Capítulo 18
En Londres...
Todos esperaban una respuesta a lo que había enviado el duque. Spencer había decidido abandonar su alcoba que parecía absorber sus pocas energías y prefirió acompañar a su familia en la interminable espera y compartir la angustia que impedía sosegar sus corazones.
Lord Nottingham precedía la mesa sin su habitual sonrisa, buen humor y arbitraje ante el alboroto de su gran familia que incluía también a sus cuñados y sobrinos. La algarabía se había esfumado a causa de la desgracia que acaeció sobre ellos.
Después de la cena, pasaron al salón para sentarse y beber un poco de alcohol.
—Todavía debemos esperar, Spencer, ve a descansar —pidió Albert a su cuñado.
—No, me quedaré, me siento mejor aquí.
—Preocupas a tu esposa y pones en riesgo tu vida al preocuparte demasiado —mencionó Clifford.
—¿Piensan que no me preocupo de la misma manera en la cama? La diferencia es que con uno me preocupo acostado y con el otro sentado —replicó el conde de Nottingham.
—Lo decimos porque quizá la noche sea larga. Podríamos despertarte... —pronunció Foster.
—No. He decidido quedarme aquí. Que pase lo que tenga que pasar.
—Un digno Fane —resopló el duque—. ¿Lo ves, Kitty? Te dije que no hay forma de convencerlo. Morirá en su puesto de combate.
—Es porque Rose es su favorita. Si me hubieran secuestrado, él buscaría a los captores, pero para entregarles más dinero para que me sacaran de Inglaterra y, además, terminarían haciéndose amigos —masculló Eugenia.
—No digas tonterías, Eugenia. Spencer puede tener muchos defectos, pero uno de ellos no es abandonar a sus hermanas a su suerte. Puede ser cruel, despiadado, injusto, cascarrabias y castigador, mas jamás nos dejaría a nuestra suerte —alegó Kitty.
—Gracias por esa defensa tan férrea y convincente, Kitty —dijo Spencer con sarcasmo.
De repente, alguien golpeó la puerta y todos se miraron entre ellos. Esas debían ser noticias de Rose.
Dejaron que el ayuda de cámara del conde atendiera a quien había ido a la residencia. Esperaron con lo poco que les quedaba de paciencia. Vieron al sirviente que se acercaba con una carta. Sin dudarlo ni un minuto, Spencer se acercó a cogerla; sin embargo, Victoria se la arrebató.
—La leeré yo primero —avisó la condesa.
Aquel desacato a su autoridad podría colocar de mal humor a cualquier otro caballero, menos a Spencer, pues él entendía que Victoria estaba muy preocupada por su salud. Era una buena esposa.
Los demás la vieron comenzar a leer en silencio, después de un momento, le entregó la carta a Spencer para que la leyera. Ella se había asegurado de que esas líneas no tuvieran algo que pudiera ser mortal para su esposo.
Spencer miró a los demás miembros de la familia antes de empezar la lectura en voz alta.
Estimado Albert.
Han fijado como punto de encuentro las afueras de Londres por el oeste, a las diez de la noche del 29 de abril.
Ansío poder ver a mi amado hermano lo más pronto posible. Te pido que cumplas a cabalidad con el pedido de la persona que me mantiene aquí.
Rose.
—Es evidente que ha sido obligada a escribir estas líneas.
Conozco cuando ella desea hablar. Sus cartas duran lo mismo que un día con gran uso de papelería.
Oh, Dios, Rose debe estar aterrada, en un lugar oscuro, conviviendo con ratas en un húmedo sitio alejada de la tibia chimenea...
—habló Spencer que imaginaba el peor escenario para una dama.
—Lo importante es que la entrega será mañana. Ya tengo el dinero, no nos queda más que esperar —comentó el duque.
—Quiero que ella esté aquí. Solo necesito saber que no le han tocado ni uno de sus cabellos rubios. Su futuro me preocupará después que me pase el susto. A Eugenia le pondré lacayos armados...
—No necesito eso. Sé defenderme a la perfección. No soy una tierna e indefensa cría —replicó la menor.
