Familia Fane Capítulo 22
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Capítulo 22

Pasaron los días y Harper regresó a Londres en compañía de sus amigos.

Para él estar ahí significaba que podría ver a Rose de nuevo.

No quería abrigar esa posibilidad. De hecho, había intentado que esa idea no lo tomara como su rehén.

Era cierto que constantemente pensaba en ella mientras estaba en la propiedad.

Le resultó difícil salir a cabalgar con sus amigos y distraerse, pues recordaba que él corrió contra la joven en una carrera en la que había obtenido la victoria y ella se había enfadado tanto que quiso consolarla con sus atenciones, a lo que se había negado.

Podrían parecer recuerdos ingratos, mas para Harper eran divertidos.

Podía verse desde otro ángulo, el de seductor, que fracasaba ante la necedad de alguien.

Rose le mostró lo que era morder el polvo siendo un duque engreído.

Sus rechazos lo pusieron de pésimo humor; sin embargo, esa resistencia hacía que la pensara mucho más y que la extrañara.

Tampoco sus visitas lo ayudaron, pues a toda costa querían empujarlo a sus brazos, y que él se humillara frente a ella para que se casaran.

Era demasiado orgulloso para hacerlo. Resistiría estos momentos de necesidad de verla y no caería en la tentación.

Si no podía sacarla de su mente, haría lo imposible por no meterla a través de sus ojos.

—Tiene cientos de invitaciones pendientes que revisar, excelencia. Todas esperan una respuesta. —Silvester interrumpió las cavilaciones de Harper, que vivía en una realidad alterna a esa en la que habitaba.

Harper miró las invitaciones apilonadas sobre una bandeja, también se fijó en las manos de su sirviente y aquel llevaba otras más.

—Tengo invitaciones hasta la temporada siguiente —se quejó.

—Creo que estas son la de esta semana y la siguiente. Debería considerar las más importantes o acordar con sus amigos para asistir si no quiere ir solo.

—Puede que tengas razón.

—O tal vez prefiera buscar a milady. Le he dicho que fue un error dejarla ir.

—Deja de murmurar eso cada vez que me ves, me impides cumplir el trato que es olvidar el asunto.

—Lo que usted debería es averiguar cómo está milady, si es que ha podido conseguir un caballero.

—Ese ya no es asunto mío. No me interesa si hasta se ha casado —farfulló cansado.

—Como usted diga, excelencia. ¿Le traigo papel y pluma para comenzar a responder o lo hará en su despacho?

—Tráelo aquí. No pienso moverme de la biblioteca —masculló Harper.

Después de que su sirviente se fuera, Harper se encontraba en la situación de considerar que Rose tuviera candidatos.

En lugar de que eso le alegrara, crispaba sus nervios de una manera increíble.

¿Por qué le afectaba saber que quizá ella estuviera probando otros labios, que conversara con otro o que saliera a pasear?

Había hecho todo eso a su lado, entre buenas y malas relaciones, pero le gustaba que ella lo colocara en su lugar, que pinchara su burbuja de egoísmo en la que vivía.

Cuando le hablaba de su familia, eso producía cierta curiosidad y envidia.

Él, al no tener mayor cantidad de parientes, se describía como solitario y lo era ante los ojos de cualquiera.

Pasaba las festividades en casas ajenas o llenaba la suya con personas que lo rodeaban, pero que al final no eran familia.

Lady Rose Fane había entrado en su vida para cambiar muchas cosas y le hizo darse cuenta de lo solo que estaba y de lo egoísta que era. ¿Qué debía estar haciendo ella?

***

Los días para Rose transcurrían en una ligera normalidad.

Pelear con Eugenia era algo diario, pasear con sus hermanas era otra cosa que antes disfrutaba; no obstante, había dejado de resultarle bueno por una razón: cada vez que salía buscaba al duque de Alcost en cada caballero alto, rubio y elegante que veía.

Su corazón se desbordaba de emoción al creer que sería él, pero terminaba decepcionada.

—Deje el bordado, lady Rose, y vaya al pianoforte, a seguir practicando. Recuerde que necesita esas habilidades más que nunca. Además, su absurda excusa se terminará y tendrá que demostrar que sabe ejecutar el instrumento —dijo la señorita Harting.

