Familia Fane Capítulo 10
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Capítulo 10

Randalf se encontraba escondido en el camino de entrada a Gloucestershire. Tuvo que devolver el caballo por falta de dinero. Tom había llevado casi todo lo que tenían en disponibilidad. Él tenía la importante misión de encontrar a su madre para que él pudiera presentarse frente a ella en el futuro.

Se sentía aburrido sin mucho que hacer. Solo estaba ahí bajo el sol, tirado entre la hierba, soñando con una vida que no tenía por culpa de otros.

La noche no era una opción para asaltar a los carruajes, ya que evitaban esa ruta cuando la oscuridad los agarraba. Por eso él también había decidido cambiar su horario para obtener un poco de dinero y joyas, algo que le permitiera tener con qué sostenerse hasta el regreso de Tom.

Desde donde se encontraba, podía distinguir a un carruaje que se acercaba hacia el lugar. No veía que fueran muy protegidos. Solo estaba el cochero y quizá adentro iba una familia.

Se apresuró para colocarse el pañuelo en el rostro y cubrirlo para que nadie lo descubriera.

Sacó su arma y se colocó junto al camino. Disparó un tiro e hizo que los caballos de tiro enloquecieran.

—¡Oh! ¡Qué es ese estruendo! —exclamó la señorita Harting, asustada.

Eugenia tenía el corazón en la garganta.

El carruaje se movía de un lado al otro y ella no conseguía pensar con claridad.

Su instinto le decía que guardara su anillo, no quería perderlo y tampoco deseaba admitir que la señorita Harting había tenido razón.

Con premura, quitó la joya de su dedo y la escondió en su escote.

—Usted es ave de mal agüero, señorita Harting. Tenía razón, debí venir con mi cuñado.

—¡No es momento de pensar en eso! Pueden hacernos daño, milady.

—Eso no pasará, tengo un arma aquí.

—Tengo miedo de que se dispare en el pie.

—Qué falta de fe. En este momento es donde más deberíamos creer. Me avergüenza que no me educara siendo creyente de los milagros.

El carruaje se detuvo y las dos mujeres que estaban dentro se abrazaron deseando pegar un grito agudo. Era cuestión de tiempo para que el bandido abriera la portezuela y cogiera lo valioso que tenían.

Cuando ocurrió lo que ellas pensaban, Eugenia apuntó hacia la humanidad de quien las asaltaría.

Randalf pensó que no tendría resistencia de nadie, pero lo primero que vio al abrir la portezuela era una dama bien arreglada apuntándole a la cabeza.

—Estoy segura de que pensará dos veces antes de exigir que entreguemos algo —dijo Eugenia con suficiencia.

—Suelte el arma antes de dispararse. Las mujeres no están capacitadas para usar una —replicó Randalf burlón.

—No querrá ponerme a prueba. Por su bien y por el nuestro, le sugiero una digna retirada, caballero.

La joven fijó los ojos en la penetrante mirada del asaltante. No podía ver más que eso, aunque su imaginación volaba dándole al hombre un rostro completo. Ella lo imaginaba atractivo y pícaro.

—Si no quiere que mate a su cochero, hará lo que le pido. —Él apuntó al cochero de la familia Fane y después abrió los ojos con intensidad para que ella comprendiera que debería dejar de jugar con armas peligrosas.

—Yo...

El grito más agudo que pudo dar la señorita Harting salió de su boca, interrumpiendo a Eugenia con un susto, lo que hizo que se le escapara un balazo que fue a parar en el cuerpo de Randalf.

Cuando él se dio cuenta de que tenía una herida, soltó el arma y cayó al suelo con los ojos cerrados.

Eugenia se tapó la boca y sollozó. Había matado a alguien.

—¡Señorita Harting, señorita Harting! ¿Ha visto lo que hice?

¡Maté a un hombre, ahora ya no podré dormir en paz y arderé en el infierno por siempre!

Pensé que ardería por ser mala hermana, pero lo haré porque soy una sucia asesina.

—Eugenia descendió del carruaje y caminó hacia lo que ella creía que era el cadáver.

Comenzó a darle un par de puntapiés con la esperanza de que reaccionara—.

Despierte, sinvergüenza. No iré al infierno por esto.

El diablo querrá cobrarme muchas cosas. Muévase.

