Capítulo 20
La acusación que le hacía Eugenia era bastante incómoda para Rose, pero ella tampoco se detendría para acusar a la menor de las Fane. No creía imposible tener una enemiga bajo su mismo techo.
—¿Le pagaste a alguien para que se deshiciera de mí? —increpó Rose.
—Soy inteligente, pero no tanto. La verdad no se me ocurrió. Si lo hubiera hecho yo, tú no estarías aquí.
—Te acusaré con Spencer.
—¿No tienes otra forma de defenderte, malcriada?
—¿Qué se supone que hacen gritando a esta hora? —preguntó lord Nottingham al entrar a su habitación y ver que sus hermanas discutían airadamente.
—Eugenia me ha acusado de que yo misma desaparecí por mi cuenta —contó Rose.
—¿De nuevo con eso, Eugenia? En lugar de esas tonterías deberías darle un beso y un abrazo a tu hermana. Pudimos haberla perdido.
—Lo peor es que la encontraron —masculló Eugenia, que bajó a su gato para poder cruzar sus brazos como lo que era, una niña caprichosa y malcriada.
—Esas palabras ameritan un castigo. Las volveré a atar como años atrás y será de las manos para que aprendan a quererse y respetarse —alegó Spencer.
—¡No es justo! —reclamó la menor.
—Es cierto, Spencer, no quiero estar pegada con esta niña cara de bacalao.
—¡¿Cómo me has llamado?!
—¡Basta! —vociferó el conde que actuaba como mediador—. Podrán ir en paz solo con una condición.
—Odio las condiciones de Spencer, pero cualquier cosa es mejor que estar atada a Rose.
—Todos estaremos en paz si Eugenia le da un beso y un abrazo a Rose. Son hermanas de sangre, hermanas completas. Con este paso acrecentaremos el amor fraternal.
—Prefiero que me bese una culebra —bufó Rose.
—Y yo prefiero besar a una mosca antes que a ti.
—Ese es el único requisito para que todos continúen con su camino. Quiero desayunar en paz y no lo conseguiré si mis dos hermanas menores casquivanas y sinvergüenzas no solucionan sus diferencias. Eugenia, dale un beso a Rose.
Los ojos azules de Eugenia se llenaron de furia por la orden recibida, pero sabía que si no cumplía la cosa sería peor, por lo que se acercó a Rose, le dio un beso en la mejilla y después la abrazó.
—No era tan difícil, ¿verdad? —curioseó el conde, complacido.
—El beso de Judas era más sincero que este que ella me ha dado —aseguró Rose.
—Tuve que besar a la persona que ha arrojado mi suerte al viento escapándose. Esto es asqueroso.
La menor cogió a su gato que se estaba acomodando en la cama y salió de la habitación.
—Ve a cambiarte, tu día será largo.
—Eugenia no tiene razón al pensar que yo misma planeé esto —dijo Rose, entristecida.
—Déjala, es su manera de exteriorizar sus conflictos de jovencita en riesgo.
Debemos tener fe en que todo se solucionará a partir de aquí.
Lo importante es que ya estás en casa sana y salva.
Que no te afecten sus palabras, te queda un corto camino de supervivencia con ella.
Encontrarás a un buen esposo y todos seremos felices.
Rose asintió y se retiró para cambiarse.
No esperaba que su hermana Eugenia la recibiera de esa manera, pero menos imaginaba que sus otras hermanas estaban esperándola en su habitación. Ellas no dudaron en abrazarla para que se sintiera querida y bienvenida.
—Nos alegra mucho saber que estás bien —habló Kitty que cerró la puerta de la habitación.
—Al menos ustedes se alegran de verme. Eugenia no ha tenido pelos en la lengua para acusarme de haber planeado mi propia desaparición. —Rose suspiró.
—No eres tan maliciosa para semejante hazaña. Hacer sufrir a Spencer no es algo que tú harías —razonó Meredith.
—Es una tontería de cabo a rabo —apoyó Fanny que en verdad creía que Eugenia había enloquecido de celos para armar semejante complot en su mente.
—Rose... —Kitty tomó la palabra y se acercó a ella—. Puedes confiar en nosotras para lo que desees contarnos. Debo admitir que tengo algunas preocupaciones respecto a tu desaparición.
