Capítulo 23
Debía confiar en lo que hacía su hermano, se suponía que era por su bien, y en realidad creía que era de esa manera.
Al llegar al baile encontró a los demás miembros de la familia. Al parecer seguían un poco enloquecidos con la idea de que quizá ella volvería al jardín, pero ya había aprendido la lección. Ni loca volvería a un lugar así por su mala experiencia.
Su carnet se encontraba tan seco como el desierto. Era probable que, lady Kirby aún no hubiera distribuido el rumor de que se ahogaba en monedas de oro, y solo sus cuñados y su hermano la sacaban a bailar.
—¿Sigues preocupada por encontrar algo? —preguntó Fanny a su hermana Rose, mientras bebían una copa de vino.
—Hablas como si se tratara de encontrar una bola de lana. Es el futuro —dijo Rose.
—Lo sé. Solo que no quiero que pienses que siento lástima por ti. Encontrar palabras que no ofendan puede ser difícil.
—Estamos en familia, lo último que importa es ofendernos. Los Fane hablamos con la cruda verdad, sin tapujos como la pena o la empatía.
—A veces parece que la vida está en contra nuestra, Rose, pero todo se acomoda donde debe. Todas creímos que nuestro futuro sería oscuro, mas ahora ves que estamos felizmente casados, lo mismo ocurrirá contigo.
—A mí no me ocurren milagros. No encontraré a un duque en medio del monte, ni le caeré a un caballero desde un balcón y menos hallaré a un vampiro en una mansión oscura. Mi destino es casarme con alguien, sepa Dios con quién, pero es evidente que no será con quien yo quiera.
—¿Y con quién deseas casarte? Si me das un nombre, podríamos mover un poco la influencia familiar para un encuentro...
—No tengo en mente a nadie, el esposo correcto puede ser el que aparezca de primera mano por esa puerta.
—Qué coincidencia, lord Bentley ha aparecido por esa puerta. ¿Sabes de lo que me he enterado en conversaciones ajenas?
—No, no lo sé.
—Me han contado sin querer que ese caballero ha preguntado por ti en la velada musical, con el supuesto de que un duque estaba interesado en ti.
Los ojos de Rose se dirigieron al tal lord Bentley.
¿Sería posible que fuera cómplice del duque en su rapto o qué tenían que ver el uno con el otro?
No le quedaba claro el asunto, aunque le llamaba la atención.
El hombre era alto, de cabello oscuro, de nariz larga y una expresión cautelosa en el rostro. Eso no le decía mucho.
—Nunca he visto a ese caballero —confesó.
—Pues al parecer él te ha visto, por eso se interesó en ti con una excusa de interés ajeno. Que no te dé miedo ser condesa. Sé que no es lo que esperas, pero es mucho mejor que nada. Además, has visto la buena vida que llevamos Meredith y yo con nuestros esposos, son excelentes proveedores.
—No hace falta que lo digas, son muy felices... ¿Qué está haciendo Foster? —preguntó Rose al ver a su cuñado con una pequeña libreta en la mano, anotando todo como si fuera un maníaco.
—Creo que se está tomando en serio su papel de investigador. Anota los nombres de todos los caballeros del salón para investigar si tienen dinero o no.
—Entonces es él quien espanta a los candidatos. Hay que decirle que deje de hacer eso y que use su memoria, no está tan viejo para memorizar cosas.
Pese a que se distrajo un poco, Rose seguía con la pequeña espina clavada en la mente gracias a su hermana. ¿Cómo podría averiguar lo que estaba ocurriendo?
Lord Bentley había acudido a un baile con la intención de conversar con lady Anabelle Winfrey; sin embargo, la había encontrado en la selecta compañía del marqués de Herby.
Era notable que ella lo aprobaba y que él no tenía mucho que hacer en aquel lugar.
Estuvo averiguando por muchas horas a qué casa acudiría la joven hasta hallarla, y solo había sido para darse cuenta de que quizá Harper tuviera razón al decirle que debió acercarse antes.
