Familia Fane Capítulo 7
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Capítulo 7

Eugenia había conseguido su objetivo de que Spencer y Albert conversaran con el marqués. El paso estaba dado hacia la consecución del objetivo. Si ellos eran inteligentes, pronto tendría un compromiso arreglado.

Lord Nottingham y el duque de Salisbury se dirigían a la residencia del marqués de Lorne.

Los dos trataban de ponerse de acuerdo sobre cómo iban a encarar la situación para no dejar en mala posición a Eugenia, pues Spencer consideraba que el hombre en cuestión diría que su hermana era una demente desquiciada.

Tampoco le sorprendería que lo dijera, ya que él pensaba eso de Eugenia.

—No debí recoger ese gato de la calle —pronunció Spencer al llegar frente a la casa del marqués.

—¿Te refieres al gato Clauss? ¿Qué relación tiene con esto que haremos? —cuestionó su cuñado.

—Pienso que debí regalarle un pájaro. Tal vez ese animal tan engreído afectara a Eugenia.

—Créeme que el gato no tiene nada que ver. Es una suerte que no consiguieras una de esas aves que repiten cosas. Sería como tener un arma en la casa.

—Debí deshacerme de Eugenia, buscar una tía que quisiera tenerla.

—Lord Sharp se ofreció a criarla y despreciaste tan generosa oferta. No es momento de arrepentirse.

—Ella hubiera matado a lord Sharp. Es un anciano religioso que no se anima a pedirle matrimonio a tu madre.

—Han estado muchos años en esa condición y espero que así sigan, siendo buenos amigos.

—Ellos no son amigos y tú lo sabes.

—Es indecente pensar algo malo de una mujer como mi madre, que es casi una santa.

—No me opondré a que veas solo lo que quieres ver.

El conde golpeó la puerta y esperó unos minutos a que alguien abriera la puerta.

Un criado entreabrió la abertura de la entrada y encontró a dos hombres muy elegantes.

—¿En qué puedo servirles, caballeros? —indagó el sirviente.

—¿Se encuentra el marqués de Lorne? —preguntó lord Nottingham.

—¿A quiénes anunciaré?

Spencer entregó dos tarjetas: la suya y la de Albert.

—Pasen a la recepción —dijo el sirviente que fue caminando hacia el recibidor e indicó unos asientos—. Siéntense, por favor. Regreso en un momento...

El mayordomo fue hacia el salón de la enorme residencia del marqués y buscó a su patrón. Este descendía de las escaleras a la vez que se arreglaba las prendas.

—Buenas tardes, su señoría. Han venido dos caballeros a verlo —comunicó.

—¿Y quiénes son? —indagó Henry.

—Son el duque de Salisbury y el conde Nottingham. —El criado entregó las tarjetas al dueño de casa.

—¿Y mi tía?

—Ha ido a una tarde de té en casa de una amiga, al menos es lo que ha dicho.

—Que pasen al salón, si ella no está, no hará falta tanta privacidad.

—Sí, señoría.

El hombre del servicio regresó junto a los visitantes e indicó que ambos pasaran al salón.

—Es un placer saludarlos, aunque admito que es algo que me tiene muy sorprendido —habló Henry con sinceridad—. Jacob, sirve algo de beber a los caballeros...

—Sí, señoría.

—También es un placer para nosotros que nos reciba de buen grado —replicó Spencer.

—Tomen asiento. Estoy a vuestra disposición.

—Nos alegra saber que está predispuesto —musitó Albert, burlón—. Le cedo la palabra a mi cuñado.

Henry tenía un gran signo de interrogación en la cabeza, deseaba saber qué llevaba a esos hombres a visitarlo de manera inesperada.

—Lo que nos trae aquí, su señoría, es conversar con usted sobre Eugenia.

El marqués se sonrojó al instante al escuchar el nombre de ella. Esa mujer sabía cómo hacer para que todos los colores subieran a su rostro, desde el rojo escándalo hasta la palidez de la sorpresa. Ella era un pequeño artefacto de maldad.

—¿Sobre milady...? Hmm...

—Sí, sobre ella y un supuesto interés suyo en mi hermana.

A Henry se le nublaba la vista. Eugenia era de temer. Podría ser devorado de un bocado por ella y estaba sintiendo eso en aquel momento.

—Su hermana es una dama hermosa, inteligente y ejemplar... —Se había quedado sin palabras para describirla. No podía decirle que era una bella sinvergüenza y acaparadora.

