Familia Fane Capítulo 6
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Capítulo 6

Después de conocer al marqués y de encontrarse en varias veladas, Eugenia concluyó que era un hombre común, sin mucho que aportar a su vida, pero que quizá con paciencia lograra conseguir más de ella.

La verdad era que sus expectativas con respecto al matrimonio se desvanecían a medida que pasaban las noches.

¿Dónde habían quedado sus sueños de ser besada, pelear o estar en desacuerdo?

Nada de eso pasaba y no solo se refería al marqués, sino también al resto de caballeros que pululaban a su alrededor como moscas junto al festín.

Su cuñado, Foster, actuaba como un gran depredador de insectos con su eficaz método de descarte: una lista.

No solo había malos candidatos, de la misma forma, los buenos la rondaban y entre ellos el más resaltante era el marqués que cumplía con casi todos sus requerimientos.

Los duques no le habían sido indiferentes, pero si quería ser madrastra de alguien de su misma edad se arrojaría a los brazos de algunos, pero como ella no estaba desesperada por casarse, descartó a los viudos con grandes títulos.

Todos sus análisis daban como ganador al marqués de Lorne: atractivo, con vestigios de inteligencia, adinerado y bien posicionado en la sociedad.

—¿Qué anota en esa libreta, milady? —preguntó Helen con curiosidad.

—Títulos de caballeros con los que he bailado.

—Ya veo que se parece a la libreta de su cuñado. Tiene un montón de nombres tachados.

La joven cerró la libreta y arrugó el ceño.

—Dios no bendice a las metiches, Helen...

—Eso significa que tampoco la bendecirá a usted. Le recuerdo...

—Silencio. Los patos no les disparan a las escopetas. ¿Qué hace mi hermano?

—Está reunido con el duque de Salisbury. Creo que él se retirará a su casa del campo.

—¿Estuviste oyendo?

—Estuvimos. La señorita Harting no es corta ni perezosa, ya sabe que ella se casa mañana y se irá un par de días, pero debe retornar para cuando usted se comprometa.

—¿Entonces tengo que entender que ella me abandonará ahora?

—Los ha invitado a su boda. No solo usted perderá a su institutriz, lord Nottingham perderá a su ayuda de cámara. Será un matrimonio difícil, ya que siempre estarán separados por el trabajo.

—Eso no es cierto. Sabemos que solo estarán separados cuando mi cuñado vaya a su propiedad rural, pero casi siempre estarán en Londres. Además, Spencer ha sido generoso para agrandar un poco la casa y darles una habitación más grande a ellos.

—No sé cuánto tiempo durará eso, pero cuando ella decida tener un bebé...

—Ni digas esa palabra en esta casa, Spencer puede tener un soponcio. Bien, iré a saludarlos un rato. —Eugenia cogió su libreta y fue hacia el pasillo.

—Será usted quien le dará el soponcio a su hermano —dijo la doncella que la seguía por los escondrijos de la casa.

Ella caminaba a paso seguro, ya no había más que deliberar, su decisión estaba tomada. Dejaría ir a la señorita Harting con tranquilidad para que fuera feliz esos pocos días que tendría libre después de muchos años.

Cuando Eugenia se colocó frente a la puerta del despacho, alzó el mentón con seguridad. Lo que diría debía ser de gran satisfacción para la familia. Al momento de golpear la puerta, escuchó que las risas de los dos se desvanecían con lentitud.

—Adelante... —expresó la voz de su hermano.

Eso fue suficiente para que ella abriera la puerta y se adentrara en la estancia.

Albert la miró y le sonrió. Él tenía una copa de brandi en la mano, al igual que Spencer, los dos se estaban divirtiendo mucho.

—Aquí está la joya de la familia Fane... —saludó su cuñado que se levantó del cómodo sillón que ocupaba para ir y dejarle un beso en la frente.

—Hueles a brandi —reprochó la joven.

—¿Y a qué quieres que huela si bebo brandi? ¿La pequeña arpía está malhumorada?

—No, pero es muy temprano para beber.

—¿Solo has venido a cuestionar a dos adultos con familias bien constituidas? Me parece insolente de tu parte que nos critiques —alegó Spencer, que dejó a un lado su cigarro.