Parecía que hacía aquello con crueldad, mas lo que deseaba era tener una luz de esperanza. Quería que ese delincuente sobreviviera.

—¡Auch! —exclamó Randalf desde el suelo. Se tocó la cintura y no sentía que existiera un orificio, probablemente la bala le dio de refilón—. Le dije que las mujeres no juegan con armas.

Ella agachó su figura para mirarlo.

—Nada hubiera ocurrido si su inteligencia no la tuviera como adorno. Le advertí lo que podría ocurrir.

El hombre no dejaba de mirar a la joven de buen escote y gran belleza. Era igual que un ángel, pero uno bastante peligroso.

—Déjelo ahí, milady. Si no sobrevive, se lo comerán los buitres. Usted ha cumplido con saber si estaba bien. Ahora no se irá al infierno —alegó la señorita Harting que todavía seguía muy asustada.

—Caballero, ¿por qué quería robarnos? —cuestionó Eugenia. La pregunta parecía tonta, aunque para ella no lo era.

—Por deporte... No sea hueca, por necesidad. Necesito dinero. Quiero ir a Londres y no tengo a nadie —contó mientras intentaba levantarse—. He regresado de Australia hace un par de días...

—Entonces no es un delincuente.

—¡Milady, por supuesto que lo es si trae un arma! —espetó la institutriz.

—Mmm... Le daré dinero por haberlo herido. Tal vez con eso gane el cielo. ¿No cree, señorita Harting?

—¡Usted decía que no daba problemas, pero ahora mismo está por matarme!

—Señorita Harting, él es un pobre inmigrante que no encontró una manera humilde de ganarse la vida y por eso recurrió a las bajezas del robo. Debió ser tentador desear cosas y conseguirlas de manera fácil...

—Dice tonterías a mansalva, mujer. No he robado por vicios o lujo, yo tengo un fin y lo lograré.

—¿Y cuál es ese fin si se puede saber?

—Recuperar lo que me han robado. Tengo una historia muy convincente que si me da el dinero que me dice se la contaré…

—Milady, este rufián solo quiere embaucarla —musitó la señorita Harting.

La mente de Eugenia sí consideraba el hecho de que él pudiera engañarla, mas ella esperaba tomar los recaudos necesarios para que eso no ocurriera.

—Hay una forma de solucionar este asunto... Piers, ¿podrías maniatar al caballero? —preguntó ella a su cochero.

El criado miró a la institutriz para que esta refutara la orden de Eugenia; sin embargo, eso no ocurrió.

—Lo haré yo si no lo haces, Piers. Si queremos escuchar al hombre debemos dar un paseo con él.

—¡Un paseo! Esto es escandaloso, lady Eugenia. Usted es una dama y él un...

—Soy un caballero. Nací en cuna de oro —interrumpió Randalf.

—¿Cuna de oro? ¡Ja! No todo lo que se pinta en dorado es de oro, señor —alegó la institutriz—. Milady, no puede subir a este peligroso desconocido a nuestro carruaje. Su hermano morirá y su cuñado no me confiará la seguridad de lady Augusta. ¡Por qué soy tan infortunada!

—Qué mujer más dramática —se quejó Randalf.

—Coincidimos en algo, caballero. Mi antigua institutriz es dramática. Se le han pegado las mañas familiares. Entonces, Piers... —La joven insistió con la mirada para que aquel hiciera lo que ella había ordenado.

El sirviente tuvo que acatar la orden de ella. Buscó una cuerda para maniatar al malhechor y lo peor de todo sería que lo subirían al carruaje.

Una risa sardónica escapó de Randalf y luego suspiró.

—Esto es humillante —se quejó.

—No es por nada, caballero, pero tomaremos nuestros recaudos para estar a salvo. Usted quiso asaltarnos. Yo le he disparado y lo único que espero es que no se muera. No estoy interesada en cargar con un muerto en mi conciencia. Piers, quítale ese pañuelo de la cara, tal vez no respire bien.

Cuando el criado hizo lo que le pidió, ella notó que el asaltante tenía bellas facciones, aunque parecía muy enfadado. Su ceño fruncido no indicaba felicidad y mucho menos conformidad.

—Suba, señorita Harting, él nos entretendrá en el camino con una historia ficticia. Tengo una hermana que se dedica a escribir novelas, tal vez pueda escribir la suya. Le cuento que nos encanta la ficción.

