Familia Fane Capítulo 17
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Capítulo 17

Silvester fue al comedor al escuchar que varios objetos de vidrio se rompían. Al llegar al sitio, encontró al duque mirando hacia la salida del comedor.

—¿Todo bien, excelencia?

—¿Crees que todo está bien? Una tromba furiosa se apoderó de la joven de vestido marfil. ¿Qué clase de demonio tendrá dentro?

—¿Qué le ha dicho? Oh, la fina copa que era de su abuela —lamentó el criado.

—Solo ha sido la carta de uno de sus cuñados, informando que lord Nottingham está enfermo.

—Qué pena por milady. ¿Cómo solucionará este problema?

—No tengo idea, ella se ha ido después de arrojarme lo que ha encontrado como si yo fuera el culpable de las enfermedades de todos.

—Debe querer regresar a su casa. Eso complicaría las cosas para usted. Sabe que de aquí es muy probable que incluso llegue a pie en unos días a Londres. Ahí lo acusará y tendrá que casarse con ella.

—Es un demonio. Nadie se casará con ella ni si es la última mujer de Inglaterra. Si en algún momento de debilidad, nublado por su belleza, consideré casarme, en este instante eso se ha desvanecido.

—No importa si se casará o no con ella. Ha empeñado su palabra para devolverla a su casa. Si por algún accidente milady se pierde en su travesía, usted es el culpable. Un caballero siempre es culpable de las desgracias que le acontecen a una dama.

—Silvester, pareces mi maldita conciencia. Iré a por ella. Espero que no fuera tan lejos, camina muy rápido.

Harper salió de la residencia y miró a su alrededor. Ella no estaba por ningún lugar y eso significaba que iba con prisa y furiosa. La furia hacía que cualquiera caminara más de lo que podía.

Entonces, al no verla, fue a las caballerizas.

—¿Alguien vio a milady? —interpeló a sus mozos de cuadra.

—Yo, excelencia. Ella ha partido en aquella dirección. —El sirviente señaló hacia la dirección contraria a donde ellos se encontraban.

—Ensíllenme un caballo —ordenó.

Debía detener a Rose no solo porque pudiera perjudicarlo, sino también perjudicarse. Existían alimañas entre la maleza de campo. Ella iba con un sencillo vestido que no sería capaz de protegerla de nada.

Una vez que subió al lomo de su caballo, partió sin dilación en dirección a donde le había dicho el mozo. Cabalgaba con premura buscando de lado a lado hasta que de lejos la vio caminando con un poco menos de ímpetu que cuando salió de la casa. Debía ser a causa del cansancio que la cogió de paso.

Al llegar cerca de la joven, ella hizo como si Harper no estuviera ahí.

—¿Qué se supone que está haciendo, milady? —interpeló Harper.

—Voy a ver a mi hermano. Me importan poco sus planes por salir impoluto de este asunto en el que me ha metido.

—No, mi querida lady, usted me ha metido en esto y se queda para terminar la negociación.

—¿Y cómo hará que me quede? Oblígueme si puede hacerlo. Le aseguro que le será más fácil cazar una liebre con los dientes que tratar de convencer a una Fane de algo que no le parece racional. Mi hermano está enfermo, quizá moribundo por mi culpa...

—Eso lo hubiera pensado antes de creerse una cazadora experimentada. Debió escoger mejor entre sus opciones, tal vez mi amigo, lord Walton o lord Bentley. Ellos hubieran sido más adecuados para usted. Son simples, cortos de palabras y deseosos por casarse.

—Me hubiera encantado conocerlos, pero ni siquiera sabía quién era usted. Maldigo la hora en que se cruzó en mi camino.

—Lo mismo digo. ¿Quién quiere a una joven tan casquivana y caprichosa?

—Le diré algo. Mi hermano me adora, mi familia me quiere, y usted me necesita para que nadie sepa de sus maldades.

—No quiero que diga mentiras que me involucren. No la necesito, usted es quien necesita un esposo con desesperación.

—Lo que necesito con desesperación es regresar a mi casa...

Rose se detuvo por el cansancio en las piernas, después comenzó a llorar.

