Familia Fane Capítulo 13
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Capítulo 13

Harper y ella conversaron referente a lo que debía decir la carta, después él solo observaba y escuchaba cuando Rose leía los párrafos que escribía para cerciorarse de que no dijera que el secuestrador tenía título y nombre, sería bochornoso.

Cuando el escrito se secara, verían a un lacayo que lo llevaría a Londres y de ahí buscarían a un desconocido para que hiciera la entrega de la misiva. Todo estaba fríamente calculado en la mente de Harper.

—Terminé. Léalo usted mismo por si tiene dudas de que pudiera colocar algo indebido que lo señalara como el perpetrador.

—En su mente soy el perpetrador, pero la realidad es que soy inocente y usted lo sabe, solo que quiere pasar por esta incómoda situación. Al menos se da cuenta de que no pudo obtener ventajas de mí. No soy fácil de cazar, soy superior en todo, hasta en inteligencia.

—Por supuesto. No lo he dudado ni un minuto, excelencia, si me disculpa, iré a practicar arquería...

Rose se salió de la habitación y fue hacia la recepción de la casa, en donde encontró al sirviente llevando algunas sábanas a la planta superior de la casa.

—Silvester... —lo llamó.

—Dígame, milady —replicó el sirviente que dejó lo que estaba haciendo para colocarse a su servicio.

—¿Podría indicarme cómo llegar hasta donde está el arco?

—Por supuesto, milady. Puede seguirme, no iremos lejos de la casa.

Ella fue junto a Silvester, mientras mantenían una conversación cordial y amigable. Él le enseñó el sitio para que ella se sintiera cómoda y tranquila. Nadie la molestaría ahí.

Lo que ambos ignoraban era que Harper había cambiado de ubicación en la casa.

Estaba mirando a la joven desde la biblioteca.

Él creía que su sirviente comenzaba a serle infiel con la joven, pero eso lo borró de su mente en un instante.

Silvester solo cumplía con sus funciones de una manera impecable, por eso trabajaba para él, lo consideraba lo mejor de la servidumbre.

Al ver que Silvester dejaba a la joven en el lugar, él comenzó a pensar que ella no podría dar en el blanco.

Suponía que Rose agrandaba sus habilidades después de lo que había dicho la noche anterior.

Era evidente que su formación musical era lo que se podría decir paupérrima y no dudaba que también otras dotes relacionadas con lo manual tampoco fueran hechas para ella. Se quedaría ahí a ver lo que hacía.

Un momento después, la puerta de la biblioteca se abrió y ahí estaba su sirviente.

—Creí verlo de reojo en la ventana espiando a milady —dijo Silvester.

—¿Para qué querría espiarla? ¡Bah! No me hagas reír, Silvester. ¿Desde cuándo eres tan íntimo con una visita?

—Que yo recuerde, ella no es una visita. Además, si las cosas salen mal, se convertirá en la duquesa de Alcost. ¿No cree que es bueno que cuide mi puesto?

—Una mujer que es incapaz de tocar el pianoforte no puede ser duquesa, ni aquí, ni en Francia. Esa deslenguada ni siquiera puede pertenecer a la aristocracia. No tiene un solo talento que indique que sea sobresaliente en algo.

—Es lo que usted supone, excelencia. Debería observarla para cerciorarse. Oh, ahora mismo está fijando su blanco.

—¿No hay ningún sirviente recorriendo la propiedad? No quiero que salga herido. Si tenemos suerte puede cazar algún faisán.

—Usted observe y juzgue después...

Los dos hombres se quedaron mirando con fijeza hacia donde se encontraba Rose. La mujer se puso en posición de disparar la flecha y, ¡dio en el punto exacto!

Harper había quedado de piedra al notar su habilidad. Con otra fecha, volvió a lanzarla junto a la otra.

—Si yo fuera usted, excelencia, no iría hacia esa parte de la propiedad —recomendó Silvester al distinguir que el duque tenía la quijada en el piso, tal vez estuviera sorprendido con la destreza de la joven, y más al darse cuenta de que era un poco peligrosa, alguien que era de armas tomar.

Quizá no fuera la más hábil con el entorno musical, pero en otras cosas debía admitir que se destacaba.

