Capítulo 13
Pocas cosas impresionaban a Eugenia y ver a un varón desnudo era algo que creyó que vería una vez que estuviera casada.
No era una tonta como lo habían sido la mayoría de sus hermanas.
Ella sabía de dónde venían los hijos. Ellas mismas le habían avisado para que no fuera al «matadero» sin tener noción alguna.
Si bien, recibió una instrucción para ese caso, ninguna le dijo cómo en realidad se veía el cuerpo de un hombre.
Sus ojos no podían despegarse de él, puesto que la incitaba a seguir perdida en cada detalle del hombre.
Randalf disfrutaba de una merecida limpieza, aquel mimo que él se daba, lo acogía para sentirse mejor y más tranquilo.
El agua se encontraba en la temperatura perfecta y lo disfrutaba.
De repente, se dio cuenta de que no estaba solo.
Trataba de mirar varias veces, aunque de manera sutil para no alertar a quien estuviera ahí.
Un rato después pudo distinguir que era una dama: lady Eugenia.
Ella lo miraba sin vergüenza alguna. Si tuviera un poco de recato, lo sabría después de abandonar el agua.
Él decidió acercarse a la orilla, y a medida que lo hacía, sentía la tentación de que ella tuviera un ataque de vergüenza.
—¿Le gusta lo que ve, milady? —cuestionó Randalf que miró hacia donde ella se encontraba.
Al escuchar que había sido descubierta, Eugenia se puso colorada. Tenía dos opciones en ese instante: correr como alma que llevaba el diablo en la dirección contraria en la que él se encontraba o enfrentar el asunto como mejor podía, como siempre hacía con cualquier cosa: aludir suficiencia.
Salió de entre los matorrales y no lo hizo con el rostro avergonzado, sino con el mentón arriba, haciéndole saber a Randalf que ella era superior.
—La verdad que podría ser mejor, señor Amery —respondió con picardía, sin dejar de mirar al caballero.
—¿Tantos cuerpos ha visto que por eso supone que podría existir alguien mejor?
—Porque la vida es así, siempre hay alguien mejor o peor. ¿No ve el asunto desde esa perspectiva?
—No. No me gusta mirar los atributos de otros hombres cuando sé que estoy bien, muy bien.
Le ofrecería que me probara, pero es una mujer de la nobleza.
Esto podría escandalizarla. —Randalf cogió su pantalón y se lo colocó.
Uno de ellos debía tener un poco de pudor, y al final el pudoroso resultó ser él.
—Pocas cosas pueden escandalizarme. Tengo algunas preguntas sobre su figura, señor Amery...
—Haga las que guste —replicó acercándose a ella.
Ella tenía una estúpida sonrisa en la cara al verlo tan cerca. Él era tan atrevido como la misma Eugenia. Randalf parecía un digno exponente para pelear.
—¿Por qué tiene tantas cicatrices extrañas?
—Muchas de ellas son por la escarlatina.
Todavía tengo problemas de salud en ocasiones gracias a eso y el resto se debe a que me trataron como esclavo por mucho tiempo.
¿Cree que le mentí cuando le dije que vine desde Australia?
No, milady, mi amigo, Thomas, fue a Londres a recabar información sobre el paradero de mi madre.
—Sus cicatrices le sientan bien a su cuerpo.
—A mí no me gustan. No es lo que merezco.
Él se alejó de ella para ir hacia la cabaña y Eugenia lo siguió sin dejar de apreciar su figura.
—Señor Amery...
—¿Ha venido a darme el dinero?
—No, pero sí a traerle comida.
—¿Y el dinero? Milady, estoy perdiendo el tiempo aquí.
—Ha perdido quince años, ¿le molestaría complacerme con su presencia unos días? Considero que mi institutriz no tiene razón al decir que usted es un simple delincuente...
—Ahora también soy un exhibicionista. Su institutriz estaría muerta a estas alturas.
—No crea eso. Quizá ella se hubiera quedado a mirar como yo. ¿No le ofende que lo estuviera viendo? Admito mi fechoría, pues fui pescada en flagrancia.
—No, pero debería darle vergüenza esconderse para eso.
