Capítulo 4
Su primera noche como debutante había sido la mejor de su vida.
Nunca había conocido a tanta gente agradable como despreciable.
Tenía a los caballeros a sus pies. Era más famosa que los escándalos de dos de sus hermanas, por lo que concluía que eso no le afectaría para casarse.
Los hombres con título desfilaban frente a ella para que escogiera a uno, pero le resultaba difícil decidirse por uno.
A quiénes miraba con cierto recelo era a los condes, porque abundaban, aunque algunos eran atractivos.
Los duques eran tan viejos que prefería mirar más abajo de la pirámide. Si alguna vez pensó que todos los duques eran bellos como sus cuñados, cada noche se daba cuenta de que vivía en una fantasía. Lo de sus hermanas era simplemente bendición.
Los barones, baronet y sir, también la perseguían, pero ella huía más rápido. Encontrar esposo se estaba convirtiendo en una odisea.
Esa noche acudiría a un baile y esperaba conocer a más personas.
Desde su primera fiesta habían pasado otras cinco y esta sería la sexta.
A veces sentía que su guardarropa no soportaría la presión de la cantidad de bailes a los que asistía con tal de lograr su objetivo de conseguir al mejor esposo, aunque eso también debía ir a consideración de lo que ella llamaba: el consejo de familia.
Aquel grupo estaba compuesto únicamente por los caballeros y su función era decidir por la dama de turno.
Lord Earl, esposo de Meredith era el encargado de la parte económica.
El duque de Salisbury observaba las relaciones y el nivel de relevancia del candidato y lord Nottingham tenía la función de proveer los nombres a ser sometidos a escrutinio.
Vivir en esa familia era un poco complicado.
Con todos los puntos sobre la mesa comenzaba la deliberación, por lo que ella estaba decidida a darle pelea y trabajo dándoles más nombres de candidatos para que se divirtieran. Era la última de la casa, ¿cuándo volverían a casar a alguien? Debía darles algo inolvidable.
—¿Cómo me veo, Clauss? —preguntó Eugenia a su gato, pero aquel la ignoró y siguió acicalándose–. Oye, yo te hice quién eres, gato malvado. Gracias a mí eres... gordo y rico.
El animal la miró con antipatía y después la ignoró. Por lo que ella lo cogió en brazos para besarlo hasta cansarse.
—¡Se llenará de pelos! —exclamó la señorita Harting que fue a buscar a Eugenia para que pudieran partir al baile de esa noche.
—Nadie lo notará, señorita Harting. Clauss es tan hermoso que es imposible no besarlo.
—Lo que me sorprende es que no tenga una figura masculina por cargar tanto a ese gato gordo, ocioso y antipático.
—No estamos para ofender a nadie. Ya voy junto a Spencer.
—Primero la sacudiré.
Después de las exageradas atenciones de la señorita Harting, ella pudo ir a la planta baja a encontrarse con Spencer y partir rumbo a su compromiso.
Ya en el lugar, Eugenia vio los mismos rostros de siempre y no le quedó más que sonreír, mientras ellos llenaban su carnet para el baile.
—Mira, querido, es una joven muy hermosa —insinuó una dama elegante a un caballero que estaba junto a ella.
El hombre miró hacia donde la mujer le indicaba y asintió.
—Es muy hermosa, tía. ¿Cree que sería buena idea invitarla a bailar?
—¿Buena idea? Es una grandiosa idea, Henry. Ya deberías casarte, es el momento de darle continuidad al título.
—Es cierto, tía. En estos años no ha salido una mujer tan bella como la última de hace dos años.
—La jovencita escandalosa, de la familia Fane. Menos mal que te persuadí sobre lo inconveniente que podría ser.
—La invité al baile con esa intención, pero terminó mejor de lo usted creyó.
—¿Pues cómo habría de terminar? Lady Kirby sabía las cosas de antemano.
Por supuesto que ese hombre se la había llevado.
Tenía una mala reputación, ¿qué más se puede esperar de alguien así?
Anda, Henry. —Su tía comenzó a arreglarlo para que se presentara ante ella antes de que se quedará sin lugar en el carnet—.
Es tu oportunidad de tener una bella esposa. Eres un marqués, el marqués de Lorne.
—Sí, tía —acató el marqués.
