Familia Fane Capítulo 26
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Capítulo 26

En el despacho de Spencer, tenía frente a él a alguien que estaba callado, mirándolo como si alguien le hubiera comido la lengua.

—¿Qué lo trae por aquí, lord Bentley? Supongo que no reclamará la situación de mi hermana, pues es de conocimiento público lo que le ha ocurrido. Si usted vino hasta mi casa fue a su propio riesgo.

—Lo sé perfectamente, milord. Solo que lo que le diré tal vez le sorprenda. Milady me ha dicho que no confiese nada, pero mi conciencia nunca estará en paz si no hablo.

—¿Por qué creo que lo detestaré mucho?

—Porque hay razones de peso. Fui yo quien raptó a su hermana, milord.

Spencer cerró los ojos para evitar arrojarse sobre la humanidad de ese hombre y matarlo ahí mismo.

Bradley tragó saliva al ver cómo lord Nottingham exhalaba el aire como si estuviera furioso. No era para menos. Se estaba metiendo hasta el fondo en el problema que él mismo había causado.

—Lo suponía, lo sabía. Lo más simple del mundo era darse cuenta de que un pelagatos pensó en esto. ¿Qué quiere? ¿Más dinero? ¿La dote?

—No, milord. Quiero casarme con su hermana si usted lo permite para limpiar lo que hice en un momento de locura. Sé las consecuencias que ha acarreado este asunto para ella y para su familia.

Lord Nottingham estaba contra la espada y la pared, ya que se encontraban en una situación delicada. No quería casar a Rose con ese hombre, pero no tenía opciones, no había otro candidato en puerta, por lo que sería imposible que su hermana pudiera casarse por amor.

—Lo pensaré. Usted deberá traer documentos que avalen su dinero, sus tierras y su vida. No crea que porque secuestró a mi hermana iré corriendo a sus brazos para darle mi bendición. Tal vez se case con ella, pero no verá una guinea ni una propiedad de la dote de Rose —farfulló Spencer, enfadado.

—Por supuesto. Estaré aquí cuando consiga esos documentos.

—Uno de mis lacayos irá con usted. No saldrá de Londres sin que yo lo sepa, y hasta que se resuelva mi pedido le prohíbo acercarse a Rose. Tiene solo tres días antes de que decida retarlo a un duelo por el honor de mi hermana y el buen nombre de mi familia.

—Milord, no hace falta que lleguemos a esos extremos... estoy aquí para responsabilizarme por todo lo que he hecho de manera incorrecta.

—Le diré una cosa. Le ha arrebatado a mi hermana la capacidad para escoger a la persona con la que pasará el resto de su vida. No creo que ella lo escogiera a usted o que quedaran de acuerdo para fugarse, si así fuera estaría feliz, pero este fue un acto egoísta por su parte.

—Soy consciente de ello. No considero que debamos llegar a las balas si he dejado claro que me responsabilizo por mis actos. Le doy mi palabra.

—La palabra de un delincuente no me sirve. Si llegara a integrar esta familia no será por gusto, tampoco espere cordialidad u hospitalidad de nuestra parte. Retírese, en tres días lo quiero aquí de nuevo.

El conde de Nottingham agitó la campanilla que tenía sobre su escritorio. Después de un rato se presentó el ayuda de cámara.

—Milord, ¿se le ofrece algo? —indagó el sirviente.

—Sí. Acompaña al caballero hasta la salida y que un lacayo vaya con él a su casa por tres días.

—Sí, milord. Primero iré a avisarle al sirviente que irá con el caballero para que esté listo.

Lord Bentley se levantó de la silla para esperar que el sirviente regresara.

Lord Nottingham estaba a punto de estamparle la bota en la espalda si no desaparecía de su vista.

¿En qué lío se había metido por todo lo que había hecho?

Una vez que salió de la casa se sintió aliviado, aunque pronto debía regresar de nuevo.

Después de que la visita se fuera, Spencer fue escaleras arriba dirigiéndose a la habitación de Rose. Ahí ni siquiera golpeó la puerta, solo abrió y entró.

