Familia Fane Capítulo 14
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Capítulo 14

Los dos siguieron mirándose y conversando de vez en cuando hasta que Randalf devoró parte de la comida que Eugenia le había llevado.

—¿Me preguntaba si no me acompañará a recorrer la propiedad? —indagó la joven.

—No soy su mascota, lady Eugenia. Es mejor que me quede aquí y que usted cumpla con traer el dinero.

—¿Lo puedo llamar interesado? Solo le importa el dinero que le prometí como disculpa.

—Sí, puede hacerlo. Somos dos personas sensatas y sin ánimos de engañarse, ¿no es así?

—Estoy de acuerdo, pero ¿se sigue negando a caminar conmigo?

—Tal vez mañana cambie de opinión. Creo que hoy hemos tenido demasiada intimidad, y me temo que usted pueda ser insaciable.

—Nadie me había descrito tan bien en años. Señor Amery, tiene mis respetos por ser ingenioso.

Eugenia le entregó una sonrisa cargada de picardía y coquetería.

Se sentía muy cómoda con Randalf, tanto que no se daba cuenta del terreno al que entraba.

Él era una persona dura y resentida con la vida, nada bueno podía salir de una relación entre ellos, pero ella era incapaz de invalidar lo que estaba pasando.

Por primera vez, se sentía viva y con expectativas de diversión.

Randalf era lo que ella quería en ese momento, era perfecto; sin embargo, el problema que aquel tenía era un abismo que los separaba: no sabía si lo que él decía era la verdad o solo hablaba por fantasioso.

¿Qué le hacía dudar de la versión del hombre?

La respuesta era sencilla: no le decía el título ni nada.

El apellido tampoco le decía mucho, ya que cualquiera podría decir que es hasta descendiente de un noble con saber un poco del nombre.

Incluso, el día de mañana podría aparecer una hermana Fane o un hermano que dijera que lord Nottingham había tenido los pantalones ligeros, eso no le sorprendería a nadie, pues todos sabían que al padre de ellos le gustaba vivir la vida en la cama de varias féminas.

Eugenia tuvo que rendirse con respecto a Randalf, al menos por ese día.

No obstante, eso no le impedía pensar en él de todas las maneras posibles, y un par de ellos eran pensamientos peligrosos.

Recordaba que lo había visto desnudo y que aquel no había tenido un poco de vergüenza para cubrirse.

Con todo lo que tenía en mente no sabía a quién contarle o compartir esa experiencia.

El gato Clauss se quedó en Londres y ella no tenía consigo a su máximo confidente.

La señorita Harting la mataría si llegaba a insinuar que había visto el sector prohibido de un hombre y a Kitty no le podía decir porque era la dueña de la propiedad en la que escondía a alguien.

Solo Dios sabía cómo sacarla del embrollo.

Randalf vio a la joven perderse en la pradera. Después colocó las manos en la cintura y comenzó a caminar en círculos, buscando una explicación a lo que había pasado con Eugenia.

Era tan terriblemente sinvergüenza que no se había sonrojado al confesarle de manera osada que ella lo estaba observando.

¿Dónde habían quedado las bases del recato de las que le habló su antiguo preceptor?

Al parecer, quince años de diferencia hicieron lo suyo en las nuevas generaciones que estaban más enérgicas en el plano sexual.

Si bien, podría asustarle un poco el comportamiento de Eugenia, eso le hacía desvariar con la idea de tenerla.

A él le encantaba tener intimidad con mujeres, no sentía vergüenza de admitirlo, solo que ninguna de las señoritas con las que estuvo eran comparables a Eugenia, ya que ella tenía clase y sus alegorías no eran escandalosas, sino sutiles.

Las damas de la noche no eran tan reservadas y la sutileza no era la mejor virtud que podía hallarse en ellas.

En el fondo, Randalf sabía que no debía hacer ninguna proposición indecente a la joven por más que le atrajera.

Suponía que todo lo que ocurría entre ellos era precipitado y temporal, aunque eso no le quitaba pensar en la pasión que podía desatarse en él si llegaba a rozar los labios de Eugenia.

