Capítulo 9
Sus hermanas le escogieron lo que llevaría puesto, y Eugenia debía admitir que ellas tenían buen gusto para vestirse. Las joyas tanto para ella como la de su gato, también aquellas las habían seleccionado.
La imagen que el espejo le devolvía era óptima para causar una buena impresión, aunque consideraba que no era necesario para ella que el marqués se impresionara más con su belleza, pues difícilmente sería más bella de lo que ya era.
Una vez lista, luciendo sus mejores galas, bajó al salón escoltada por sus hermanas para que diera inicio al primer relacionamiento formal entre el marqués y la familia Fane.
—El desafortunado, digo, el afortunado caballero aún no ha llegado —comunicó Foster con un toque de picardía a sus palabras.
—Estoy segura de que a Foster le hubiera gustado ser escogido y no que le cayeran en la cabeza, aunque al final es lo mismo. El marqués no se casará obligado, sino que lo hará motivado por mi belleza y una gran fortuna a mi espalda —musitó Eugenia como réplica a lo que había dicho su cuñado.
A su alrededor no se hicieron esperar las risitas que quisieron ocultar los demás y que eran evidentes.
—Te lo has buscado, Foster. Sabes que Eugenia no se quedará callada. Siempre tiene una réplica, aunque a veces carezca de razón —habló Clifford que era el único en esa casa que intentaba comportarse como alguien serio.
—¿Que no tengo razón? Todavía no hay nadie que pueda ganarme porque siempre tengo razón. Son ustedes los que carecen de sustento, y si en el contado caso de que no la tuviera, de igual manera carecerían de ella por no saber defender sus propios intereses.
—Todos sabemos que Eugenia tiene la razón por más que no la tenga.
Salud por eso —dijo el duque de Salisbury que levantó su copa para brindar con el resto.
Él comprendía cómo funcionaba la mente de Eugenia y sabía que no había forma de convencerla de nada, era obtusa y querer que pensara diferente, no funcionaba.
Los caballeros levantaron sus copas y bebieron el contenido, mientras que Helen se acercaba a la puerta para abrir, los invitados habían llegado.
Eugenia miró a los demás y todos habían cambiado su semblante, como si quisieran parecer algo diferente a lo que eran en realidad.
Frente a la puerta, Henry esperaba en compañía de su tía.
Ambos destilaban elegancia por todos sus poros.
Por más que ya estuviera conversado el compromiso, había una imagen que mantener, ya que, si el conde de Nottingham se echaba para atrás en el asunto del matrimonio, él perdería una gran oportunidad de agrandar su riqueza.
—Buenas noches, pasen, por favor —habló Helen que le sonrió al marqués. Ella estaba más entusiasmada que cualquier otra persona en esa casa. Él era un hombre atractivo que no tenía desperdicio.
—Gracias... —correspondió Henry.
—Tienen una casa muy hermosa, ¿no te parece, Henry? —preguntó su tía.
—No me sorprende, tía. Son personas de buen vivir.
—Todavía no puedo dejar de alegrarme por tu buena fortuna, querido.
—Y yo aún no sé si alegrarme o tomar precauciones. Lady Eugenia Fane es una tromba de energía pura.
—Sean bienvenidos —declaró Spencer—. Para nosotros es un gran placer tenerlos entre nosotros.
—Gracias por la invitación, milord...
El marqués comenzó a saludar a la gran multitud de gente en esa casa. Ellos eran una familia numerosa y la casa estaba notablemente preparada para muchas personas. El salón en el que se encontraban era enorme y tenía una gran cantidad de sillones.
Cuando llegó su turno de saludar a Eugenia, cogió su mano y la besó.
—Es un gusto verla, milady.
—El gusto es mío por volver a saludarlo y más aún en esta circunstancia tan ventajosa para todos nosotros —respondió Eugenia ante el saludo del marqués.
—Henry ha traído algo para usted, milady —pronunció la amable tía del caballero.
Él comenzó a hurgar en el bolsillo de su levita hasta que sacó el anillo para enseñarlo.
No solo Eugenia tenía los ojos en esa joya, también sus hermanas y el resto de la familia. Un enorme topacio en el medio, rodeado por pequeños diamantes incrustados. Era un anillo muy ostentoso.
