Familia Fane Capítulo 10
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Capítulo 10

Cuando el sirviente del duque entró a la habitación, ella se encontraba acostada en la cama, mirando hacia un punto fijo, llorando en silencio.

Rose pensaba en su familia, más en Spencer que en la propia Eugenia.

Él estaría tan decepcionado de ella que quizá hasta muriera.

Con el pasar de los años y con cada hermana que se casaba, lo notaba más cansado.

No lo culpaba, con hermanas tan intensas que no lo dejaban vivir su vida, todo resultaba más complicado.

Su hermano había depositado su confianza en ella y en ese momento y sin querer, la estaba defraudando.

La retenían en contra de su voluntad, la trataban de demente y para colmo de males, la besaban.

El trato que recibía era terrible para la posición social que ella ostentaba.

—Tome, milady. —Silvester le mostró un pañuelo para que limpiara sus lágrimas.

—Gracias —logró articular la joven.

—Le he traído su pedido y algo más para agasajarla. No se sienta mal, todo se solucionará. De hecho, su excelencia me ha dicho que ya ha pensado la forma en que los dos salgan beneficiados.

—Yo no creo en el duque. Solo dice patrañas para librarse de mí. Debí gustarle mucho anoche, pero cuando me conoció reconsideró su idea, y no lo culpo, soy una Fane. Solo hombres de valor son capaces de arriesgar su vida al lado de una dama de mi familia.

—Créame, milady, que yo considero que usted es la esposa ideal para el duque, pues de cierta manera lo ha cautivado.

—¿Usted cree eso? —curioseó a la vez que se limpiaba las lágrimas, dejando ver algunos vestigios de credulidad e inocencia.

—Sí, él nunca había compartido tanto tiempo con una mujer, y tampoco se ha preocupado por alguien más que sí mismo.

—¿Por qué será que no le creo? —preguntó Rose, sarcástica—. Lo que más se nota en él es su falta de empatía. Ni siquiera puedo decir que es un duque.

—Si lo desea, podemos ir a recorrer la galería después de que se canse de la lectura. Le mostraré el linaje familiar del duque.

—También en mi casa hay una amplia galería. Es grato ver los retratos en lugar de imaginarnos a las personas.

—Sí, milady. Disfrutará de un buen paseo por ese lugar. Ahora me retiro para que pueda disfrutar de su libro.

—Se lo agradezco.

—Puede llamarme Silvester, milady. Estoy para servirle.

Ella le sonrió al amable y agradable sirviente para despedirlo. Después se levantó y fue a un sillón que estaba junto a la ventana. Silvester había dejado la bandeja con las cosas en ese lugar.

Cogió el libro con el ánimo de leer; sin embargo, le echó un vistazo rápido.

No le apetecía nada. Se sentía extraña, con palpitaciones y agitada.

Detrás de todos esos síntomas estaban las preocupaciones, por eso se había desarmado antes de que llegara el sirviente.

La falta de certeza a su alrededor le desesperaba, pues durante su vida se había movido en un ambiente seguro y protegido.

La única vez que se sintió desorientada fue con la muerte de su padre.

Tenía siete años cuando ocurrió, pero Spencer había llenado ese espacio vacío que le había dejado su amado progenitor.

Ella buscaba ese mismo afecto y él se lo había dado.

La relación que construyó con él, ninguna de sus hermanas lo había logrado.

Para tratar de calmarse, corrió la cortina de la ventana y prefirió mirar el paisaje, a la vez que llevaba la taza de té a sus labios. En el horizonte solo veía dos cosas: mucho verde y nubes grises.

Las nubes no le parecían un buen presagio de nada.

Ella debía encontrar la forma de regresar a su casa y que su hermano le creyera cuando le contara lo ocurrido, aunque eso no le importaría, tanto él como sus cuñados recorrerán la tierra y el mar para hallar al duque.

En su pecho, tenía el presentimiento de que había encontrado a su esposo.

Por un lado, podía considerarse afortunada y por el otro, infortunada, pues él no pensaba en ella de la manera correcta, por más que Rose tuviera la razón sobre el asunto del secuestro. ¿Qué otra teoría podría existir?

