Capítulo 11
—Es una historia increíble, señor Amery —alegó Eugenia con sinceridad—. ¿Qué manera tiene de probar quién es usted?
—Apelo a la memoria de mi madre, mis criados y algo que tengo que perteneció a mi padre.
Tenía trece años cuando me fui, no he cambiado demasiado, salvo que desconozco lo que me corresponde por haber sido alejado de mi casa.
No he tenido la oportunidad de terminar la formación ni de ir a Eton.
Es tarde para eso, pero jamás me resignaré a esta vida que no merezco.
—Si quiere que le ayude puede decirme quién está usurpando su título.
—¿No me diga que cree en las mentiras de este charlatán? —cuestionó la señorita Harting.
—No puedo decirlo porque echará a perder la sorpresa que tengo para esas personas, milady. Solo quiero que me ayude a llegar a Londres... —Randalf parecía cansado y se apretaba la herida que le había hecho Eugenia.
—Entonces no quiere ser ayudado porque todo es mentira —razonó la institutriz.
—Yo lo comprendo, señorita Harting. Él necesita demostrar que puede hacerlo. Entonces yo lo apoyaré, señor Amery. Supongo que después aparecerá para agradecer mi ayuda.
—Si me la presta... —Él cerró los ojos antes de quedarse dormido.
Eugenia apreciaba al caballero que luchaba por permanecer despierto. Su historia era poco creíble, pero a la vez algo le decía que le creyera. Además, en algo se parecía a ella, los dos buscaban abrirse camino solos y buscar la aceptación.
—Milady, es momento de dejarlo tirado por ahí. Es un delincuente, probablemente esté ebrio y ahogado en opio. No puede confiar en alguien así —insistió la señorita Harting al ver dormir al hombre.
—Creo que enloquecí, señorita Harting, pero le creo. Le curaré y le daré el dinero que necesita.
—Lo hace porque le encanta llevarle la contraria a todo el mundo. Entienda, milady, esto es peligroso.
—El hombre no es peligroso, es alguien que está un poco equivocado en algunas cosas, mas no veo peligro en él.
—Es alguien sin juicio que anda con un arma asaltando gente y contando historias sacadas de un libro de persecuciones absurdas.
—¿Es capaz de no creer en su historia, señorita Harting?
—Es que a este hombre no puedo creerle nada, le creo más a mis rodillas que a un sinvergüenza. Usted es inteligente, milady, no puede creer semejante invento. Lo mejor que podemos hacer es arrojarlo aquí. Esta clase de alimaña no muere con una herida tan simple, sobrevivirá.
—Me sorprende oírla. Durante años me ha enseñado tantas cosas, pero hoy me doy cuenta de que todo eso era para que yo fuera buena, amable, educada y compasiva solo con los de mi clase. Sus valores están motivados por el clasismo, señorita Harting.
—No es cierto, solo que usted no está siendo razonable.
—No, usted no lo es. Lo herí y me siento culpable por su destino.
Puedo ser casquivana, cruel, manipuladora y caprichosa, pero no soy alguien que dejaría tirado a su suerte a alguien con necesidades.
Lo llevaremos a mi cabaña, lo cuidaré, le daré el dinero y después se irá. Es todo lo que puedo hacer por él.
—A su cuñado no le gustará eso. Pegará el grito en el cielo si se entera de que ha metido a un delincuente en su propiedad.
—Se enterará solo si nosotros abrimos la boca. Será algo rápido, ¿cuánto tiempo cree que requiera que él esté bien?
—Nunca estará bien, es un demente.
Pese a las negativas de la institutriz, Eugenia llevó a cabo sus planes.
No pensaba dejar a Randalf abandonado y a su suerte.
Le pidió al cochero que los llevara a la cabaña para ayudar al hombre.
La señorita Harting no dejaba de quejarse por lo que estaban haciendo, pero ella la ignoraba con éxito.
Randalf abrió los ojos y se encontró con un techo desconocido y el aroma dulce de un perfume. Después miró a un costado y encontró a la dama que le había disparado y que lo llevó a su carruaje. Ella entraba por la puerta con unas flores dentro de un florero.
—Señor Amery, ¿cómo se siente? —preguntó acercándose a él.
—Atado —respondió intentando mover sus manos.
—Lo lamento, la señorita Harting tiene sus condiciones para curar a las personas. No se preocupe, sobrevivirá. Le traje unas flores para que le alegren el día. Le dejaré agua y unas bayas para que soporte hasta que regrese mañana.