Aquella sortija hizo que Eugenia colocara una sonrisa de satisfacción en el rostro.
El marqués estaba a la altura de lo que esperaba para sorprender a su familia.
Por fin podía decir que había conseguido lo que deseaba: impresionarlos y dejarlos con el mentón dislocado.
Se darían cuenta de que durante años la torturaron con la idea de que no lograría ir bien casada o casarse, pero les demostraba que ella era capaz de forjarse su propio futuro.
Tenía la astucia y perseverancia suficientes para hacer frente a cualquiera que intentara desafiar su intelecto.
—Es hermoso... —Pudo articular la joven, que extendió su mano para que él le colocara el anillo.
El caballero entendió a la perfección lo que debía hacer. Con ese anillo que le recomendó su tía Elizabeth, ganaría el favor no solo de la joven, sino de la familia.
—Es lo que usted merece, milady.
Todos alrededor estaban complacidos con lo que veían.
Por más que los Fane no estaban tan convencidos de cómo Eugenia había conseguido un prometido.
Sabían que entre esa pareja el amor sería algo muy difícil de encontrar.
Era evidente que ese sería un simple matrimonio de conveniencia.
Esperaban que en algún momento el amor floreciera entre ellos.
—Si me disculpa, señoría, presumiré mi anillo ante mis hermanas... —Ella se alejó de él mordiéndose el labio inferior.
Mientras ellas rodeaban a Eugenia para observar el anillo, Henry y su tía se quedaron junto a lord Nottingham y la esposa de este.
—Olvidaron presentarlo con él —aludió Spencer que señaló el pianoforte. Sobre él reposaba el cuerpo del gato—. Él es Clauss, el gato de Eugenia.
—Ese gato es un poco...
—Gordo. —Terminó de decir la tía de Henry.
—Está repleto de belleza —manifestó Albert, pues eso siempre decía Eugenia cada vez que alguien cuestionaba la silueta de su mascota. Ella lo defendía con garras y dientes.
Después de reprochar a su familia y presumir el bello presente de compromiso, pasaron al comedor en donde se sirvió la cena.
Los caballeros conversaban entre ellos y la tía del marqués hablaba con lord Sharp y la duquesa viuda de Salisbury.
Eugenia cruzaba palabras con sus hermanas de manera excepcional y también interrumpía algunas conversaciones en las que no estaba de acuerdo, pero la mayor parte del tiempo miraba el anillo y se sumergía en sus cavilaciones.
Al acabar la cena, al fin le habían dejado un poco de tiempo para que ella y su prometido pudieran dar unas vueltas por el salón ante los ojos de los demás.
—Me ha sorprendido su interés, milady —confesó Henry.
—Y a mí me sorprende que le sorprenda. Consideré que nos entendíamos muy bien para llevar a cabo un matrimonio. Usted y yo somos una gran pareja con mucho dinero. Se hablará mucho de nosotros cuando este compromiso se haga público.
—Comprendo a la perfección lo que dice y lo comparto. No podría haber encontrado mejor dama que usted.
—Lo sabía. Tomé la iniciativa, porque a algunos caballeros les gusta dilatar y dejar a las jóvenes ilusionadas, mientras ellos pescan en otros estanques. Entiendo que pudo existir atrevimiento, pero yo estaba decidida a perseguir mis objetivos.
—Piensa en lo conveniente y eso es muy digno de resaltar. Su hermano y su cuñado se han encargado de hacerme llegar sus justificaciones. Le agradezco por arrebatarme la opción de escoger, ese trabajo me estaba costando mucho.
—¿Lo ve? Lo he ayudado a decidirse a tiempo. Su tía comentó que lleva mucho tiempo diciéndole que se casara.
—Unos tres años en realidad. Mi tía es una mujer muy sincera.
—Lo creo. Sé que cuando alguien repite muchas veces la palabra matrimonio, es porque desea lo mejor para esa persona y también para deshacerse de uno.
—Es probable que sea como usted dice. —Rio Henry. Esa joven no tenía ningún reparo en ser más sincera que su propia tía. Tendría a dos personas diciéndole todo el tiempo lo que debía hacer. Estaba acostumbrado a eso.