—No le diré a nadie que estaban fumando, pero tu médico estaría muy decepcionado que un caballero de tu edad sostuviera tal vicio con tus antecedentes familiares.

—¿Mis antecedentes familiares? Esos se llaman: Kitty, Meredith, Fanny, Rose y tú, por supuesto, Eugenia. Esos son mis antecedentes, las precursoras de mi mala salud.

—¿Qué traes en esa libreta? ¿Se la quitaste a Foster? —se burló Albert al ver que ella estrujaba aquello contra su pecho.

—Les diré que aquí están los candidatos a esposo, pero me he decidido por uno...

—No puedes decidirte por uno. Ese hombre debe pedir tu mano —aclaró Spencer.

—Eso no se ajusta a lo que deseo. Quiero a un caballero en particular para mi esposo y ustedes lo van a conseguir para mí.

Spencer y Albert se miraron antes de estallar en risas burlescas sobre las intenciones de Eugenia.

—Creo que la señorita Harting no te enseñó cómo es el mercado matrimonial, Eugenia —reprochó su hermano.

—Sé perfectamente cómo funciona, pero yo soy distinta a todo el mercado matrimonial.

Si no es ese hombre, no me casaré. Tiene buena posición, es atractivo y considero que se adaptará a la familia.

Si ustedes no hacen lo que pido, los avergonzaré con mi soltería y echaré a perder el matrimonio de todas mis sobrinas, empezando por Augusta.

El duque se cubrió los ojos con los dedos. Cuando Eugenia entraba en necedad no había forma de sacarla de eso con facilidad, al menos que cumplieran con sus pedidos.

—¿Qué crees? ¿Que somos tus rehenes? —increpó Spencer que comenzaba a enfadarse.

—No, pero me gusta hablar con la verdad. Dejaré sentada mi posición. Les estoy dando la solución para que dejen de agonizar en el fango. Escogí a alguien que no se negará si ustedes conversan con él.

—No puedes andar por la vida señalando todo lo deseas. Por gusto quiero escuchar de quién se trata. ¿Quién es el desafortunado?

—El marqués de Lorne. Como les dije, si ustedes conversan con él, tendremos un compromiso pronto. Él estará de acuerdo.

—Deja que intente entenderte, Eugenia. ¿Quieres que lo obliguemos a aceptarte? —cuestionó su cuñado.

—Si para ustedes obligar es sinónimo de conversar, no tengo inconveniente. Considero que solo debería tratarse como un asunto de convencimiento sobre que yo soy su mejor opción entre todas.

—Estás lejos de ser en realidad una excelente opción —refirió su hermano.

—Quiero ser marquesa, ¿es difícil de entender?

Ustedes pueden negociar lo que sea. Pongan todo a su disposición para conseguirlo, es todo lo que tengo que decirles.

Después sabré si consideran adecuado tenerme aquí soltera por siempre.

—Eugenia dejó su libreta y después salió del despacho dejando a su espalda el aroma de su perfume.

Spencer y Albert volvieron a observarse confundidos.

—No obligaremos a nadie, ¿cierto? —inquirió lord Nottingham.

—Este asunto puede perjudicar a Augusta. Sabes que, además, Eugenia tiene gran influencia sobre ella, tanta que quizá pudiera envenenarla contra el matrimonio.

—Misericordia... —pronunció Spencer.

—No perdemos nada con intentarlo, salvo nuestra decencia.

—No me extraña. Las mujeres de esta familia usan la decencia y el buen nombre para limpiar los oídos. Mi padre es el culpable de esto, es el único... No, no es cierto... ¡Tú también eres culpable! —Lo señaló Spencer.

—¿Culpable? ¡De qué!

—¿De qué? Todavía lo preguntas como si fueras un incordio. Es evidente que Eugenia ha adquirido malas mañas porque tú la consientes. Las has convertido en un verdadero monstruo.

—Tú no haces caso a tus hermanas. Si hubieras hecho un buen trabajo, ella te respetaría, pero preferiste darle toda tu atención a Rose.

—No es del todo cierto, siempre me he preocupado por Eugenia...

No imagino mi vida sin ella. ¿Quién más es capaz de poner a miembros de una familia en contra de otros?

Es la única divertida de esta casa. Debemos evitar pelear entre nosotros por su causa.

Sabe a la perfección que, si divide, vencerá.

