Familia Fane Capítulo 12
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Capítulo 12

De nuevo, Rose se había arrojado al abismo de la estupidez.

No podía creer que su voluntad valiera lo mismo que un suspiro en la nuca.

El duque la convenció con algo por lo que ella no pensaba que alguien pudiera venderse.

Era una desvergonzada que no podía mantener su postura.

Eso no se lo había enseñado la señorita Harting, era probable que viniera en su sangre.

Por más que se detestaba por caer en los brazos de ese hombre, disfrutaba de ese acercamiento como pocas cosas en la vida, quizá fuera comparable a recibir un presente espectacular en su cumpleaños.

Se perdía en la satisfacción que le generaba el contacto por más inapropiado que fuera.

Ciertamente, el duque tenía razón y no debía decir nada.

Nadie tenía razones para saber qué hacía en sus ratos de secuestrada.

No podían sospechar que lo estaba pasando de maravilla.

Cuando los labios de ellos se separaron, Rose no sabía qué hacer, se sentía incómoda ante la mirada de ese sinvergüenza, ¿qué podía decir?

El silencio incómodo se convertía en parte de la vida de ellos dos cuando compartían el tiempo.

—¿No dijo que no me dejaría besarla? —cuestionó el hombre.

—No volverá a hacerlo. Le pido que mantenga distancia o que sujete sus demonios si no quiere tener problemas conmigo.

—¿Más problemas de los que ya me ha dado? Dudo que alguien pueda ser tan problemática como usted.

—No diga eso, no sabe de lo que habla —alegó con sarcasmo. Después, Rose abandonó el banco del pianoforte y quiso emprender su camino a la habitación.

—¿Se va y no me dirá buenas noches?

—Qué tenga buena noche. No soy su niñera para cantarle.

La joven se retiró con presteza, mientras que Harper festejaba haber aprovechado la debilidad de Rose.

Él también dejó el pianoforte y fue a servirse más brandi.

Se sentía satisfecho por haber conseguido algo más.

Su tiempo debía aprovecharlo de alguna manera y la mejor forma era hacerlo con la dama que tenía en su casa y que estaría por poco tiempo, solo sería un juego corto y no se volverían a ver.

Quizá pronto supiera que estaba destinada a casarse con algún buen partido.

—¿Milady se fue a dormir? —preguntó Silvester que fue para indagar por si algo se le ofrecía a los dos.

—Sé que sabes que ella se ha ido.

—Entonces le diré a la doncella que la prepare para dormir. ¿Le ha dicho lo que tiene pensado hacer?

—Sí, y lo ha aceptado de buen grado. Es colaborativa.

—Debería portarse bien, excelencia. No querrá arrepentirse de dejar ir a una buena candidata a esposa.

—¿Piensas que alguien que no sabe ejecutar el pianoforte puede ser una buena esposa para cualquiera? Ella solo podría ser un juego.

Rose, que había regresado a buscar una copa más de vino, había oído lo que el duque y su sirviente conversaban. Hizo un ruido fuerte con su zapato para que supieran que los había escuchado.

—Lo sé, excelencia, no hace falta que se lo cuente a todo el mundo. Mañana temprano quiero concluir este asunto —espetó con excesiva seriedad.

—Milady... —Harper quiso hablar, pero mejor guardó silencio.

—Silvester, ¿me llevaría una copa de vino a la habitación? Se lo agradecería.

—Por supuesto, milady.

Ella volvió a retirarse y Harper maldijo por lo bajo. Por un desafortunado comentario, había perdido cualquier avance con ella.

—Con permiso, excelencia. Le llevaré a milady su copa de vino.

—Todo esto es por tu culpa, Silvester —acusó el duque.

—Usted responde con cosas machistas. Eso no es culpa de su sirviente, excelencia.

—Tienes razón, pero qué mujer más metiche y ebria —farfulló, molesto consigo mismo. Por el momento estaba más abajo que nunca, aunque lo bueno del fondo era que solo podía ir hacia arriba.

Silvester sirvió la copa y fue caminando por el pasillo en el que se encontraba la habitación que le habían designado a Rose.

Al entrar, la encontró de pie junto a la ventana.

