Capítulo 28
Después de llegar del baile, Rose se sentó junto a la ventana para lamentar su mala fortuna.
Resultaba que el duque quería estar con ella; sin embargo, era tarde.
Sería absurdo derramar una lágrima más por Harper.
Él no era el culpable de sus desgracias sociales, pero era culpable de su desgracia sentimental.
Se sentía tan infeliz al pensar que se casaría con lord Bentley.
No era un mal hombre; no obstante, ella no podía apreciarlo como quizá merecía.
Ella estaba enamorada de un inocente sinvergüenza.
Se avergonzaba al recordar la cantidad de veces que lo había juzgado y amenazado con acusarlo.
Todo eso se debía a la atracción que sentía por él.
Extrañaba su acercamiento y sus besos. Anhelaba saber qué le había dicho la noche en la que se quedó dormida por beber tanto vino.
¿Sería posible que se hubiera declarado a ella?
Presumía que sí por su indignación al saberla en brazos de Morfeo.
—Ya he cambiado a lady Nottingham —avisó Helen que entró a la habitación de la joven—. ¿Qué está haciendo, milady?
—Observo la noche.
—¿No está feliz porque tiene un pretendiente?
—No.
—¿Quién entiende a las damas de esta casa? Tienen un caballero a sus pies, pero ellas quieren a otros. La codicia es un pecado, milady.
—Hoy vi al caballero que me agrada y ha bailado conmigo...
—No creo que lord Nottingham le niegue a ese caballero la oportunidad de luchar por usted. ¿Qué título tiene?
—Es un duque, el mismo con el que creyeron que escapé.
—¡Un duque! Su hermano tirará al conde a una fosa común para casarla con un duque.
—Tú no lo entiendes...
—No entiendo si no me explica.
—No quiero ser quien haga correr el cotilleo por esta casa.
—Me ofende, milady, soy una tumba con todo lo que se habla en esta casa.
—Puede que no seas una tumba, pero hueles como una cuando cuentas lo que no debes. No puedo hablarte de la razón por la cual debo casarme con lord Bentley.
—Yo lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Qué pregunta, milady. Las paredes en esta casa siempre tienen oídos.
Ese sinvergüenza fue quien la secuestró.
Escuché que lord Nottingham se lo contaba al duque de Salisbury, ya sabe que él no puede estar ajeno a estas cuestiones.
Si él llegara a morirse, su excelencia se encargaría de su familia entera.
—Entonces sabes más de lo que deberías. No quiero casarme con lord Bentley, pero el duque de Alcost está fuera de mi alcance gracias a la tontería de ese hombre.
—Lo que creo es que el hombre es afortunado. Se casará con una dama de su estirpe, milady.
—No es fortuna, es infortunio.
—Lo que importa es estar casada. Ninguno de los dos es un mal partido. Dependerá de su hermano.
—No hay ninguna decisión que tomar. Cámbiame —ordenó Rose. No quería pensar en esperanzas. Si albergaba algo en su pecho, podría estar destinada a sufrir más de la cuenta.
Una vez que Helen acabó con su tarea, Rose se acostó en la cama y dio vueltas intentando descansar, aunque no lo logró. La miseria mental la acechaba y eso le impedía conciliar el sueño y recuperar fuerzas después de una noche difícil.
Se quedó dormida después de mucho tiempo, casi amaneciendo. Ni siquiera se daba cuenta de que el día comenzaba a avanzar.
En la planta baja, la servidumbre trabajaba arduamente para la preparación del almuerzo en la residencia.
Existía una relativa normalidad en la casa.
Victoria daba órdenes, Philip se ocupaba de jugar en el jardín, Spencer se encontraba en el despacho y Eugenia leía un libro en compañía de su inseparable compañero felino y la señorita Harting.
Para ella aún no había acabado la educación, todavía le quedaba un trecho.
Unos golpes en la puerta rompieron la tranquilidad de la residencia de la familia Fane.
—Ese debe ser el sinvergüenza —alegó Eugenia—. Hoy debe cumplirse el plazo que le dio Spencer.
—No cuente lo que sabemos, milady. Lady Nottingham puede oírnos. Finja que lee —mandó la institutriz.
El ayuda de cámara se acercó a la puerta para ver quién era el que había llegado.
