Familia Fane Capítulo 11
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Capítulo 11

Ella estaba muy ofendida por las palabras del duque.

Él era un completo insensible, por lo que ella siguió bebiendo más vino, al igual que continuó con la conversación que tenían.

Aquel le hablaba sobre su buena vida, sus amistades, sus noches en las que se creía un completo seductor de damas.

Lo único que él podía seducir en esas condiciones era a una mujer sorda.

Era tan egocéntrico que seguir la conversación podría darle náuseas.

—¿Qué tal si me muestra sus habilidades en el pianoforte? —preguntó Harper.

—¿Para que siga burlándose de mí? No, muchas gracias. Prefiero retirarme a dormir.

—Usted es mi invitada y yo no tengo sueño. Soy superior dentro de la aristocracia, lo que significa que debe quedarse a mi lado hasta que me aburra, es más, soy su anfitrión.

—¿Quién le ha enseñado a invitar e interactuar con las damas? Puedo jurar que su preceptor no ha sido.

—Quiero escucharla, ¿hay algo de malo en eso?

—Sí, le he dicho que soy la peor intérprete del mundo.

—Dudo que sea la peor. Está exagerando, ¿y sabe por qué lo digo? Nadie se arriesgaría a tirar sus oportunidades por un precipicio para tocar en una noche si no estuviera confiada en sus habilidades. Se acobardó.

—Tal vez me acobardé. Había tantos caballeros que no quería desperdiciar la oportunidad de que alguien se fijara en mí. La idea era que me preguntaran qué había ocurrido y yo respondiera: tuve un accidente en el jardín.

—Es con exactitud lo que yo le hubiera preguntado, milady.

Harper no quería confesar que él estuvo esperando el momento ideal para abordarla y que ella no hubiera aparecido, ese sería su secreto por siempre.

—Entonces no estaba lejos de caer en mis garras.

Ahora que ya sabe mis verdades se me ha escapado.

Admito que siempre he deseado cazar a un duque, pero de buena manera, que me conociera, que compartiera momentos con mi familia para conocerlos mejor, que quisiera ganarse a Eugenia con un obsequio extravagante. Tenía una vida hecha sobre mis anhelos.

—Todavía hay muchos duques.

—La mayoría rondan la edad de lord Sharp. Quizá mi hermana, Kitty, fue la última en casarse con un duque relativamente joven.

—Vayamos al salón a continuar la conversación. Yo beberé brandi.

—Continuaré con su vino...

Los dos emprendieron camino hacia el salón principal. En un rincón estaba el pianoforte y Harper lo miró sugerente para que la joven entendiera lo que deseaba.

Silvester los esperaba en el salón. Él sabía que el duque acostumbraba a beber brandi después de la cena y jugar a las cartas o el ajedrez. Por lo general, siempre le servía como contrario.

—Sírveme brandi, Silvester —pidió Harper.

—Sí, excelencia. ¿Qué le sirvo a la dama?

—Un poco de vino —respondió antes de que lo hiciera el duque.

—Lo que ha dicho la dama, Silvester —refirió Harper.

El hombre del servicio sirvió una copa para cada uno y después observó que el duque le hacía un gesto para que se retirara y ellos quedaran solos.

—Entonces, ¿va a consentirme ejecutando el pianoforte?

—No tengo nada que perder. Así que, tápese los oídos o disfrutaré torturándolo.

La joven volvió a beber el vino con rapidez y después fue hacia el pianoforte con determinación, dándole al duque; sin querer, lo que él deseaba: verla.

El duque negó con la cabeza al apreciar su caminata.

Su impulso le decía que corriera a morderle algo del cuerpo, pero se volvería más loco y sus intentos por solucionar la situación de los dos se complicaría.

Debía controlarse y no dejar salir a su libertino interior.

Ella se colocó sobre el banco que estaba frente al pianoforte y giró la cabeza para mirarlo.

Él saltó de su asiento al escuchar que la joven masacraba al instrumento sin piedad. Se había pegado un susto de muerte.

Al escuchar la carcajada musical de Rose, él también comenzó a reír.

—Nunca me he divertido tanto en la vida. A mi familia ya no le sorprende ese truco —dijo ella entre risas.