No podía soportar la idea de saber que Spencer podría morir a causa de un disgusto producido por ella.

Ni la propia Rose ni su familia podrían perdonarla alguna vez.

No quería dejar huérfano a su sobrino y viuda a Victoria.

No sabía qué hacer, estaba perdida y desorientada.

El duque detuvo a su caballo y descendió para acompañar a la joven.

No era alguien que acostumbraba a consolar a nadie, pero con Rose algo pasaba.

Estar con ella significaba pelear, estar en su compañía no era sinónimo de soledad.

Amaba la soledad, pero algo raro ocurrió cuando ella entró a su vida de manera abrupta.

Colocó su mano en el hombro de la dama y se puso a su misma altura.

—No se morirá. No decaiga en este momento, estamos cerca de que todo salga bien. Piense en que estamos negociando. Solo nos queda poner el día...

—Quiero que sea hoy...

—Será mañana. Hoy enviaremos la respuesta. Necesito que la escriba para darle marcha a lo acordado. Mientras más rápido lo hagamos, cumpliremos con nuestro cometido. Usted estará con su hermano y yo me libraré de una responsabilidad que no me corresponde.

De nuevo, Rose se había dado cuenta de que dependía del duque para salir de ahí, que a pie no llegaría a ningún lugar. No le quedaba de otra más que regresar con él.

—No lo soporto, pero quiero irme a mi casa —confesó.

—Lo sé, lo noté anoche que me dejó abandonado.

Ella dejó de lado sus lágrimas para mirar con reproche al duque. Sin embargo, sus miradas se cruzaban y cuando ese instante llegaba, los reclamos terminaban olvidándose. Los ojos grises de Harper eran capaces de manipularla.

Lo mismo ocurría con Harper. Las impertinencias y las groserías quedaban de lado al observarse mutuamente.

Sus ojos hablaban más de lo que sus labios podían decir, además de confesar cosas que no saldrían de sus boca, como era la terrible verdad que callaban: la atracción que los envolvía y amenazaba cada vez que se veían.

Sin darse cuenta, los dos acercaron sus labios para unirse. Se despreciaban de lengua para afuera, mas cuando se juntaban para reconocer ese «algo» que los dominaba, que los obligaba a doblegarse para alcanzar cierto grado de felicidad.

Pese a que había llorado, Rose había cedido ante la silenciosa invitación de Harper para besarse.

Si se quedaba más tiempo en esa propiedad y al lado de ese hombre terminaría arruinada para siempre en todos los aspectos, y el más importante era que quizá no encontrara un esposo por desear a un sinvergüenza como él.

En lugar de consolarla con palabras, Harper se sentía perdido en el afán de sentirla o al menos creer que la consolaba de otra forma menos habitual.

Constantemente buscaba un acercamiento con ella sin importar lo que ocurriera.

La incitaba a abrir su boca para recibirlo y que pudieran disfrutar juntos del baile de lenguas, ese divertido juego de rechazo entre amantes silenciosos.

Ninguno de los dos daba rienda suelta a la locura total, solo que Harper perdía esa batalla a medida que Rose permanecía más tiempo en su casa.

Lo mejor era que se separaran, y eso era algo que terminaría ocurriendo muy pronto, pero no por eso podía desperdiciar el tiempo con ella.

Se abalanzó sobre Rose para besarla con más soltura hasta recostarla en la hierba.

Ahí no dudó en acariciar su cintura y pegarla un más a su cuerpo.

Ella solo cedía a su acercamiento sin decir nada, era como si de manera implícita lo aprobara.

Cuando ambos recuperaron el aliento, Harper se recostó junto a Rose. Los dos miraban al cielo echados en la hierba.

—Son sus últimos momentos a mi lado, no le cuesta ser amable, milady —dijo el duque.

—Lo único que quiere es aprovecharse de mí y de mi debilidad para sacar ventaja, pero lo ha conseguido.

—Estas horas son las últimas en las que podremos vernos. Mañana todo será distinto. ¿Por qué no jugar un poco?

—¿Y todavía lo pregunta?