—De todas maneras, hay que hacer lo que pide. Tu bien y el mío dependen de una niña caprichosa y celosa. Nada bueno puede salir de eso.

—Entonces no queda más que tocar a la puerta de alguien y pedirle de corazón que se la lleve, que sea el valiente caballero.

—Todo un mártir...

—No hagas que sienta lástima por él. Nosotros somos más importantes. —Spencer levantó su copa para brindar con Albert a lo lejos.

El duque correspondió al gesto de su cuñado. Después de una corta ronda de acusaciones habían logrado llegar a un acuerdo conveniente. No había nada que perder y tal vez existía algo que ganar.

Eugenia se había quedado a escuchar en el pasillo. Tenía la oreja pegada a la puerta.

—¿Cómo se atrevió a hacer algo semejante, lady Eugenia? —cuestionó la señorita Harting que estaba pegada en el sitio al igual que la doncella.

—¡Qué susto me ha pegado, señorita Harting! —exclamó al percatarse de su presencia—. No debería estar escuchando...

—Usted tampoco. No se cansa de avergonzar a su familia. No le importa lo que digan los demás.

—No. Me importa con quién me casaré. Quiero a ese marqués y lo tendré.

—¿Por qué lo quiere tanto? —interrogó la institutriz.

—Porque es un marqués y yo quiero ser marquesa. ¿Qué más puedo decir? Hablo con la verdad. Puedo ser maleducada, virulenta, víbora, arpía despiadada, tramposa, arrogante, caprichosa, pero mentirosa no.

—No estoy en contra de que quiera estatus, milady.

—Puede cuestionar mis métodos, señorita Harting, pero no los resultados. Admítalo, soy mejor que sus dos pupilas favoritas.

—No tengo pupilas favoritas, milady.

—¿No? Las dos duquesas son su orgullo. Usted sale a la calle y todos quieren tener a la exitosa institutriz de la familia Fane. Entre mis defectos no encontrará que soy tonta.

—Lo que dice es una tontería.

—¿Acaso no le dijo a Spencer sobre la cantidad de ofertas de trabajo que ha recibido al salir a la calle?

Debería hacerlo para cobrarle más por educar a su familia.

Pronto presumirá a una marquesa y espero que lo haga por todo lo alto como el resto de mis hermanas.

No es envidia, señorita Harting, es igualdad para sus pupilas...

Haga el favor de presumir también a las condesas que ha logrado formar.

La joven se retiró hacia su habitación y Helen, la doncella, iba tras ella con una risita burlona.

—No pensé que le hablaría de esa manera a la señorita Harting. Lo ha hecho muy bien, pero no le ha dicho que quiera ser marquesa porque está obsesionada con el marqués de Asthon.

—He superado esa etapa de mi vida con gran éxito. Se lo he confesado a su señoría y lo ha tomado muy bien, aunque yo no tanto. Él solo me ha visto como la hermana que no tuvo... —contó con cierta tristeza.

—No sé qué esperaba, la conoció con cinco años y él ya era un hombre muy maduro.

—Lo sé. Para mí era el ideal de caballero. Quería alguien como él: ingenioso, atractivo, inteligente, amable y sentimental. Sin embargo, sé que eso ya no lo conseguiré. Entonces, a veces hay que conformarse con lo mejor de lo peor.

—No si usted quiere a ese marqués de Lorne o lo odia.

—Por supuesto que no lo odio, solo que es como cualquier persona. No me emociona. Siento más emoción cuando veo a mi gato, pero no creo que nada que una buena cantidad de joyas y vestidos no puedan solucionar.

—Tendrá una vida muy vacía, milady. Es mejor que se case con alguien que le agrade por más que sea un conde. Será más feliz.

—La felicidad la determina cada uno. Puedo ser feliz con un rico o con un pobre de acuerdo a mis intereses, aunque prefiero no conocer a alguien de pocos recursos, tengo miedo de enamorarme.

Las mujeres tendemos a lo inconveniente y yo prefiero evitar esos conflictos absurdos.

La vida ya tiene sus complicaciones para tomar otras más.

—Su hermano estaría orgulloso si la oyera hablar así y no como le habla.

—Él podría ser un hermano cariñoso, pero solo prefiere ser un guardián del supuesto tesoro... ¡Bah! Ni viene al caso recordar eso.