Cuando Eugenia vio que era un hombre diferente al último que había venido, miró a la señorita Harting y le hizo gestos con las cejas.
—Es un sinvergüenza diferente —dijo en voz baja con un tono burlón.
—Puedo verlo... Guarde silencio.
—Lo anunciaré con lord Nottingham, su excelencia —comunicó el sirviente que fue al despacho para contarle a su patrón lo que ocurría.
Harper se dio cuenta de que se encontraba en un salón, con dos mujeres que lo miraban como si él tuviera un tercer ojo.
—Buen día —saludó para no sentirse tan incómodo y poco educado.
Eugenia se levantó del asiento y le hizo una graciosa venia, al igual que la señorita Harting.
—Buen día, ¿con quién tenemos el gusto? —curioseó.
—Disculpe mi poca educación, soy Harper Rottenberg, duque de Alcost.
—Un duque. ¿Usted viene a conversar con mi hermano para ganarle el lugar al otro?
—¡Lady Eugenia! —reprochó la institutriz.
—Lo siento, soy la hermana de Rose, mi nombre es Eugenia. Si se casa con ella, siempre escuchará mi nombre como un grito escandaloso y desgarrador como el de mi institutriz.
—Es un placer conocerla. Lady Rose me habló de usted y de su preocupación por un matrimonio.
—¿Ella está preocupada por mí? Le aseguro que no es la misma Rose que vive aquí.
—Si tienen el mismo apellido es usted la misma Eugenia de la que me hablaron.
—Usted es más agradable que el otro. Puede que lo apruebe...
Él le sonrió a la joven con picardía.
—Excelencia, el conde lo espera en su despacho. Sígame, por favor —pidió el sirviente.
—Con permiso —se despidió Harper, dejando a la indiscreta hermana de Rose con la esperanza de ser su próximo cuñado.
Ya comenzaba a imaginar lo difícil que sería encajar en esa familia una vez que lo aceptaran.
Él había ido con la mentalidad de que saldría de esa casa comprometido con Rose y así sería.
En su despacho, Spencer pensaba en muchas cosas y consideraba que el duque de Alcost fue a su casa para conversar sobre las habladurías que corrían en torno a su hermana y él.
Al final eran inventos y suposiciones de lady Kirby por los que, él como cabeza de familia debía responder, pues, ¿qué más podría llevar a ese hombre a su casa?
—Buen día, excelencia —saludó Spencer, que se levantó de su silla para saludarlo.
—Buen día, lord Nottingham —correspondió Harper.
—Aunque supongo que viene por un tema en particular, prefiero no equivocarme, ¿a qué se debe su grata visita? —Spencer le indicó que tomara asiento frente al escritorio.
—Lo que me trae aquí es su hermana, milord.
—Entonces es lo que pensaba. Lo que circula en Londres son rumores, excelencia. Espero que no se moleste por las indiscreciones de lady Kirby mientras mi hermana estuvo desaparecida...
—No son indiscreciones de lady Kirby —afirmó Harper con determinación—. En realidad, mi ausencia se debió a que rapté a su hermana.
Tanto el silencio como el asombro en la cara de Spencer hablaban de la confusión que sentía en ese momento. Le resultaba incomprensible que dos caballeros se culparan por un mismo hecho.
—Deje que lo entienda. Usted dice que la raptó, pero hay otro caballero que dice lo mismo. El otro ha pedido la mano de ella.
—Y yo le pido que me otorgue la mano de lady Rose Fane. Soy el único culpable de su desaparición, no ha sido nadie más.
—Estoy confundido, demasiado confundido —manifestó Spencer sin entender lo que realmente ocurría.
—¿Acaso lord Bentley le ha dicho el monto exacto que se entregó como rescate? Yo lo tengo aquí, en la misma bolsa en la cual lo entregó el duque de Salisbury esa noche. —Harper le enseñó la bolsa de dinero colocándola sobre el escritorio.
Los ojos de Spencer miraron a Harper con cierto enfado.
—¿Por qué decidió humillar a mi hermana de esta manera? No hubiera estado en desacuerdo si la llevaba a Gretna Green para ofrecerle algo digno en Inglaterra, pero esto es inconcebible.
—Es comprensible, lord Nottingham. Debo admitir que lady Rose no estaba en mis planes.
Si bien yo la he raptado por ignorancia porque mi amigo lord Bentley la metió en mi baúl.