Cuando oscureció y una doncella fue a comunicarle que la cena se serviría pronto, supo que el duque estaría junto a ella en la mesa. Sería un encuentro incómodo después de haberlo golpeado, mas no se arrepentía de tal acto.

Se arregló un poco para salir. Su camisa se había manchado cuando ese rufián se arrojó sobre ella para alcanzarla, pero era lo de menos, lo importante era hacerse respetar. Era una dama y nadie la humillaría.

Alzó la nariz practicando su pose cuando viera al duque.

Harper esperaba a la joven en el salón. Al verla bajar las escaleras se puso de pie para saludarla, aunque ella respondió y luego lo miró con ojos altivos y despectivos.

—¿Cómo está? —indagó al verla.

—¿Cómo cree que estoy si fui secuestrada por un rufián y libertino?

—Seré rufián y libertino, pero no un captor. Pasemos al comedor para conversar un poco.

—Usted es un charlatán. Ni siquiera en la feria de los gitanos son tan charlatanes.

—Durante toda la tarde estuve pensando en nuestra conveniencia, milady. Usted y yo solo podemos salir beneficiados de esta idea que se apoderó de mi mente.

—Déjeme decirle que son malas ideas. Es engreído, arrogante y petulante, un individuo no solo irreverente, sino también irresponsable e infantil.

—Válgame el infierno con todas sus palabras. Si debo creer en lo que dice, merezco arder en las llamas del averno. Casi me convence de que soy todo eso, pero después me comparo con usted y llego a la conclusión de que al menos no miento ni soy caprichoso e inmaduro.

—¿Qué insinúa?

—No estoy insinuando nada, lo estoy afirmando.

—Truhan —espetó y fue caminando sola hacia el comedor.

De nuevo, Harper se sentía afortunado al ser partícipe de la caminata de la dama. Adoraba ver ese cuerpo tan proporcionado y su rostro enfadado. Extrañaría mucho observarla cuando usara sus vestidos.

Ella llegó a la mesa y esperó de pie junto a la silla. Harper pasó de largo y corrió el asiento que él tomaría.

—Aparte de rufián, carece de la educación más básica. ¿En dónde lo instruyeron? ¿En una caballeriza? —expresó Rose, enfadada.

—Me ha tratado de tantas cosas que no siento la necesidad de ser caballeroso, pero como fui educado por los mejores preceptores y después en Eton... —Él movió la silla para que Rose se sentara.

Ella aceptó la cortesía y tomó asiento. Todavía tenía la petulancia vibrando en sus ojos azules.

Él tocó la campanilla para que sirvieran la cena. Una vez que los sirvientes dejaron listos los platillos, se retiraron dejándolos solos.

El silencio solo se rompía gracias al sonido del tintineo de los cubiertos. Harper miraba a Rose con interés, mientras que ella lo ignoraba deliberadamente.

—¿Puedo contarle en qué consiste mi plan, milady? —inquirió el caballero.

—Sí. Me divierte escuchar su charlatanería —replicó.

—No me ofenderé por llamarme charlatán. Lo medité muchas veces antes de comunicar esto. La única manera de salvarnos es decir que usted ha sido secuestrada y pedir dinero a cambio.

Rose comenzó a reír de manera casi histérica. Estaban en el mismo punto de inicio.

—¿Ese no era su objetivo en un principio?

—Sigue en lo mismo. Por supuesto que no. Mis finanzas son óptimas.

—Eso no me consta.

—Antes de volver a pelear mejor, escúcheme.

Lo que quiero decirle es que enviaremos una carta a su hermano, con su puño y letra, para decir que usted fue secuestrada por unas personas que desean una cantidad de guineas y que una vez que se pague el rescate, usted será liberada.

Con eso, tanto usted como yo saldríamos bien.

El dinero lo dejaré en la puerta de su casa una vez que esté con su familia.

No pienso quedarme con un solo chelín que no me pertenezca.

—Siempre se ha tratado del dinero. Solo que ahora que me conoce ha considerado la idea de no contraer matrimonio. Sus pensamientos sobre mí se han desvanecido.