—No te diré que tenías razón, primero muerto antes que admitirlo —refunfuñó Harper.

—Como usted diga, excelencia. Ahora me retiro para continuar con mis labores. Estaré atento a cualquier disposición suya para salir al pueblo y comprar prendas para milady.

—Es cierto, necesita prendas o me dejará desnudo muy pronto. En el primer cajón de mi escritorio hay una bolsa de dinero, lleva la mitad y compra lo que creas necesario para su supervivencia por al menos tres o cuatro días más. Hoy debo enviar a un criado para que lleve la carta a Londres.

—Esperemos que todo salga como usted lo espera, excelencia. Me retiro.

El fiel sirviente salió de la biblioteca para cumplir con la orden de su patrón.

El duque se quedó mirando por la ventana cómo Rose lo hacía parecer un tonto con la arquería. Él no era tan talentoso en eso y no se debía con exactitud a una falta de capacidad, más bien era un problema ocular, de acuerdo a la distancia él podía leer o no.

Prefería quedarse a mirarla desde donde se encontraba, con lo ofendida que estaba, era probable que le diera un flechazo. En ese caso su sirviente tenía mucha razón.

La estuvo observando hasta que ella se cansó y tomó un descanso. Entonces, él aprovechó ese momento para llamar a un sirviente para que este llevara la carta a su próximo destino. Lo había indicado todo con cada detalle, no existía lugar para los errores.

Una vez que vio partir al criado, él salió de la casa y fue junto a Rose. No entendía por qué lo hacía, sentía la necesidad de molestarla o estar cerca para observarla. Eso no ayudaba a la idea de poner distancia entre ambos.

—¿Cómo le va con la arquería? —curioseó fingiendo que no la había visto.

—Puedo partir una libélula a la mitad. ¿Cómo cree que me va? —cuestionó la joven con suficiencia.

—Tal vez sean palabrerías para sentirse importante.

—Solo mire las flechas. Si tiene dudas podríamos colocarle una fruta en la cabeza para que la despejemos, ¿se anima?

—Prefiero ir a montar, ¿eso no le parece mejor? Le enseñaré mi propiedad, hasta podríamos jugar una carrera...

Rose se sentía tentada a aceptar una carrera, por supuesto que sí. Confiaba en sus habilidades y no le tenía miedo a nada.

—Estoy de acuerdo con la carrera —manifestó.

—Entonces hay que ir a las caballerizas, milady. Sígame, tengo novedades para usted.

Ella accedió y caminó junto a él con rumbo a donde se encontraban los caballos.

—¿Qué novedades pueden ser esas?

—Un lacayo ha partido a Londres con la carta que usted escribió.

—Eso significa que muy pronto estaré en casa de mi familia. Es un alivio —pronunció como si en realidad no sintiera alivio, felicidad o tristeza, todo le daba igual.

—Un alivio para los dos, cada uno continuará de largo, será como si nunca nos hubiéramos encontrado.

—Espero que tengamos el resultado esperado, excelencia, de no ser así, cabalgaremos juntos por demasiados años, más de los necesarios.

—No sea pesimista, le aseguro que no dejaremos ni una pista de lo ocurrido. Confíe en que soy inteligente.

—Oh, por supuesto, claro que confío en su inteligencia, aquella que hizo que usted me dijera su nombre sin pedírselo. Debió dejarme en medio del monte, todo sería más sencillo si lo hubiera hecho.

—Se está engañando. La oscuridad es peligrosa para cualquier dama, al parecer no aprendió nada de su secuestro.

—Por supuesto que sí. Aprendí que no debo estar sola en un jardín, porque mi vida se complicaría demasiado.

—Y la vida de otros inocentes también.

—Si usted todavía cree que es inocente, no soy nadie para pedirle que baje de su nube.

—No he conocido a una mujer tan casquivana y rencorosa como usted. En verdad me sorprende, milady.

—No diré lo que merece porque sería muy repetitiva con mis calificativos hacia usted.

Para Harper, esa joven era dura de roer. Cuando algo se le metía en la cabeza, nadie podía quitárselo. Su empecinamiento era tiránico, pero él no se quedaba atrás con ese mismo defecto. Estaban cabeza a cabeza, luchando por el primer lugar.

