Capítulo 12
Después de acomodarse en la habitación que siempre le daban en la casa, ella se recostó en la cama y se perdió en sus pensamientos, luego recordó que tenía su anillo de compromiso guardado debajo de uno de sus senos.
Cuando lo quitó, se puso a apreciarlo, aunque al cabo de unos segundos apartó los ojos de él, ya que recordaba lo que significaba.
Al regresar a Londres empezaría los preparativos para su boda y, pese a que siempre creyó que eso le daría felicidad, la verdad era que le daba igual.
El asunto era tener un esposo y con eso adquirir un estatus.
Podría alcanzar un cierto grado de felicidad con eso.
Organizaría tardes de té, bailes, cenas, veladas musicales...
Sería una mujer importante en la sociedad, ¿qué más podría desear?
Cuando siguió buscando en su cabeza, apareció el extraño al que le había disparado: Randalf Amery.
Ese hombre tenía algo que a Eugenia le llamaba la atención y eso tal vez la asustara, ya que se interesaba por lo que aquel tuviera que decir.
Su forma de ser agraviante sin importar su condición, la mantenía interesada.
La insensatez de su relato la había cautivado e incluso le creía, pues consideraba que muchos nobles no lo eran tanto en los aspectos morales, por dinero eran capaces de todo.
Si bien, Randalf la quiso asaltar, era evidente que no era un profesional, tampoco su apellido ayudaba a decir que era un simple salteador de caminos, pero ella no podía creer del todo en su relato, ¿con qué intenciones le creería?
Estaba comprometida con la persona correcta, con la que le daría más beneficios a su vida.
¿Qué podría darle Randalf a cualquier mujer?
Nada más que dolores de cabeza y dinero mal habido.
No debía prestarle atención, solo brindarle la ayuda necesaria para que él siguiera su camino, ya en el futuro sabría si era cierto que fuera un hombre al que le robaron su título.
Al tiempo de seguir pensando, ella se quedó dormida, pero despertó sintiendo que algo saltaba en su cama. Era Augusta.
—Tía Eugenia, se ha saltado el almuerzo. ¿No va a beber el té conmigo? —preguntó la niña.
Eugenia bostezó y miró a su alrededor, luego volvió a cerrar sus ojos.
—No quiero hacer nada, Augusta, estoy cansada.
—¿Puedo jugar con estas dos pistolas que hay aquí? Supongo que una es para mí y otra para usted. Considero que esto es mejor que usar ramas de árboles para fingir que cazamos patos.
Ante ese dicho por la niña, ella se levantó de la cama como si tuviera un resorte y buscó las armas, solo que las mismas deberían estar en el baúl. Cuando fue a buscarlas ahí estaban.
—¿Estuviste mirando en mis baúles, Augusta?
—Sí, pensé que me había traído algo. A veces me cuesta no ser curiosa. Lo intento, pero la verdad es que me gana la curiosidad. Es la peor enemiga de una niña de mi edad con un hermano menor que no sirve para mucho, solo para decir que es el heredero.
—Los hermanos son un dolor de cabeza constante, es comprensible que por eso el cotilleo y la curiosidad sean nuestras únicas aliadas.
—Entonces, ¿me ha traído algo o no?
—¿Qué puede necesitar la hija de un duque? No tienes carencias.
—Usted tampoco las tenía y siempre pedía cosas, ¿por qué no puedo hacerlo yo también?
—Qué monstruo ha criado mi cuñado, y Kitty que se las da de corregir a la gente. Tonterías... —bufó.
Augusta le sonrió y siguió saltando en la cama.
—¿Tomará el té conmigo o no?
—¿Por qué mejor no lo haces con la señorita Harting?
—Mi madre dice que es mejor que la llame señora Smith.
—Fue, es y será por siempre la señorita Harting.
—¿Por qué mi madre es la duquesa de Salisbury y no lady Kitty Fane? También está casada.
—Haces muchas preguntas. Qué molesta eres —espetó Eugenia—. Mejor pregúntale eso a tus padres y no me agobies, Augusta. También deja de saltar en la cama.
Ella cogió a su sobrina en sus brazos y la dejó en el piso.
—¿Me acompaña o no?