—La idea era ocultar la vergüenza, señor Amery. Soy una dama, no podía llegar y decir: «Muéstreme su cuerpo». Eso es indecente.
—Por supuesto. Es más decente mirar desde los matorrales. Estoy convencido de que usted tiene poco de dama.
—Soy la hermana de lord Nottingham, alguien con muchos recursos. Tengo una dote envidiable.
—No hable de dinero, porque mis colmillos crecen, milady.
—Usted no esconde sus intenciones, señor Amery.
—Y usted tampoco...
Para Eugenia ese comenzaba a ser el paraíso.
Un hombre atractivo que no quería hacerle concesiones, alguien que la enfrentaba, incluso estando en desventaja.
Por fin alguien distinto a ella, que no buscaba complacerla.
Además, era muy difícil, ya nada la complacía.
En cambio, la aparición de Randalf comenzaba a ser como un torbellino de oportunidades.
Tal vez fuera una locura, pero estaba entusiasmada con eso.
—Puede servirse cuanto guste, pero espero que al menos le dure un día completo —habló Eugenia una vez que entraron a la cabaña.
—He vivido con menos de esto por semanas.
—Ahora entiendo la razón por la que es un poco delgado.
Randalf aspiró el aire con fuerza y después lo exhaló como si estuviera cansado y molesto. Se sentó en la mesa con violencia y comenzó su día con el vino. No usó la copa que estaba destinada para el fin de servirse un par de tragos.
Para acompañarlo, Eugenia se sentó a su lado.
—No hace falta que se quede. Si no trae el dinero mañana, me iré —masculló.
—¿Por qué es tan grosero?
—¿No se da cuenta de que es desesperante? Una persona que no se calla. No necesito que me recuerde la miseria en la que vivo.
—Es comprensible. Nuestros caminos no debieron cruzarse.
—Al menos no de esta manera. Tal vez su presencia no me molestaría tanto si tuviera las posibilidades de jugar a su altura. Una mujer joven, bella, impertinente e inteligente, no es algo fácil de conseguir. Si estuviera en mi verdadera posición, la tendría.
—Según tengo entendido, la escarlatina ha dejado secuelas en usted. ¿No ha pensado que ser alguien con título nobiliario es producto de alguna fiebre muy alta o quizá un golpe en su cabeza?
—Viví trece años con una gran vida. ¿Cree que lo soñaría? Fueron años hermosos hasta que caí en esta pesadilla. ¿Qué puede saber una niña mimada de su casa sobre la mala vida o las carencias?
—Siempre carecí de una madre, mi padre murió cuando tenía cinco años y en los últimos años me he criado con un hermano tiránico que tiene una hermana favorita que no soy yo.
—¿La ha privado de algo?
—No. Tengo todo lo que una joven de mi edad puede desear, salvo el amor, pero ¿qué sabe un ladrón sobre el amor?
—No sé nada, pero puedo imaginar cómo sería y a quién escogería una vez que tuviera tiempo para eso. Ahora tengo mis objetivos en un lugar, no puedo distraerme con mujeres.
—¿No le parece un poco absurdo? Las mujeres y los hombres se complementan.
—Dígame, lady Eugenia, ¿se casaría conmigo, hoy, ahora mismo, en las condiciones en las que estoy?
—Si yo fuera una mujer miserable lo haría, pero mis expectativas de vida son muy altas.
Desde pequeña he deseado casarme con un caballero en particular: el marqués de Asthon, pero él ya está casado, por lo que he tenido que resignarme a lo que la vida puede ofrecerme dentro de la sociedad. Hay un par de peces de importancia.
—¿Alguna vez le han dicho que le interesa más el dinero que una persona?
—No, porque siempre me enseñaron que debo casarme con alguien que pueda darme una buena vida. Mi familia me demostró que también puedo encontrar el amor entre otros miembros de la aristocracia. Si usted no consigue su objetivo de recuperar lo que dice que le pertenece, ¿qué hará?
—Me arrojaré de un precipicio antes que aceptar dejarle algo a esos desgraciados. Mi vida carecerá de sentido si no puedo hacer justicia.
—¿Alguien le ha dicho que es rencoroso?
