Familia Fane Capítulo 25
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Capítulo 25

Haber visto al duque de Alcost la noche anterior, no hizo más que remover sus recuerdos, esos que debía hacer a un lado para continuar con su vida.

Se sentía asfixiada al no poder conversar con nadie sobre lo que le había ocurrido.

No tenía forma de despejar sus dudas o que alguien la zarandeara para obligarla a olvidar a Harper.

Él no merecía ser recordado, puesto que la había rechazado, aunque eso no le impedía estar desenfocada de sus objetivos.

No podía concentrarse en un caballero, de hecho, ningún hombre ajeno a su familia se había acercado a ella con intenciones distintas a la amistad.

El plan del duque para que ella recuperara su reputación era lento para no decir que no estaba dando resultados.

Si eso continuaba, tendría que cantar como un pajarito lo que había ocurrido y él tendría que responder por sus actos.

Por tonta, había aceptado semejante trato inconveniente.

Con la visita de lord Bentley podría averiguar cómo la habían llevado y la razón. El aroma del hombre y que estuviera averiguando sobre ella por interés del duque, lo señalaba como el culpable o al menos uno de los culpables. Lo presionaría hasta que dijera la verdad de las cosas.

Después del desayuno en compañía de su hermano, sobrino y cuñada, Rose había cogido un libro de la biblioteca y fue hasta el jardín para intentar leer y despejar su mente.

Todas las actividades que planeaba realizar para mantener su cabeza ocupada no funcionaban, pues Harper ocupaba cada espacio de soledad.

No podía estar sola, ni pensar en algo diferente.

La compañía de su familia hacía parte del trabajo de no dejarla pensar en nada.

Con ellos se trataba de vivir al límite.

—Disculpe, milady. Ha venido una visita para usted —avisó Helen, sonriente. Ella estaba más emocionada que Rose.

—Sí, lo sé. Estoy esperando a lord Bentley —respondió con poco entusiasmo.

—Es un caballero atractivo, aunque poco dado a las conversaciones con su hermana.

—Déjalo sufrir un poco. Si Eugenia no lo espanta, al menos le dará una idea del antecedente familiar.

En el salón, Eugenia observaba con interés al caballero que aguardaba de pie. Aquel no era muy comunicativo y a ella no le agradaba ese tipo de personas.

—Fracasará como pretendiente si no habla, milord —advirtió Eugenia con suficiencia.

—Disculpe, milady. No estoy acostumbrado a hablar demasiado —respondió Bradley, incómodo, ante la escrutadora mirada de la joven.

—Entonces no encajará en esta familia, no dejamos de hablar.

—Es probable que me acostumbre sin inconveniente alguno.

—Disculpen, milord, lady Rose Fane la espera en el jardín.

—Gracias...

—¿En serio sabe dónde se está metiendo? Ella ha sido raptada —advirtió la menor de las Fane.

—Lo sé. Con permiso...

El conde de Bentley fue hacia donde la doncella lo guiaba, dejando sola a Eugenia que, no se sentía convencida de que ese hombre fuera alguien conveniente para Rose. Por más que los conflictos por celos eran un asunto casi eterno, no quería que ella fuera mal casada.

En el jardín, Rose había dejado a un lado su libro para recibir al conde. Después miró hacia la ventana de la biblioteca y distinguió la figura de su hermano. Se hallaba ahí, vigilante.

—Buen día, milady —saludó lord Bentley, que hizo una inclinación de cabeza para saludarla.

—Milord... —correspondió con una reverencia—. Puedes retirarte, Helen. Mi hermano se encarga.

—Sí, milady.

La doncella se retiró y ella le enseñó un asiento al conde para que la acompañara.

—¿Cómo se encuentra en este maravilloso día, milord?

—Encantado al verla.

—Lord Bentley, quisiera conversar con usted sin rodeos. La razón por la que le pedí que me visitara no ha sido algo fortuito, sino más bien se deben a razones de peso para mí.

—La escucharé en lo que tenga que decir. —Bradley no imaginaba lo que la joven estaba a punto de decirle.