—¿Cómo es eso de que él fue quien te raptó? —increpó Spencer empujando al gato Clauss a quien Rose acariciaba.

Rose miró a su hermano, suspiró y se sentó en la cama para responder.

—También acabo de saberlo —confesó—. Le dije que no hablara de eso porque no te caería bien.

—Lo detesto como nunca antes detesté a alguien.

—Es detestable, pero no hay otra opción.

—Por supuesto que hay otras opciones. Puedo retarlo a un duelo.

—Eso es muy noble de tu parte, Spencer, aunque demasiado estúpido. No merece la pena que salgas herido o muerto por alguien que no vale nada.

—Pero te llevará a ti que eres muy valiosa. Todas mis hermanas son tesoros. No puedo pensar en que ese hombre funesto tendrá a una joya como tú.

—No pienses así. Mejor considera que Eugenia podrá casarse, y que cumplirás el largo cometido de tu vida, o, mejor dicho, la labor que heredaste. Hubiera sido mejor solo dinero y un título, cinco hermanas es como heredar deudas —dijo Rose sonriendo.

—No importa todo lo que me hagan sufrir, tal vez no las cambiaría.

Ya no recuerdo mi vida sin ustedes. Cuando todas se vayan, esta casa se quedará en silencio.

Solo se llenará en escasas ocasiones o en nuestros cumpleaños, ya no seremos solo nosotros.

De hecho, desde que Kitty se casó ya nada es lo mismo, aunque la selección de cuñados no ha sido mala.

Son personas que las dejan ser ustedes mismas.

—Espero que lord Bentley sea de esa manera y me deje ser yo misma.

—Ese hombre carece de temperamento. Lo arrollarás como una diligencia. Es un bufón escuálido y blandengue, ni siquiera sé si merece gastar el aire que respiramos.

—No seas cruel. No todas las personas son tan perfectas como los caballeros de esta familia, algunos son imperfectos. No todo podía ser tan bueno por tantos años. Espero que los demás puedan acostumbrarse a lord Bentley.

—Tú me preocupas más, pues tendrás que tolerar a alguien de su calibre.

***

El duque de Alcost no dejaba de pensar en Rose.

Casi estaba resignado a que pisotearía sus palabras.

Por temor a hacerlo y correr desesperado a humillarse, prefirió encerrarse en su casa y no salir a un par de veladas; sin embargo, eso no lo había ayudado a estar más tranquilo.

Además, el hecho de que su amigo visitara a Rose, lo mantenía en vilo.

Que Bradley le hubiera hablado de matrimonio por el simple hecho de creer perdida a lady Anabelle Winfrey, le preocupaba de sobremanera.

Su paz y tranquilidad había desaparecido para siempre.

—Excelencia, ¿usted saldrá esta noche? Si es así, le prepararé sus prendas —dijo Silvester que lo había interrumpido mientras él miraba unos documentos con su monóculo.

—¿En verdad insistes en arrojarme a una fiesta?

—¿Prefiere que la noticia de un compromiso llegue a usted por un periódico o una invitación? Se arrepentirá toda la vida de no oír a su corazón.

—Pero ¿cómo sabré a dónde irá?

—No se preocupe, esa información la he conseguido yo. También he sabido un par de cosas que a usted no le gustarán.

—¿Quién es tu fuente?

—Una doncella muy cotilla de esa casa. La escuché hablando con unas damas que parecían muy interesadas en la familia Fane.

—Al igual que tú.

—No tengo la culpa de que yo no busque la información y que ella me busque. Lo llamaré buena fortuna.

—Su nombre real es oportunismo.

—Eso no importa. Lady Rose Fane estará en compañía de su hermano y de la amplia familia en el baile en casa del marqués de Lorne.

—Está bien. Iré a ese lugar, conozco al marqués de Lorne.

Harper se había rendido con facilidad a la idea de ver a Rose, aunque parte de eso era un complot de su sirviente que, según él, consideraba que aquel estaba enamorado de la idea de que lady Rose debía ser la duquesa solo por alojarse en la mente de su patrón.

También quizá porque siempre lo veía pensativo, y en cualquier conversación terminaban hablando de ella.

