Capítulo 27
La música sonaba de fondo, a la vez que un grupo de danzantes se divertía con el baile. Harper aguardaba su turno para estar con Rose. Intentaba no mirar hacia ella, pero era inevitable, necesitaba verla.
Cuando la música se detuvo y las parejas comenzaron a renovarse, él fue a buscar a quien sería su pareja por esos efímeros minutos en el que por primera vez bailarían. Por primera vez conversarían y se conocerían en el ambiente en el que debieron hacerlo con anterioridad.
—Milady, he venido a por usted —anunció con aplomo.
Rose estaba expectante a su llegada. Lo había estado mirando de reojo cuando él se encontraba lejos. Todavía no entendía la razón por la que él se acercó a pedir que le concediera una pieza. El duque había decidido no volver a verla, ¿qué le hacía cambiar de opinión?
—Sí, excelencia —dijo Rose, que miró a su hermano para que él aprobara que ella fuera a bailar. Una vez que aquel asintió, el duque extendió su mano para que Rose la cogiera.
De nuevo se estaban tocando después de varios días. Para los dos eso parecía un sueño al que no le veían sentido. Se habían despreciado al conocerse, pero al despedirse, ambos habían cambiado por dentro. Sus caminos se cruzaron para no poder separarse en pensamientos, aunque sí físicamente.
Caminaban en contacto de las dos manos, mas no decían nada, solo iban al centro del salón para unirse a los demás.
Al escuchar los primeros acordes, se reverenciaron e iniciaron el baile, mirándose el uno al otro.
—¿Por qué me ha pedido un baile? —increpó Rose una vez que la pieza dejó que se acercara a Harper. Alguien de los dos debía ser capaz de romper el hielo.
¿Cómo respondería a esa pregunta? No podía decirle que era imposible olvidarla.
—No he podido olvidarla —confesó. Su cerebro no estaba sincronizado con su corazón. La razón le decía algo, pero el sentimiento lo contradecía.
El baile exigía que se separaran y que bailaran con el resto de los asistentes hasta regresar con la pareja después de dar unas vueltas. Durante esos instantes los dos podrían pensar en sus respuestas o desesperarse por contestarse con rapidez.
—¿No le parece un poco tarde? —cuestionó sarcástica, incluso herida por su comentario.
—No. Me comporté como un tonto con usted —alcanzó a decir antes de que ella volviera a alejarse para seguir los pasos.
Hablar de esa manera era desesperante para ambos. No podían conversar como deseaban.
—No, usted no ha sido un tonto. Ya sé toda la verdad y resulta que usted es inocente y no puedo pedirle nada... —confesó Rose, dejando atónito al duque.
—¿De qué habla?
De nuevo los pasos del baile los separaban. Harper estaba a punto de dejar de moverse como tonto y quedarse en un lugar para hablar con Rose, pero eso no estaba permitido. Debía soportar.
A Rose tampoco le agradaba la situación. Sabía que después del baile no podrían tener un minuto solos. Ella tenía prohibido conversar con caballeros a solas, por lo que debía hablar.
—Tengo una propuesta matrimonial y he aceptado, pronto me casaré con lord Bentley, excelencia. Usted puede sentirse tranquilo, jamás lo molestaré para exigirle nada. Él se responsabilizará por todo —musitó con rapidez al estar cerca de Harper.
—¿Lord Bentley? No, no. Cometerá un error —espetó con premura. Sentía que enloquecía con semejante noticia. Todo a su alrededor era detestable, quería que la música acabara y poder llevarse a Rose a algún lugar para conversar.
—No tengo otra opción, es eso o permanecer soltera.
—Pues permanezca soltera, yo estoy aquí...
Los últimos acordes de la música junto con los pasos no los dejaban acabar.
Rose estaba asombrada por el tardío ofrecimiento del duque.
Durante su estancia en la propiedad de él, se había ilusionado con que pudiera ocurrir un matrimonio entre ambos, pero la realidad era distinta.
¿Qué lo había hecho cambiar de opinión? Era tarde para ellos.
