Capítulo 8
Mientras ella conversaba con su hermana, Spencer y Albert habían regresado a la residencia. Cuando Eugenia los vio llegar, dejó de lado el pianoforte para prestarles atención a ellos.
—Al menos deberías enviar una carta a tu casa, Albert. Tu madre y yo estábamos preocupadas por ti. Sales en la mañana y no regresas... —reprochó Kitty.
—No me ha dado tiempo. Imagino que Eugenia te ha dicho de qué va el asunto. Tuve que acompañar a Spencer, pues la insensatez hizo que ella amenazara el futuro de Augusta.
Los ojos furiosos de Kitty se fijaron en Eugenia, y esta retrocedió unos pasos.
—Tal vez Albert esté exagerando un poco, Kitty —musitó Eugenia nerviosa.
—Te haré la vida imposible si llegas a mencionar de nuevo a Augusta. Te lavaré la boca, pero con fuego.
—Kitty, no exageres —pidió su esposo.
—¿Pretendes que no le diga nada a esta malcriada? Deja de defenderla, es un monstruo.
—Sabemos que ella es un monstruo, Kitty, pero no lograremos nada repartiendo acusaciones —alegó su hermano.
—Gracias por defenderme, Spencer —farfulló Eugenia con sarcasmo—. ¿Y cómo les ha ido? Quiero saber si mi motivación para que ustedes hicieran algo ha resultado.
—Ha resultado, el marqués de Lorne está encantado con la idea de contraer matrimonio contigo. Avisaremos a toda la familia que mañana por la noche se hará oficial el compromiso.
Eugenia había quedado paralizada, aunque sonriente. Por un lado, le sorprendía que lograra su cometido y por otro, estaba incrédula con lo que había ocurrido. Sabía que ella era conveniente y también que su hermano movería lo que fuera por no tenerla más tiempo en casa.
—¿Lo ves, Kitty? Soy la única que no le ha dado problemas a Spencer, solo soluciones.
¿No van a felicitarme? Espero que estés muy arrepentido de haberme tenido en mal concepto por tantos años, querido hermano.
El único que ha confiado en mí es Albert.
Si me disculpan, iré a darle la buena nueva a la señorita Harting, quiero que vaya a descansar muy feliz con este regalo.
La joven dejó al resto de su familia en el salón y ella se retiró hacia los aposentos de la institutriz. Abrió la puerta y encontró a Victoria hurgando en el armario de la señorita Harting.
—Señorita Harting... —habló Eugenia.
—¿Qué ocurre, milady? Ha dejado el pianoforte de manera intempestiva. La estaba escuchando desde aquí.
—Este es perfecto para mañana, señorita Harting. La boda es el día más importante de una mujer —musitó Victoria que extendió un vestido que estaba casi escondido. Helen, la doncella, asentía dándole el visto bueno para que se pusiera aquel que sugería la dueña de la casa.
—Estoy de acuerdo, milady. Debo alistarlo un poco.
—No se preocupe por eso, señorita Harting, yo lo haré y prepararé sus baúles para que pueda estar tranquila —se ofreció Helen.
—Y yo, señorita Harting, vengo a darle su regalo, lo que sería la mermelada sobre la mantequilla en el scon.
—Eugenia dio unos pasos más para adentrarse en la habitación—.
Mi querida institutriz, estoy comprometida con el marqués de Lorne.
Puede usted irse en paz, puesto que ha cumplido con su cometido en esta casa, y su última pupila será marquesa.
Debería sentirse orgullosa de sus logros.
—Por nada del mundo pensé que resultaría su táctica.
Debo admitir que siempre ha tenido más vivacidad que el resto de sus hermanas.
Era más floja, pero siempre encontraba la manera rápida para librarse de sus lecciones.
Nunca le hizo falta ser demasiado inteligente, nació hábil —la felicitó la señorita Harting.
—Enhorabuena, Eugenia. Un matrimonio es lo mejor que le puede ocurrir a una dama. —Victoria se acercó a Eugenia y la abrazó.
—Un matrimonio con alguien que no se parece en nada a mi hermano sí puede ser algo bueno, Victoria. Debiste ser duquesa.
—Nunca hubiera sido tan feliz como lo soy.
—Con el drama que Spencer tiene en todo el cuerpo, ¿crees que eres feliz? Eres una mártir, junto a la señorita Harting.