—Qué bueno es escuchar que se refiera a ella de esa manera.

Es muy educado. Quisiera comentarle lo que incluye la dote por si se encuentra dentro de su interés.

Le confieso que, para mi sorpresa, la de mi cuñado y ahora que será la suya, Eugenia ha dicho que desea casarse con usted.

Mi intención no es obligarlo y mucho menos presionarlo a algo que quizá no desee.

El panorama para Henry se tornaba cada vez más sombrío.

Ni siquiera tenía a su tía para darle apoyo.

Estaba solo frente a dos hombres importantes a los cuales decirles que no, podría ser un pecado que le costaría caro, aunque si su tía estaba ahí, tal vez ya hubiera aceptado esa propuesta con tal de verlo casado.

—Su hermana es muy agradable, milord, pero ¿está seguro de lo que está diciendo? Le pregunto para que no queden dudas de que es su voluntad.

—Absolutamente, es voluntad de mi hermana.

Mi objetivo en la vida es casarlas a todas con quién deberían.

Sé que es poco convencional esto que hacemos.

Al igual que a Albert, esa idea de que ella escogiera era algo descabellado hasta que dijo que usted no se negaría, por lo que presumo que es un asunto conversado.

Por dentro estaba muerto. Se sentía abochornado por lo que ocurría.

Nunca pensó que alguien se obsesionaría con él.

Desde que conversaron la primera vez, él creyó que ella no lo escogería, puesto que no coincidían en una sola idea.

Para Eugenia, todo lo que él pensaba era simple e inútil.

Era bella, divertida, ingeniosa, pero le asustaba porque no estaba acostumbrado a que se lo llevaran por delante.

—Sí, milady y yo hemos conversado mucho en estas noches en las que coincidimos en los bailes...

Albert frunció el ceño. Percibía que el marqués dudaba de lo que deseaba en realidad. Sus gestos, el color de su rostro y sus ojos casi desorbitados, no hablaban de algo conversado. ¿Qué deseaba Eugenia en realidad?

—Entonces le interesa lo que le citaré a continuación...

El conde de Nottingham contó la cantidad de dinero, propiedades, joyas y otras valiosas adquisiciones que estarían en su bolsillo si él accedía a lo que Eugenia quería.

A Henry le dejaba anonadado la cantidad de cosas con las que lord Nottingham intentaba comprarlo.

Su patrimonio crecería mucho con tan jugoso ofrecimiento.

Eso lo hacía vacilar sobre ser usado como escoba o tener más dinero gracias a quien lo usaría para barrer el piso.

No sabía si podría doblegar el espíritu de Eugenia alguna vez, ella parecía inflexible.

Tanto Spencer como Albert esperaban escuchar alguna cosa de la boca del marqués. Aquel permanecía pensativo.

—No sé si hace falta que mencione que somos una familia influyente y que podríamos hacer negocios juntos... —siguió Spencer para convencer al vacilante caballero para que aceptara de una vez.

—Estoy encantado con la idea de casarme con su hermana —respondió, dejando de lado sus cavilaciones para escuchar lo que realmente importaba: el dinero, la influencia y un heredero para el título. Él estaba siendo bendecido en ese momento.

El duque de Salisbury miró a Spencer y este asintió.

—Entonces podemos decir que le otorgo la mano de mi hermana. Hay que hacer un anuncio oficial en una cena.

—Podríamos hacerla aquí...

—Preferiría que fuera en mi casa, tengo una mesa familiar extensa con un lugar preparado para mi próximo cuñado.

—Mi tía estará tan feliz y complacida cuando se lo cuente. No podrá creerlo... Ella deseaba emparentar con ustedes hace un par de temporadas con su otra hermana, con Rose.

—Gracias a Dios, mis hermanas gozan de gracia y belleza. Usted se llevará a la última. Es afortunado.

—Las oportunidades como estás son imposibles de rechazar.

—Sea bienvenido a la familia. —Spencer estrechó la mano con la de Henry y Albert realizó esa misma acción.

Los tres caballeros conversaron sobre lo que sería la cena de compromiso entre su hermana y el marqués, al igual que acordaron un buen anillo para Eugenia, ya que tenía gustos muy extravagantes.

