Familia Fane Capítulo 16
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Capítulo 16

La pregunta era básica y absurda, pues ella suponía que él deseaba encandilarla con su coqueteo.

Ya desde que estaba ahí con él suponía que la vida no sería fácil, pues pese al rechazo que demostraba hacia un compromiso obligado, se mantenía cerca de ella de cualquier manera, por más que lo insultara o denigrara.

Era un sinvergüenza de alcurnia y no podría cambiar eso, de cierta forma también a ella le gustaba que él fuera impertinente, eso le recordaba a su familia.

El duque no se daba cuenta de que encajaría a la perfección con los Fane, estaba hecho para ocupar un asiento en la larga mesa de Spencer, solo que no le apetecía.

Ella estaba dispuesta a un matrimonio con él, porque lo creía con lo necesario para que se enamorara, pero la realidad era que el caballero no estaba interesado en que ocurriera eso.

Hacía lo posible para no casarse, incluso había montado un plan para no responder ante sus actos.

¿Cómo podía siquiera pensar en casarse con alguien así?

Mientras que ella se debatía entre la razón y la atracción, Harper no perdía el tiempo para sentir más cerca a Rose. La percibía rendida ante sus atenciones. Era lo que esperaba un seductor como él, que la dama terminara cediendo ante ese algo que los juntaba.

Cuando Harper consideró que su nariz no le daba suficiente pasión, pasó a recorrer la piel de Rose con sus labios.

Notó que ella dio un respingo y un gemido que terminó convirtiéndolo en una mecha encendida.

Era lo único que necesitaba para perder la cordura.

Se colocó sobre ella y comenzó a devorarla sin detenerse, porque la joven tampoco se negaba a que continuara por el camino de la seducción.

Se perdía en el deseo de estar pegado a una dama.

Admitía que había extraviado su buen juicio desde que ella apareció en su vida.

¿Cómo una mujer podía ser tan encantadoramente caprichosa?

No debía hacer esto que llevaba a cabo, no era lo correcto, pero su instinto lo llevaba a cometer cualquier acto que se relacionara a estar cerca de ella.

No importaba que pronto terminaran separados, no volverían a encontrarse. Era el trato al que habían llegado.

—Milady, usted es tan seductora, tan bella y graciosa...

—recitó cerca del oído izquierdo de la joven—.

Ninguna dama me ha tenido tan entretenido ni me ha divertido tanto como estar en su presencia.

La vida nos impulsa a estar separados en el futuro, pero estos gratos momentos de acercamiento quedarán en el tiempo, como un secreto que sabremos los dos.

Oh, milady, desearía pedirle permiso para ir más allá, tal vez hacia unas caricias intrépidas y algo atrevidas.

Prometo hacerlas con respeto y responsabilidad. Mi deber es mantenerla intacta.

A la vez que profesaba esas palabras, su miembro más se endurecía y lo torturaba, ya que sabía que no podía hacer nada con una joven pura y virginal.

Harper notó que su acompañante no respondía a nada de lo que él decía, por lo que levantó un poco la cabeza de la piel de ella y la observó: lady Rose Fane se había quedado dormida.

Estaba indignado y tieso. ¿Cómo una mujer podía quedarse dormida en medio de un acercamiento como ese?

Después miró la botella de vino que estaba vacía y llegó a la conclusión de que esa era la razón.

Se alejó de la joven y la observó dormida en una posición poco ortodoxa en la que él la había dejado.

—Silvester —llamó a su sirviente que siempre estaba cerca.

El hombre se presentó al cabo de unos segundos.

—¿En qué puedo ayudarlo, excelencia? —preguntó. Miró hacia el sillón y ahí estaba la joven, dormida, con las piernas abiertas y el cuello doblado hacia el espaldero del asiento.

—Mírala. Es una falta de respeto que se quedara dormida mientras yo estaba conquistándola.

—No sé qué esperaba, excelencia. La botella de vino ha hecho su efecto en ella. Además, usted no debería estar intentando aprovecharse de la dama, recuerde que la entregará.

—Lo sé. ¿Aún no ha regresado el lacayo que enviamos a Londres?