—Dices tonterías. Me alegro mucho por ti, Eugenia, aunque...
—Aunque nada, Victoria. Sé lo que me dirás sobre el sentimiento, el amor y...
bla, bla, bla. Te aseguro que terminaré adorando a este marqués, por más que me parezca poco dado a las emociones de la vida y la libertad práctica de las mujeres.
Él cree que lo necesitaré para todo. Lo único que necesito para vivir tranquila es dinero y no un hombre.
—Necesita a su gato, milady —opinó Helen.
—Por supuesto. Él es el único caballero que me comprende. Iré a contarle la buena nueva.
Ella sonrió a las mujeres que le acompañaban antes de salir de la habitación, pero tan pronto como salió, su sonrisa se desvaneció. Estaba feliz, mas se sentía vacía por dentro, como si algo le faltará, algo que nunca tuvo.
Sin el mismo ánimo que antes, entró a su aposento y encontró a su gato plácidamente dormido.
—Debí ser un gato en la otra vida.
Se acercó a él y le acarició el ancho estómago y después comenzó a perderse en sus cavilaciones.
Debía pensar en que su vida cambiaría desde ese día.
Sería la envidia de las demás debutantes, con quien aún no lograba entablar buenas relaciones por cuestiones de competitividad.
El mercado matrimonial y la presión no las dejaba ser amigas unas con otras y más cuando una era muy hermosa.
Eugenia estaba consciente de su belleza y de la preferencia de los caballeros hacia su jovialidad y atractivo.
Todo lo que ocurría era bueno, pero Eugenia seguía creyendo que algo andaba mal con ella y con nadie más.
Era una persona optimista que creía que su decisión era correcta y que sería feliz en un futuro cercano.
Pronto acordarían una fecha de matrimonio y no le quedaba más que aceptar todo y ser la misma Eugenia de siempre, salvo que con un título que le decía al resto que era casada, rica e importante.
Era lo que se esperaba para una dama de su clase y de su linaje.
***
Al día siguiente por la mañana, toda la familia asistió al matrimonio de la señorita Harting con Calvin, el ayuda de cámara de Spencer.
La familia les había dado muchos obsequios para que tuvieran un par de días de tranquilidad.
De hecho, los dos podrían gozar de un buen retiro, pero amaban trabajar con la familia.
Estaban acostumbrados al ritmo que imponían las constantes movidas y cambios.
Para ellos no sería un problema que no vivirían en la misma casa.
Mientras Eugenia veía que la señorita aceptaba a Calvin con ilusión en su mirada, ella se sentía ajena a eso.
¿Sería posible que alguna vez sus ojos miraran al marqués con admiración o afecto?
En ocasiones, temía por no ser feliz, pero sería peor ser soltera.
A medida que daba vuelta su cabeza hacia su derecha o su izquierda, encontraba a una feliz pareja recordando su pasada.
Ella había asistido a todos los matrimonios y distinguió en cada uno de ellos un destello en la mirada de los recién casados.
Eran felices hasta ese día y Eugenia sentía cierta carga mental al considerar que quizá ella no fuera tan afortunada.
Despidieron a los recién casados en el atrio, y al ver que la señorita Harting se iba despidiendo de todos, a Eugenia le picaban los ojos, quería llorar porque parte de su infancia se desvanecía frente a ella.
Los cambios eran difíciles de afrontar para Eugenia.
Sus hermanas quizá tuvieron más problemas en el pasado cuando perdieron a su padre; sin embargo, a ella le estaba costando más el presente.
—Si te hace bien llorar, deberías hacerlo —aconsejó Albert que se colocó detrás de Eugenia.
—¿Llorar por la ingrata señorita Harting? No lo creo.
—Se te ven los ojos llorosos.
—Solo es un poco de polvo que se ha levantado, nada de tristeza.
—¿Cómo afrontarás esta noche sin el apoyo de la señorita Harting?
—¿Sin ella? Esa institutriz ha dejado su mala semilla en todas sus pupilas. Sus extensas regalas y los ojos acusadores de todos no me dejarán comportarme mal.
—Menos mal que lo entiendes. Lo mejor es que le muestres a tu prometido lo que realmente eres una vez que se casen, de esa manera no puede devolverte. Se quedará anclado a ti sin remedio, sin salida, sin escapatoria.
—Siento que escucho a Spencer. No deberías sentarte a su lado tanto tiempo, perderás tu encanto y te convertirás en un ogro con palpitaciones nerviosas frecuentes.
