Familia Fane Capítulo 5
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Capítulo 5

Gloucestershire...

Dos hombres descansaban a cara descubierta a la vera del camino esperando que algún carruaje pasara por el sitio.

—¿Crees que alguien pasará por aquí en algún momento? —preguntó uno de ellos al otro.

El joven de ojos verdes inexpresivos, cabello oscuro y piel curtida por el sol observó a los lejos y negó con la cabeza.

—Es temporada social. No habrá nadie por aquí, salvo un par de excepciones —respondió y se recostó en la hierba para mirar hacia las hojas del árbol bajo el que estaban.

—Será difícil juntar más dinero para ir a Londres, Randalf.

—Tom, si las cosas se complican por falta de dinero, ve y averigua lo que necesitamos en Londres. Quiero saber dónde está mi madre.

—Pero si tú eres quien necesita ir, yo solo estoy aquí por lo que me prometiste en Australia.

—Sé lo que te prometí y lo tendrás, solo que todavía no quiero que mi familia sepa que hui del hoyo en el que me dejaron y no estoy de buen humor.

Después de la muerte de mi padre, mi prioridad es encontrar a mi madre y con su apoyo, recuperar lo que me pertenece.

No quiero que al verme tan vulnerable vuelvan a aprovecharse para esta vez desapareceré definitivamente.

—Vaya familia que tienes. Tomaré la próxima diligencia en el pueblo. Con lo que tenemos alcanza para quedarme unos días y averiguar cómo va el asunto de tu madre. Espero que no la echaran a su suerte en tu ausencia.

Tom hizo lo mismo que su amigo y los dos miraban como el viento movía con suavidad las hojas de ese árbol.

Después de unos minutos, Randalf se había quedado dormido, retornando de esa manera a su turbulento y triste pasado.

Cuando era un adolescente, enfermó de gravedad.

Su madre y su padre estaban desesperados al ver que su único hijo estaba a punto de morir a causa de la fiebre alta, las erupciones cutáneas y la garganta inflamada. Le dijeron que tenía escarlatina.

Cuando su salud siguió decayendo, lo llevaron a una propiedad rural, aislándolo en aquel lugar para evitar el contagio. Recordaba que había sido doloroso despedirse de su madre y también de su padre. Los ojos de ellos lloraban con gran desolación, sabían que no lo volverían a ver.

En esa finca, su salud comenzó a recuperarse con los días y él creía que regresaría a los brazos de sus amados progenitores; sin embargo, en lugar de verlos a ellos, encontró a sus tíos, creyó que todo estaría bien, mas la realidad era otra.

Lo subieron a un carruaje apartado del de ellos en el que también iba el hijo de ambos.

En aquel entonces creyó que lo llevarían junto a sus padres de nuevo en Londres, pero su sorpresa fue tan grande al encontrarse en un puerto a punto de subir a un barco en el que iban otros hombres con grilletes siendo maltratados para que subieran.

—Él también irá. Lo más probable es que muera en el camino. Su cuerpo pueden arrojarlo por la borda —había dicho su tío con total frialdad. El propio hermano de su padre lo enviaba a solo Dios sabía dónde.

Su tío estaba seguro de que moriría y eso era lo que deseaba.

Con tan corta edad había aprendido a leer la codicia en los ojos ajenos, y aquel envidiaba el título de su hermano mayor.

Sabía que él sucedería a su padre luego que este falleciera, dejando sin esperanzas a su tío y también al hijo de este.

Con las pocas fuerzas que tenía en aquel momento se sujetó al carruaje para que no lo bajaran. Sus padres ignoraban lo que ellos le habían hecho.

—Por un demonio, Randalf, no vivirás mucho. Deja que los lacayos te saquen.

—¡Mis padres, quiero a mis padres!

—Será mejor decirles que estás muerto, porque eso ocurrirá.

Pese a todos sus esfuerzos, los sirvientes pudieron con él, lo sacaron del carruaje y lo subieron al barco. Ese día, sintió que su corazón se rompió para siempre y que el odio se apoderaba de su pecho.