—Aquí le traigo su copa, milady —comunicó el sirviente que se acercó a ella para entregársela.

—Puede retirarse, Silvester —murmuró al coger la copa.

—Disculpe a su excelencia, milady. Todavía le gusta presumir algunas cosas.

—¿Cree que es correcto presumir la ignorancia ajena? Si antes estaba decepcionada con él, ahora estoy peor y no sé qué viene después de una decepción.

—Trate de sobrellevar la situación con amabilidad, milady. Todo saldrá bien. ¿Le apetece alguna actividad mañana? ¿En qué se destaca?

—En montar y la arquería.

—Qué coincidencia, tenemos cosas para arquería en esta propiedad. Mañana le prepararé un escenario en el lugar en el que solía practicar el padre del duque.

—Le agradezco su buena predisposición para hacerme sentir mejor y para defender al duque. Es muy fiel a él.

—Estoy para servirle cuando lo necesite. No dude en pedirme algo. Le enviaré una doncella para que la ayude a colocarse el camisón.

—Gracias, Silvester.

Él le hizo una reverencia y luego se retiró.

A Rose se le habían pasado las ganas de beber un poco de vino, se sentía incómoda después de saber lo que el duque en realidad pensaba.

Había maquillado la situación anterior para quitar una ventaja y lograr un acercamiento que claramente le favorecía solo a él, pues ante sus ojos ella era igual de inútil que cuando estaba en su casa.

Se sentía frustrada por todo. Otra vez la tristeza y la desesperación se hicieron presentes en ella.

Quería regresar a la tranquilidad de su hogar y poder olvidar este episodio de su vida en el que estaba alejada de su familia.

El duque no era digno de ser recordado, ni siquiera de estar en su vida, por más que le pareciera atractivo, lo físico era algo muy distinto a lo intelectual y mucho más al corazón de una persona.

Él no servía para ella, no eran el uno para el otro y le había quedado claro.

Quizá el destino los había cruzado; sin embargo, eso no significaba que estarían juntos.

***

A la mañana siguiente, el duque se encontraba en el comedor para desayunar. Todavía esperaba a lo que él denominaba su invitada obligada. Esperaba que no estuviera tan molesta como la noche anterior. Su relación había dado un duro revés por algo absurdo, que debía admitir que fue inapropiado.

Después de unos minutos, ella se presentó con otras de las prendas del duque.

—Su sirviente me dio estas prendas. Mi vestido no se ha secado —justificó apenas él la vio. Sabía que estaba compartiendo prendas masculinas.

—Buen día, milady. ¿Cómo amaneció? —preguntó levantándose para mostrar su caballerosidad.

—Con mucho ánimo de irme...

—Milady, disculpe por mi expresión desafortunada.

—No hay nada que disculpar. Es lo que piensa, pero por hábitos sociales se pide callar la realidad de los pensamientos. Además, no ha dicho nada que otras personas no me dijeran. Mis pocas habilidades son de conocimiento nacional.

—Está exagerando, milady. Lamento mis palabras. Espero que me perdone.

—Tal vez no quiera perdonarlo, pero como perdono a mis familiares podría hacerlo con usted, solo que no será sin una contraprestación.

—Supongo que no pedirá nada excepcional para otorgar su perdón...

—No.

—La escucho...

—Quiero que se mantenga lejos de mí lo que quede de mi triste estancia aquí.

—Es demasiado rencorosa.

—Y usted un canalla, patán y sinvergüenza. Valga decir que es inescrupuloso, nefasto y poco educado.

Harper alzó las manos en señal de rendición. Por supuesto que no le ganaría a una mujer ofendida. Sería un tonto si creyera que saldría bien librado de algo semejante.

—No quiero discutir. Por haber dicho algo imperdonable, no le devolveré los insultos. Soy un duque, me debo a los buenos modales.

—¿Ayer no era el duque? Disculpe que lo confundí con un tabernero —masculló.

—Milady, ya le he pedido perdón, si no quiere perdonarme, lo acepto, pero está siendo cruel.

—¿Cruel? Le falta conocerme más.

—Buen día, milady. Tengo listo lo que me pidió ayer —dijo Silvester que comenzó a servirles a ambos en compañía de otra criada.

