Capítulo 19
Las duras palabras que Harper había pronunciado solo eran para evitar que en él se notara la poca felicidad al ver que Rose se iba. Era evidente que jamás admitiría que no estaba conforme con la despedida, seguía sosteniendo que era lo correcto.
—Esperaremos aquí. Hay buena luna para distinguir su figura. Debemos apagar la lámpara y esperar a que aparezca su familia.
—Sí, excelencia.
Silvester extinguió la llama de la lámpara y se quedó junto a su patrón para observar con detenimiento lo que ocurría.
A lo lejos se oían los aullidos de los coyotes en el monte, mientras que Rose aguardaba a su cuñado a una distancia prudente. Debía verlo dejar el dinero para poder ir hacia ellos.
Las lágrimas se le habían secado debido a que estaba más asustada que triste. A su mente acudían imágenes espectrales de los cuentos de terror que inventaron ella y sus hermanas desde muy pequeñas. En verdad sentía que en aquella oscuridad había algo que se abalanzaría sobre ella.
Después de esperar media hora, notó que, en medio de aquella inmensa noche, dos faroles parecían acercarse, además, oía el sonido de unos caballos acercándose.
Cuando vio que un carruaje se detuvo, y de él bajaba la figura que era de su cuñado, pues lo reconocería en cualquier lugar, distinguió que dejaba una pequeña bolsa que debía ser el dinero y luego había quedado ahí de pie, como si la esperara.
Ese era el momento de regresar hacia los suyos. El duque de Alcost formaba parte de una fractura temporal en su vida. Sus prioridades volverían a ser las mismas, con la diferencia de que cuidaría más de sus actos y también a su querido hermano. Salió de su escondite y fue corriendo hacia su cuñado.
—¡Albert! —llamó al duque.
Cuando el duque de Salisbury se percató de la presencia de Rose, ella ya lo estaba abrazando.
—¡Rose! —expresó aliviado. También le correspondió el abrazo. Ella necesitaba saber que no estaba sola.
—¡¿Cómo está Spencer?! ¿Dónde está? —preguntó con emoción y premura.
A Albert no le había dado tiempo de responder, pues lord Nottingham bajó del carruaje contra todo pronóstico para asegurarse de que ella estaba bien.
Al ver a su hermano, ella no pudo contener el sollozo y el llanto. Él estaba vivo. Soltó a Albert y se abrazó con mucha fuerza a Spencer, como si no lo hubiera visto nunca.
—No llores, Rose. Las cosas volverán a ser como antes. Estarás segura de nuevo —pronunció para tranquilizarla. Por dentro, Spencer se desbordaba de emoción, pero intentaba no desarmarse. Abrazarla y llenarla de besos en la cabeza era lo único que podía hacer.
Desde la distancia, Harper observaba que recibían a Rose con gran emoción. Después de unos minutos, los vieron subir al carruaje y partieron. En ese momento, Silvester encendió otra vez la lámpara con una lata de yesca para acercarse al lugar del cual habían partido los parientes de la joven.
Los dos caminaron con cuidado entre la maleza. El ayuda de cámara cogió la bolsa de dinero y se la enseñó al duque.
—¿Qué hará con esto, excelencia?
—Nada. No es dinero que necesite. Tal vez se lo enviamos en secreto a milady en algún momento. No seré más rico o más pobre con eso.
—Se arrepentirá de dejar ir a milady, excelencia. Hacían una hermosa pareja. Ella sería una excelente duquesa.
—No es la forma de conseguir las cosas, Silvester. Ella quiso forzar un matrimonio conmigo. Juro por mi padre que la hubiera tenido en cuenta en un salón. ¿Qué es eso de saltar de un baúl como un saltamontes? Definitivamente, no es la manera de conquistar a un duque.
—Lo que evidencia es que unas personas la metieron ahí sin su consentimiento. ¿No ha pensado que tiene enemigos, excelencia?
—¿Ella o yo?
—Usted. Tal vez quisieron hacerle daño al colocarle una dama. Creyeron que no podría hacer otra cosa más que casarse. Puede tratarse de un caballero celoso de su éxito con las damas.
—¿Y milady no puede tener gente que la envidia y quisiera perjudicarla?