—Aquí se cumplirán mis órdenes. Mi última hermana no será víctima de codiciosos e inescrupulosos delincuentes de poca monta.
—Si la secuestraba el duque que dijo lady Kirby, pensarías distinto.
No es lo mismo un duque que un secuestrador de poca monta.
El delito es el mismo, el criminal no. Los privilegios hacen que cualquier crimen pase de ser horrible a romántico —agregó Eugenia, que prefirió retirarse, ya que no estaba feliz al saber que su hermano moría de preocupación por Rose.
Ella juraba que su propia hermana se había secuestrado para ser más importante, aunque también admitía los celos que sentía por la exagerada atención hacia Rose.
—Si yo fuera ustedes, pensaría que Eugenia ha fraguado todo esto del rapto —dijo Fanny, pensativa—.
Todo tiene sentido. Nunca ha tolerado a Rose por ser la preferida, pero hay que admitir que es de mal gusto tener una hermana favorita y que las otras deban conformarse con poco.
Yo hubiera mandado secuestrar a Rose por envidia.
—Fanny, la envidia no es motivo suficiente para que alguien hiciera tanto daño de esta manera. Lo mejor es deshacerse de la favorita con un matrimonio. Considero que era la mejor manera de perpetrar este crimen —aseguró Clifford.
—Eugenia no es capaz de ser tan malvada con Rose.
Ellas son hermanas de sangre en su totalidad.
Rose me ha necesitado más que todas ustedes.
Siempre fueron más fuertes; sin embargo, ella me buscaba para recibir el afecto que le faltaba.
¿Por qué habría celos si yo podía darle a todas lo mismo?
La diferencia es la vulnerabilidad que Rose demostraba con su silencio, servilismo y obediencia.
En nuestra hermana hay un gran vacío que ni una buena educación ni cosas materiales podrían cubrir.
Quiere atención y afecto, es todo. Cada una actúa de manera distinta.
Eugenia es más independiente y no me deja ver si es o no indefensa.
Cuando deseas quererla, te aleja con alguna manipulación o con frivolidad.
No es una simple paloma que sufre, es más grande que eso.
Ve como debilidad ser vulnerable y amada.
¿Qué caballero podría casarse con Eugenia?
—Solo un demente y arriesgado caballero —respaldó el duque.
Lo que importaba en realidad era que Rose estaba cerca de regresar. Las ideas conspiradoras le causaban gracia a Spencer, por más que no lo demostraba por el mero pudor de que la situación no ameritaba la burla.
Agradecía la presencia de su familia que habían dejado a sus hijos en sus casas para acompañarlo en sus horas más oscuras. Al menos todo estaba cerca de solucionarse.
Durante la mañana y la tarde del día siguiente, todos los hombres de la familia habían estado inmersos en los preparativos para la entrega del dinero y la recuperación de Rose. Una vez que acordaron los pasos a seguir, subieron al carruaje para partir y esperar a que Rose apareciera sana y salva.
***
Ese día, Harper había amanecido sin tanto ánimo, sabía que era el último desayuno con Rose.
Después de ese día no volverían a verse, al menos no de la misma manera, tampoco conversarían y mucho menos se besarían.
Ese pensamiento lo había perturbado durante todo el día hasta el tiempo en que debían subir al coche para partir al punto de encuentro.
El silencio era un factor común entre ellos.
Un día antes de escribir la carta, Harper había logrado que la joven tomara el té con él y volvieran a interactuar sin insultarse.
Quien más buscaba el contacto era el mismo duque, ella parecía resguardarse de él, pero como siempre la acechaba, era una tarea casi imposible.
En ese instante solo se miraban sin decir nada.
Sabían que se acercaba el final. El traqueteo del carruaje les hacía avizorar aquello.
Por la mente de Rose pasaban muchas cosas, entre ellas felices y tristes. Estaba feliz porque regresaría con sus seres queridos, pero la tristeza se apoderaba de ella al darse cuenta de que el caballero con el que se encontraba ahí saldría de su vida.
Esos días que estuvo aislada en la casa del duque, aprendió a tratarlo.