Él caminó con seguridad hacia ella y después miró a las personas que la rodeaban. La bella joven que conoció dos años atrás estaba cerca, de hecho, tenían parecido, por lo que, de nuevo, cayó en el encanto del escándalo: la familia Fane. Era tarde para dar un paso al costado, y entonces continuó.
Eugenia observó al elegante caballero que se colocó frente a ella y agachó su figura para completar su nombre.
—Buenas noches, milady —saludó Henry—, me presentaré. Soy Henry Beaumont, marqués de Lorne.
Lo primero que a Eugenia se le pasó por la mente era que se trataba de un marqués y eso era muy bueno.
Acto seguido, lo contempló con sutileza, aprobando su cabello rubio y encrespado, sus ojos verdes y su nariz alargada y puntiaguda.
Era más atractivo que el marqués de Asthon, por lo que él comenzaba a agradarle por esas simples razones.
—Buenas noches, su señoría. Soy lady Eugenia Fane, es un placer conocerlo.
—El placer es enteramente mío. Espero que todavía le queden fuerzas cuando llegue mi turno.
—Nuestro baile será el más esperado, no se preocupe.
Henry hizo una inclinación de cabeza antes de retirarse y Eugenia correspondió a la despedida con una venia.
Una vez que se fue, vio a su hermano muy enfadado.
—El baile más esperado, ¿eh? No estás desesperada, Eugenia —farfulló Spencer.
—Es solo un baile. Quería ser amable...
—Él ya es un viejo conocido de la familia, ha bailado con Rose.
—De lo que se ha salvado por no ser el escogido. Tal esta vez sea la Fane correcta.
—Es probable, pero eso lo sabremos después de que lo analicemos con minuciosidad. Rose no aprovechó la oportunidad porque estaba llorando por los pasillos por un duque, nada más y nada menos —se burló Spencer.
—Puede ser que este hombre esté en mi lista de caballeros favoritos, Spencer...
—¿Cómo es eso de una lista, Eugenia? No me avergüences creyendo que tu nombre no quedará impune.
—Espera y verás, querido hermano. Ten fe en mis elecciones.
Bajo el ojo vigilante de la familia y las tibias e insinuantes conversaciones entre los desconfiados, Eugenia esperaba que llegara su turno para conocer mejor al marqués de Lorne.
Hasta el momento era lo mejor que había visto en cuanto a título y apariencia, además, daba vestigios de ser alguien divertido.
Ese atrevimiento de decir que esperaba tener lugar, la hacía pensar que no todo sería malo.
Ella soñaba con ser marquesa de otro, pero al final ser marquesa era lo que importaba.
Seguir empecinada no la llevaba a nada más que a seguir soltera.
Al llegar su pieza con el marqués, él se presentó a buscarla con una gran sonrisa. Tal vez algo fluía bien entre ellos y eso resultaba ser determinante cuando llegara el tiempo de escoger.
Con la picardía que caracterizaba a Eugenia antes de hacer alguna diablura casera, hizo su saludo antes de comenzar a bailar.
—¿Dónde estaba que no lo había visto en estos días? —indagó la joven.
—Estuve en un corto viaje en compañía de mi tía. Lo que yo me preguntaría en este momento es, ¿en dónde se encontraba usted en todo este tiempo que llevo asistiendo a eventos sociales? —Henry deseaba halagar a Eugenia con ese cumplido.
—Me dedicaba a jugar con el gato. Acabo de cumplir dieciocho años. Usted es notablemente mayor que yo.
—Lamento admitir que casi le doblo la edad.
—Es extraño que alguien como usted no contrajera matrimonio un poco antes.
—No había conocido a la mujer ideal para casarme.
—Me alegra saber que no ha dicho que no la ha conocido. Resulta esperanzador para las damas.
—Hace tiempo tuve el placer de bailar con su hermana.
—No quisiera hablar mal de una de mis hermanas, pero no me resisto a la tentación. No haberla cortejado es lo mejor que pudo ocurrirle, pues tiene posibilidades de encontrar un gran tesoro.
—Usted sabe consolar a las personas con lo que dice. Nunca me había puesto a pensar que era mejor perder ciertas cosas pequeñas para ganar otras mejores.
—Considero que es la ley de las oportunidades, y yo soy oportunista. Cuando veo algo que deseo, lo tengo. ¿Y usted cómo es?