—El día que desaparecí percibí un aroma que volví a oler anoche, cuando usted y yo bailábamos.

—¿A qué viene eso, milady? —preguntó confundido.

—También me enteré de que usted estuvo preguntando por mí en nombre del duque de Alcost esa misma noche.

Bradley desvió su rostro para evitar mirar a la joven.

—¿Tiene algo que decir al respecto? —increpó Rose esperando una respuesta.

—No, espero que usted me guíe a la conclusión.

—Usted es amigo del duque. Le pido que confiese si ha sido usted parte de su plan para retenerme en contra de mi voluntad en una propiedad lejana. No mienta, que tengo esas dos cosas que lo inculpan. ¿Ha sido cómplice de la destrucción de mi futuro y de mi reputación?

Él estaba contra la espada y la pared. ¿Qué podría hacer para salir de ese embrollo?

—Estoy esperando una respuesta. Haré que el duque responda por sus actos si no puedo casarme por mi cuenta —alegó la joven para presionar a lord Bentley, que se levantó de donde estaba y se alejó un poco de Rose.

—Mi amigo no es culpable de eso. El único culpable de todo soy yo —confesó—.

Obligué a lord Walton a que la cogiera de las piernas para llevarla al baúl de Harper, pero no por pedido suyo, fue porque yo estaba cegado por la ira y los celos.

Él se había acercado a una dama de mi interés pese a la advertencia de que no lo hiciera.

Era un pacto de caballeros que utilizó como pañuelo, entonces enloquecí e hice todo esto, pero con buena intención.

Rose tenía la mandíbula en el suelo. No podía creer lo que escuchaba.

—¿Cuál buena intención? ¡Ha destruido mi vida! —acusó al tiempo que se recuperaba de la sorpresa.

—Mi intención era que él se casara con usted, por eso la colocamos ahí.

Necesitaba sacarlo del camino y él la vio, deseó saber quién era usted y eso fue suficiente para mí.

En ese mismo instante la consideré la esposa ideal para un duque.

La atracción fue inmediata por su parte. Aprecio mucho a Harper.

—Con amigos como usted no hacen falta enemigos. No alcanza a comprender el daño que ha hecho.

—Las cosas no debieron salir así —dijo Bradley, arrepentido.

—Por supuesto que no. Todo este tiempo pensé que había sido el duque quien lo había fraguado todo.

Esas palabras de Rose sonaban más a desilusión que a un reclamo.

Ella había querido exigirle al duque que respondiera por lo que se suponía había hecho; sin embargo, todo lo que creyó durante esos días, era una mentira, el hombre que deseaba como esposo era inocente, por ende, no podía acusarlo.

El único responsable de la situación era el caballero que estaba frente a ella intentando justificar sus penosas acciones.

—Sé que su situación no es cómoda y es por eso que acepté venir. Debo confesar que he considerado enmendar mi error con usted en vista de que Harper no la ha tocado y tanto usted como yo estamos solteros y sin compromiso. Le pido que considere un matrimonio entre nosotros.

A Rose se le fue el aliento. ¿Casarse con el amigo del duque de Alcost?

¿Qué más opciones tenía aparte de contraer nupcias por obligación?

Mientras más miraba al conde, menos convencida se sentía, mas no existía otro camino que tomar.

El problema no era que el aristócrata que estaba frente a ella fuera o no guapo, el gran inconveniente era que su corazón le pertenecía al duque y en ese instante estaba muy decepcionada de que no fuera él, el artífice de su secuestro.

Harper la había rechazado y tenía razón, no quedaba más remedio, por su bien y el de su familia, debía casarse.

—Es su obligación solucionar este problema. Usted no sabe que ha afectado la reputación de mi familia, además de la salud de mi hermano, casi lo mata con esta absurda venganza.

—Lamento que las cosas salieran de esta manera. Al menos hay una solución. Soy un buen hombre, pese a que hice mal en comportarme como un demente con Harper.

—¿Él lo sabe?

—Si lo supiera me mataría, milady, aunque eso sería mejor en lugar de que me retirara su amistad.