—Es usted una criatura endemoniada. La malicia se encuentra en sus venas.

—Es solo diversión. No puede considerarme maliciosa por eso.

—Sí, lo entiendo, pero se juzga su intención.

—Solo probaba si estaba atento.

Aunque seguía riéndose, ella sabía que debía tocar, al menos hacer un esfuerzo para que las cosas salieran bien.

Cuando Harper escuchó los primeros acordes, supo que ella no mentía al decir que le costaba tocar el pianoforte.

Su ejecución era pesada y no suave. Sus dedos debían acariciar las teclas y no destrozarlas.

El tono lo llevaba bien, el problema era la forma.

Él era un buen oyente, por lo que encontrar el problema no había sido difícil.

Mientras ella tocaba como sabía, escuchó los pasos del duque, entonces dejó de tocar.

—Siga, milady, lo hace bien.

—No es cierto y lo sabe, aunque tiene más tacto y compasión que mi familia.

—Le mostraré cómo hacerlo... —Él se sentó junto a ella y colocó sus dedos en las teclas.

Los ojos de Rose se abrieron con gran sorpresa. No podía creer que un caballero ejecutara el pianoforte con tanta gracia.

—Lo que noté es que usted tortura al instrumento, mientras que lo que debería hacer es acariciarlo con delicadeza.

No crea que sé todo. Tuve una corta instrucción, pero muy válida.

No apriete las teclas como si fueran frutas, considere que es una tela fina que no quiere estropear.

Así será más cuidadosa y más precisa. Sus dedos son pesados y golpea al pianoforte sin consideración.

El de su casa ya debe necesitar un mantenimiento.

—Siempre hay alguien que lo hace. Somos cinco, el desgaste del instrumento es evidente.

—Acompáñeme en estos acordes —pidió para que ella siguiera sus pasos—. Hágalo con suavidad. Mis oídos sirven para medir la fuerza con la que salen las notas.

Rose lo hizo y, de manera increíble, pudo oírse de una forma distinta. Sonrió al darse cuenta de que la señorita Harting siempre tenía razón. Debía hacerlo suave, pero ella nunca prestó atención al concepto de suavidad de su institutriz, pero sí al duque.

Cuando creyó conveniente, él dejó que ella acabara la pieza. La notaba sonriente y confiada.

Al acabar, Rose lo miró y le sonrió. Ella era hermosa y talentosa al final de cuentas. Verla en ese estado, lo impulsaba a cometer una tontería: volver a besarla.

Estaban tan cerca el uno del otro, que de nuevo sus miradas se conectaron. Entre ellos comenzaba a formarse una fuerte atracción tanto física como emocional que ninguno de los dos querían admitir.

Rose comenzaba a sentir lo mismo que esa tarde cuando ambos se habían besado.

La anticipación por lo que podría ocurrir era demasiado para soportar.

Debía mantener distancia de ese caballero que no deseaba nada con ella.

No podía vivir pegando sus labios por deporte y menos con extraños.

Ella debía cuidar su reputación, si todo el tiempo dejaba que él hiciera lo que quería, las cosas serían difíciles.

Harper pensó que la tenía en sus manos, seducida con una mirada. Quería aprovecharse de la situación y volver a apoderarse de sus labios. Cuando él acercó su rostro para besarla, ella se movió un poco y el duque terminó por besarle la mejilla.

—No crea que me besará, excelencia. Mis labios quedarán reservados para mi esposo. Usted no quiere serlo, entonces no tiene derecho a besarme —alegó Rose.

—Sé que desea que la bese. Soy un caballero irresistible. Si no quiere que la bese, es usted quien se pierde de mi gracia —replicó Harper, que con reflexiones absurdas intentaba persuadirla.

—No pierdo nada. Ya sé cómo besa. No quiera tirar la piedra y esconder la mano. Usted ha hecho un pacto conmigo, uno en el que me rechaza abiertamente.

—Escuche, milady. Podríamos conversar sobre un trato ventajoso.

—Le encanta hacer tratos, excelencia.

—No me juzgue tan rápido. —Harper le mostró una de sus sonrisas más seductoras. Rose quería escapar y él no deseaba eso—. Nadie tiene que saber que nosotros nos besamos, ¿entiende?