A medida que pasaban las horas, la ansiedad comenzaba a apoderarse del duque. Él no veía la hora de que el sol se ocultara y la luna estuviera en su máximo esplendor para ir a ese baile.

Había descubierto que la solución a sus problemas no era encerrarse entre cuatro paredes, era enfrentarse a lo que le estaba haciendo padecer. Rose le había robado la paz. ¿Podría ser el matrimonio la única salida para alcanzar la tranquilidad que buscaba?

Cuando llegó la hora de partir rumbo a la velada, a Harper se le dibujó una sonrisa en la cara y comenzó a sentirse mucho más ansioso que antes, quizá su sonrisa se debiera a su locura por verla.

Una vez en el baile, comenzó la búsqueda de la joven. El salón era inmenso y le resultaba difícil encontrarla a simple vista. Además, mientras más caminaba, se encontraba con amistades que lo retenían y hacían conversaciones. Hizo gala de su educación para no caer en la locura.

La había buscado en vano, pues ella recién estaba llegando al lugar. Cada vez que la veía le parecía aún más bella, o quizá ya fuera el síntoma de la extrema demencia.

Inhaló y exhaló antes de despedirse de la persona con la que conversaba e ir a abordar a la joven. Ella todavía no se había percatado de su presencia.

Rose no tenía muchas expectativas esa noche.

Pronto sería una mujer comprometida y no había mucho que se pudiera hacer.

En esos días no había dejado de estar triste, porque estaba decepcionada.

No podría exigirle al duque que se casara con ella.

Si era una mujer deshonesta lo haría, pero ella no podía hacerle mal a un inocente por más que eso supusiera felicidad para Rose.

¿Cómo sería feliz haciendo infeliz a otro?

No tenía sentido, por más que sabía que lord Bentley tampoco sería feliz y ella mucho menos.

Apenas estuvo parada en el lugar unos instantes y se sorprendió al ver que el duque de Alcost se acercaba a ella.

Sus ojos no creían lo que veían. Sus oraciones para volver a verlo habían sido escuchadas.

No sabía ni siquiera con qué motivo deseaba verlo; sin embargo, era lo que más quería.

La idea de odiarlo por rechazarla se había desvanecido, pues entendió que él siempre tuvo la razón al negarse.

—Buenas noches... —saludó Harper con firmeza, llamando la atención de Rose y de su familia. Muchos ojos lo miraban con desconfianza y sabía la razón.

—Buenas noches —replicó Rose con una inclinación.

—Buenas noches —correspondió Spencer al ver al extraño caballero que se había acercado a ellos.

—Quería solicitarle un baile a la dama. Soy Harper Rottenberg, duque de Alcost.

El cuchicheo de la familia no se hizo esperar. Todos sabían lo que había dicho lady Kirby como supuesto.

Spencer hizo un gesto con la mano izquierda para que los murmullos terminaran y él pudiera responder.

—Ella es mi hermana, lady Rose Fane, si ella está de acuerdo podrán bailar una pieza, la primera —indicó lord Nottingham—. ¿Rose?

—Sí, bailaré con su excelencia —le dijo a su hermano.

—Complete el carnet y vuelva para la primera pieza —indicó Spencer a Harper.

—Por supuesto, milord.

Cuando lord Nottingham dejó de observarlos, Harper cogió el carnet para poner su nombre en él. No dijo ni una sola palabra para amenizar la situación.

La joven lo observaba, mientras escribía, de hecho, lo apreciaba. Era probable que él no hablara para no levantar sospechas; sin embargo, su familia ya estaba agitada, mirando de reojo hacia ellos.

Como despedida, Harper hizo una venia y se retiró para esperar su turno.

Solo él sabía cómo estaba latiendo su corazón.

Parecía desbocado, a punto de salir de su pecho por la cercanía con Rose.

Esas sensaciones solo le aseguraban que él debería tomar la decisión de casarse con ella.

Si no había amor, al menos existía algo que los impulsaba.

Las miradas que ellos tenían no mentían.

El anhelo de volver a estar juntos estaba ahí, acechándolos y él no quería dejar ir lo que experimentaba junto a Rose.