—¿Cómo cuáles?
—¿No te han hecho nada? Digo... Me refiero a... —La duquesa no encontraba las palabras adecuadas para referirse a lo que deseaba.
—Se refiere a que si nadie ha retozado desnudo entre tus piernas —dijo Meredith que acomplejó al resto de sus hermanas.
—No, nadie me ha tocado —respondió.
—Porque si alguien lo hizo se complica un matrimonio para ti, eso para no decir que ya no ocurrirá —siguió Kitty.
—¿Ustedes creen que todavía tengo posibilidades de casarme? Siento que arruiné a la familia.
—Mmm... cuéntanos qué fue lo que ocurrió esa noche —pidió Fanny deseando evaluar la situación.
—En la velada musical mentí sobre una herida en la mano para no tocar el pianoforte, por lo que me apartaron del número.
Después salí al jardín y reconsideré el asunto.
Quise regresar al salón, pero dos hombres me cogieron y golpearon mi cabeza, quedé inconsciente.
Después desperté en una propiedad, me han tratado bien...
—¿Sabías quiénes te raptaron? Creo que fue algo al azar. Vieron a la primera tonta que salió al jardín y se la llevaron. Todas aprendemos a que una dama no va al jardín sola jamás, lo sabemos incluso antes de aprender a caminar —musitó Kitty con cierto tono de reclamo en su voz.
—Lo sé, pero no quería que me vieran llorando por haber sido apartada de las demás participantes, yo quería impresionar a los caballeros.
—Impresionar no es lo mismo que dejarlos sordos, Rose.
Lo que hiciste estuvo mal desde un principio, pero no por eso las cosas no pueden mejorar.
Debemos hablar con lady Kirby para que interceda por ti ante la sociedad.
Está haciendo un buen trabajo repartiendo el rumor de que te han raptado y que en realidad no has huido con ningún caballero, y menos con el duque que ella había dicho —declaró Fanny, aliviada.
Rose solo esperaba no parecer muy sospechosa. De que había conocido y estado con el duque, al menos como visita, sí lo estuvo, pero no podría contárselo a nadie o al menos hasta que alguien se comprometiera con ella contra todo pronóstico.
Después del desayuno y de tener que explicar en reiteradas ocasiones que no había ocurrido nada, llegó de visita lady Kirby.
Era como si la mujer estuviera con el olfato puesto en la entrada de la casa de su hermano.
A Rose en verdad le sorprendía tenerla en el salón, y lo peor era que tendría que volver a explicar todo lo que había tenido que pasar en esos días, omitiendo sus encuentros cercanos con el duque.
Por el momento, todos creían que la situación podría solucionarse y que nadie la juzgaría; sin embargo, la misma Rose tenía dudas al respecto, ya que cualquiera podría decir que ella lo inventaba para limpiar su reputación.
Esa teoría era mitad verdad y el resto mentira.
—Oh, me alegra tanto saber que está de regreso. No podía estar ajena a tal acontecimiento. Quería saber de primera mano cómo se encuentra —dijo lady Kirby que se acercó a la joven para sentarse a su lado.
—Estoy bien, lady Kirby.
—¿Puede contarme un poco más? Con su familia he acordado hacerle saber a la sociedad lo que ha pasado días atrás. Su desaparición ha sido una sorpresa para nosotros que estuvimos presentes esa noche—. ¿A dónde la llevaron?
—Hmm... Estuve en un rincón oscuro y solitario en donde me daban comida y buen trato. La persona solo se acercaba para pedirme que escribiera para enviarlo aquí y por la frecuencia de las respuestas considero que no estábamos muy lejos.
—¿Y cómo era la persona que la retenía?
—Educada. Había una doncella que me ayudaba.
—Una secuestrada con privilegios. Algo no huele bien aquí —espetó Eugenia.
—Por supuesto que todo tiene sentido. Debían cobrar dinero por lo que era prioridad cuidar de quien se lo daría. Ella es una dama y merece un trato digno. Una doncella era lo menos que el captor podría otorgarle.