—Su hermano no morirá, le pongo la firma donde guste. Lo único que quiere el duque de Salisbury es infundir temor en nosotros para que nos apresuremos...

—Sé que Albert no diría algo que no fuera cierto. Él es muy directo, por eso confío en su palabra. Regresemos a su casa para responder esa carta.

Él accedió al pedido de la joven y la ayudó a incorporarse del suelo para luego darle una mano para que subiera al lomo del caballo.

Luego subió tras ella y la cogió de la cintura para asegurarse de que no caería y también para aprovecharse de Rose un rato más.

Cualquier momento era válido para sacar partido.

—¿No quiere dar una vuelta por la propiedad? —indagó el duque cerca del oído de Rose.

A ella se le erizaron los vellos del cuerpo al sentir el contacto de los labios de él junto a su oreja izquierda. Su cuerpo se revolucionaba con cada contacto del indeseable duque de Alcost.

—No, pero me apetece que usted azuce al caballo para llegar más rápido.

—Sus deseos son órdenes, milady.

El joven duque hizo lo que ella le había solicitado. Los dos rompían el viento con una apresurada y divertida cabalgata en la que ambos se despeinaban y reían ante el fulgor de alegría que irradiaban.

Ese era uno de los instantes en las que todas las diferencias desaparecían y solo quedaban unos jóvenes que deseaban divertirse.

Al llegar a la residencia, las risas habían cambiado por expresiones más cautelosas. Cada uno de ellos recordó que la felicidad que vivían era algo tan efímero que no podía durar más que unos minutos.

—Acompáñeme al despacho, ahí pensaremos en la respuesta —pidió Harper, señalándole el camino para dejar pasar primero a Rose.

Caminaron por el pasillo hasta llegar a la puerta en dónde él la abrió para que pasar, también le indicó a ella con un gesto de la mano para que tomara asiento, mientras Harper se dirigía a coger una hoja de papel y el tintero para acercarlos a la joven.

—¿No le he dicho que le queda bien el vestido? Aunque no más que los pantalones —comentó el duque para conversar con ella a la vez que dejaba todo a su disposición.

—No me lo ha dicho. Prefirió reclamar que lo ignoré cuando en realidad el tiro le salió por la culata con el vino.

—Solo quería que fuera amable conmigo. Es la única mujer que me rechaza.

—Y usted también me rechaza, tengo derecho a devolver la cortesía, puesto que no obtendré ningún beneficio.

—Mi querida lady, tiene las atenciones de un duque, ¿eso no es una retribución suficiente?

—Prefiero un esposo... ¿Qué desea que escriba?

—Mmm... —rumió pensativo. Debía colocar una ubicación conocida en la que dejaría a lady Rose y retiraría la migaja de dinero que habían pedido.

Quería que pensaran que era un captor de poca monta, aunque muy astuto.

Si pedía demasiado, sospecharían que quizá fuera un noble, y eso podía apuntarle en algún momento, aunque quizá ya estuviera salpicado por su ausencia en coincidencia con su desaparición.

Las cartas y el dinero eran para despistar a todos—.

Comience saludando a sus parientes, no olvide parecer asustada.

—Lo sé...

—Pondrá que haremos el intercambio mañana por la noche a las afueras de Londres.

Yo la dejaré antes y la observaré de lejos para que no esté sola o le ocurra algo.

El dinero deben dejarlo primero y luego usted saldrá de la oscuridad, correrá hacia ellos y fin de esta corta pesadilla.

Uno de mis criados lo recogerá y será todo.

—¿Qué hará después de que me vaya?

—Volver a mi vida. Hablaré con mi administrador e invitaré a mis amigos otra vez. Por razones obvias les envié una nota para que no vinieran. Ellos debían estar aquí en estos momentos haciéndome compañía. ¿Usted qué hará?

—Esperar que mi hermano no se muera y que todavía alguien quiera casarse conmigo.

Tal vez no pueda hacerlo en Inglaterra y tenga que migrar a otras tierras para eso, quizá con algún francés, alemán o español.

Eso lo sabré cuando tenga una lectura precisa de la sociedad, aunque es probable que por vergüenza misma yo prefiera desaparecer para olvidar todo.