No murió durante el trayecto a Australia y tampoco en aquel lugar. Fue tratado como un esclavo más, anhelando escapar de aquel sitio. Durante quince años estuvo esperando la oportunidad de hacerlo hasta que lo logró.

Thomas era otro de los prisioneros que lo vio subir al barco y pronto se hicieron amigos, convenciéndolo de que algún día lo convertiría en un gran señor.

No se atrevió a ofrecerle un puesto de sirviente a su amigo, por lo que prometió entregarle una fuerte cantidad de dinero para que este pudiera asociarse con él en el negocio de las minas, ya que conocían cómo se hacían las cosas por los años que estuvieron ahí.

Escapar no había sido fácil para los dos.

Saber la rutina fue suficiente para que pudieran idear un plan y obtener la ansiada libertad.

Robaron un par de piedras preciosas para regresar a Inglaterra; no obstante, no era suficiente para el tiempo que podría demorar el asunto de recuperar su título y encontrar a su madre.

La muerte de su padre fue el detonante para no rendirse ante las adversidades. Su sufrimiento debía terminar.

Sobrevivir se convertía en la nueva faceta de su vida.

Ser un pequeño delincuente le aseguraba comida y un techo.

No podía creer que de ser noble pasó a ser un vil ladrón.

Eso ya no le importaba, solo le interesaba recuperar lo suyo para después volver a instruirse e intentar retomar el tiempo perdido.

Sabía que no sería fácil, pero tenía una buena base y siguió leyendo muchos libros que consiguió en Australia, con eso también instruyó un poco a Thomas, que no sabía leer ni escribir.

Cuando despertó lo hizo entristecido por sus recuerdos.

Sentía que su vida no avanzaba hacia ningún lugar.

No quería continuar desperdiciando un día más de existencia, solo quería encontrar la paz de una buena vez y librarse de ese veneno que representaba la venganza.

Hasta que no encontrara al lado malvado de su familia, seguiría con ese odio que lo consumía.

Quizá una bala fuera la única forma de hallar la tranquilidad.

—Ya despertaste —dijo Tom que había llevado los caballos cerca de donde ellos se encontraban descansando.

—¿No dormiste un poco?

—No, ¿cómo dormiría si gritas en tus pesadillas? Tengo muchos años sin descansar cerca de ti.

—No exageres, no es cierto.

—Por supuesto que lo es, que tú no lo admitas es otra cosa. Regresemos a la posada, las cosas aquí no resultan. Podríamos probar otro camino mañana.

—Tal vez. No podemos darnos el lujo de hospedarnos más tiempo los dos. Es mejor que hagas lo que acordamos, Tom. Quiero acabar de una vez con esto.

—Está bien. Mañana partiré a Londres, así solo tú permanecerás aquí. Espero regresar pronto y con buenas noticias para ti.

Los dos hombres subieron a sus caballos y partieron con tranquilidad hacia la posada que los albergaba en su travesía.

Dejaron a sus animales en la caballeriza y fueron hacia el comedor de la posada para comer y beber un poco.

Intentaban no gastar demasiado dinero, aunque debían invertir en comida y la renta de los caballos.

Ellos no tenían nada que les perteneciera, salvo prendas que habían robado en sus primeras horas en Inglaterra.

—¿No quieres ir esta noche a una taberna? Mucha gente dice que hay bellas mujeres para pasar el rato por pocas monedas —comentó Tom, mientras sorbía su sopa de manera ruidosa.

—No gastaré dinero por una mujer, no estamos en condiciones de darnos esos gustos.

Si consigues a alguien para acostarte sin que te cobre un solo chelín, adelante, pero no gastaremos —replicó Randalf que siempre era educado en sus modales—.

Los codos, Tom, tus codos —masculló dándole un golpe a su amigo en el brazo—.

¿Quieres ser un caballero? Actúa como uno.

No hagas que todos se enteren que eres una bestia con cuchara.

No hagas ruidos mientras comes y tampoco coloques tus codos sobre la mesa.

