Familia Fane Capítulo 1
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Capítulo 1

Los pies de Eugenia colgaban de uno de los reposabrazos del sillón del gran salón de la casa del conde de Nottingham, a la vez que miraba el techo y se acariciaba el cabello moldeando sus bucles.

También tenía al gato Clauss acostado sobre su estómago, aplastándola con su peso exagerado, aunque ella lo soportaba porque lo consideraba muy tierno.

Ella pensaba que su vida era bastante solitaria después de que su última hermana con quien más peleaba terminara casada y siendo duquesa.

Su sobrino de nueve años ya contaba con un preceptor que lo educaba todo el tiempo, su hermano pasaba más tiempo en su despacho y en la cama que en cualquier otro lugar, su cuñada pasaba el tiempo en compañía de Emma, la marquesa de Asthon que era prima de Victoria.

Cada vez que la veía, recordaba que ella se había casado con el hombre con el que Eugenia soñaba.

William era el amor de su vida, pero ya llevaban casados ocho años y su esposa no enfermaba para que él enviudara.

Todavía seguía pareciéndole muy atractivo, los años lo trataban cada vez mejor, solo que estaba muy lejos de su alcance, Spencer no le permitiría casarse con él ni si quedaba viudo por la gran diferencia de edad, aquel debía estar rondando los cuarenta y siete años.

—Baje sus piernas del reposabrazos, lady Eugenia, eso no es algo que yo le he enseñado. Mañana es su primer baile y no la veo preocupada —dijo la señorita Harting, institutriz de Eugenia.

—La vida no tiene sentido, señorita Harting. No tengo adversarios dignos para pelear. Con la partida de Rose me quedé sin ánimos.

—Pero si todos los días pelea con su hermano. En esta casa no existe un solo día de paz.

—Todos los días repite lo mismo: «Eugenia, debes casarte; Eugenia, debes comportarte; Eugenia, baja a ese gato; Eugenia, ¿a qué hora piensas dormir?

; ya quiero que te cases, Eugenia», y otras cosas, por poco no me dice que deje de respirar.

¿Sabe algo, señorita Harting? Yo, Eugenia Clarisse Adeleine Fane Lyon, conseguiré un compromiso en un corto tiempo.

Dejaré a Spencer con la mandíbula golpeando la cabeza de Satanás.

—Espero ver que cierre la boca de su hermano y que no sea bocazas.

—No soy una tonta. Kitty tuvo que irse al monte a conseguir un esposo; Meredith cayó sobre su esposo; Fanny consiguió un vampiro y Rose es... una afortunada que no ha hecho nada bueno para tener tanta suerte. Mi vida es un lamento en cierto aspecto. El marqués de Asthon lleva casado muchos años.

—¿Sigue con esas cosas de niña?

—Sí, siempre ha sido tan atento conmigo, adorable y preocupado.

—Está confundiendo amabilidad con enamoramiento. Su señoría siempre la ha visto como una hermana pequeña.

—Al menos me considera más su hermana que el mismo Spencer.

—Te oigo, Eugenia —farfulló lord Nottingham que caminaba desde el pasillo que llevaba a su despacho hasta el salón.

—No es un secreto, ni quiero ocultarlo —refunfuñó Eugenia que siguió acariciando su cabello.

—He sido paciente, adorable, empático, agradable e hipócrita para complacerte. ¿Qué más quieres? ¿Qué te bese los pies, pequeña desvergonzada?

—Te recuerdo que ya no soy una pequeña niña desvergonzada, ahora soy una joven desvergonzada. Espero no darte tantos dolores de cabeza.

Spencer cerró los ojos y suspiró buscando no exaltarse contra su hermana. Era una lucha diaria no caer en sus provocaciones.

—Señorita Harting, la espero en unos minutos en mi despacho. Hay algo que quiero conversar con usted —habló Spencer que siguió su camino.

—Sí, milord —acató la mujer.

—¿Qué tiene que hablar usted con mi hermano, señorita Harting?

—Lo sabré cuando converse con él. Ahora, baje sus pies y suelte al gato. No es manera de comportarse, milady.

—Pero si estoy en casa...

—Debería hacer algo útil como repasar sus anotaciones, pues presiento que ha olvidado muchas normas de comportamiento.