Yo no quise responsabilidades con ella porque no había sido mi elección, pero al tenerla en mi casa, la conocí y sé que es una dama maravillosa.
—Todavía osa hablar así de ella. Merece que no le otorgue su mano.
—Lord Nottingham, no haga que enloquezca aún más y termine llevándome a su hermana sin su consentimiento o contando a todos cómo han sido las cosas. No le queda más remedio que darme a milady. De aquí no salgo sin un compromiso.
—¿Está amenazándome?
—No, le estoy contando lo que haré si me niega la mano de su hermana.
—Rose escogerá con quién de los dos se casará, lo pondré a su elección.
—Eso no hace falta, ella quiere estar conmigo.
—Usted no es ella para decidir. Es mejor que cierre la boca antes que yo se la cierre de una manera poco ortodoxa.
—Le hablo con conocimiento de causa. Ella y yo nos hemos besado muchas veces en mi casa.
Lord Nottingham comenzó a abanicarse con las manos al escuchar las escandalosas confesiones del duque de Alcost. Estaba escandalizado por tal cosa.
—Puede preguntarle, hágala llamar y sabrá que esto que le digo es cierto —siguió Harper.
El conde cogió su campanilla y la agitó para después continuar abanicándose.
Después de unos instantes, su ayuda de cámara se presentó en el salón.
—Que venga Rose y también Victoria —ordenó Spencer, sofocado.
—Sí, milord.
El sirviente salió del despacho y se apresuró para buscar primero a la condesa, pues había visto muy enrojecido al conde. Tal vez necesitara apoyo moral. Después encontró a Helen y le dijo que buscara a Rose.
La doncella corrió por los pasillos de la casa y entró en la habitación de Rose como tromba furiosa. Encontró a la joven dormida profundamente.
—Lady Rose, es hora de despertarse... —Helen intentaba moverla con cariño, pero la otra ni siquiera daba señales de vida, entonces comenzó a zarandearla—. ¡Despiértese, milady! Su hermano la llama con urgencia.
Rose apenas podía abrir los ojos. Había pasado una noche y madrugada bastante largas. Se rascó los ojos y comenzó a extenderse.
—¿Cuál es el escándalo? Sabemos que lord Bentley vendría hoy a dejar sus papeles. ¿Cuál es el interés de tenerme ahí?
—¡Qué no es lord Bentley, es un duque! ¡Su duque!
Al escuchar esas palabras, los ojos de Rose casi salieron de sus cuencas. ¿Harper estaba en la casa?
—¿El duque de Alcost?
—Lo más probable. El ayuda de cámara de su hermano dice que lord Nottingham estaba muy enfadado en su despacho al recibir al hombre.
Rose saltó de su cama y corrió hacia su armario, que estaba repleto de prendas que podía usar. A causa de sus nervios no podía escoger qué ponerse. Necesitaba saber lo que ocurría.
La doncella tuvo que coger una prenda para colocársela, ya que la joven parecía ahogarse en un vaso de agua.
—Le pondré esto y la arreglaré muy bien para que baje. No sabemos si tendremos un muerto o una novedad distinta, lo importante es que debe estar presentable.
—Ningún muerto. Quiero saber lo que ocurre. ¿Será posible que el duque pidió mi mano?
—Es probable, o también quizá el asunto vaya por otra parte, no lo sabremos si no nos apuramos. La paciencia no es una virtud muy utilizada en esta casa.
Las dos se apresuraban para poder ir a la planta baja. Una vez que Rose estaba lista, bajó con prisa hasta llegar al despacho de su hermano. No dudo en abrir la puerta y encontrar ahí a Spencer siendo abanicado por Victoria y a Harper con un rostro de completa circunstancia cargado de incomodidad.
—Por fin llegas, ¿qué estabas haciendo? Ya quiero que este caballero se retire de mi residencia después de haber dicho un montón de barbaridades —acusó Spencer, molesto.
—Le repito que no son barbaridades.
—Decir que ha besado a mi hermana es un escándalo.
—Confiese la verdad, milady, si usted quiere casarse conmigo —pidió Harper.
Ella no sabía qué hacer. ¿Se comportaría como una tonta y dejaría ir su oportunidad de ser feliz?
—Es cierto, Spencer. He pasado días maravillosos en mi cautiverio, lamento haberte mentido...