Una vez que la orquesta dejó de tocar, ellos hicieron una inclinación de cabeza como despedida y comenzaron a aplaudir para agradecer por el baile. Estaban agitados, nerviosos, ansiosos y a la vez tristes por lo que ocurría.
Harper extendió su mano para que ella lo cogiera y pudieran regresar con la familia de ella.
—¿No me dirá nada, milady? Usted quería casarse conmigo, ¿y ahora? Sé que la rechacé y lo lamento.
—No hable más de esto. Usted estableció que nuestros caminos estarían separados y lo entiendo, no lo juzgo ni lo condeno. Me casaré con su amigo, excelencia, y es lo mejor.
—Le repito que no lo haga. Puedo hablar con su hermano, puedo cortejarla. ¿Por qué aceptó su propuesta? Él no la quiere.
—Es muy tarde para pensar en eso. Lord Bentley y yo tenemos algo en común: no nos queremos, pero el destino nos une.
—¿El destino? Debe ser el demonio. No es conveniente. Es absurdo que prefiera quedarse con él antes que conmigo que la he besado y la mantuve cautiva contra su voluntad.
—Pero no fue su culpa. Lord Bentley tiene las respuestas a todos sus cuestionamientos. Gracias por el baile, excelencia. —Rose hizo una reverencia y se alejó de él para quedarse de pie junto a su hermano.
El duque aún no podía creer lo que ocurría.
Todo le parecía ridículo y absurdo, pero él no sería capaz de cerrar los ojos en toda la noche si no enfrentaba el asunto.
Iría tras Bradley y lo haría retroceder respecto al compromiso con Rose.
Maldijo la hora en la que conoció a la joven de esa manera.
Prefería competir en el mercado matrimonial con justicia; sin embargo, consideraba que lord Bentley había hecho una jugarreta para amargar su vida después de que se acercara a lady Anabelle Winfrey.
Ese desacato a su palabra lo había condenado a romper su amistad de años.
En ese momento tenía que escoger entre su amigo o la paz consigo mismo.
Sus pensamientos y sentimientos hacia Rose lo dominaban.
Estaba poseído por los deseos de regresar a esos pocos días en los que conoció a la mujer que le robaba el sueño.
Con mucha rabia el duque abandonó la velada y fue a la casa de lord Bentley. Si era necesario lo esperaría en su residencia, pero era imposible que él esperara un día más. ¿Cómo Bradley se había atrevido a desafiarlo de esa manera?
Estaba muy enfadado. ¿Por qué cuando se había decidido a que encontró a la mujer de su vida ocurrían estas cosas?
El asunto era riesgoso para su amigo, pues no quería perder los estribos.
Apreciaba a Bradley, pese a que muchas veces no coincidían en conceptos y preceptos; no obstante, una joven bella que le encantaba no ameritaba la paz que podría obtenerse con una simple disculpa.
Para él, lady Rose Fane se había convertido en un asunto serio e importante.
Estaba decidido a tenerla así tuviera que romper amistades, secuestrar gente e incendiar Londres. Lo que él quería, lo conseguía.
Ni bien su carruaje se detuvo, él descendió con presteza y golpeó la puerta de la residencia de Bradley. Después de unos minutos, el mayordomo abrió la puerta.
—¿Su excelencia? Buenas noches... —saludó una vez se recuperó de la sorpresa de ver ahí al duque a esas horas.
—¿Se encuentra lord Bentley? —preguntó con premura.
—Sí, excelencia. Pase, por favor, lo anunciaré.
—No hace falta, puedo anunciarme solo.
Cuando el sirviente se hizo a un lado, Harper entró a la residencia y caminó hasta el salón, ahí encontró a su amigo lord Walton jugando al ajedrez con Bradley.
—¡Qué sorpresa, Harper! —exclamó Walton, sonriente.
—Es bueno verlos a los dos y no me han invitado, pero después conversaremos sobre este asunto. Necesito hablar con Bradley —expresó.
—Eres bienvenido a mi casa, Harper —dijo Bradley.
—No vine a hacer una visita de cortesía, sino más bien vine a exigirte que retires tu palabra de matrimonio para lady Rose Fane.