—Eres persistente. Está bien, iré contigo.
Augusta había logrado sacar a su tía de la habitación. Ese era el principio de una tarde muy larga en la casa.
Al terminar de hacer todo lo que Augusta quería, Eugenia se preparó para la cena y se dio cuenta de lo intensa que era su sobrina, o tal vez, ella ya no estaba tan feliz con la posición de niña, pues ya estaba comprometida y pronto sería la mujer de alguien.
Jugar con su sobrina ya no sería una prioridad porque se dedicaría a tener sus propios hijos.
Una vez que fue al comedor y se encontró con la familia, se sentó en su lugar, junto a Augusta, en el lado izquierdo del duque.
—¿Cómo estuvo el viaje, Eugenia? Han tardado un poco —dijo su cuñado.
—Es que quise estirar las piernas muchas veces... —respondió Eugenia.
—La señorita Harting, digo, la señora Smith dijo lo mismo. Comienzo a dudar de quién quería estirar las piernas —alegó Kitty.
—Es normal que las dos estemos incómodas. Ambas lo necesitábamos.
—¿Y qué harás mañana? Augusta irá conmigo al pueblo para comprar alguna baratija para conformarla —musitó Albert.
—Daré un paseo a caballo por los lugares que no suelo ir en la propiedad. Todavía tengo sitios sin explorar.
—Quiero ir, tía.
—Tú irás con tu padre. Además, te aburrirás conmigo, no pienso ir a la cabaña.
—¿Por qué no juegan juntas en la cabaña? —indagó Kitty.
—Considero que ya no soy una niña, sino que ahora soy una mujer comprometida y la cabaña es algo para crías malcriadas.
—Esa cabaña la hice para ti, Eugenia —farfulló su cuñado, ofendido.
—Sí, lo sé. Se lo heredaré a Augusta y a mis otras sobrinas —aseguró Eugenia como una disculpa. Por ningún motivo quería que ellos pisaran la cabaña y encontraran a Randalf ahí.
—No entiendo por qué no quiere ir a la cabaña... —lamentó Augusta.
—Podríamos ir la próxima semana. Me quedaré mucho tiempo, no te preocupes. Tú, querida Augusta, me ayudarás a planear mi boda.
Albert y Kitty se miraron como si desconfiaran de Eugenia, puesto que ese no era un comportamiento habitual en ella.
Acabada la cena, Eugenia alegó mucho cansancio por el viaje.
Sus familiares la sometieron a lo que podría llamarse una inquisición.
Eran terribles exigiendo explicaciones que ella no estaba interesada en dar.
Lo único que debía hacer era mantener a su familia alejada de la orilla del arroyo para que no notaran que tenía a alguien ahí quién sabía por cuánto tiempo.
Una vez que se acostó en la cama no hubo forma de que despertara hasta el día siguiente.
Al hacerlo, recordó que Randalf no viviría solo de bayas silvestres.
Se apresuró para prepararse, fue a la cocina de la residencia de su cuñado y pidió todo lo que estuviera disponible.
Quería que lo colocaran en un canasto para que pudiera llevarlo una vez que Albert y Augusta partieran.
—¿Cuánto tiempo podrá mantener su mentira a flote, lady Eugenia? Su hermana comienza a sospechar, sabe que algo no es normal —dijo la señorita Harting después de darse cuenta del comportamiento poco usual de la joven en la cocina y, además, ella conocía su pecado.
—Lo peor de todo, señorita Harting, es que sé que no soy normal. En lugar de criticarme, debería apoyarme.
—¿Apoyarla? Lo que quiero es salvarla de la tontería que está cometiendo.
—Estoy ayudando a alguien...
—A un delincuente. No me pondría de esta manera si él fuera un buen hombre, pero no es más que un vil ladrón y para colmo, mentiroso.
—Es evidente que no puede ni siquiera robarle el sueño a alguien, ¿no se da cuenta? Entre él y yo, usted sabe quién es más peligroso.
—Usted...
—Por supuesto. Le he disparado por su causa, señorita Harting. La única culpable es usted y su grito espectral. Debería controlar sus impulsos.
—Estaba asustada. ¿Qué quería que hiciera?
