Capítulo 3
A medida que se adentraban en el salón, más impresionada se sentía, aunque su rostro dijera lo contrario.
No quería que sus hermanas la miraran como si fuera una inadaptada social que nunca había salido de su casa para ir a un baile...
¡Por más que sí fuera cierto que nunca había salido!
Mostrarse débil y a merced de la burla no era algo que le agradara.
Prefería ser punzante, la persona que atacaba y no la que recibía el ataque.
—Sin duda alguna, es la más encantadora de todas las damas de este lugar —pronunció el marqués de Asthon en compañía de su esposa, mientras se acercaban a Spencer y su familia.
—No hagas que el ego de Eugenia se dispare al cielo —pidió Spencer a su amigo. Sabía que a ella le encantaba la presencia de William y cuando estaba cerca de él por lo general no se medía.
Cuando Eugenia vio al marqués, extendió la mano para que aquel la besara.
—Es un placer saludarlo en esta noche, señoría. No creí que pudiera verlo en esta ocasión —comentó ella.
—Jamás me perdería el primer baile de las preciadas hermanas de mi amigo. Ustedes son como mi propia familia. Desde hace muchos años tengo varias hermanas, sobrinos y nuevos amigos. —William besó la mano de Eugenia y después le sonrió.
Pese a que Eugenia no lo consideraba un hermano, estaba complacida al verlo. Tal vez fuera por la costumbre de saber que jamás tendría oportunidad ni por más que enviudara. Él había sido muy claro: era como una hermana.
El marqués comenzó a saludar al resto de los parientes de Spencer y después los caballeros empezaron a organizarse para llenar el carnet de Eugenia, aunque no había hecho mucha falta, pues, para sorpresa de muchas personas, la belleza de Eugenia tenía a un par de caballeros haciendo fila para bailar con ella.
—Sería importante saber quién de nosotros bailará primero con Eugenia... —pronunció Spencer que estaba reunido con sus cuñados, William, y también se había unido a ellos, lord Sharp.
—Me parece que sería justo que Spencer sea el primero, es el hermano mayor —opinó lord Sharp.
—Ella tiene una mala relación con Spencer, considero que yo podría llevarla a bailar —dijo Albert.
—Yo soy como su hermano, me corresponde bailar con ella —aseguró William.
—Si seguimos esa línea, soy el tío abuelo político de las niñas. Bailaré con ella —alegó lord Sharp.
—Disculpen que los estuviera escuchando —interrumpió Eugenia—. Bailaré con todos, pero Spencer es mi hermano. Por primera vez tendremos nuestro momento especial en donde seré única y tendré toda su atención para que no termine pisándolo.
Spencer la miró con desaprobación por su comentario. Ella insistía en demonizarlo como hermano, como si nunca antes se hubiera volteado a mirarla o que se encontrara en un estado de abandono permanente.
—Seré el primero y el resto puede anotarse en el orden en que le alcance en el carnet —decidió Spencer.
La joven le entregó una risa burlona a Spencer y levantó una ceja en señal de suficiencia.
Al llegar el momento de comenzar a bailar con su hermano, Eugenia tenía muchas expectativas.
Siempre había anhelado la atención completa, que se preocuparan por ella.
No era fácil sobresalir entre sus hermanas, ya que todas tenían necesidades distintas.
En ocasiones, se identificaba con su hermana Kitty, que había despreciado por mucho tiempo a Spencer por dejarla a un lado a medida que nacían las demás.
Para él y su padre la situación no había sido fácil.
Además, a eso debían sumar el conflicto entre padre e hijo.
El enfado del mayor, a causa de los constantes nacimientos y matrimonios los había separado hasta la muerte.
Ella miró hacia los ojos azules de su hermano buscando comprenderlo. Antes de eso, notó las patas de gallo al costado de los ojos de él y también las canas que se mezclaban entre sus cabellos rubios.
—Estás envejeciendo, Spencer —musitó Eugenia sin querer.
—Cualquiera envejece al tener a sus hermanas por tantos años, contigo trece con exactitud —correspondió el conde.