—Ahora resulta que le importa su amistad.

¿Cuándo hablará con mi hermano? No saldrá de esta casa sin que se haga cargo.

No hace falta que diga lo que me ha contado.

Él cree que un rufián de poca monta fue quien me secuestró.

Usted solo irá y pedirá mi mano o hará un compromiso.

Debo asegurar el futuro de mi hermana y el mío —agregó Rose con frialdad.

A Bradley le sorprendía que una mujer tan bella tuviera el temperamento de un tirano dentro. No podía creer que un cuerpo tan pequeño albergara tanto deseo de poder.

—Por supuesto, milady —accedió—. ¿Podría llevarme hasta su despacho?

—Sígame...

Estaba cometiendo una locura, una de las peores, pero era lo único que quedaba.

No rechazaría una oferta. No tenía certeza de que le llegaría algo mejor que un conde.

En ese momento estaba priorizando la reputación de la familia y no su felicidad.

Ella supo a la perfección que esa noche que la secuestraron, le arrebataron la capacidad de escoger un esposo.

Estaba destinada a aceptar lo que viniera.

Durante su cautiverio había tenido sus días malos y sus momentos maravillosos en compañía del duque.

En el fondo tenía la esperanza de acusarlo para que fueran esposos, pero con lo que descubrió, no podía ser injusta y obligarlo a algo que él claramente no deseaba.

No había tenido la fortuna de que lady Kirby descubriera lo que había ocurrido entre ella y el duque.

Cuando Rose llegó frente a la puerta de su hermano, supo que una vez que diera ese paso, no podría arrepentirse. Golpeó la madera y esperó a que Spencer autorizara su entrada. Al escuchar que le concedía el paso, ella separó la abertura y entró, detrás de ella lo hizo el conde.

—Spencer, lord Bentley quiere hablar contigo —comunicó dándole prisa al mal paso antes de arrepentirse y vivir en la miseria y la culpa para siempre.

Spencer miró a lord Bentley y supuso que no era algo agradable lo que el hombre le diría.

—Puedes dejarnos solos, Rose —pidió Spencer.

Ella asintió y se retiró cerrando con lentitud la puerta, para después recostarse en ella y sentir como su destino se perdía para siempre. Dejó el lugar para ir al salón. Arrojó su cuerpo al sillón y miró al techo para perderse en algo que le hiciera fijar la mirada.

—Cometerás un error garrafal. No encaja en la familia —advirtió Eugenia que interrumpió la visibilidad de su hermana colocando su rostro para que dejara de mirar al techo.

—Otra vez oyendo detrás de las plantas...

—¿Y qué otra diversión tengo? Lo he descubierto todo. No lamento que te quedes sin tu duque, ya era hora de que perdieras.

—Lo tienes todo, Eugenia, ¿por qué te ensañas conmigo?

—No lo sé, tal vez solo te detesto demasiado.

—Sí me caso con este hombre es por nuestro bien. Me sentiré culpable si destruyo tu futuro.

—No hace falta que finjas que haces este sacrificio por mí, no me uses de excusa. Si conversas con Spencer podrán hallar otro camino. Él odiará a este conde. No será capaz de encajar aquí y de hacerte feliz. No es que me importes tú, me importa Spencer.

—Error o no, no voy a cambiar mi decisión. Recuerda que un esposo es un esposo por más que tenga defectos. Eso es suficiente consuelo para cualquiera.

—Ya es tu problema si prefieres ser la única infeliz de la familia. Adiós.

Eugenia se fue saltando como una liebre hacia el jardín.

Por más que le dejara mucha cizaña en su corazón, Rose sabía que no había nada más que pudiera hacer más que resignarse a lo que la vida había decretado para ella.

Lo más saludable era aceptar el destino que le habían impuesto.

El tiempo no podía regresar al día en que desapareció, lo único que quedaba era la resignación que la llevaría a conseguir el objetivo de cualquier dama, que era contraer matrimonio.

El destino de una mujer solo tenía dos caminos; casarse o morir sola.