—Mantener la calma y no asustarme. Nos puso en peligro.
—En fin, debió deshacerse de ese hombre arrojándolo del carruaje.
—No son los valores con los que he crecido, y que, por cierto, usted me enseñó. Comienzo a pensar que todo lo que he aprendido es de boca para fuera, irreal y poco práctico, si la institutriz me dice que abandone a un herido.
—Pero es cuando se trata de gente buena, honesta y de su clase. Usted no tiene razones para pensar que un delincuente es una persona de su mismo estatus.
—Tal vez lo seamos. Se arrepentirá si llegamos a serlo y él recuerde sus crudas palabras.
—Una diligencia pasará sobre mí antes de dar un paso atrás con ese ladrón.
Eugenia regresó hacia el comedor para desayunar con sus parientes. Ella trató de parecer lo más normal posible, pero su familia la conocía bien, por lo que debía inventar algo.
—¿Un canasto con comida para una guarnición de soldados? —curioseó su hermana burlona.
—Es que pasaré el día recorriendo. Es probable que no llegue a comer.
—Una botella de vino, eso no es algo convencional para ti —alegó Albert.
—Estoy comprometida, con los nervios de punta. El vino es como un refugio —respondió ante el hostigamiento.
—Ten cuidado con eso. La bebida es mala consejera —advirtió Kitty.
—Sí, sí, lo sé, pero yo no me perderé como Meredith en esos placeres. En fin, desayunaré para empezar mi día...
***
En la cabaña de Eugenia, Randalf despertó con una parte de su cuerpo un poco húmeda. Su herida había estado perdiendo un poco de líquido.
De un momento a otro se preguntaba cómo había terminado así, con una herida de bala absurda, hecha por una niñata malcriada.
Todo carecía de sentido si se ponía a buscar explicaciones, aunque eso le ocurría por hacer las cosas como no se debían, pero no tenía muchas opciones para tener algo en su bolsillo.
Lamentaba ser un ladrón para llegar a su objetivo, no era para lo que estaba destinado.
Solo quería recuperar su vida y lo que en verdad le correspondía, no estaba pidiendo algo que no fuera suyo.
Estar en Inglaterra ya era una gran ventaja. Le llevó años ese viaje, pero lo consiguió. La otra parte difícil la debía superar después, cuando encontrara al letrado de su padre y a su madre. Arrasaría con todas las personas malintencionadas que lo arrojaron al abismo del olvido y la miseria.
Con un poco de dolor se levantó de la cama y se dirigió a la puerta para salir de la cabaña.
El día estaba hermoso y un tanto caluroso.
Ese lugar era pacífico y hasta un poco nostálgico para él, ya que le recordaba su niñez en una de las propiedades de su padre.
Amaba oír la naturaleza, el sonido del agua cayendo entre las rocas, nadar por largas horas hasta arrugarse como una pasa.
Sin pensarlo mucho se quitó la camisa y se acercó a la orilla para lavar la parte ensangrentada, después lo extendió sobre una piedra. Acto seguido, se quitó las prendas interiores y se arrojó al agua como Dios lo envió al mundo. Todos sus atributos estaban a la vista.
Pese al ardor cuando el agua tocaba su herida, Randalf se daba un buen baño. Llevaba mucho tiempo sin darse uno de verdad.
Llegando a la cabaña se encontraba Eugenia, que dejó su caballo atado a un árbol para ir hacia el sitio para dejar las provisiones que llevaba para alimentarlo. Su sorpresa fue enorme al darse cuenta de que él había salido o tal vez hubiera escapado.
Decidida a encontrarlo, se dirigió hacia el arroyo, en donde encontró su camisa con rastros de haber sido enjuagada.
Entonces, ella miró hacia el agua y no lo notó en un primer momento, aunque después emergió y Eugenia notó que él tenía el pecho descubierto.
Se escondió con rapidez para que Randalf no se diera cuenta de que lo estaba espiando.
Escondida entre las hojas, y sin mucho pudor, recorrió el torso velludo de Randalf con sus ojos azules y después pudo observar otras cosas más que no debió ver. Estaba anonadada con la invasión de sensaciones que tenía al ver a un caballero desvestido o al menos solo vestido con su piel.