—¿Casándola con un duque? Eso no es perjudicar, piénselo.
—Tienes razón, tu mente es más ágil que la mía para las conspiraciones.
Mi enemigo secreto quedará muy decepcionado al darse cuenta de que sigo soltero y con muchos ánimos con continuar seduciendo damas.
Vámonos, Silvester, hay que prepararnos para recibir a mis amigos y a mi administrador.
No olvides repartir el dinero para que nadie hable de milady, no queremos que su reputación termine perdida.
Todavía no hay que cantar victoria. Juró acusarme si no conseguía un esposo.
Ellos retornaron al carruaje y regresaron a la residencia.
El duque tenía los ojos perdidos en la oscuridad de la noche.
Ya no existían motivos para desvelarse, ni razones para seducir a nadie.
La necesidad de emborrachar a una dama para hacerla dulce como los terrones de azúcar, se había terminado.
Fueron solo unos pocos días extenuantes entre encuentros y desencuentros y, además, un matrimonio que a fin de cuentas ninguno deseaba.
Ella lo olvidaría y él también. De esos días con el tiempo tal vez ni quedaran los recuerdos.
Cuando llegaron a la casa, los ojos del duque se dirigieron al pianoforte y recordó que había ayudado a Rose a entender lo que hacía mal. Por un segundo maldijo su casa, pues comenzaba a pensar en que cada rincón de la misma gritaría por la presencia de la dama.
Incluso al ir a su habitación representaba un desafío por esa noche, ya que miraba por el pasillo hacia la alcoba que le había provisto a la joven.
No quería caer en la tentación de ver algo ahí.
En los días que ella estuvo, no entró a ese lugar y en ese momento no debía hacerlo.
Se percibía patético extrañando la presencia de una desconocida.
—Esto es solo por un momento, Harper. Mañana todo será diferente —se dijo para impulsarse a entrar en su habitación para descansar. Era tarde y su hazaña requería de un buen descanso.
***
En el carruaje en el que iba Rose en compañía de sus cuñados estaba por llegar a su destino. Habían sido respetuosos con el hecho de no preguntar sobre lo que había ocurrido. Ya habría tiempo para responder a todo lo que ellos deseaban.
—Me he preocupado mucho por ti, Spencer —confesó Rose aún con lágrimas en los ojos cuando llegaron a la casa.
Los cuñados de ellos se retiraron a las habitaciones en las que se quedan a dormir, al día siguiente todos podrían regresar a sus casas.
—No hablemos de preocupación, Rose, pues yo casi me muero por ti. Cuando me dijeron que desapareciste, mi vista se nubló y solo recuerdo a un médico sobre mi pecho conversando con Victoria y la anfitriona de la velada musical. Caí en un abismo.
Esas palabras provocaban dolor y culpa en ella.
—No debí salir al jardín... —lamentó entre lágrimas aferrándose al pecho de su hermano.
—Ve a tu habitación a descansar, mañana hablaremos de todo lo que ha pasado. Si solo deseas contármelo a mí o también a los demás.
—No quiero dormir sola. ¿Puedo dormir contigo y con Victoria? Han dejado dormir con ustedes a Meredith una vez a mi edad.
—¿De qué tienes miedo?
—De que te mueras mientras estoy lejos...
—Considero que no me voy a morir. No soy tan afortunado. Todavía falta Eugenia para pagar todas mis culpas. ¿Sabes que si duermes en mi habitación acrecentarás la molestia de ella?
—No puede ser tan egoísta. Si ella te amara tanto como yo, ya hubiera aprovechado para acercarse a ti en mi ausencia, pero Eugenia prefiere decir que soy el problema.
—Cámbiate y ve a la habitación, a Victoria le gustará tenerte ahí y yo descansaré sin escuchar que soy un irresponsable que no cuido mi salud. No tengo la culpa de que mi salud se base en mis hermanas.
Rose le entregó una sonrisa a su hermano y fue hacia su habitación para cambiarse. Detrás de ella oyó que alguien se acercaba corriendo. Esa persona era Helen que le abrió la puerta con premura.
—¡Ha vuelto, milady! —expresó con felicidad.