Los sirvientes colocaron dos caballos a disposición de Harper y Rose; sin embargo, ella prefirió dar la vuelta sobre sus talones al notar que estaría en clara desventaja contra el caballero.

—Oiga, ¿a dónde va? Acabamos de llegar. —Harper la detuvo, asombrado por lo que ella hacía.

—Me voy de aquí. Su idea de una carrera es un fiasco. ¿Por qué mi caballo tiene una silla de amazona?

—Porque es inapropiado que monte como un caballero.

—Cuando habla de esa forma siento que mi institutriz está aquí, dándome lecciones. Sé montar en una silla normal. Nunca me ha importado la opinión de nadie cuando se trata de una carrera.

—Por su seguridad...

—No hable de mi seguridad cuando le importa su comodidad. No hace falta dar más excusas. Usted es el duque de las excusas.

—Qué alguien cambie la silla para la dama —ordenó con firmeza. Su relación con Rose cada vez se deterioraba más, por eso debía ser cuidadoso. Si quería divertirse con ella por unos días, era importante cuidar algunos detalles.

Harper no entendía la razón por la cual él quería llevarse bien con Rose, siendo que era su primer detractor. Tal vez su grosería lo impulsaba a parecer más amable de lo que era. Definitivamente, tenía que ser por lo que había dicho la noche anterior con poco tacto.

Al ver que los sirvientes cambiaban la silla, Rose alzó el mentón con orgullo, demostrándole a Harper que ella siempre conseguía lo que deseaba de cualquier manera.

Cuando el caballo para ella tenía la silla de montar, Harper le ofreció ayudarla a subir con un gesto de cabeza y luego estiró su mano para que se apoyara en ella.

A Rose no le costó aceptar la cortesía, pero lo hacía con el firme ánimo de demostrarle con suficiencia que pese a todo lo que ocurría, ella estaba entera y que sin importar la ofensa que le hizo, seguiría con su forma de pensar y actuar.

Los ojos de Harper recorrieron la estilizada figura de Rose al subir sobre el caballo.

En verdad ella le resultaba demasiado bella.

Su belleza era superior a su mal genio, de eso estaba seguro.

Le encantaba verla con otras prendas distintas a las de una dama, aunque un vestido le dejaba ver más escote.

Todo le resultaba interesante, tanto marcar la figura, como el generoso busto.

—Primero me mostrará parte de la propiedad, supongo, y luego fijamos los límites para la carrera, ¿no es así? —indagó Rose, mientras iban en marcha.

—Usted ya casi es dueña de mi casa. Tiene más poder sobre mis sirvientes que yo mismo, y no está de más decir que escogerá mi itinerario.

—Puedo hacerlo si lo veo indeciso. Tengo una pregunta que comienza a dar vueltas en mi cabeza, excelencia.

—Haga la pregunta, no ocupa lugar responder sus dudas.

—¿Para qué vino hasta aquí? ¿Por qué tenía su baúl con prendas en su carruaje? —preguntó Rose. En verdad, esas preguntas habían surgido en su mente, como una manera de tratar de expresar de forma coherente lo que acontecía en su vida, pues nada tenía sentido.

—Vine a conversar con mi administrador, pero como usted está aquí, no he podido citarlo. No quiero que la vea y comience a murmurar. Ya sabe que el cotilleo es como una chispa, si ve pólvora comienza a correr. Es mejor que no estemos relacionados.

—Entonces vaya usted a verlo para resolver sus asuntos si son urgentes.

—No son tan urgentes. Ahora mismo lo que tengo en mente es devolverla sana y salva, tenga cuidado al hacer una carrera conmigo, porque si muere, no le enviaré el cadáver a su hermano, la enterraré por estos lugares.

—No sea miedoso, no me pasará nada —alegó Rose entre risas.

—Debería prometerlo o mejor jurarlo —bromeó el duque.

—Lléveme a ver sus tierras de una vez. Me encantan las carreras, competir es algo que da vida, excelencia, no perdamos más tiempo.

El duque le enseñó la propiedad por una hora. En ese ínterin conversaron con tranquilidad de algunas intimidades que habían dejado salir en un momento quizá de buena conexión. Entre ellos existía una tensión tanto explicable como inexplicable, en el que debían luchar contra sus caprichos.