—Lo lamento, a veces me influye mucho. No he tenido tiempo de preguntarte si estás segura de que quieres casarte con él. No te noto entusiasmado y el marqués es un tanto...
—¿Común?
—Mmm... Muy ordinario. Te confesaré que te imaginaba con alguien más vivaz, algo así como un delincuente, contrabandista de bebidas, dueño de una taberna, prestamista, prófugo...
—¿Tan malo es mi futuro en tu mente?
—No me refiero a eso, es algo distinto, es la personalidad... Lo confieso, el marqués me parece tan insípido como la buena reputación de Foster.
—En su caso, la buena reputación es inexistente. Considero que su señoría tiene potencial para ser alguien divertido, al menos cuando supere sus bochornos.
—A tu lado sabrá lo que es un verdadero bochorno.
Eugenia le dedicó una mirada divertida a su cuñado y fue caminando a su lado para retirarse en compañía de los demás. Debían ir a prepararse para lo que sería el gran acontecimiento de la noche.
Por primera vez tenía toda la atención familiar.
Sus hermanas daban sus sugerencias de todas las maneras que conocían y también querían escogerle la prenda que ella usaría al igual que las joyas, puesto que Eugenia tenía demasiadas joyas para ser una debutante, cualquiera juraría que poseía más brillantes que una condesa.
—Este collar de diamantes es muy sutil —comentó Meredith que hurgaba en el alhajero de Eugenia.
—¿Y qué se pondrá el gato? Supongo que lo presentarás. El gato Clauss debe irse contigo —le recordó Rose.
—Lo sé. Le pondré un bello diamante a lord Clauss, ya que será parte de la familia del marqués, él será un lord.
—Estoy indecisa entre todo lo que tienes aquí. Hay demasiados vestidos para debutantes. Tú no tenías tantos, Kitty —alegó Fanny.
—No, no tenía porque conmigo Spencer era muy tacaño y nunca me he quejado —replicó Kitty.
—Eugenia tiene una cantidad grosera de lujo. Era evidente que solo a partir de un marqués podrían soportar su nivel de vida —habló Rose que se sentó en la cama para probarle al gato uno de sus collares de diamantes.
—Les recuerdo que este monstruo no se hizo solo, todas ustedes han contribuido a lo que soy y ni hablemos de vuestros esposos.
—Los compraste haciéndote pasar por una niña buena y vivaz, pero terminaste siendo una arpía, una culebra ponzoña —acusó Fanny.
—No es cierto. Tal vez no he sido tan buena en los últimos años, pero también se debe a que he crecido y tengo criterio propio, amplio y distinto al de ustedes. Pueden notar que he conseguido un esposo más rápido que todas.
—No, querida. Meredith consiguió el esposo más rápido —corrigió Kitty.
—Pero yo no he avergonzado a la familia. Ustedes no tienen autoridad moral para juzgarme.
—Me encantaría ser solo Rose Fane para golpearte, Eugenia, pero soy una duquesa y no puedo rebajarme tanto.
—Las tengo sorprendidas. Envidian mi éxito porque yo he decidido quién se casará conmigo.
—¿Cuál éxito? Según tengo entendido, Spencer y Albert lo convencieron con un montón de dinero, que te recuerdo es parte de todas nuestras dotes —agregó Meredith.
—No es mi culpa que todos solo quisieran a tan dulces jovencitas, pero los tontuelos no se dieron cuenta de que les dieron gato por liebre.
Con el marqués no será la excepción, en ningún momento lo engañé fingiendo ser alguien que no seré jamás.
Lo tengo tan escandalizado, que solo le queda adorarme.
—A veces me asustas, Eugenia, pero tienes razón en muchas cosas.
Te criaron diferente y de manera solitaria.
Mientras debías jugar en el jardín persiguiendo mariposas, te encerraron con nosotras en una biblioteca y te obligaron a seguir un ritmo que no era tuyo.
No podemos cuestionarte nada, cuando las tres hemos sido cómplices del intento de libertad durante la infancia, las rebeliones y la rebeldía.
Siempre fuimos criadas para casarnos —razonó Kitty que buscaba explicaciones para el comportamiento de la menor.
Los celos, la posesividad, el intento inhumano de ser competitiva no eran normales, Eugenia se hizo grande cuando todavía debía ser una niña.