Si bien es cierto que peleaban a diestra y siniestra, se divertía a su lado.
Él era especial sin importar lo petulante que pudiera llegar a ser, en eso se parecían mucho.
Ella no estaba acostumbrada a que las cosas no salieran como esperaba.
Spencer se encargaba de hacerla crecer entre algodones y que nada le ocurriera, o al menos que pudiera controlar todo lo que podía dañarla.
Ni su hermano ni la misma Rose habían previsto una situación tan descabellada.
—Me he divertido este tiempo que duró, milady —pronunció Harper cuando el carruaje que los llevaba se detuvo a una distancia prudente para que ambos caminaran hasta donde él dejaría a Rose.
—Ha sido terrible, pero coincido en algunos puntos. He conocido a alguien más caprichoso que yo. Mi familia lo consideraría un problema... pero nunca sabrán de su existencia.
—Como debe ser...
La portezuela se abrió y frente a ella se encontraba Silvester, esperando a que ambos bajaran para acompañarlos. El ayuda de cámara del duque estaba preparado para protegerlo en caso de que lo necesitara.
Ambos descendieron del carruaje y comenzaron a caminar. Rose llevaba puesto el mismo vestido con el que había desaparecido, aunque limpio.
El ayuda los seguía varios pasos por detrás para darle privacidad a los dos y que tuvieran una despedida digna.
Para Harper era difícil escoger una distancia prudente para dejarla. Solo tomó valor y se detuvo.
—Hasta aquí hemos llegado, milady. Le deseo el mayor de los éxitos en su vida. Le pediría que se acuerde de mí, pero la idea es hacer como si estos días nunca hubieran existido —declaró el duque.
Para la fortuna de Rose, Harper no podía notar que sus labios temblaban por la despedida. Se sentía acongojada y triste, por lo que extendió su mano en señal de despedida e hizo una reverencia.
—Adiós, excelencia. Sea feliz.
—Siga derecho, milady. Ahí está el punto de encuentro. —Harper también inclinó su cabeza para despedirla y apretó su mano con un suave apretón.
Cuando se soltaron, ella le dio la espalda e iba a comenzar su camino cuando Harper la cogió de la muñeca y la acercó a su cuerpo para después sentir los labios de él pegados a los de ella. Sin darse cuenta, Rose se aferró a su pecho y lo besó como si la vida se le fuera en ello.
El criado solo podía desviar su mirada. Él era el único que opinaba que esa separación era absurda.
El duque había encontrado a la mujer de su vida, pero no se daba cuenta.
Estaba cegado por la forma en que se habían conocido y no alcanzaba a notar su impulso por estar cerca de la joven, que plenamente le correspondía en atenciones.
No importaba cómo ocurrieron las cosas, el sentimiento era algo que tal vez los perseguiría para siempre y era muy probable que terminaran con amargura por haberse soltado en ese día.
Al cortar el beso, Rose miró por última vez al duque y siguió su camino, convertida en un mar de lágrimas.
¿Para qué la había besado otra vez? Quizá para torturarla o lastimarla.
Era incomprensible su crueldad, pues ya lo poco que podía existir entre ellos se había desvanecido.
Ella era una tonta al sentirse vacía y triste por la despedida y al saberse lastimada por el último beso.
Se odiaría toda la vida si estaba enamorada de alguien que la rechazó después de haberla secuestrado, o tal vez solo quiso jugar con ella.
Jamás sabría la verdad, lo único que entendía era que le llevaría meses digerir lo que había pasado en su vida.
En su mente recordaría que un duque fue el primer caballero que la besó sin compromiso alguno.
Escoger a un esposo era probable que le resultara extenuante y también que las comparaciones llovieran en ese ínterin.
Harper la vio irse y después caminó hacia otro lugar para observar escondido entre la maleza.
—¿Está seguro de que esto es lo que quiere, excelencia? —preguntó su sirviente al notarlo silencioso.
—Por supuesto. Lady Rose Fane debe regresar con su familia y hacer su vida y sobre todo, aprender que no todos sus caprichos se cumplirán. Creyó que me pescaría, pero no contaba con mi astucia.