—Señorita Harting, he aceptado mi destino, soy un fracaso con eso. Prefiero enfocarme en otra cosa. Supongo que tengo otras habilidades como la arquería.

—¿Y cómo piensa demostrar eso en un salón? Lamento decirle que no le servirá a no ser que se alabe tanto que el caballero quiera una demostración. El baile y los instrumentos ayudan a abrir puertas.

—Yo necesito una orquesta y una gran cantidad de bailarines para que me abran una ventana.

He participado de las últimas cenas a las que lady Kirby insistía que debía ir, pero en todos he notado desconfianza hacia mí y muchas murmuraciones.

Si en un mes no cambian las cosas, le pediré a Spencer que me envíe lejos de Londres para buscar un esposo.

—Es solo una percepción de su mente. Usted camine altiva y no deje que esos pensamientos la agobien y lastimen.

—No me agobian ni me lastiman, solo pienso en lo mejor. Espero algo bueno, pero eso no me quita que piense que quizá tenga que dejar mi país por algo mejor.

—Ni siquiera diga eso frente a milord. Se está recuperando del susto. No querrá volver a darle un disgusto y esta vez de manera consciente.

—Lo que menos quiero es causarle una muerte prematura a Spencer.

Considero que él sabrá cuando es el momento o interpretará las señales que le dará la sociedad.

Por ahora estamos confiando en los conocimientos de una vieja casamentera.

Agradezco sus esfuerzos por reintegrarme, mas no sé si consigamos algo.

—Usted solo piense en lo bueno y venga al pianoforte. Las cosas mejorarán, lo verá.

La señorita Harting la obligó a ir a la planta baja. El gato que estaba sobre el sillón del salón huyó al ver que ella se acercaba al pianoforte. Al menos eso significaba que no habían cambiado mucho las cosas en su casa, el felino la percibía de la misma manera que antes.

—Usted no le haga caso al gato Clauss... —musitó la institutriz con tranquilidad.

—Por supuesto que no le haré caso al ser más inteligente de esta casa, el único que es capaz de salvar su integridad.

Ella levantó la tapa del pianoforte, mientras la señorita Harting acomodaba un par de telas empapadas en vaselina para tapar sus oídos. Con los años había adquirido ciertas habilidades para contrarrestar las prácticas de sus pupilas.

Cuando estaba a punto de empezar, Rose notó que Eugenia se acercaba al salón, pero al verla en el pianoforte tapó sus oídos y corrió escaleras arriba para encerrarse.

La falta de fe en su casa era demasiado evidente.

Tomó valor, inhaló y exhaló. En ese instante, recordó las indicaciones que le había dado el duque para que sus notas sonaran más ligeras.

Las primeras le habían salido mal como siempre, llamando la atención de su hermano y su cuñada; sin embargo, después las cosas cambiaron para sorpresa de todos, en especial para la institutriz que se quitó los tapones para oír que Rose estaba tocando muy bien el pianoforte.

Spencer se acercó al instrumento y asintió para que su hermana continuara como lo estaba haciendo.

Le impresionaba su mejoría, pues a esas alturas de la pieza más de uno se desmayaba en la residencia.

Le conmovía que, a su parecer, ella estuviera dando todo de sí para progresar después de lo que había ocurrido.

Él intentaba no hablar mucho de su secuestro para no afectarla, aunque la notaba más triste y solitaria que antes.

Ni siquiera las peleas con Eugenia le daban energía, se sometía como gato panza arriba.

A Rose le sorprendía que los habitantes de la casa se acercaran para escucharla mejor. Eso era algo insólito.

—No puedo creer que el pianoforte no esté en llanto —habló Eugenia, que había regresado hacia el salón al escuchar algo afinado.

—Nadie puede creerlo. Esto es una bendición para Rose. Podremos decirle a lady Kirby que la anote para una velada musical, solo debe practicar más la entrada —alegó Spencer.

—Me ocuparé de eso, milord. Ahora prefiero que ella esté sola y no se desconcentre en tan buena interpretación.

Las palabras alrededor de Rose la reconfortaban.

Gracias al duque de Alcost ella había mejorado, aunque no podía cantar victoria, si olvidaba cómo hacer las cosas con suavidad, tendría muchos problemas en el futuro.