—Lo que usted no entiende es que soy cotilla. Si me vuelve a besar, se lo contaré a mi hermano y ahí terminarán sus planes. Tendrá toda una vida para cansarse de mis besos.

—Nunca pensé que una dama fuera tan sincera y despiadada como usted. Para ser tan joven, está muy capacitada para agredir a los demás.

—Una cosa es que acepte solucionar lo que nos incumbe a su manera y otra es dejarme besar por alguien que me desprecia. —Ella le dio la espalda al duque. Los dos seguían sentados en el banco.

Harper alzó la ceja y quiso mascullar una maldición. Ella no podía escapar de él. Entonces, pensó en algo con prontitud. Colocó su mano en el antebrazo de la joven y comenzó a acariciarlo de manera sugerente.

Al percibir contacto, Rose sintió que la recorría un escalofrío. Era tan extraña la sensación que le llenaba el cuerpo cuando el duque la tocaba.

—¿Me despreciará sabiendo que nos besamos? Milady, nadie tiene que saber que usted y yo nos entendemos. Este puede ser nuestro pequeño secreto.

Esas palabras llegaron a los oídos de Rose como susurros que la conmovían.

Él respiraba en su oído, tan cerca de su nuca que la incitaba a abrir los labios, por lo que le hacía sentir con cada acercamiento.

Cerró sus ojos para seguir oyendo lo que él tenía que decir.

Estaba embobada y lánguida ante el acercamiento.

Después, al no oír nada más, solo fue capaz de reaccionar a los besos en su cuello con un respingo y dándole todo el acceso que el duque necesitaba para enloquecerla.

Esta vez era evidente que Harper tenía en sus garras a Rose.

Ella estaba encantada, disfrutando de las distintas sensaciones que su cuerpo le hacía conocer.

Al estar cerca de él, Rose comenzaba a entender lo que ocurría entre una dama y un caballero.

A eso se debía la insistencia de la señorita Harting para no estar a solas con ningún sinvergüenza que tuviera pantalones, porque siempre decía que ellos tenían muchas artimañas para engatusar, y que nunca cayera en los influjos de alguien que le hablara bonito, pero que no obrara de la misma manera.

Sin embargo, ella estaba en la cuerda floja, cayendo en los brazos de un seductor.

Cuando él sintió que la tenía donde quería, siguió besándola en el cuello.

Con eso la desarmaría hasta dejarla mansa como una oveja.

Una vez que ella cedió, dio un medio giro a la cabeza de la joven y se apoderó de sus labios por segunda vez en el día.

Volvió a dejarse llevar por lo incorrecto.

Ella tenía razón al colocar un muro entre ellos, pero Harper no lo soportaba.

Él era un conquistador y Rose una bella dama soltera, aunque debía admitir que era intocable por lo que había decidido hacer.

Podía aprovechar y tener una esposa con facilidad, mas eso no estaba en sus planes, quizá el matrimonio lo asustara o cómo se dieron las cosas.

Sabía que el matrimonio era algo inevitable, de lo que no podría huir por mucho tiempo, solo lo retrasaba hasta cuando él se sintiera listo.

Lo que le llamaba la atención era que pocas veces se había sentido tan atraído por alguien y más a una dama que apareció en su vida de una manera tan extraña y con la cual no pensaba permanecer más que esos días en que su plan se llevaba a cabo.

Ella respondía como sabía ante sus besos.

No esperaba que devorara su boca, era una joven en su primera temporada.

No la creía llena de experiencia, con suerte jugaba a encontrar un esposo de la forma incorrecta.

Cuando movía sus labios con la timidez de una debutante, se volvía más loco.

La inocencia era el recurso más atractivo en una mujer, al igual que la sensualidad.

De Rose le atraían esas dos cosas, había encontrado eso en una sola persona, ya que, por lo general, se acostumbraba a mujeres más experimentadas con otro tipo de conversación y con una madurez mayor que una niña de la edad de Rose.

Las jovencitas debutantes no eran lo suyo en términos de besos y otras cosas, ellas representaban frescura e inocencia, y todo eso lo encontraba en la hermana de un conde al que le escribirían para decirle que su hermana estaba secuestrada y que entregara el dinero para recuperarla sana y salva.