—¿Sabes lo largo que ha sido este camino? Por fin puedo tener un rato contigo sin que nadie nos interrumpa. Estos son los minutos más esperados por mí, para lo que la señorita Harting no ha dejado de molestar un solo día. Tal vez no sea especial para ti, pero no me importa.
—¿No te das cuenta de que arruinas algo hermoso como una confesión tuya? Todo iba bien hasta que dijiste que no te importa.
—Lo cambiaré por la frase: me importará lo mismo que a ti.
—A mí me importa mucho, demasiado y no solo por mi paz, sino por ti.
No he estado en los zapatos de ninguna de mis hermanas, pero tampoco ustedes han estado en los míos para comprender lo que es esta responsabilidad de cinco hermanas.
Cada mes rezo para que Victoria no esté embarazada de ninguna niña.
Siempre debía ocuparme de las responsabilidades del pantalón ligero de nuestro padre.
—Al menos no se casó por quinta vez. La dama que iba junto a él no alcanzó a darnos una hermana más... o al menos eso pienso...
—¿De quién estás hablando?
—No lo sé. Tal vez Kitty lo recuerde o Meredith. Yo solo lo veía por la ventana cuando la mujer pasaba por la casa.
—¿Después de trece años me dices algo así?
—Juro que eso estaba sellado en mi memoria. No le des importancia. Ninguna hermana más aparecerá para golpear tu puerta y decirte que la termines de criar. Deja de lado ese miedo. Soy la última, la menor.
—Espero que así sea.
Los hermanos disfrutaban del baile. Spencer se daba cuenta de que su hermana era diestra para bailar y llamaba la atención con su elegancia y belleza. Quizá Eugenia diera la sorpresa que él necesitaba para poder comenzar su vida.
Una vez que acabó la primera pieza, Eugenia se sintió conforme con su acercamiento con Spencer. Después, miró los nombres en su carnet y vio el nombre de William. Cumpliría su sueño de bailar con él. Cuando cerrara esa etapa, podría empezar a fijarse en el resto de los caballeros.
La noche recién empezaba para Eugenia y ella rezaba para que sus pies soportaran su ímpetu por bailar. Bailó con sus cuñados, lord Sharp y, como broche de oro, el marqués de Asthon.
Ese era su momento de ensueño. No era la misma expectativa con otros bailes.
Cada uno tenía un interés distinto. Con su hermano, lo que deseaba era la atención, pero como a William lo había visto durante años como su amor secreto, lo que quería era bailar con él por el simple placer de hacerlo. No había ninguna intención aparte.
—Por fin dejarás de escuchar a la señorita Harting cacarear en tu oído —musitó el marqués.
—La extrañaré —replicó al tiempo que esperaban ellos dos el turno para bailar.
—Imagino eso, puesto que la señorita Harting quizá fungiera de partera en tu nacimiento.
Te recuerdo tan pequeña... con cinco años.
Una noche, Spencer y yo llegamos de un baile y las encontramos despiertas en el salón, contando historias de miedo, mientras estaban bajo una casa de sábanas. —Él rio al recordar eso con cariño.
Se fijó con atención en las facciones de William y se dio cuenta de que estaba envejeciendo al igual que Spencer.
La vida cambiaba a su alrededor. Ya nada era igual, era una normalidad diferente.
Llevaba trece años viviendo con su hermano y su cuñada, integrando a más personas en la familia a medida que pasaba el tiempo.
Ella también cambió como los demás, por más que no quisiera admitirlo.
—Lo recuerdo vagamente —dijo ella conmovida por el cariño que demostraba con esa mención.
—Spencer las asustó y todas salieron huyendo como si se tratara de un nido de ratas.
Corrían de un lado al otro, y tú parecías un pequeño fantasma con aquella sábana blanca cubriéndote sin que pudieras quitarte eso de encima.
Qué buenos tiempos y momentos. Creo que gracias a ti tengo varias hijas.
Es distinto a tener un heredero. Tal vez esté equivocado, pero las niñas son encantadoras, tú eres encantadora.
