Familia Fane Capítulo 15
74%

Capítulo 15

Después de que cabalgaran y terminaran enfadados de nuevo, Harper y Rose tomaron caminos separados hasta llegar a la hora de la cena.

Como siempre, Harper fue el primero en presentarse al comedor. Estaba pensando en la cabalgata que había tenido junto a Rose, todavía recordaba su rostro cuando la hizo morder el polvo de la derrota.

—Buenas noches —gruñó Rose al entrar al comedor.

—Milady... —musitó al ser tomado desprevenido. Sus recursos lo habían llevado a divertirse por un segundo. Se levantó del asiento para ofrecerle su cortesía. Ella se sentó y no dirigió sus ojos a él.

—¿Todavía seguirá sin hablarme?

—Ha sido un completo desconsiderado, pero no puedo esperar nada de usted —acusó sin mirarlo. Como toda dama Fane, ella no lo miraría.

—¿Me llama desconsiderado por no dejarla ganar?

—¿Cree que es porque me ha ganado? No soy una malcriada.

—¿No? No me consta que esto que dice sea cierto. Si no es por eso, ¿por qué fue?

—Porque se ha aprovechado para manosearme al bajar del caballo después de humillarme con su victoria.

—Solo la ayudé a bajar del caballo. No puede ser tan estricta.

—Se aprovecha porque mi hermano no puede verlo. Además, ayudarme a bajar del caballo sería prestarme su mano, pero usted me bajó de la cintura, me colocó contra su cuerpo y rozó todo su ser con el mío.

El duque metió un dedo entre su pañuelo lazado, pues parecía que este le apretaba mucho a causa de lo que decía la joven. Él no admitiría que deseó aprovecharse de Rose. Buscaba un acercamiento sin descanso, pese a que ella intentaba alejarlo con su rebeldía y resentimiento.

—Solo quería abrigarla —argumentó.

—¿Abrigarme? Si no sentía frío.

—Me refiero a cobijarla. Noto que es muy apegada a su hermano y quizá, este tiempo lejos de él, le esté haciendo daño.

—La única persona que me hace daño es usted que se aprovecha de la situación de desventaja de una dama.

—¿No le atraigo ni un poco? Me considero muy guapo para que me rechace.

—¿Qué clase de incauta piensa que soy para responder eso y agrandar su ego? Conmigo no cuente.

—¡Ja! Usted tampoco es tan bella para atraerme con locura.

—Soy consciente de ello.

El sirviente del duque se acercó a colocar la cena sobre la gran mesa.

A él comenzaba a divertirle cómo los dos críos inmaduros jugaban a quien era mejor que el otro.

Sin embargo, Silvester presentía que algo saldría mal en el plan de Harper para deshacerse de la dama, y no se refería a un fallo en el pensamiento, sino más bien algo que no había previsto: la convivencia que los hacía conocerse.

Él nunca había visto a su patrón tan interesado en una mujer, por lo que no descartaba que era probable que le estuviera sirviendo la cena a la próxima duquesa.

El capricho de Rose por no hablar con Harper era muy grande, pues ella desconfiaba de que él quisiera engatusarla sin un compromiso aparente, ya que el matrimonio no era lo suyo y negaba haberla raptado.

No quería nada con ella, pero había querido besarla y también la manoseó.

No comprendía lo que pasaba por la mente de él, aunque tampoco entendía lo que ocurría con la suya, porque no podía ocultar que desde que lo había visto, sintió una atracción inmediata y un interés genuino por conquistarlo, además, era un duque.

Cumplía con todo lo que ella requería para casarse y ser feliz.

No obstante, el futuro era incierto. Si no resultaba la devolución, tenía dos opciones: ser solterona o acusarlo de mantenerla cautiva en una propiedad.

—He terminado, me retiro —avisó Rose levantándose de su asiento.

—No irá a ninguna parte, milady. Yo no he terminado y por eso sabe que no puede irse —dijo el duque para detenerla.

Ella se sentó, enfurruñada.

—Hablemos de algo. Puede desahogar sus frustraciones y su odio hacia mí, pero acompáñeme.