Saber que su hermano la estaba apoyando, la llenaba de confianza para continuar y no perder la fe de encontrar un esposo en el país para no tener que alejarse de las personas que amaba.

La señorita Harting la había felicitado por su gran desempeño. La hizo practicar hasta que sus manos le dolían, pero lo había logrado hasta el último intento. Sabía que la tortura sería mucho mayor después de eso.

Por la noche, Rose se había arreglado para un baile, el primero desde que regresó del cautiverio.

Cuando se miraba en el espejo, dejaba de reconocerse.

La imagen que este le devolvía no era la antigua Rose, la joven que era capaz de devorar al mundo, de apropiarse de él y conseguir un excelente matrimonio.

Frente a ella estaba un fantasma que no hacía más que pensar en alguien que la había arruinado.

Su ruina tenía título de duque. No podía olvidar su acercamiento, sus besos y, sobre todo, su atrevimiento.

Era alguien que creía merecerlo todo sin hacer nada.

Dentro de su pecho albergaba un gran rechazo hacia Harper, un desprecio por no apreciarla como una esposa, aunque no desaprovechaba el tiempo para casi insinuarle que podía ser una querida y no más que eso.

Al igual que él creía ser el dueño de todo, ella no se quedaba atrás, también pensaba que merecía lo mejor.

Pese a todo, seguía molesta por haber sido rechazada en matrimonio. Jamás encontraría alguien como ella. Esperaba que se arrepintiera de su pecado. Si volvía a verlo ni siquiera se lo haría saber. Estaba segura de que lo condenaría con la mirada.

La puerta de la habitación se abrió como si una tromba furiosa hubiera entrado. Rose miró para saber quién era, se trataba de su hermana Eugenia que utilizaba al gato como si se tratara de un ridículo que podía mover a su antojo.

—¿Cómo le va a tu educación? —preguntó Rose, molesta, por la intromisión.

—Está esperando su momento para brillar.

—Ahora brilla por su ausencia. Deja a ese pobre animal, no puedes cargarlo así.

—Le estoy haciendo el favor de trasladarlo por la casa. Oye, no he venido a recibir clases de buen comportamiento y menos de ti que has regresado de una desvergonzada aventura en compañía de un duque.

—Dices tonterías. ¿Qué quieres? —espetó Rose aún más enfadada que antes.

—He sabido por un pajarito que el monto de tu dote ha sido desvelada ante lady Kirby con la intención de que un caballero se acerque a ti por el dinero. No te confíes de todas las sonrisas que recibas esta noche. Desconfía de todas ella, quizá estén corriendo una maratón por tu dinero.

—Es una buena opción en mi caso. No estoy para escoger un buen esposo en mi situación. No parece algo malo.

—A mí sí. Tú debes escoger a tu esposo, alguien que quieras. Serás infeliz si solo te casas con cualquiera.

—Cualquiera puede ser una buena idea. Quizá tú puedas escoger, pero yo no. Solo espero a alguien que me enamore, no es mucho pedir. Si Meredith pudo amar a Foster, creo que yo también podría hacerlo.

—Ciertamente tienes razón, pero ten en cuenta mis palabras, eres presa fácil de los embaucadores, aprende de tus errores.

Tal como llegó, Eugenia se retiró y Rose se quedó pensando en lo que le había dicho aquella. Después fue al salón junto a su hermano y Victoria que lo esperaban para salir.

Una vez que estuvieron en el carruaje, ella quiso preguntar si lo que le había dicho la menor era real o no.

—Un pajarito... —pronunció Rose.

—Corrección, un buitre que anda en compañía de un gato —la interrumpió Spencer.

—El buitre me dijo que has desvelado mi dote a una matrona.

—¿Quién es el buitre? ¿La señorita Harting, Helen, Philip, Eugenia o el ayuda de cámara? Hay muchos oídos en casa —cuestionó Victoria.

—Andan en bandada por los pasillos, no importa la fuente, la información es certera. Lo hice porque atraeremos a la gente. Sé los riesgos, pero tenemos un gran equipo para evaluar y averiguar sobre las finanzas ajenas. No te preocupes, Rose. El que se acerque a ti deberá tener recursos.