Mientras conversaban, los demás danzantes comenzaban a colocarse en los espacios vacíos para el próximo baile. Ellos no eran la excepción. Se colocaron frente a frente e hicieron sus correspondientes reverencias.
—Debo confesar una cosa, señoría. Usted me conoce bien y sabe que no soy tan reservada cuando quiero decir algo, pero he callado un asunto durante un largo tiempo y quiero decírselo sin que se ofenda por ello —habló Eugenia que dejaría atrás ese pasado para iniciar su búsqueda real de un esposo conveniente.
—Si me vas a decir que no me aprecias, es mejor que lo calles. Me quedaré con los recuerdos de tu rostro al recibir un presente. Soy un caballero sensible —bromeó William, sonriente.
—Que le diga eso está muy lejos de ocurrir... —Ella tomó valor para empezar—. Desde hace mucho tiempo he deseado decirle que siempre estuve enamorada de usted. Me entristecí cuando contrajo matrimonio, pues yo había esperado algo distinto.
William miró a Eugenia como si estuviera confundido por lo que le decía. Ella era una niña y él siempre fue un adulto demasiado grande para alguien de su edad. Para el marqués, Eugenia era su inspiración para tener niñas, siempre deseó hermanas y después hijas. Esa confesión era algo insospechada.
—Estoy atónito, Eugenia. Siempre te he visto como una hermana, casi una hija.
—Yo quería decírselo. No es para que se sienta mal y me haga sentir peor. Soy consciente de que jamás podría casarme con usted ni si enviudara. Mi camino es encontrar a un caballero conveniente y que me agrade. Sé que no será fácil, pero con mente fría sé que puedo hacerlo.
—Me tranquiliza que tengas una idea madura de la vida, pero no te dejes llevar solo por lo conveniente o los sentimientos pueden pasar de largo sin que los veas.
—Me conformaré con alguien que me adule y me consienta. No soy tan exigente. ¿Qué más necesito para vivir? Dinero y atención los tengo y seré feliz.
—En eso estás equivocada. Casi dejé ir a Emma por pensar así, pero al saberla casi perdida tragué mi orgullo y mi tontería para ser feliz de verdad. Esa frase hasta que la muerte nos separe indica lo largo que será el camino. ¿No es mejor ir bien acompañado hasta el fin?
—No intente convencerme. Quizá las joyas duren más que el cariño de un caballero.
No encontraré a nadie a quien pueda querer como a usted, pero sí a alguien tan conveniente como su persona.
No tengo ningún problema para iniciar mi vida.
Ya estuve enamorada y estoy segura de que no me volveré a sentir así.
—Dice no tener inconveniente, pero está sesgada por el capricho de creer que no soy reemplazable, por supuesto que lo soy, como todos. Mañana puedes conocer a alguien que abra tu corazón de manera correcta. Tú solo confundes cariño, amistad y atención, con amor. Eugenia, eso es muy distinto.
—¿No se sintió mal el día que le dije que si usted no se casaba conmigo me casaría con lord Felton?
—No, pero me preocupé por ti. Cambiabas de pretendiente como si fuéramos un panecillo de sabores distintos. Se lo dije a tu hermano en esa oportunidad. Eres terrible, Eugenia. Ahora piensas de una manera, y más adelante cambiarás eso.
—Aunque no creo que ocurra, le daré el beneficio de la duda.
No me niego a conocer a alguien que me conquiste, pero dudo que exista ese alguien que me deslumbre con su ingenio.
No busco a alguien que se postre ante mí, yo quiero a un adversario, un confidente, un consejero, un caballero que sea capaz de arrancarme sonrisas y de hacerme sentir furiosa.
Quiero vivir. Fanny no vive. Ella solo es adorable y su esposo también...
Es horrible, destilan una miel pastosa y vomitiva, no quiero eso para mi vida. No quiero verme así...
—Ellos están felices. Eso es lo que importa. Además, tú no eres así. Entiendo que necesites pelear con alguien y sé que tú conseguirás poner al más caballeroso de los hombres de rodillas pidiendo que lo deje tranquilo. El que no se doblegue será tu esposo.
—¿Dónde estará el caballero más perfecto para mí?