—Está bien. Estuve pensando en usted... —confesó Rose.

—Eso me interesa. Espero que pensara en mí de buena manera.

—Mejor tengo que decir que pensé en usted para mi beneficio.

—Oh, me interesa mucho más lo que tenga que decir.

—Pensaba en que no pienso quedarme soltera. Si las cosas salen mal, lo acusaré y lo perseguiré por todas partes. Tendrá pocas opciones para librarse. O tengo un esposo bueno o usted deberá sacrificarse.

—¡Lo sabía! Se muere por tenerme como esposo. ¿En verdad se enfada porque le doy atención?

—Atención que nadie le ha pedido. Soy una dama que no debe recibir atenciones de un caballero que no es su prometido, si quiere llenarme con su presencia, le sugiero que me proponga matrimonio.

—Tal vez si en cinco años no se casa...

—Debo casarme en esta temporada. No tendré una segunda y es todo. Me caso por mi cuenta, me consigue un esposo o usted se casa conmigo.

—Mi querida dama, no se preocupe tanto por el futuro. Es mejor vivir el presente. ¿Tomará vino en el salón? ¿Qué le parece si lee algo para mí? Tiene una voz hermosa.

La joven agachó la mirada, avergonzada al escuchar el halago del hombre.

No sabía qué decir. Una parte de ella quería mandarlo al demonio, pero la otra estaba al borde de arrojarse al abismo por ir a su lado a leerle un libro.

Pensaba en que debía ser consecuente, mas era muy difícil porque tenía sentimientos encontrados por el caballero en cuestión.

—Pediré vino en el salón. —Harper sabía que el que calla otorga. Ella había quedado en silencio absoluto después de lo que él había dicho, entonces debía aprovechar eso para que estuvieran a solas en un lugar más cómodo.

Él dejó su silla y extendió la mano para que pudieran partir juntos hacia el salón.

Al ver la mano de Harper, ella la cogió y se aventuró junto a él hacia donde la llevaba.

El criado que siempre estaba atento comenzó a seguirlos para tomar la orden del duque.

—Silvester, trae vino y mi libro favorito. Milady y yo disfrutaremos de una buena lectura.

El sirviente fue a cumplir la orden, mientras los dejaba solos.

—¿Y cómo se llama el libro? —preguntó Rose.

—No lo recuerdo, solo sé que es mi favorito. Tengo uno en cada propiedad por si se me antoja leer.

—¿No es mejor llevar un solo libro?

—Si tengo dinero para qué molestarme en mover uno y luego enfadarme por haberlo olvidado.

—Es un niño caprichoso. Es más sencillo que adiestre a su cerebro. Al final no es más que un adulto malcriado.

—Y usted una niña malcriada, pero divertida de vez en cuando. ¿Acaso no tiene mañas? Yo noto muchas.

—No tengo mañas, lo que tengo es temperamento. Casi todos somos iguales en la familia, aunque no nos llevamos tan bien, al menos mi hermana menor y yo.

—Debe ser bueno tener hermanos. Yo he estado solo toda mi vida.

—No se pierde nada. Lo que daría por ser hija única y no sentir responsabilidades como las de ahora.

—No crea que es bueno estar solo. Me hubiera gustado tener a alguien con quien pelear todos los días.

—Le cedo a mi familia, cada día es una batalla campal.

Los años han cambiado a todos, tres de mis hermanas están casadas y también mi hermano, soy la cuarta hermana y Eugenia la quinta.

A veces entiendo cómo se sentían ellas al pensar en que una mala decisión podría perjudicar a su siguiente hermana.

Yo no solo perjudiqué a Eugenia, también a mí.

Harper distinguió la mirada de culpabilidad en los ojos de la joven. Se sentía mal y culpable por lo que acontecía.

—No se preocupe que todo volverá a la normalidad, al menos una relativa. Quizá muchos se acerquen para saber si le gustó estar secuestrada.

—Esto ya no tiene nombre, pero espero que pronto pueda regresar a casa y dejar de lado la incertidumbre.

Un escenario fatalista no sale de mi cabeza y en ese caso sabe que lo hundiré conmigo.

Por la eternidad me culparán si mi última hermana no se casa.