—¿No me entregará el dinero?
—Todavía no. Primero quiero asegurarme de que estará bien.
—Estaré mejor con dinero en el bolsillo pagando mi hospedaje en el pueblo.
—Estará mejor cuando tome un baño, caballero. Hay un arroyo cerca por si le apetece sacarse la densa capa de mugre del cuerpo. No salga mucho de la cabaña, puede verlo el capataz de mi cuñado y eso sí podría ser peligroso para su humanidad.
—Quiero irme.
—Debe quedarse. Disfrutará de este lugar, se lo aseguro.
—Desáteme. ¿No estará pensando en dejarme así, milady?
La joven dejó el florero sobre la mesa y después fue hacia Randalf. A Eugenia le agradaba acercarse a él, pues aquel no disimulaba lo que sentía con respecto a ella. La observaba siempre con el ceño fruncido, de hecho, quizá ni siquiera tuviera otra expresión.
—Prometa que tendrá un buen comportamiento —pidió Eugenia.
—No le prometeré semejante tontería. Si no me encuentra mañana, sabrá que me fui.
Usted me aleja de Londres. —Por más que él estuviera molesto, no dejaba de mirar a Eugenia, que tenía la cara de un ángel, pero el alma de un demonio.
Era bella y determinada en lo que quería.
Ni siquiera sus groserías la habían alejado ni le impidieron hacer lo correcto.
—Señor Amery... le seguiré llamando así hasta que me cuente todo con mayor detalle. Mi institutriz es un poco molesta. Llevo toda mi vida con ella, pero es buena persona.
—No me importa lo que sean ustedes —replicó con brusquedad.
—Conmigo no funcionan las groserías. Si quiere ofenderme tendrá que hacer muchas cosas más, con eso simplemente me quitará una sonrisa y una carcajada por su tontería. Soy inmune a los malos tratos.
—Vaya sorpresa que sigue sin importarme —espetó después de acariciar sus muñecas al ser liberado por ella.
—Descanse. Me llevaré su arma, puede ser peligroso para usted.
—Usted es más peligrosa que mi arma. Váyase.
El día que no tuviera tanta paciencia terminaría golpeando a ese hombre.
—Lo veré mañana, señor Amery. No olvide amanecer de mejor humor. Le traeré algo de comer. —La joven salió de la cabaña y cerró la puerta.
En ese momento, Randalf suspiró y se volvió a recostar en una pequeña cama que tal vez fuera para una persona diminuta, aunque era más cómoda que el lecho de la posada en la que se quedaba.
Después echó un vistazo a su alrededor y vio una mesa con dos sillas, un pequeño fogón y muchos utensilios de una cocina cualquiera, además, un juego de té.
¿Quién tenía una cabaña en esas condiciones?
El lugar estaba limpio y era notable que todo estaba como nuevo. ¿Por qué la joven lo había llevado ahí?
Pese a la molestia de su herida, él no dejaba de pensar en la persona que se lo había hecho.
Lady Eugenia era un pequeño demonio caprichoso, pero con un encanto sin igual.
Cómo le resultaba fascinante una dama de un estatus superior al que él tuvo que acostumbrarse si deseaba tener compañía femenina.
Ella era distinta a cualquiera y la diferencia nos solo radicaba en la calidad de su perfume, también en su forma de hablar y expresarse.
Una mujer tan hermosa e inteligente, ¿sería capaz de creer en su historia y quizá esperarlo unos meses hasta que pudiera establecerse?
Sonaba loco y apresurado; sin embargo, Eugenia era fascinante a su manera y no se dejaba apabullar por su malhumor.
La dama no tenía culpa de sus desgracias ni amargura, aunque estaba cerca para que él se desquitara y sacara toda esa rabia de su alma.
Ese sentimiento de odio que durante años lo había estado envenenando, en ese momento se veía disminuido por su atención hacia una recién aparecida, no tenía sentido.
A Randalf no le quedaba mucho que hacer más que esperar a que Eugenia regresara al día siguiente.
***
Eugenia, la institutriz y el cochero, continuaban su camino hacia la residencia del duque de Salisbury.
Ella sentía que había hecho lo correcto por más que las frases diabólicas de la señorita Harting le decían que mejor lo hubiera abandonado a su suerte.