El duque tenía las orejas bien paradas como liebre en la pradera. ¿Qué le había pedido esa mujer a su ayuda de cámara? ¿Y por qué él la consentía tanto?

—Muchas gracias, Silvester —musitó Rose.

—¿Se puede saber qué tienes preparado para milady y que yo ignoro? —curioseó Harper.

—Milady quiere practicar arquería, excelencia. He llevado lo necesario al lugar en el que su padre acostumbraba a hacerlo.

—¡Ja! Ahora resulta que a lord Nottingham le devolveré la hermana con alguna flecha en el pie.

Se lo prohíbo, milady. Usted no puede hacer actividades peligrosas siendo yo el responsable de su supervivencia —habló Harper con premura—.

El pianoforte es un hábito inofensivo, pero el arco y la flecha no lo son.

—En la arquería me destaco. Lo practico cuando voy a las propiedades rurales de mis hermanas.

Mi cuñado, el duque de Salisbury, nos ha ayudado con esas clases.

Además del esgrima y tiro con arma de fuego, algunas disciplinas no son femeninas, pero él ha considerado que, como damas indefensas, deberíamos poder defendernos en una situación poco favorecedora.

—Su cuñado ha alentado la locura y el peligro. ¿Qué clase de demente permite que una mujer use un arma?

—Los dementes que me consienten y a los que no quiero defraudar por nada del mundo. Merezco un poco de paz entre tanta incertidumbre y lo único que espero es que usted no aparezca por donde estaré porque resultará más peligroso para usted de lo que podría resultar para mí.

—Cuánta impertinencia. La han criado de una manera absurda y prepotente —manifestó el duque, ofendido, por las palabras de la joven.

—No soy menos educada de lo que puede ser usted.

Esta vez Rose había logrado poner al duque con los nervios de punta. Ella no estaba dispuesta a dejarse pisotear, no después de que anoche, no solo la humilló, primeramente, la sedujo con palabrería y extrañas sensaciones que le producían sus artimañas.

Él se quedó en silencio después de que le sirvieran el desayuno, al igual que Rose. Cuando los criados se retiraron, Harper ni siquiera amagó un acercamiento. Esa joven podía matarlo de un disgusto. No importaba lo hermosa que pudiera ser, había llegado la hora de deshacerse de ella.

Cuando él acabó su desayuno, se levantó del asiento y miró a la joven.

—La esperaré en mi despacho, hay que escribir una carta. Si quiere irse de aquí es mejor que lo haga rápido.

—Lamento no tomar la delantera, pero desconozco la ubicación de su despacho o yo sería la primera en estar con tal de librarme de usted.

Harper maldijo en voz baja y se retiró. Esa mujer sabía cómo hacer enfadar a cualquier persona que no contara con una paciencia excepcional. Una vez más se convencía de que la mejor decisión era deshacerse de ella. Casarse no era una opción, al menos no con una tirana.

Ella lo siguió al poco tiempo. Lo estaba descalabrando con pequeñas cosas.

Si a su hermano y a sus cuñados podía sacarles canas, ¿qué no podría hacer con alguien que la despreciaba?

Le robaría hasta el aliento por la desesperación que le provocaría su presencia si él no la respetaba como debería.

La idea de lanzarle una flecha al corazón se hacía cada vez más atractiva en caso de que el tiempo que pasarían juntos fuera mayor.

En su camino vio una puerta abierta. En el lugar había un escritorio sobrio, sin muchas cosas encima. Lo que al entrar resaltaba era que el duque estaba ahí, de pie, mirándola, a la vez que acomodaba la pluma y el tintero para que pusieran en marcha el plan.

—Pase y siéntese aquí —pidió para que empezaran de una vez.

La joven entró al recinto y se sentó en donde él le indicaba.

—¿Qué quiere que ponga en la carta, excelencia?

—Puede escribirle como guste a su hermano. Lo más resaltante que debe decir es que está muy asustada y que piden una cierta cantidad de dinero.

—Puedo decirle que mi captor está muy asustado por tenerme aquí, no le sorprendería, pero haré lo que dice por el bien de ambos.