—No, pero supongo que estará aquí por la mañana para darle una respuesta a lo que han enviado. ¿Quiere que suba a milady a su habitación?

—No, yo lo haré. Llévame una copa de brandi a la habitación, seguiré mi noche solo.

El duque de nuevo tenía a la joven en sus brazos, aunque esta vez la llevaba a su habitación.

De cierta manera era mejor que estuviera dormida, pues él había comenzado a hablar más de lo que debería.

Había cruzado el umbral de lo correcto y se había trasladado a lo incorrecto.

Si estaba consciente, quizá ella lo hubiera golpeado y humillado, aunque era lo que merecía por aprovecharse de una dama.

Estaba en su naturaleza ser un sinvergüenza.

Una vez que llegó a la habitación, la colocó sobre la cama y después la acomodó. Una doncella se encargaría de moverla mejor. La observó por unos minutos y luego se retiró a sus aposentos.

¿Extrañaría la presencia de una dama en su residencia? No sería de cualquiera, sería de ella. No, no podía pensar de esa manera. Debía reprimir esos pensamientos o no sería bueno para su supervivencia en el futuro.

Él siguió despierto por unas horas más hasta que le hizo compañía a Rose en el mundo de los sueños.

Por la mañana, Rose despertó y se dio cuenta de que estaba en la habitación que le asignaron en la casa del duque. Eso la alertó, pues no sabía cómo había llegado hasta ahí.

Sobre un biombo, vio un vestido sencillo que no le pertenecía, aunque suponía que se lo habían comprado para su estancia.

Ella trataba de recordar sobre la noche anterior.

A su mente regresaban las imágenes de Harper besándola en el cuello, en aquel momento Rose recordó que estaba muy relajada y que por eso debió quedarse dormida.

Le preocupaba que aquel sinvergüenza se hubiera aprovechado de ella al estar dormida. Lo creía capaz de cualquier cosa.

Un momento después de levantarse, una doncella entró para ayudarla a cambiarse.

—Buen día, milady. El duque está en el comedor, ¿lo alcanzará para el desayuno o prefiere que lo sirvan aquí? —pronunció la doncella.

—Buen día. Iré a desayunar en su compañía... Disculpe, anoche...

—Anoche la cambié de ropa y le coloqué el camisón, milady. Su excelencia la subió hasta aquí.

—Correcto. Muchas gracias.

—La ayudo a cambiarse...

Rose dejó que la mujer del servicio la vistiera. Ya ni vergüenza debía tener, pues ella le había visto todo para poder ponerle el camisón.

Al terminar de vestirse se dirigió a la planta baja y fue caminando sin apuro hacia el comedor. Ahí estaba el duque con lo que sería una carta en su mano derecha, en donde ella se sentaba para desayunar desde que se encontraba en esa propiedad.

—Buen día, excelencia... —saludó Rose—. Le agradezco que me llevara a mi habitación anoche.

—Buen día será para usted. ¿Cómo se puede ser tan irreverente para dejar en pleno fuego a un caballero?

Y no hablamos de cualquiera, soy un duque o quiere que se lo dibuje —masculló él todavía un poco ofendido por haber sido abandonado por su compañera—.

Debió resultarle aburrido estar en mi compañía y recibir mis atenciones.

El rostro de Rose se tiñó del conocido rojo vergüenza. ¿Estaba enloqueciendo o el duque le reclamaba algo como si tuviera derecho?

—Sé que es un duque, su título es impresionante. Seguido a esto, me sentí relajada y eso fue todo. Fue a causa del alcohol. Yo bebo solo dos copas y usted me dio más de las necesarias.

—Ha sido una situación humillante. Usted no sabe quién soy —reprochó.

—Un duque, lo ha dicho tiempo atrás. Damos vueltas en un círculo infinito de repeticiones, excelencia.

—No me refiero a eso. Usted no entiende que tengo una reputación de seductor. Creí que la estaba seduciendo, pero Morfeo se adelantó.

—Tal vez ha perdido su dote de seductor y le ha llegado la hora de casarse y ser un buen esposo, aunque tampoco tiene el talento para estar casado.