—¿Olvidar normas, señorita Harting? Primero aprendí a hacer reverencias antes que caminar. Con hermanas tan grandes era lo único que podía imitar.

—No importa, no puedo verla ociosa.

Eugenia enfurruñó su rostro y después quitó al gato Clauss de su estómago.

—Lo siento, Clauss, pero si yo no puedo ser feliz, tú tampoco lo serás —replicó antes de dejar al animal en el sillón y después ella fue hacia su habitación con los brazos cruzados por la molestia. La institutriz no podía verla feliz haciendo nada.

Al entrar en su habitación, encontró a Helen, la doncella, guardando un par de prendas en la habitación.

—¿De dónde han salido estas prendas? —indagó la joven.

—Se las envió su cuñado para que escogiera lo que más le gustara.

—¿Por qué no las había visto?

—Porque su hermano las escondió, porque le ha renovado el guardarropa días atrás con prendas muy exclusivas para que su debut fuera espectacular, siente celos de su cuñado, se lo puedo asegurar.

—Albert sí es el hermano que siempre quise. Él sí me aprecia y no como Spencer.

—Desconozco la razón por la cual siempre habla mal de su hermano. Él le da todo, al igual que sus cuñados. Todos la adoran y usted no lo ve.

—Spencer adora a Rose y a sus hijos. ¿Te has dado cuenta de cómo abraza a su hija? No se comporta de la misma manera con sus otras sobrinas.

—¿Y no le parece que es porque la niña es la más pequeña de la familia, al igual que su hermano? Son bebés, milady, no puede envidiarlos.

—Nadie me lo prohíbe. En fin, Spencer se arrepentirá de dejarme a un lado y su señoría por no esperarme para casarnos.

—Su señoría tiene la edad de su hermano, no puede mirarlo con otros ojos. Además, es un hombre casado.

—Mal casado. Emma ni es bella, ni inteligente como yo. Es solo una cotilla que ni siquiera tiene sangre noble.

—Qué no la escuche su cuñada. Su prima es una persona sagrada para ella.

—Hablando de escuchar, mi hermano le pidió a la señorita Harting que fuera a su despacho para conversar.

—¿Usted cree que la despedirá?

—¿Despedirla? ¿Por qué él despediría a la señorita Harting? —cuestionó Eugenia con inocencia.

—¿Ve a otra niña que necesite instrucción? Su sobrino tiene un preceptor...

En ese momento, Eugenia cayó en cuenta de lo que Helen quería decirle. Ya no había niñas en esa casa, por lo que la presencia de la señorita Harting no sería necesaria.

—Debo impedir que Spencer despida a la señorita Harting.

—¿Cómo hará eso? Es imposible, no hay argumentos suficientes.

—Debe existir algo que ayude para persuadir a Spencer. Debo ir a escuchar.

La joven salió de la habitación con rapidez y también fue tras ella Helen, ya que no podía quedarse con el chisme a medias.

—¡Eugenia! —exclamó Victoria que salía del salón del té en compañía de Emma, la marquesa de Asthon.

—Ahora no, Victoria, tengo cosas que hacer...

—¿Qué cosas tienes que hacer en el despacho de tu hermano? No seas impertinente. Déjalo descansar un poco de tu presencia.

—Tiene dos formas de descansar: una es muriendo y la otra esperando a que me case o me muera. En serio, Victoria, tengo cosas importantes que hacer.

—¿Como escuchar detrás de las puertas? —cuestionó Emma, burlona.

—Es exactamente lo que haré. —Eugenia continuó su camino con la doncella detrás.

—Ya no sé qué hacer con Eugenia —musitó Victoria acariciándose la frente.

—La pobre está muy desorientada. Es una niña rencorosa y dramática. Cada vez que estoy aquí me ignora, pero a William se le queda viendo y se le pega como barro a sus botas.

—No es un secreto para nadie que ellas adoran a William. Debes sentirte feliz por tener tantas cuñadas. Él es como el hermano de ellas.

—Me siento tan feliz como tú... —expresó con sarcasmo.

Una vez frente a la puerta, las dos pegaron sus oídos a la madera.

—Por favor, no llore, señorita Harting. —Spencer le ofreció un pañuelo como siempre lo hacía cada vez que la institutriz lloraba—. Tome esto como un descanso, usted y Calvin podrán tener tiempo suficiente para casarse.