Una soltera en la casa es una vergüenza, de dos ni hablemos, pero está sobre aviso.

—Comprendo las peripecias de una dama; sin embargo, la insto a no pensar en las cosas malas. Es mejor que piense en lo bueno.

—No he visto lo bueno.

—Lo verá en poco tiempo.

Las copas de vino comenzaron a correr entre ellos.

Rose hacía cortas pausas en la lectura para dar un trago largo a la bebida, mientras que Harper se encargaba de llenar la copa cada vez que se vaciaba.

Él esperaba que ella se distendiera por completo y lo dejara acercarse.

Todavía no se rendía. Ridículamente, trataba de conseguir su aprobación.

¿Desde cuándo estaba preocupado por algo semejante?

Culpaba a su excelente educación y tal vez a un poco de empatía, algo que no solía presentarse en él.

Su soberbia no lo dejaba ser empático todos los días.

Rose tenía algo especial y no solo se refería a su cuna noble, sino a que se sentía diferente al estar cerca de ella.

No la soportaba, aunque a la vez la miraba distinto, le atraía como mujer por más que no quería admitirlo.

Estaba al borde de humillarse con tal de tener sus atenciones.

Sabía que no era digno de un duque emborrachar a una dama con intenciones macabras como las suyas.

Deseaba que fuera una joven dócil y que se dejara llevar por lo que sentía.

Estaba seguro de que ella se encontraba deseosa por corresponder a lo que tenía para entregarle, mas después de cierto dicho suyo, todo se arruinó y este corto episodio de convivencia podría terminar con ambos en pésimas relaciones.

—Recuerdo una vez en la que tenía alrededor de nueve años y subí a un árbol, pero terminé colgada del pie, de cabeza y siendo picoteada por dos aves. Es que había visto un nido y quería curiosear... —contó Rose, a quien la bebida le comenzaba a causar estragos en su dicción.

—¿Y quién la cuidaba? Imagino cómo se habrán burlado. —Harper reía con cada historia que Rose le contaba. Sentía curiosidad por conocer a la familia que ella tenía.

—¿Cree que una sola institutriz es suficiente para cinco niñas? La señorita Harting es una mártir. Todavía no comprendo cómo aún sigue con nosotros... Miento, lo entiendo. Mi hermano le paga mucho...

—Pero le queda poco tiempo y según contó su hermano, no tiene hijas... El niño necesitará un preceptor.

Ante el descubrimiento que había hecho el duque, Rose comenzó a sentirse triste y no solo era por lo de la señorita Harting, sino también mucho se debía al vino. Comenzó a sollozar por la pena de pensar que no volvería a saber de su institutriz una vez que culminara su largo ciclo.

—¡No, no llore! —expresó el duque que se acercó para calmarla. No sabía qué hacer. Él no contaba con que el alcohol era de doble filo, podría otorgar tanta felicidad como una gran tristeza.

—La señorita Harting nos dejará y yo no creo poder soportarlo. ¿Qué haré sin sus buenos consejos que he ignorado toda mi infancia?

—Puede vivir de recuerdos, dicen que recordar es volver a vivir. No llore, ¿y si mejor hablamos de cosas felices?

Ella sorbió su nariz y se limpió las lágrimas con las mangas.

—¿Qué pueden ser cosas felices? —preguntó Rose, buscando calmarse.

—Nosotros, por ejemplo. Le he contado mucho de mí y también me ha contado de usted. ¿Todavía piensa que no le gusto?

—Prefiero morir mil veces antes que admitir que es atractivo, dejó de serlo cuando me ofendió.

Harper acercó su cuerpo al de ella, se colocó muy cerca de su rostro.

—¿Y qué quiere para excusar mi error? ¿No le basta con una sincera disculpa?

De nuevo el duque se aprovechaba de su posición de caballero poderoso para pasarse por las orejas las normas de convivencia.

Se había acercado tanto que lo tenía pegado a su cuello, recorriendo el lugar con la punta de la nariz, como si la olfateara. El aire caliente que salía de sus fosas nasales la estremecía. ¿Qué tenía pensado hacer el duque?