—¿Por qué no tengo talento para estar casado? —increpó escandalizado.

—Sí, pero no discutiremos eso porque es evidente. Ni siquiera me ha ofrecido asiento. ¿Puedo sentarme?

Él había olvidado su buena educación. Se levantó de su silla para ayudarla a sentarse.

—¿Ve por qué no discuto? Tengo la razón. Le queda alta la vara para ser esposo. ¿Qué es este papel?

—Después de insultarme pretende que le responda y sea agradable con usted, pero seré educado. Estoy capacitado para ser esposo en cualquier momento, pero no de cualquier mujer, solo de la indicada —agregó malicioso.

La joven hizo un gesto de rechazo con sus labios y prefirió esperar que al duque se le terminaran los berrinches para que pudiera decirle de qué se trataba la carta.

—Esto es la respuesta a nuestra carta. En efecto, tenemos el sello lacrado del conde. Ahora debemos ver si asume que le falta una hermana...

—Es un grosero. Por supuesto que Spencer no me negará, soy su hermana favorita —masculló ofendida.

—Lo veremos al abrir el sobre y leerlo.

—¿Y a qué esperamos? No perdamos tiempo para que me devuelva. Mientras más tiempo pasemos juntos, lo más probable es que terminemos arrancándonos los ojos.

—Espero el desayuno. Prefiero comer tranquilo.

—Lo hará sabiendo si su plan ha resultado.

—No, lo he decidido, será después del desayuno.

Los sirvientes colocaron sobre la mesa todo lo que habían preparado para el desayuno y comenzaron a servir a los comensales.

Los ojos de Rose no dejaban de mirar la carta que tenía el sello de su casa. Quería saber qué pensaba Spencer y cómo encaraba la situación de su desaparición.

Al acabar el desayuno, Harper cogió la carta y rompió el sello. Había esperado ese momento por un par de horas. Quería ser transparente con lo que ocurriría con Rose.

—Lo leeré.

Estimada Rose.

En estas primeras líneas aprovecho para informarte e informar a tus captores que yo, el duque de Salisbury, encabezaré las negociaciones para tu liberación. Estamos dispuestos a pagar esa suma sin perjuicio alguno. Lo importante es recuperar a un miembro de nuestra familia.

Aguardamos fecha y hora para el encuentro e intercambio. Rogamos que sea a la brevedad debido a la delicada salud de lord Nottingham. Desea ver a su queridísima hermana en estos momentos en que no encuentra consuelo para su ausencia.

En espera de un retorno.

Atentamente.

El duque de Salisbury.

Cuando el duque dobló la carta, Rose se puso de pie con violencia. Cogió lo que encontraba a su paso para arrojárselo a Harper.

—¡Está demente! ¿Qué hace? —increpó Harper colocando ambas manos como escudo.

Ella no le dio ninguna explicación, alzó su falda y comenzó a correr ante la atónita mirada de Harper.

Mientras salía de la casa, su mirada se llenaba de lágrimas al saber que su hermano había enfermado por su culpa.

Ya sabía que él se preocupaba demasiado, aunque nunca creyó que su salud decaería tanto.

Se había dormido en los laureles en compañía del duque, a la par que Spencer luchaba por su supervivencia.

No podía continuar ahí viviendo de un sueño, disfrutando del juego de amor y odio con alguien que claramente no quería ni siquiera tenerla de vecina, salvo para que él se viera favorecido en algún aspecto.

Lamentaba lo que ocurría y se culpaba por no haber sido más cuidadosa con su propia seguridad.

La señorita Harting siempre había sido escueta al momento de hablar de los peligros del jardín y de las pasiones de los hombres por los lugares solitarios o poco concurridos para realizar sus fechorías, sin duda no se había equivocado.

Caminaba con prisa y sin rumbo, solo sabía lo que deseaba que era regresar a su casa junto a su familia.

Lo único que esperaba era encontrar el camino y no volver al duque.

Si ella estaba en esa situación era por su culpa, por no desear hacer las cosas como se debían.

Era probable que terminara sin hermano y sin esposo.