—Lord Nottingham, es que la añoranza no me deja... —La señorita Harting no podía hablar de la emoción.

—¡Me niego a que despidas a la señorita Harting! —espetó Eugenia que abrió la puerta y entró a la estancia—. ¡Oh, señorita Harting, está llorando! Spencer, eres un ser repulsivo.

—¿De qué estás hablando, Eugenia? ¿Por qué interrumpes mi reunión con ella? —cuestionó Spencer, molesto.

—Señorita Harting, usted se quedará porque le pediré a mi hermano y a Victoria que tengan una hija y si ellos no la tienen, yo traeré a una niña para que permanezca en esta casa.

La institutriz no podía creer lo que oía.

—Pero, lady Eugenia...

—No hable, señorita Harting, yo la defenderé de este ser malvado y mezquino que se hace llamar mi hermano.

—¡Por favor! —farfulló Spencer sin entender lo que ocurría con su hermana—. No estoy echando a la señorita Harting, ella ha renunciado.

La joven miró a su institutriz, pero después fijó sus ojos en su hermano.

—Eso no es cierto. La señorita Harting nunca nos abandonaría.

—Milady, lo que dice lord Nottingham es cierto. —La mujer se secó las lágrimas antes de continuar—. Mi tiempo con la familia Fane ha terminado. Me iré después de que usted se comprometa. Por fin tendré mi ansiado retiro y un matrimonio con el ayuda de cámara de milord.

—¿Su ansiado retiro? Entonces, ¿nunca me ha querido, señorita Harting? ¿Solo he sido un terrible oficio para usted?

—Milady, han sido muchos años con ustedes. Las adoro, han sido mis niñas...

A Eugenia la traicionaron sus lágrimas, por eso prefirió retirarse del despacho y regresar a su habitación. Ella creyó que su institutriz estaba sufriendo; sin embargo, lloraba, pero de felicidad por dejar su trabajo en esa casa.

Ese pensamiento la hacía sentir muy mal, pues para ella, la señorita Harting era la única figura materna que tenía, puesto que ella nunca entendió que a la institutriz le pagaban para que las soportara. Ese día el asunto le había quedado muy claro a Eugenia.

—Lady Eugenia...

—No quiero escucharla, señorita Harting.

—¿En verdad no quiere hacerlo?

—No, no quiero que me mienta. Comprendí que solo había sido un trabajo más para usted. Yo... yo la consideraba una madre, la que nunca conocí, la que no tuve.

—Es cierto que es mi trabajo educarla, pero nunca ha sido parte de mi oficio acunarla para que descansara y dormir a su lado.

Cuidarla en sus momentos de enfermedad, quererla sin condiciones.

Es cierto que una vez renuncié, pero fue por impertinencia de un inmaduro lord Nottingham.

Quiero que comprenda que he dedicado mi vida a usted y a sus hermanas.

Dieciocho años... Mi retiro no será permanente y continuaré en la familia.

Regresaré para educar a lady Augusta. Su hermano y el duque arreglaron esa situación, por lo que estaré un par de años más en la familia.

Después de que usted se comprometa, Calvin y yo podremos formalizar nuestra relación con un matrimonio y estaremos lejos unas semanas para que ambos tengamos un descanso antes de regresar.

Ella se limpió las lágrimas y miró a la mujer. Hizo un mohín con la boca como si volviera a llorar.

—¿No he sido solo un trabajo? —preguntó.

—No. Si usted hubiera sido solo eso, yo estaría lejos de aquí, ocupándome de una niña cualquiera y no de cinco hermanas. Su padre y su hermano confiaron en mí y ahora lo hará su cuñado más querido.

—Me alegra que permanezca cerca. Ya sabe, cómo soy asidua a visitarlos. Siempre la veré.

—Si sigo con vida, puede que eduque también a sus hijas si las tiene, lady Eugenia. Mi cariño es genuino, su hermano me ha pagado tanto en estos años, que me alcanza para vivir muchos años holgadamente, pero yo quisiera seguir cerca de ustedes. Es el amor al oficio y a la familia.

—Por lo menos no tendrá otra Fane...

—Es Fane por más que lady Augusta sea hija del duque. Hay tanta sangre Fane en esa niña que tal vez rememore muchos momentos de esta casa. Ella es casi idéntica a usted.