Lo mejor era resistir a la tentación por unos días más, después, una vez que estuviera en donde le correspondía, se encargaría de saber qué había ocurrido con ella y esperaba que siempre estuviera soltera.

Por un delirante instante sintió la necesidad de que Eugenia fuese la mujer ideal para divertirlo, quizá no fuera una digna sucesora de su madre, pero sí era digna de sus atenciones.

En sus fantasías ella estaba más que dispuesta a estar a su lado, por más que esa no fuera la realidad.

La mujer se encontraba convencida de lo que era mejor para su vida, era probable que no volteara a verlo.

Él no podía definirse como un soñador enamorado por un hecho aislado como era conocer a Eugenia, aunque sí era fantasioso.

Si existía en sus posibilidades tener a la joven, haría el esfuerzo y ahí le mostraría todo lo que ella deseaba, y, además, le dejaría tocar las partes de su cuerpo que estuvo mirando con interés.

Pese a rechazar la oferta de pasear con ella, Randalf caminó por los alrededores con la intención de conseguir elementos de caza.

Una estaca estaría bien para él, podría adentrarse en el monte o en una zona más abierta del arroyo para encontrar algún pez en la parte profunda, y después cocinarlo sin que nadie se diera cuenta.

La comida tan deliciosa que la joven le había traído no era capaz de abastecer al hambre voraz de un hombre de su tamaño y necesidades de fuerza.

Era cierto que estaba delgado, pero tal vez era por el gasto de energía en caminatas largas desde la posada hasta el lugar en el que debía asaltar a las personas.

Ya no podía darse el gusto de tener un caballo, mas podía conseguir uno: se lo robaría a Eugenia si no le daba lo prometido, después se lo devolvería, era lo único que podía hacer para conseguir su objetivo.

Por ningún motivo quería que Thomas regresara y no lo encontrara en la posada.

Para Eugenia, el regreso a la casa de su cuñado era sinónimo de cierta felicidad, porque podría seguir pensando en Randalf desde la comodidad de su habitación; sin embargo, Augusta, la cría más insoportable de Inglaterra estaría metida en sus aposentos, intentando jugar con ella.

Cuando los años pasaban, consideraba que su sobrina era más insoportable que la misma Eugenia.

Cuando llegó a las caballerizas, entregó al caballo y el canasto vacío para que lo entregaran en la cocina. Al entrar a la casa, Augusta la estaba esperando para mostrarle lo que había comprado de las tiendas del pueblo.

Eugenia se sintió atraída por los listones que la niña tenía.

—Supongo que, como eres mi sobrina favorita, has comprado un listón para mí... —dijo Eugenia acariciando las telas.

Augusta sonrió e hizo un gesto pícaro con el rostro antes de arrebatarle los listones a su tía.

—Usted no me ha traído nada, por eso quise presumir mis presentes.

—Qué malvada y tacaña eres. Soy tu tía favorita.

—No lo es tanto. Mi tía Rose me da buenos regalos junto a mi tío Harper.

—El marqués de Lorne y yo te daremos lo mejor de lo mejor, Augusta. Te aprovechas de mi debilidad porque soy soltera.

—Entonces esperaré a que se case para que me demuestre que soy su sobrina favorita. Las pruebas hablan más que mil palabras, tía Eugenia. La quiero mucho, pero los obsequios son obsequios.

—Albert está criando un monstruo. Me quedaré con él.

—Hágalo y vaya preparada para defenderse porque he contado algunas cosas sobre usted a mi padre.

—¡Pequeña des...! —Respiró para no decirle algo malo a Augusta—. Eres una adorable criatura.

—Gracias, tía. Mi padre está en su despacho, y está muy preocupado por usted...

La joven achicó los ojos, mientras miraba con desconfianza a la pequeña crápula de su sobrina. Aquella era capaz de cosas muy malas si no conseguía lo que deseaba. Tal vez inventó algo para dejarla mal con Albert, pero nada nuevo podrían atribuirle. Todas sus maldades eran de público conocimiento.

La dejó en el salón y se dirigió a donde Augusta le había dicho. Golpeó la puerta con educación y al escuchar las palabras que la aprobaban, entró en el sitio.

—Te estaba esperando, Eugenia. Augusta me ha dicho algo que me dejó preocupado —habló Albert al verla entrar.