—Solo le han servido una copa de vino y usted habla como si hubiera tomado todo un viñedo.

Nunca pretendí convertirla en mi esposa, de hecho, a nadie.

No es para ofenderla, solo quiero que aclaremos las cosas de una vez.

Usted jura no haberse metido en mi baúl y yo juro no haberla metido.

Lo único que nos une es una coincidencia desafortunada.

Ella estaba muy decepcionada de lo que le había tocado en la vida.

El duque en verdad quería deshacerse de su presencia, no le importaba nada más que su soltería.

Pese a que eso lastimaba el ánimo de Rose, no podía hacer más.

Obligar al hombre sería algo imposible, si la dichosa idea que él tenía salía bien, ella podría continuar su búsqueda de un esposo, aunque lamentaría que un duque no fuera su esposo, a lo mejor, si tenía suerte, sería condesa como dos de sus hermanas.

—Si esto nos beneficiará, pues hay que hacerlo. ¿Ya me podrá enviar a casa de mi hermano?

—Mmm... —sopesó pensativo—. Tal vez tardemos más. Recuerde que hay que enviar la carta y aguardar una respuesta.

—¿Cuánto tiempo?

—No puedo precisarlo. Quizá cinco días.

—Bien... Cinco días en los que continuaremos viéndonos la cara. ¿Prefiere que me quede encerrada en la habitación? No quisiera molestar con mi presencia.

—Que no se note que está resentida conmigo porque no voy a casarme con usted. Yo preferiría hacer alguna actividad en su compañía. No puede pasar todos los días encerrada en una habitación.

—Se nota que nunca lo han castigado. Mis hermanas y yo vivimos al menos la mitad de nuestras vidas castigadas en la habitación por ser cotillas y no respetar la privacidad ajena.

—Pero aquí no hace falta que se condene al ostracismo. Tratemos de ser amables, después de que termine este tiempo juntos ya no volveremos a vernos.

—Me parece lo mejor. Entonces mañana puede prestarme un caballo para salir a montar.

—Solo si promete no salir de mi propiedad, mejor yo la acompañaré para cuidarla de usted misma.

—Cuando quiero hacer una tontería, no hay alma que pueda impedirlo.

—Correré el riesgo. ¿Para qué tener bellos paisajes si los desperdiciamos en el encierro? Le aseguro que nunca más tendrá tanta libertad como ahora. Una vez que se case tendrá que hacer todo lo que dice su esposo. Aproveche su buena suerte.

—Habla como si su plan llegara a resultar. Ni siquiera hemos escrito la carta.

—No me permito pensar en un fracaso, porque sería catastrófico.

—Lo que diga, su excelencia.

De nuevo el silencio se apoderó de la cena. Harper pensaba en cómo hacer para que ella se quedara junto a él. Obviamente, no era una persona solitaria; sin embargo, Rose no lo soportaba por lo que ocurría, ya que no terminarían casados. ¿Qué podría hacer para tener su atención?

—¿Le gustan los instrumentos? —curioseó para comenzar una conversación con ella.

Rose lo observó y se sonrojó. No tenía nada que perder si confesaba y tampoco si mentía.

—La verdad es que no soy tan diestra que digamos. Mis dedos son torpes —confesó.

—Pero si usted iba a tocar la noche anterior...

—Fue un fiasco. Quise justificar mi pésima forma de tocar con un falso corte en la mano, pero la anfitriona decidió que mejor no tocara nada, entonces me retiré tras el escenario. Después de eso me fui al jardín a llorar y... aquí me tiene...

Harper comenzó a carcajearse de la joven. A ella no le causaba gracia su burla, pero no podía evitarlo.

—Otra fuerte razón para no casarnos. No puedo estar con una mujer que no sabe ejecutar el pianoforte. Lo único que una dama puede hacer para divertir a un caballero es tocar buena música. Si es incapaz de hacerlo, no encontrará un esposo.

—¿Piensa que no lo sé? —increpó, llevándose la copa de vino a la boca para beberla de un solo trago. Después se sirvió un poco más, puesto que los sirvientes lo habían dejado ahí—. Tal vez exista un caballero que me quiera al menos por mi dinero.