mismo iré...

Albert se retiró después de avisarle sobre el té y fue hacia el salón en donde su esposa estaba sirviendo la infusión.

—Eugenia esconde algo, Kitty —habló Albert que se sentó junto a ella.

—También lo presiento, se comporta muy extraño. Además, se comió la comida para un batallón. Trajo el canasto vacío.

—¿Qué estará haciendo?

—No tengo la menor idea, pero considero que la señorita Harting, digo, la señora Smith... Al demonio, la llamaré señorita Harting, sabe más de lo que dice. Quién sabe con qué artimañas pudo haberla convencido para que no hablara con nosotros.

—No concibo algún tipo de maldad por su parte, no hay nadie a quien pueda hacerle daño aquí.

—No, nadie está cerca. Deberíamos pedirle a alguien que la siga o al menos que le preste atención a los detalles de Eugenia.

—Todo es muy sospechoso. Aparte de eso, rechaza a Augusta.

—Eso se debe a su edad. Yo también odiaba a mis hermanas más pequeñas cuando llegué a su edad, lo considero normal. Lo que pasa es que tú no te acostumbras porque la ves como una hija y no como una hermana.

—Es insoportable, pero ha sabido ganarse mi cariño en estos años.

—Creo que has comprado su cariño con todos los regalos que le has dado.

—Hace tiempo que no le doy algo relevante.

—No sé qué más podrías darle con todo lo que le has proporcionado. Spencer tiene razón, ahora Eugenia es un monstruo interesado e insaciable, por algo escogió a este marqués como esposo, pese a que no lo quiere.

—Considero que el marqués encajará en la familia. Tiene una excelente fortuna y no ha sido una mala elección para Eugenia. El amor llegará con el tiempo, ese hombre sabrá cómo hacer para ganar el amor de su esposa.

—Me temo que no le llegará el amor, porque no se casará por eso, sino por un futuro prometedor y por querer competir con sus hermanas.

—Ella es competitiva, nunca ha querido estar por debajo de ustedes, es comprensible. Spencer ha sobreprotegido a algunas de sus hermanas y a otras las ha dejado a su suerte.

—No es obligación de Spencer darnos amor de padre, él es nuestro hermano mayor.

Su deber es que nos casemos y ha cumplido con eso a cabalidad, no hay nada que reprochar.

Me arrepiento de haber promovido la locura entre mis hermanas, envenenándolas contra él por mis celos hacia las demás.

Él nos quiere a todas y nos ha demostrado que está dispuesto a todo por nuestra felicidad.

—Lamento haberlos hecho esperar. Me distraje en la habitación con un dibujo —se disculpó Eugenia que se apresuró a tomar asiento.

—¿Y qué has dibujado? —preguntó su hermana.

—Un poco del paisaje que recuerdo.

—Llevas años visitando esta propiedad y no se te ha ocurrido dibujar una sola flor —cuestionó Albert, incrédulo.

—Pues hoy vi algo encantador en el camino y no pude quedar indiferente. Estas cosas nacen en el momento.

—¿Y qué es eso tan inspirador que viste? —indagó Kitty.

La joven no podía contar que había visto a un hombre desnudo.

—A una criatura de Dios... —Sonrió con picardía. Sorbió su té, mientras miraba a sus familiares con los rostros confundidos. A ella no le interesaba dar mayores detalles sobre su nuevo amigo.

Ella siguió su tarde de té en compañía de Albert y Kitty, Augusta había preferido estar con su hermano pequeño, pues al parecer se había dado cuenta de que Eugenia la evitaba.

Después de sentirse satisfecha, de todas maneras, cogió un par de scones y se los llevó a su habitación.

—¿Me ha guardado scones, tía Eugenia? —inquirió Augusta que se encontró con ella en el pasillo.

—Claro que no, son para mí, no comparto lo que me gusta.

—¿Al menos me da uno?

—Puedes pedírselo a la cocinera, no se negará a consentirte, Augusta.

La niña la miró con reproche y siguió su camino.

A Eugenia no le agradó esa mirada que le había dedicado, ya que consideraba a su sobrina un ser peligroso para su privacidad.

Tal vez fuera probable que no compartir sus scones sea un error que la llevará a una catástrofe.

Augusta era una excelente aprendiz de las maldades.

Al regresar a su habitación, dejó a un lado los dulces hasta poder hacer un espacio en su estómago antes de la cena. Su vida en esos días consistía en pensar y pensar. Nunca lo había hecho por tanto tiempo.

Le llamaba la atención que, en menos de dos días, sus pensamientos estuvieran enfocados en algo que nunca creyó que estarían.

Siempre consideró que su vida sería común y que no estaría envuelta en ningún tipo de situación extraña como sus hermanas; no obstante, era la que peor suerte estaba teniendo.

Le disparó a alguien por accidente. Eso era algo terrible, no importaba que la víctima fuera un ángel o un demonio, de ninguna manera era correcto.

Randalf Amery pasaba demasiado tiempo en su cabeza y eso no era bueno para sus planes futuros.

No podía tener a un hombre diferente al esposo que ella había escogido, pero ¿cómo hacía para no considerar a Randalf como alguien beneficioso si sentía empatía por él?

***

Randalf pasó un par de horas intentando cazar un pez y había conseguido la modesta cantidad de dos peces pequeños.

Antes de oscurecer se puso a girar una madera sobre otra con un poco de hierba seca para encender el fuego para cocinarlos.

Lo que le había llevado Eugenia era bien intencionado, pero moriría de hambre.

De buenas intenciones no se alimentaría.

Mientras observaba el fuego que había conseguido para cocinar sus peces, suspiraba por el cansancio.

Ni siquiera recordaba que una bala le había herido un día antes.

Eugenia era muy amable al brindarle un lugar y comida, pero todo era impulsado por la culpa.

Ella no era ninguna asesina, en sus bellos ojos azules pudo notar el susto que tuvo cuando se le escapó un tiro.

Rio al recordarla, aunque se maldijo al considerar que la joven lo estaba distrayendo de lo que era importante.

Durante años mantuvo su mente dirigida hacia conseguir sus objetivos, las mujeres eran un simple escape de una noche, solo que lo que él tenía con Eugenia era algo distinto.

No era la más recatada de las damas, pero tampoco era vulgar, le resultaba atractiva su forma de ser distendida y algo autoritaria, pero no le gustaba que quisiera darle órdenes a él porque no confiaba en su historia.

Eso le hacía sentir un poco decepcionado, ya que tenía ilusiones con una dama como ella, o, mejor dicho, con ella.

Sabía que era inalcanzable por el momento.

Su palabra no valía un chelín y él debía entender eso.

Querer convencer a una mujer de que era rico sin aún serlo, solo servía para que la desconfianza fuera mayor.

Estaba cerca de lograr recuperar su dinero y dejar de ser un pobre salvaje desterrado.

Le urgía tener su venganza y dar vuelta la hoja de vida y empezar de nuevo, todavía era joven para recuperar un poco del tiempo perdido, mas nadie le devolvería a su padre y eso era lo que le dolía en el fondo de su corazón, su consuelo era saber que su madre todavía no había muerto.