Un recién llegado se estaba alzando con la hija de un duque, la mujer por la cual cometió una locura en contra de su amigo y de otra persona.
Al recordar eso, la culpa comenzó a invadirlo; no obstante, no era más grande que su dolor de ver perdida a la mujer que le agradaba y todo por no tomar la iniciativa.
—Oye, ¿no te parece que alguien le respira en la nuca a cierta dama?
Bradley escuchó la voz burlona de Harper y lo observó.
—No sabía que vendrías, Harper, y más que olvidarías tus modales —reprochó.
—Estás de malhumor, lo siento. Hoy quería salir, estaba en casa y simplemente recordé que recibí una invitación.
Silvester me alienta a salir por mi salud, me ha dicho que me ve desmejorado y que he adquirido un mal hábito de parecer una mancha en el sillón.
Debería considerar despedirlo, pero me sirve.
—Lo de mancha en el sillón es una razón válida para sacarlo de tu vida. Tenías razón, perdí la oportunidad con milady.
—Es una pena, te lo dije. ¿Te das cuenta de que nuestra amistad es más importante que una dama? Nos esperan muchas cosas, todavía no se acabará el mundo por una... —Harper guardó silencio al ver en aquel lugar a Rose.
—¿Por una qué? —cuestionó Bradley al ver que su amigo no decía nada, pero luego miró hacia donde él lo hacía y se percató de que estaba viendo a lady Rose Fane.
En su interior, lord Bentley desconfiaba de que su amigo le dijera toda la verdad. No la miraría de esa manera si así fuera.
—Yo... olvidé lo que estaba diciendo... Mmm...
—Es hora de buscar algo que hacer aquí, es un baile y hay que bailar —musitó Bradley.
—No bailaré, me quedaré a mirar...
Harper todavía estaba sorprendido al ver a Rose.
Era tan bella y elegante que no encontraba otra dama como ella.
Invitarla a bailar sería una locura. No lo haría, solo la miraría hasta agotarla con su vista.
Al verla otra vez se sintió revitalizado, era algo inexplicable que jamás había sentido. ¿Qué podría ser?
Lord Bentley dejó solo a Harper y dio unas vueltas por el salón.
Su orgullo estaba herido y su amigo había metido el dedo en la llaga por la decepción amorosa que estaba sufriendo.
Solo le quedaba intentar divertirse un poco o mejor pensar en solucionar el daño ocasionado a Harper y a lady Rose Fane.
Él ya no tenía nada que perder y la hermana de lord Nottingham era adecuada para ser su esposa si lo requería.
Tragó saliva y cogió impulso para poder atreverse y acercarse a la mujer que se encontraba en compañía de su familia.
Aunque nadie invitaba a Rose, se estaba divirtiendo con su familia.
Todos ellos se distendían en el baile y también adoraban criticar al resto de los mortales.
Era mejor que no la dejaran pensar mucho o terminaría con su mente llena de recuerdos del duque y no podría disfrutar la noche; sin embargo, apenas giró la cabeza hacia un lado, notó unos ojos grises penetrantes que la estaban mirando.
Su corazón primero se detuvo, pero después parecía tener dentro una tormenta desatada.
Era el duque de Alcost, mirándola con fijeza, por unos instantes ella le sostuvo la mirada, pero después prefirió desviar sus ojos.
No se sentía bien. Tenía palpitaciones, sudaba frío y temblaba.
Todas esas sensaciones extrañas las causaba su presencia.
¿Sería posible que siempre se vieran en todos los acontecimientos?
Esto comenzaba a ser una tortura, no podría escoger esposo después de verlo.
No quería creer lo que durante días estuvo esquivando.
No deseaba darse cuenta de algo terrible; sin saberlo, le había entregado su corazón a un hombre al que no le importaba, que la rechazaba y que no la quería.
Agitó su abanico para tratar de recuperar la compostura con un poco de aire o se desmayaría.
—Milady...
Para sorpresa de Rose, lord Bentley se había acercado a ella. El asombro no era un atributo único en la dama, sino también en la familia. Lord Earl había sacado su libreta para anotar el nombre sin dilación, mientras que Spencer se acercaba a su hermana abriéndose paso entre sus parientes.