—No hace falta que nadie me lo diga, lo sé perfectamente, y no lo veo como un defecto.
A Eugenia le sorprendía cada vez más la manera en la que eran tan parecidos, tanto, que a su familia le daría miedo tener a alguien como ella, pero en masculino.
Sin saber la razón, ella consideraba que encajaba a la perfección con Randalf.
Eso quizá tuviera más explicaciones y una de ellas era que tal vez en el fondo fuera como un delincuente, porque no dudaba que fuera rencorosa, esa era una gran verdad.
—Usted me asusta y me fascina a la vez... —confesó Eugenia que lo miraba con cierta sorpresa y admiración.
Randalf rio ante lo que le dijo Eugenia y siguió hurgando en el canasto para comer lo que ella había llevado. La joven lo molestaba; sin embargo, también le agradaba. Sentía ganas de cerrarle la puerta en la cara y quedarse solo, mas tenía algo que la hacía irresistible para él.
Mientras comía, la observaba con detenimiento.
Ella no decía nada, solo lo miraba como si lo analizara de pies a cabeza.
¿Podría decir que existía una atracción entre ellos?
Sería absurdo pensar en que Eugenia pudiera desearlo, pero por algo estaba ahí.
Si no le gustaba estaría lejos, temiendo por su vida, ya que él la había asaltado.
—¿Por qué me mira? —cuestionó Randalf.
—Nunca he visto a nadie comer con tan poca educación. Eso llama mi atención. Debería hacerlo con etiqueta si es parte de la nobleza.
—Eso lo haría en una cena de gala y no ahora que me muero de hambre. Me ha dejado bayas para comer, no soy un pájaro o una liebre, es más, usted misma ha dicho que me veo delgado. Si me devolviera el arma podría cazar algo y cocinarlo.
—No puedo dársela por varios motivos. Puede atacarme o delatarse frente a mi cuñado, y esto último no será agradable para usted y tampoco para mí.
—¿Cuánto tiempo piensa tenerme aquí?
—Tal vez una semana, hasta que me asegure que está bien y no se morirá.
—No me moriré. Este lugar es hermoso, pero no puedo quedarme. Si Tom regresa y no me encuentra la culparé y la perseguiré por siempre.
—Entonces le daré el dinero mañana, con la condición de que se quede dos días más.
—¿Para qué quiere que me quede?
—No lo sé, me agrada. Tenemos muchas cosas en común...
—Lo que creo es que usted es una mujer caprichosa. Esto es como el juego del gato y el ratón.
—Es evidente que soy el gato y después de jugar con el ratón, me lo comeré.
Él se carcajeó y Eugenia le siguió la corriente, mientras se miraban sin perderse de vista.
—No me haga pensar mal de usted. No parece ser una debutante —confesó el joven.
—Tengo cuatro hermanas casadas, me han contado demasiadas cosas para darme un poco de experiencia en la vida y no solo expectativas.
Las damas no siempre somos afortunadas. Crecemos con el fin de cumplir más con los ideales masculinos que con los femeninos, y cuando una mujer se revela, es la oveja negra.
Siempre quise casarme, pero mis expectativas propias son muy altas, yo también importo, por eso mi futuro esposo debe ser rico e importante, porque de esa manera también lo seré.
Como dama no me ven, pero como esposa sí.
—Tiene razón en algunas cuestiones. No puedo decir lo contrario. No llegué a saber cómo funciona la sociedad. Cuando esté en la cima, la recordaré, aunque tal vez buscaría a una mujer que deseara menos poder que el que usted desea.
—Mujeres conformistas existen para hombres conformistas, no es un pecado.
No obstante, usted se divertirá mucho más con alguien como yo que lo comprendo.
Otras jóvenes no lo entenderán y si les cuenta su pasado, no será bien valorado.
La sociedad es sucia y para estar en ella hay que estar dispuesto a ensuciarse.
—También lo sé. Algunos parientes son capaces de matar a otros para obtener reconocimiento. Estar en la sociedad significa ser sucio y yo lo seré, los enterraré en el lodo de la humillación y la vergüenza, en verdad lo gozaré. Conseguiré ser feliz de una vez.