—Sí, Helen... —Rose entró a la habitación y miró que todo estaba oscuro; sin embargo, la doncella encendió las lámparas para iluminar el lugar.
—¿Quiere que la cambie y acomode la cama para usted?
—Solo necesito que me ayudes a cambiarme, dormiré con Spencer y Victoria.
—¿No está muy grande para dormir con su hermano?
—El temor no conoce de edades. Al menos esta noche quiero estar a su lado.
—Sí, milady...
Helen quería preguntar lo que había ocurrido, pero sabía que debía esperar o mejor escuchar detrás de las puertas para enterarse con lujo de detalles. Acondicionó a la joven y después se retiró en silencio.
Con una lámpara en la mano, ella caminó hacia la habitación de su hermano y ahí encontró a Victoria durmiendo y a su hermano recostado, mirando hacia la ventana.
Rose apagó el fuego de la lámpara y la dejó a un lado.
Después subió a la cama y se colocó entre la condesa y su esposo con la habilidad de una serpiente.
Victoria abrió los ojos y distinguió a otra mujer en su cama, pese a la oscuridad, la miró con detenimiento para saber de quién se trataba y reconoció que era Rose.
Cuando sus dos cuñadas eran más pequeñas solían dejarlas dormir con ellos, fingían asustarse por la noche para que no pudieran echarlas.
—Me alegra que volvieras, Rose —dijo Victoria que tocó el brazo de su cuñada.
—¿Puede quedarme aquí con ustedes por esta noche? —preguntó a Victoria.
—Por supuesto. Duerme bien, Rose, y no molestes a tu hermano, todavía sigue delicado por más que él no lo entienda —reprochó con una indirecta hacia su esposo.
Spencer, mientras tanto, volteaba sus ojos ante las palabras de Victoria. Sabía que lo estaba enjuiciando.
—No te preocupes, Victoria, los tres dormiremos aquí sin molestarnos.
Lady Nottingham asintió y dio vuelta su cabeza para mirar a otro lado, en tanto Rose y Spencer se acomodaron para mirarse de frente.
—Buenas noches, Spencer. —Rose cogió la mano de su hermano.
—Buenas noches, Rose... —Él apretó con cariño la extremidad de su hermana hasta quedarse dormidos.
Estar en esa posición les daba paz a los dos.
Rose no se permitió pensar en Harper, no tenía sentido recordarlo, lo mejor era centrarse en la salud de Spencer y en lo que sería su vida después de lo acontecido.
No descartaba volver a encontrar al duque, pues pesaba sobre él la terrible advertencia de que, si quedaba manchada, ella lo acusaría por su secuestro y sería perseguido por su familia hasta que cumpliera con desposarla, su odio por ella podría tragárselo, ya que no siempre el matrimonio y los sentimientos buenos o malos iban de la mano.
Para Rose era importante su futuro y también el de Eugenia.
Eran dos quienes podrían perder contra uno, solo que por lo general tenía las de ganar, pero ella no era una niñata tonta, podía pecar de caprichosa, aunque era muy inteligente cuando lo deseaba, y más si unía su mente con la de sus hermanas.
Al día siguiente al despertar, Rose estaba en medio de la cama, pero con cuatro grandes ojos, dos azules y dos verdes, mirándola como águilas. Eran Eugenia y el gato Clauss.
—Dilo de una vez, ¿lo has fraguado todo para tener a Spencer contigo, alimaña codiciosa? —increpó Eugenia.
—Buen día, Eugenia. ¿De qué estás hablando? —replicó Rose que se levantó de la cama.
—De que manipulaste a toda la familia con un falso secuestro, ¡quién querría secuestrarte! Solo tú te amas tanto para semejante tontería —reprochó la menor, airosa.
—Dices tonterías, Eugenia. No preocuparía a la familia con eso. Jugaría a cualquier cosa, pero jamás con la salud de mi hermano.
—¡De nuestro hermano! ¡No es tuyo, no te pertenece! —gruñó enfadada.
—¿Por qué te comportas así?
—Porque estoy cansada de que todo el tiempo sea Rose, Rose y más Rose. Soy como la escoria a la que nadie quiere ni nota. Debiste quedarte con quién te fuiste.
—No me fui con nadie...
—Te fuiste con un caballero y eso lo sabes.