—Ambicioso como usted...
—Qué grata sorpresa. ¿Qué pensaría de alguien que lo escoge como futuro esposo? Sé que las damas no estamos en posición de escoger, pero considere la situación de ser escogido y no de escoger.
—Nunca había considerado algo semejante, pero todo dependerá de quién sea esa persona que me ha escogido. Debe cumplir con ciertos requerimientos.
—Requerimientos... qué palabra tan fascinante. ¿Cuáles serían sus requerimientos?
—No es muy difícil de adivinar. Tampoco soy alguien misterioso o pretencioso en ese aspecto. Una joven de buen ver y una gran situación económica, una que sume a mi fortuna y no que la reste. ¿Qué otra cosa puedo pedir?
—¿Usted se hace llamar ambicioso? Mmm... le falta más para serlo —musitó Eugenia, burlona.
—¿Me insinúa que soy conformista? —preguntó juguetón.
—No, usted mismo lo insinúa...
Los dos sonrieron y callaron por unos minutos mientras bailaban.
A la par que movía sus pies y la miraba, Henry pensaba que esa joven lo arrastraría por las calles de Londres si le llegara a interesar.
Su personalidad era avasalladora, inquisidora, aduladora e interesada.
Tal vez fuera demasiado para alguien que era pacífico como él, aunque ella era deslumbrante con esa forma de ser.
Para Eugenia era divertido jugar con alguien distinto a sus familiares.
Ellos ya sabían sus trucos y por eso no eran fáciles de sorprender, pero al marqués se le notaba la inseguridad en los ojos.
Ella no perdería la oportunidad de hacer que ese caballero mostrara de qué estaba hecho.
Si se integraría a la familia Fane, él no podía ser la oveja negra e inadaptada, quería que se llevara bien con los demás.
Eran felices con las personalidades distintas que lo componían, pero no esperaba que alguien con amargura fuera a crear tumulto por más que se tratara de su esposo, ya que jamás usaría el término «amado esposo», porque no se casaría enamorada.
La cursilería familiar quedaría muy alejada de ella.
—¿Le gustan las jornadas de cacería, señoría? —indagó la joven para continuar con su pesquisa.
—Es lo más divertido de ser un varón, milady —contestó Henry con sinceridad.
—A mis cuñados también. Tengo buena puntería para cazar.
—¿Una mujer de cacería? Eso no es algo natural.
—Pues mi familia ha considerado pertinente que aprendiera ciertas artes masculinas por mi bien, mi seguridad e independencia. Ser una dama en apuros no es una opción para mis parientes.
—¿Debido a lo que ocurrió con su hermana?
—Ese asunto es mejor no mencionarlo. La memoria a veces suele funcionar para las cosas convenientes para la maldad.
Muchas matronas quizá me asocien con mi hermana, pero no tengo tanta suerte para que me rapte un duque joven.
¿Qué más podría pedir una dama soñadora?
Aunque no estaría mal ser secuestrada por un marqués, ¿o usted qué opina?
—Opino que ninguna dama debería ser secuestrada, merecen respeto.
—Es un pensamiento un poco aburrido. ¿Y si una dama lo secuestrara?
—Dudaría de la cordura de la joven. Hace unas preguntas un tanto raras, milady.
—Son solo por curiosidad, no significa que alguien lo haría o desearía ser víctima.
—Lo supuse desde un principio. Considero que toma la situación familiar con humor. Eso es digno de admirar, quizá otra se echaría a llorar.
—No recuerdo si tengo lágrimas de tristeza, pero sí lágrimas de alegría. No hay situación que me haga llorar.
—Las damas también deben ser vulnerables para que un caballero las cuide.
—Considero que podríamos fingir un poco para que los hombres tengan algo que hacer, al menos en mi caso, de lo único que no puedo prescindir en esta vida es de una doncella.
Su falta podría hacer que me sienta muy vulnerable al no poder arreglarme adecuadamente —dijo Eugenia en un tono burlesco.
Suponía que el marqués era un ser convencional, para nada alguien excepcional.
Sus pensamientos eran tan clásicos como los de Harper, aunque él ya estaba acostumbrado a la familia y dejaba que las cosas fluyeran, por lo que no debía perder la esperanza con ese caballero. Tal vez le diera una sorpresa.