—¿Y qué pudo haber dicho la culebrilla? Supongo que exageró algún percance. Yo no he tocado el broche de diamantes que es de ella.

—¿Qué pasó con el broche?

—Tal vez me despisté y lo coloqué en mi joyero. —Rio nerviosa. Quizá fuera eso lo que quería decirle.

—Si hay algo en tu habitación que no sea tuyo, devuélvelo o te devuelvo con Spencer.

—Revisaré por si acaso, pero sé que no hay nada, no deberías ser tan terrible con tus amenazas.

—No es de eso que quería hablarte, sino de las armas que tienes en tu habitación. Una es tuya, que yo te he obsequiado...

—Un hermoso obsequio, por cierto... —Las risas nerviosas querían traicionar a Eugenia.

—¿De dónde has sacado la otra? ¿Y para qué la quieres?

—Pues... —Su mente estaba trabajando a toda capacidad para inventar algo creíble, o sería devuelta a Londres, y no tenía muchas ganas de eso—. Lo encontré en una de mis caminatas para estirar las piernas.

—Se lo preguntaré a la señora Smith...

—Puedes preguntarle a la señorita Harting sin problema alguno... ¿No es mejor decirle señorita Harting? Podría sentirse avejentada.

—Ya no es una señorita, se acaba de casar, y como todos quieren ser tratados con respeto, yo le diré señora Smith.

—La seguiré llamando como siempre. ¿Puedo irme?

—Pórtate bien, Eugenia. Huelo que tramas algo.

—Lo que estoy tramando ahora es comerme un par de scones con crema y mermelada, acompañado de un buen té sin azúcar.

—Una aberración...

—Te veré en el té...

Ella se apresuró a abandonar el despacho y corrió por los pasillos para buscar a la institutriz. Al entrar en la habitación, la encontró leyendo un libro.

—¡Señorita Harting, señorita Harting! —exclamó Eugenia al verla.

—¿Qué ha hecho? ¿En qué lío se ha metido?

—Señorita Harting, no necesito que me acuse otra vez, con mi propia acusación es suficiente. Tengo muchos pecados, más de lo que está permitido para una joven de mi edad.

—¿Lady Augusta la pilló tomando prestado su broche de diamantes?

—¿Cómo sabe eso?

—Ya lo devolví. ¿Olvida que la ayudé con sus joyas ayer?

—Ay, es un ángel, señorita Harting. Al menos ella no se enteró; sin embargo, eso no es lo que quería decirle.

—Ya sé, la descubrieron en flagrancia con el ladrón. El duque me despedirá.

—No, no me han descubierto. Lo que quiero es que mienta sobre el arma y diga que la encontré cuando caminábamos al estirar las piernas.

—Lo que faltaba, primero quería que le guardara el secreto, y ahora que mienta. Milady, ¿ese hombre ya ha dejado la cabaña?

—Señorita Harting, le pedí que se quedara más tiempo. Me agrada...

—¡Condenación! —Al terminar de decir eso, la institutriz tapó su boca con una mano a causa de lo que había dicho—.

¿Ya ve lo que provoca? Sabía que solo podía gustarle el mal.

Lo vi en sus ojos. Pobre ladrón, ahora tendrá que soportarla, comienzo a compadecerme de él.

¿Olvida que está comprometida? Al parecer sí, ya que ha dejado abandonado su anillo en un rincón.

—Mi compromiso no corre peligro. Es solo que el señor Amery tiene algo en común conmigo, y no es exactamente el hecho de robar, sino más bien, es como yo, está un poco resentido con la vida.

—¿Y qué espera al retenerlo aquí? Él es un vividor, y quizá hasta un seductor de esos a los que cualquier dama de bien le tiene miedo.

—¿Un seductor sin dinero?

—Por supuesto. ¿A qué más podría tenerle miedo una dama?

Solo a la pobreza del bolsillo y no a la pobreza moral, ya que muchos nobles no son intachables.

Espero que no esté creyendo en el cuento de ese ladronzuelo.

Es evidente que quiere impresionarla, la ve como una tonta niña rica a la que puede quitarle dinero y nada más.