Walton miró a Bradley con cierto temor. Él ya estaba enterado de lo que estaba haciendo lord Bentley, aunque no suponía que eso molestara a Harper.
—No puedo hacerlo, soy la única esperanza que tiene. Además, no hay otra persona que deba casarse con ella más que yo —asumió lord Bentley.
—No hagas que me enfade. Vengo con la mejor actitud que me permite mi rabia. Sabías que ella estuvo en mi propiedad.
—Pero eso no te da derecho a exigir nada. Milady necesita un esposo, no tontos reproches de tu parte —farfulló Bradley.
—Considero que llegaste a entender que ella me ha tocado más de lo que debería. Lady Rose Fane me tiene en sus manos y no quise admitirlo. Fue un error no hacerme responsable de su desaparición —lamentó Harper.
—Debo confesarte una cosa. Tal vez, nuestra amistad se rompa para siempre, pero prefiero ser sincero que continuar con tanta hipocresía.
Me conoces, siempre he sido una persona correcta y honesta, pero un día, la demencia se apoderó de mí y urdí un plan en tu contra.
Mis celos hacia ti por el acercamiento con lady Anabelle, me cegaron y no pensé en las consecuencias de mis actos...
En el fondo de su mente, Harper sabía que Bradley confesaría el secuestro de Rose.
Su amigo era el autor intelectual, moral y físico de los hechos.
Él jamás había creído en la inocencia de Rose y hasta que ella no le dio una pista, no lo entendió.
La joven ya sabía que lord Bentley era la mente maestra detrás de su desaparición.
—Bradley... —murmuró Walton para que no los delatara. No quería perder la amistad del duque.
—Debo hablar. Harper, yo fui quien colocó a lady Rose Fane en tu baúl.
Quise que te acusaran para que terminaran obligando a casarte con ella.
Te quería lejos de la mujer que me interesaba y tú con tu maldita arrogancia incumpliste nuestro trato.
Sin embargo, sacarte a ti del camino no era la solución, me di cuenta muy tarde que otro hombre me la había arrebatado por dormir en los laureles y nunca hacer lo que debía.
Siempre tuviste razón y todo es mi entera culpa.
Hoy no tengo nada que perder casándome con la hermana de lord Nottingham. Solucionaré el mal que he hecho.
—Esto no me sorprende, Bradley. No me importa el trasfondo de tu locura, lo único que me interesa es que te hagas a un lado para que yo pueda casarme con esa dama.
Nos hiciste mucho daño, pero a la vez nos ayudaste a conocernos y a que este proceso fuera más corto.
No supe reconocer lo que mi mente me mostraba cuando estaba con ella.
Milady es una mujer decidida, tiránica y divertida.
Tú no estás a su altura, y no es porque seas un conde y yo un duque, sino porque tiene un temperamento de general del ejército.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo y asumir las sanciones que lord Nottingham ha establecido para mí después de haber confesado mi fechoría.
Él lo sabe todo y solo me ha pedido que le entregue papeles que avalen mi situación económica.
No hace falta que asumas una responsabilidad que no es tuya, Harper.
—Para mí no será ningún sacrificio presentarme en casa de lord Nottingham y decirle lo que considero pertinente.
Si no te haces a un lado por voluntad propia, yo te sacaré de ahí, Bradley.
No espero romper mi amistad contigo, tampoco aspiro a que permanezcas a mi lado.
El tiempo dirá lo que ocurrirá con nosotros.
—Bradley, escucha a Harper, deja que ambos se casen.
Se nota que él ha encontrado a la mujer de su vida.
No puedes echar a perder esto otra vez. Hay muchas mujeres en el mundo, esta dama no puede romper con una amistad de años.
Encontrarás a alguien que no te tratará como un trapo.
Ya te has quejado de ella y aún no se han casado —razonó lord Walton.
—Es mi deuda, ¿no lo entienden?
—Ella siente lo mismo que yo. No merece que pagues tu deuda.
Esta jugada te salió bien. Me has sacado de todos los caminos a los que no quiero regresar.
Mi objetivo es quedarme con ella y saber si esto que me embarga es algo real.
Necesito saberlo y solo estar a su lado responderá este cuestionamiento.