Una vez que sus visitas se fueron, Henry pudo pensar con claridad. ¿Qué había hecho? Estaba entusiasmado por algo que no era con exactitud ser el títere de una jovencita caprichosa. Lo que le entusiasmaba era lo que venía detrás.

—He vuelto, Henry, ¿quiénes estaban saliendo de aquí? —indagó la tía del marqués.

—Tía Elizabeth, acaban de irse lord Nottingham y el duque de Salisbury.

—Oh, ¿no estarás jugando con el corazón débil de tu querida tía?

—No, por supuesto que no. Ha ocurrido algo insólito. La suerte ha tocado la puerta de esta casa.

—Sigues ilusionándome y no dices lo importante...

—Estoy comprometido con lady Eugenia Fane, tía. He conseguido lo que esperaba. La otra era casi idéntica a milady.

—Oh, ¡qué afortunado eres, Henry! Tendrás hermosos hijos y una mayor fortuna. Todos sabemos que casarse con una de ellas es un tesoro.

—Usted no alcanza a imaginar qué tesoro. Ahora necesito comprar un anillo extravagante para ella. Me han dicho que es algo excéntrica con las joyas.

—No es para menos. Es la malcriada, la última... Quizá sea un problema, pero sé que tú sabrás manejarlo. Puedes escoger cualquiera de mis anillos, alguno puede ser de lo que buscas, ahí hay cierta extravagancia.

—Pero son suyas, tía...

—Querido, estás equivocado. Puedes disponer de todo lo que gustes. No uso muchas joyas a mi edad. Además, pocas sortijas son las que todavía entran en mis dedos por tantos años y las enfermedades. Si quieres te ayudo a escoger qué darle.

—Agradecería mucho esa ayuda.

—Me seguirás contando más sobre cómo ocurrieron las cosas. Deseo saberlo y pronto presumir de eso ante mis amistades.

—No puedo dejar de contárselo. Sabía que este compromiso la complacería mucho. Mañana cenaremos en casa de lord Nottingham para que esto sea algo oficial.

—¿Por qué no hacemos la cena aquí?

—Lord Nottingham ha sugerido que su comedor es más amplio que el mío. Ellos son una multitud de gente. Será difícil adaptarnos con rapidez, pero lo conseguiremos.

—No hay que temer. Es solo una familia numerosa y unida. Ven, te enseñaré las joyas...

***

Eugenia practicaba una pieza en el pianoforte.

No tenía a nadie que la escuchara, la señorita Harting estaba siendo asediada por Victoria y la doncella.

Faltaba poco para su matrimonio y ella todavía no sabía si le daría una sorpresa.

De un momento a otro se le ocurrió tomar la iniciativa e ir a la casa del marqués a proponerle matrimonio, pero eso sería humillante para su posición.

Ya había dado el paso, dependía de su hermano y de su cuñado lograr que ese hombre la aceptara sin mayor inconveniente.

—Tocas muy bien hasta con el mentón —musitó Kitty, su hermana.

—No te oí llegar —comentó Eugenia prestándole atención a Kitty—. Si vienes a buscar a Albert, él salió con Spencer para hacer una diligencia importante.

—¿Una diligencia?

—Sí, han ido a convencer al marqués de Lorne para que se case conmigo. Me aburrí en esta temporada y él es lo mejor que encontré.

—La temporada apenas inicia, Eugenia. Me parece que esto es muy precipitado.

—Escucha, Kitty. El amor no me llegará en una persecución a caballo, ni será mi cojín para caer, tampoco estará escondido en un castillo lúgubre y mucho menos me secuestrará.

Estoy cansada de este trajinar. Durante toda mi corta vida he oído la palabra matrimonio más veces de las que he dicho «padre».

Solo quiero deshacerme de esta obligación y ver qué viene después.

—Te estás apresurado, aunque un marqués no es una mala opción, es muy buena. Pensé que...

—¿Todas nos casaríamos por amor? Hay excepciones a la regla.

Antes de casarme quiero ir a Gloucestershire, estar en la cabaña, cazar animales, nadar.

Después ya no seré la niña a la que le dieron mucha libertad.

Seré una mujer casada y tal vez deba prescindir de muchas cosas.

Su señoría es un poco obtuso en cuanto a las habilidades de una dama para las actividades masculinas.

—¿Y después de saber que puede cortarte las alas, aún sigues queriendo casarte con él?

—Yo le cortaré las alas primero, pero cuando quiera paz, tendré que ceder en algo. Es el poder de negociar.