—Buenas noches... —Pudo articular la joven que todavía seguía asombrada al ver al duque y, en ese instante, a lord Bentley.
—¿Con quién tengo el gusto? —increpó Spencer que se colocó junto a Rose.
—Disculpe que no me presentara, milord. Soy el conde de Bentley —respondió Bradley—. Mi intención es pedirle un baile a la dama.
Rose no sabía si estar feliz o triste. El conde de Bentley era el primer caballero en acercarse a ella en la noche, suponía que el duque de Alcost ni siquiera se acercaría, era lo acordado, lo esperado.
—Rose... —pronunció su hermano para saber si ella aceptaría.
—Estaré encantada de bailar con milord —replicó para tranquilizar a su hermano y a la familia. Ellos estaban expectantes a lo que pasara con su vida.
—Que ponga su nombre en tu carnet —ordenó lord Nottingham.
La joven asintió y Bradley agradeció con un gesto de la cabeza.
Un poco alejado de la escena, aunque mirándolo todo con ojo crítico, Harper quería saber qué demonios pensaba su amigo para acercarse a Rose.
No comprendía la razón por la que ella había sido su primera opción.
No se acercaba con frecuencia a las damas, pero esta vez casi se había arrojado a los brazos de Rose, y ella se veía sonriente, eso le molestaba mucho.
No tenía razones para enfadarse, pero así se encontraba.
La había pensado por días, la veía frente a él, habían cruzado sus miradas, mas no podía hacer otra cosa.
Algo que sí estaba a su alcance era apartar a su amigo de Rose, aquel no podía tener un interés real en ella. Estaba enfadado por no haber tomado a su querida dama con la seriedad que ameritaba la situación.
Mientras él seguía evaluando sus sentimientos, vio a Bradley con Rose, ellos se habían acercado al centro del salón junto a los demás danzantes para iniciar el baile. A cada paso que daban, más molesto se sentía y más al ver que comenzaban a conversar.
—No lo había visto antes, milord... —comentó Rose para empezar una conversación. El caballero no era alguien de muchas palabras al parecer, aunque bailaba bien.
—Por lo general me encuentro con mis amistades y no bailo con frecuencia —confesó Bradley.
—¿Usted sabe quién soy?
—Sí, lo supe tiempo atrás.
—Ajá. En el concierto en el que me secuestraron...
Al terminar de decir esa frase, Rose percibió el perfume que desprendía el conde de Bentley. Ese aroma estaba guardado en su mente desde el día de su desaparición. Con eso, ella comenzó a hilar el asunto con astucia.
—Tal vez —agregó lord Bentley.
—¿Y sus amistades? ¿Quiénes son?
—Lord Walton y el duque de Alcost. Los tres somos solteros. En ocasiones, nos ponemos de acuerdo para acudir a una velada. Esta vez fue la excepción, coincidí con el duque.
Ella asintió y sonrió al conde. Todo coincidía con que ese caballero era el perpetrador.
La tela con la que le taparon la cara tenía ese mismo aroma y, coincidentemente, su amigo era el hombre que le mantuvo cautiva por días en su casa.
Todo cobraba sentido, pero ¿por qué ella y no otra? La escogieron para destruir su vida.
No podía quedarse callada ante lo que había descubierto esa noche.
Tenía un margen mínimo de equivocación al decir que lord Bentley estaba más que involucrado en su rapto.
Debía encararlo en ese mismo salón. No se expondría a salir a la calle, aunque no podría increparlo como deseaba entre tantas personas, era tiempo de idear otra cosa, una artimaña.
—Lord Bentley, ¿usted gusta de los paseos o de una grata compañía en un jardín durante el día? —preguntó la joven.
—La grata compañía siempre es bienvenida.
—Entonces no le importará visitarme para que conversemos mejor. Un baile no es suficiente para conocer a una persona. No crea que soy atrevida o una dama desesperada, es la simple simpatía que me provoca.