Jamás lo abandonaría por más que su historia no fuera cierta o tal vez poco creíble.
Randalf Amery representaba el enigma más atractivo que conocía.
Él era la persona que le podría hacer dudar sobre las decisiones más convenientes que había tomado para resguardarse.
A eso le llamaba tener miedo a los sentimientos.
Uno no podía elegir de quién enamorarse, eso ocurría sin pensarlo, sin desearlo y sin quererlo.
Cuando vio el rostro completo de ese hombre sintió una atracción inmediata.
Durante los bailes disfrutaba de ver caballeros atractivos, mas con Randalf era más que eso.
Era lo que estaba mal en el mundo para todos, aunque para Eugenia cumplía con sus expectativas de un hombre que podría seducirla hasta llevarla a la locura y después que ella se quedara en lo mismo.
—Hemos llegado, milady —avisó el cochero, ya que Eugenia no se había percatado de eso.
—Gracias. Señorita Harting, no quiero que nadie sepa sobre Randalf Amery.
—No puede ocultarle a su cuñado que tiene a un ladrón escondido en la cabaña que él construyó para usted y lady Augusta. Se enfadará cuando lo sepa, y usted ya sabe lo que pasa cuando su excelencia se enfada...
—Lo sé. No dudará en dejarme en la puerta de Spencer y me hablará después de unos tres meses.
—En esta ocasión ameritan al menos seis meses.
—No nos cuesta hacer como que nada ha pasado. Por favor, si me quiere guardará silencio, señorita Harting.
—Es de la peor calaña, milady. Chantajear de esta manera no es correcto, pero con usted no queda otra opción.
Las mujeres bajaron del carruaje. Albert, Kitty y Augusta les esperaban en la entrada.
—Falta alguien que me debería recibir. ¿Dónde está el futuro duque? —preguntó Eugenia refiriéndose al escurridizo Charles.
—Ya lo sabes, ama los caballos —respondió Kitty.
—¡Tía Eugenia! —exclamó Augusta que fue corriendo hacia Eugenia para darle un abrazo.
—¡Augusta! ¿Cuántas diabluras has hecho hoy, querida? —replicó Eugenia correspondiendo al abrazo de su sobrina.
La niña contó con los dedos sin mostrarle un número exacto.
—He perdido la cuenta.
Albert vio a su cuñada y a su hija abrazadas. Ambas se parecían demasiado. Juraba que poca sangre suya corría por las venas de la niña, puesto que sus rasgos eran completamente Fane, como pasaba con casi todas las niñas de la familia.
—Sea bienvenida, señora Smith o señorita Harting, ¿cómo prefiere que la llamemos aquí? —preguntó Kitty a la institutriz.
—Ella es la señorita Harting —espetó Augusta que se alejó de su tía Eugenia.
—Pero ella ya se ha casado, Augusta —dijo Albert para que su hija comprendiera la razón del cambio de nombre.
—Ella es la señorita Harting desde que la conozco y así se quedará. Ya he pensado por dónde empezaremos a estudiar...
—Augusta, la institutriz es quien te dirá lo que estudiarás —farfulló su padre.
La niña cruzó los brazos en señal de enfado. Estaba enfurruñada.
—Eres idéntica a tu madre cuando pones esa cara, Augusta —se burló Eugenia. Kitty estaba pagando su rebeldía con la niña que le había tocado.
—Milady, empezaremos por sus modales que ameritan una corrección de manera urgente —alegó la institutriz.
—No quiero. Vamos a jugar, tía Eugenia —pidió la niña.
—Ella está cansada, Augusta. Eugenia y los demás deben descansar del largo trayecto —aseguró su padre.
Augusta comenzó a zapatear y golpear su falda.
—Déjame descansar una hora y luego podremos hacer algo, Augusta.
—Estaré esperándote, tía Eugenia. Podríamos ir a la cabaña...
—¿A la cabaña? —Eugenia rio nerviosa—. ¿No prefieres otra cosa?
—No.
Debía pensar rápido, pues tenía a Randalf en la cabaña.
—Tengo algo mejor. He traído un par de cosas en mi baúl que podríamos usar para jugar. Podríamos ser grandes damas. ¿Sabes que seré una marquesa?
—¡Yo seré duquesa! —expresó la niña animada. Ese juego le comenzaba a gustar.
Con eso, Eugenia se aseguraba que por un tiempo Augusta no insistiría para ir a la cabaña.