—Quisiera decirle más cosas, pero es todo lo que puedo describir. Mis días no fueron gratos lejos de mi familia y ahora, me encuentro en la incertidumbre de si me aceptarán o me echarán a mi suerte, teniendo que quedar soltera por tal acontecimiento desafortunado.
—No se preocupe. Yo estoy del lado de la verdad y lo que digo es como una ley en la sociedad. Preparemos una gran reaparición suya. Ahora los periódicos se llenarán con todo lo que pueda contarme para que quede usted como lo que es: una víctima de las circunstancias.
Sí, eso era Rose, una víctima de las circunstancias que la llevaron a conocer al atractivo duque de Alcost, un caballero que en todo ese tiempo que compartieron le demostró que ella no estaba capacitada para ser la duquesa, ni por elección y mucho menos por accidente.
Su historia no tendría un final feliz como el de Foster y Melissa, que terminaron casados y formando una preciosa familia.
Rose no pudo ganarse el corazón de Harper como su hermana se ganó el corazón de su cuñado.
El hombre con el que ella había caído tal vez ni siquiera tuviera un pedazo de carne que latiera en su interior para llamarlo corazón.
La había desechado desde el primer momento y se sentía ofendida.
Ella era alguien que estaba acostumbrada al cariño, al afecto y a la atención.
Desconocía lo que era ser rechazada, él la había minimizado siendo una dama de alta sociedad que descendía de una familia de buen nombre y con mucho dinero, aunque a la arrogancia de un duque eso no le había importado.
Por al menos un tiempo que no precisaba y que más parecía la eternidad, tanto ella como su familia tuvieron que escuchar a lady Kirby y sus planes para limpiar su reputación.
Todo eso parecía ser obra de su cuñado, Foster, pues él era quien más apoyaba la presencia de esa matrona en la casa.
Tampoco nadie estaba en contra de que intentara resolver algo que ellos no podrían ni con todo el dinero familiar.
Agradecía la buena predisposición de la mujer para que fuera aceptada de buen grado o al menos considerada para ser la esposa de alguien después de su desgracia.
Más de uno debía estar pensando en que ella había quedado mancillada en algún encuentro fortuito con el caballero con el que presumían que había huido y eso le quitaba la oportunidad de volver a integrarse.
Para Rose era una bendición que la matrona la apreciara.
Una vez que se retiró, Rose por fin podía sentarse a pensar en todo lo que había ocurrido.
Desde el principio hasta el fin. Definitivamente, esos días con el duque la habían marcado para siempre.
No podría olvidar eso, pues se sentía triste en su ausencia.
Como una tonta había caído en el juego de un seductor.
Lo admitía, a ella le encantaba ese hombre porque era seguro de sí mismo y hasta cierto punto se parecían.
Quizá esos días no fueron suficientes para conocerse bien, pero fue de sobra para extrañarlo.
Por más que se sintiera vacía, ella debía continuar su camino, porque tenía que casarse y salvar a su familia de la vergüenza.
Pese a los celos de Eugenia, también estaba comprometida con su causa.
Todas sus hermanas habían pensado en la siguiente y, por más que en un principio fue egoísta deseando lo que le había sugerido el resto, se conformaría con lo que viniera.
No importa un duque, marqués, conde, barón, baronet o sir que quisiera casarse con ella.
Se encontraba en la obligación de cumplir con eso.
El primero que se presentara sería su esposo.
No podía permitirse dejar escapar a cualquiera.
El tiempo en que ella había podido escoger, terminó.
—¿Puedo pasar? —preguntó la señorita Harting al entreabrir la puerta de la habitación de la joven.
—Sí, señorita Harting —respondió Rose que había sido interrumpida en medio de sus cavilaciones.
—Sé que soy inoportuna, milady, pero debería empezar a practicar más. Las cosas se han puesto muy difíciles para usted.
—Señorita Harting, no pienso dejarla en vergüenza. Es la mejor institutriz del mundo. Soy la penúltima de sus pupilas y creo que la peor de todas. Mis demás hermanas la llenan de satisfacción, pero yo la lleno de vergüenza. Conseguiré un esposo, lo prometo.
—Es lo que se espera de usted, pero en estos años he comprendido que la felicidad no es solo tener un esposo, es amar.
—Tal vez yo ni siquiera pueda escoger y mucho menos amar...