—No es una mentira y se lo demostraré algún día... —Randalf cerró los ojos por la incomodidad en el lugar donde rozó la bala. El sirviente de la exquisita mujer lo subió en el carruaje.

—Milady, él ensuciará el tapizado. Lord Nottingham enloquecerá si lo sabe —advirtió su compañera de viaje.

—Tome esta manta. Lo siento, está maniatado. Se la colocaré yo...

Eugenia acercó su figura a la de Randalf y él tuvo tiempo de apreciarla mejor.

No solo era hermosa y un tanto temeraria, sino también tenía un delicioso aroma.

Esa mujer tenía clase. Era algo como lo que hubiera escogido si estuviera dentro de sus posibilidades, aunque no faltaba mucho para eso. ¿Sería posible que fuera soltera?

—¿Es usted soltera? —indagó Randalf, pese a su dolor.

—Soltera, pero no para usted —espetó la institutriz.

—Soy soltera aún... —contó Eugenia que se sonrojó al cruzar su mirada con el joven e incauto asaltante.

—Qué afortunada... —comentó.

—¿Afortunada al ser soltera? Si piensa de esa manera lo mejor es bajarlo del carruaje.

—Por favor, señorita Harting, ¿no le divierte el humor del caballero? A mí me resulta muy refrescante, siga... ¿Por qué soy afortunada?

—Porque todavía hay tiempo para que me acepte a su lado.

—¡Qué insolencia! —La institutriz abrió su abanico y comenzó a soplarse el rostro—. ¿Ha oído la tontería que ha dicho, milady? Qué cómico.

La mujer miró a Eugenia y la notó sonriente, con una expresión pícara como las que tenía cuando estaba dispuesta a poner su casa de cabeza.

—Exagera, señorita Harting. Yo creo que el caballero es adorable, un incansable soñador. Usted tiene muchas ideas, señor...

—Randalf, Randalf Amery.

—Hasta se ha colocado un apellido de la aristocracia. Esto es el colmo. Es un embaucador... —siguió la institutriz.

—Es una alharaca. Cierre la boca. Ella es la que manda y usted quien obedece. Milady, con todo respeto, esta señora; porque de señorita no puede tener más que la primera letra, no respeta su lugar.

La señorita Harting sentía que desfallecía con cada palabra que salía de ese hombre. La impertinencia era un rasgo sobresaliente en él.

—¿Y quién lo dice? ¿Un gran señor delincuente? No me haga reír.

A Eugenia se le escapó una carcajada. Nunca había visto tan enfadada a su institutriz. Era evidente que ella estaba a punto de estallar a causa de las provocaciones de un joven bravucón.

—Esta vez le diré que mi institutriz tiene la razón. Al menos debería tener un poco de vergüenza para hablar de la vergüenza de otros. La señala sin miramientos, pero usted no ve en dónde está parado.

—No me interesa. Sé lo que soy y no lo discutiré, al menos no con alguien que sea inferior a mi rango.

—Entonces, caballero, haga el favor de cerrarnos la boca con su relato. Lo llevaremos a un lugar para curarlo —dijo Eugenia que volvió a sentarse en su lugar.

—Qué pérdida de tiempo. De esto se enterará lord Nottingham, milady. Se lo diré por una carta y la acusaré de colocarse en un peligro innecesario —farfulló la señorita Harting.

—No le haga caso, señor Amery. Cuéntenos.

—Ella ignoró lo que le había dicho la mujer y continuó encaprichada con el hombre que las acompañaba.

Para ella, Randalf tenía algo que Eugenia no podía describir, pero eso que percibía no era capaz de comprenderlo, solo le agradaba, era tan repulsivo como ella en algunas ocasiones, entre ellos había una unión inexplicable.

—Si la señora me permite, comenzaré a decirle lo que pueda, ya que el dolor, gracias a su poca destreza, no me dejará hacerlo por mucho tiempo.

Hace quince años me enviaron a Australia pensando en que moriría por la escarlatina.

Mis parientes querían quedarse con mi título y mi dinero, o al menos con mi herencia.

Mi padre todavía era portador del título hasta hace unos años en que me enteré de que falleció.

Estuve esclavizado durante demasiado tiempo y sin posibilidades de escapar para recuperar mi posición y a mi madre…