—Cuando regrese mi institutriz de su reciente retiro para disfrutar de las mieles del matrimonio, iré a Gloucestershire para pasar unos días ahí y luego regresaré. Es un lugar que me gusta mucho visitar.
—Me parece justo. Mientras usted va a ese lugar, yo estaré arreglando los asuntos que competen al matrimonio. ¿Cuándo le gustaría casarse?
—Al final de la primavera sería lo ideal para mí, todavía la gente se quedaría en Londres. Luego, podríamos retirarnos usted y yo a algunas de sus propiedades para el verano. ¿Tiene alguna con alguna laguna o arroyo? Me encantan las corrientes de agua.
—Tengo un par que quizá le gustarán. Antes de nuestro matrimonio podría invitarlos a visitar cada una de mis propiedades y usted escogerá cuál será nuestra residencia solariega.
—Me parece excelente y muy caballeroso de su parte.
—Si yo escojo el lugar, corro el riesgo de que usted me perfore el hígado con su mirada.
—Me juzga a la ligera, su señoría. No soy tan temible como le pueden hacer creer mis familiares. Mi sencillez es como la de cualquier otra dama de una buena posición. No tengo muchos secretos para ser feliz, ¿y usted tiene secretos?
—No, no los tengo. Vivo en la tranquilidad y comodidad de mi vida.
—Entonces somos dos seres muy sencillos. Nos irá bien juntos, señoría, por fin he encontrado cosas en común entre nosotros.
***
Días después...
La señorita Harting había regresado, pero solo para emprender el viaje a la residencia del duque de Salisbury en Gloucestershire en donde comenzaría la educación de lady Augusta.
Eugenia había decidido acompañar a la señorita Harting, pues ella ya había planeado eso con antelación. Tanto sus baúles como los de la institutriz estaban listos para partir.
—Debió irse con su cuñado y su hermana, milady —dijo la señorita Harting.
—No me haga pensar que no desea que esté aquí, a su lado, con muchas ganas de saber lo que ha estado haciendo semanas atrás.
—No me refiero a eso. Pudo haber viajado más cómoda. Este carruaje es el más antiguo de lord Nottingham.
—Eso no me importa. He realizado muchos viajes muy hermosos en este coche. Para mí es un gusto subir y recordar viejos tiempos.
La señorita Harting vio que la joven miraba por la ventana con cierta tristeza y añoranza. A ella le resultaba extraño verla de esa manera.
—Le contaré lo mío después de que usted me cuente lo suyo. Ese anillo que lleva en el dedo es muy hermoso, digno de una marquesa —comentó la mujer para que Eugenia no se sintiera perdida. Al terminar de decir eso, notó que ella le sonrió y miró el anillo.
—Es precioso, es lo mínimo que merezco por haberla soportado tantos años, señorita Harting.
—Si se tratara de méritos, yo debería tener una enorme mina de diamantes por tener que estar con ustedes por tantos años. No han sido ángeles como creen.
—Lo sé. Usted es una mártir. En más de dos ocasiones estuvo al borde de la muerte por las tonterías de sus pupilas, pero ¿no cree que soy la excepción a toda regla?
No le he dado un solo dolor de cabeza, señorita Harting, merezco algún reconocimiento de su parte. Admítalo, soy la mejor de sus pupilas.
—Puede que consiga más rápido lo que se proponga, pero eso no quita las preocupaciones que me ha dado. Siempre me ha tocado salvarla de caer en las garras de las malas influencias.
—¿La mala influencia de Kitty o de Helen?
—Había demasiadas personas en su casa que podrían ser una mala influencia y el primero de ellos es lord Nottingham, tan impaciente y poco inteligente en los momentos de mayor necesidad y de sus hermanas mejor no hablar, son provocadoras profesionales, usted no podría ser la excepción, vivía entre un montón de malos ejemplos.
—El mal ejemplo estaba en la sangre, y no en otro sitio. Contra eso nadie puede luchar.
—No le quito la razón.
—Mire mi anillo, señorita Harting, es tiempo de que lo aprecie.
—Lo que creo es que debería guardar su anillo. Iremos por un camino que podría ser peligroso.
—Nunca nos ha pasado nada, señorita Harting. Además, tengo mi arma aquí, usted estará a salvo.