Así nadie te abrirá las puertas cuando llegue tu momento de ser un hombre de negocios muy rico.

Thomas chirrió los dientes e hizo lo que Randalf le ordenaba.

—Está bien, está bien.

—Ya te lo dije. No puedes pretender ser un gran señor de un día para el otro.

Constancia, Tom, perseverancia. Estamos tan cerca de lograr lo que deseamos, que puedo sentir la victoria en mis manos.

Estar en nuestra tierra es algo importante.

Un letrado solucionará el problema, solo hay que llegar hasta mi madre.

—Confío en que todo saldrá bien y seremos socios por siempre, Randalf. Confío en ti, de hecho, no conozco a nadie más en quien confiar. Han sido muchos años juntos...

Randalf cogió su vaso con una bebida que para nada era de buen sabor y la alzó en señal de brindis.

—Brindemos por los buenos tiempos que vendrán y que los malos se irán. Tendremos lo que merecemos y nadie lo impedirá. No nos permitiremos fallar. Salud por nosotros.

—¡Salud!

Los dos chocaron sus vasos y bebieron aquel líquido con presteza.

Ambos vivían para animarse mutuamente, pues nada había sido fácil para los dos, aunque quizá la vida de Randalf fuera mucho mejor que la de su amigo, que durante muchos años vivió en compañía de sus hermanos en las calles, algún día él también esperaba encontrarlos para que sus vidas cambiaran si seguían con vida.

Continuaron con su almuerzo y después fueron a la habitación que compartían para ahorrar dinero.

Tom se arrojó a la cama y durmió sin mayor problema.

En cambio, Randalf tomó un libro que había conseguido de alguien que lo olvidó en uno de los cuartos de la posada.

Leer significaba cultivar su mente y mantener sus expectativas de volver a ser un caballero.

Sabía que habían pasado demasiados años, pero él no se resignaba a ser lo que no debía.

Su cuna era de oro y la recuperaría por más que eso pudiera costarle la vida.

Por su padre ya no podía hacer nada, pero según la última información en Australia que constaba de unos tres años atrás, su madre seguía con vida, aunque no había podido averiguar más sobre ella.

Anhelaba verla y darle un abrazo. Sus ojos en aquella despedida pensando en que moriría lo mantenían destrozado.

Su progenitora debía saber que estaba con vida.

Cuando soñaba despierto, imaginaba que regresaba a su casa y tenía a todos sus sirvientes a su disposición y a su madre siempre cariñosa para agasajarlo, además de tener a una bella esposa cuyos cabellos eran tan rubios con los rayos del sol y sus ojos tan azules como el cielo.

Tenía hijos muy hermosos y saludables que lo buscaban para jugar, tal como había hecho él cuando era un niño.

Esos sueños de felicidad estaban cerca de convertirse en una realidad si lograba sacar al usurpador de su lugar.

Ese momento era tan deseado que era su segundo sueño más recurrente.

Quería ver a la familia de su tío hundida en la miseria como lo habían dejado a él. Ojo por ojo y diente por diente.

Después de perderse en sus sueños por un rato, regresó a la realidad para poder leer su libro, mientras podía considerarse un protector del sueño de Tom.

En el tiempo en que estaba en auge la idea de escapar, se turnaban para descansar, cada uno recopilaba información en diferentes momentos.

Ese trabajo en equipo fue lo que los llevó a ser libres para lograr sus anhelos.

Sin darse cuenta, Randalf volvió a quedarse dormido en el sillón con el libro sobre el estómago.

Dormía con mucha frecuencia, pues sus pesadillas solían cortar su descanso, entonces él lo compensaba con varias siestas a lo largo del día y eso a la vez le servía para recuperar un poco del descanso que le habían robado los años de trabajos forzados en una mina, en donde su único refugio y sonrisas era la amistad de Thomas.

Si por algún motivo Randalf hubiera salido solo de Australia, se juraba regresar y buscar a su amigo para liberarlo.

Los dos se habían sostenido en ese tiempo en base a esperanzas que uno alimentaba en el otro de forma recíproca.