Familia Fane Capítulo 8
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Capítulo 8

Harper no pudo dejar de mirar a su huésped indeseada. Con esa ropa se veía extraña y para su sorpresa, muy atractiva. Por un momento olvidó que no soportaba a la joven, abandonó su asiento y separó una silla junto a la de él para que se sentara e hizo una inclinación de cabeza como saludo.

Rose se sentía incómoda por la atención que le prestaban los ojos de su secuestrador. Era probable que se burlara de ella; pero como buena Fane, llevaría puesto cualquier trapo con orgullo.

Respondió a la venia que realizó el duque con una reverencia. Se sentía extraña sin su falda.

—Buen día —saludó la joven.

—¿Cómo ha dormido? —preguntó Harper sin sacarle los ojos de encima. Él sentía que tenía el brillo de la picardía en ellos, percibía en sí mismo ese aire de cacería, como si estuviera en una conquista.

—Supongo que igual que usted. Lamento tener que usar sus prendas, es que cuando me secuestró no previó que necesitaría algo que ponerme.

—Mis prendas le sientan a la perfección. Solo que está equivocada en algo: yo no la secuestré. Usted se metió a mi baúl con la clara intención de ser descubierta en Londres y conseguir un esposo rico, atractivo y con un buen título.

—¿Sigue bebiendo a estas horas? Lo que ocurre es que usted es un duque sin fortuna que necesitaba de mi dote y de la influencia de mi familia. Ya hemos pasado por varios intentos de caballeros con esas intenciones.

—No me haga reír, milady. Su hermano necesita de mí, no yo de él. Todo está bien con mis finanzas, no tengo necesidad de secuestrar a nadie, y menos a una mujer.

—Usted sabe que soy un excelente partido y por eso lo hizo, no quiere admitirlo por orgullo o soberbia —manifestó Rose, confiada.

Harper rio por lo bajo ante la locura de Rose que comenzaba a divertirlo.

Después de unos instantes, se presentaron los sirvientes para servir el almuerzo. Los dos aristócratas se miraban con diferentes expresiones de acusación en el rostro, apreciándose cada uno a su forma.

La joven no podía lamentar tener a alguien como el duque frente a ella.

Él se sentía seguro de sí mismo cuando hablaba y cuando se movía.

Podría estar mintiendo, pero era casi imperceptible por la seguridad con la que se dirigía a ella e incluso se daba el gusto de seguirle las discusiones absurdas.

Ella suponía que él era muy juguetón, algo así como Foster, su cuñado o quizá, pronto le mostrara que el sarcasmo también suponía una herramienta que él pudiera usar contra ella, como el caso de Albert.

Ella sabía que los duques tenían mucha fama de arrogancia y lo había comprobado con su cuñado, tal vez este hombre pronto le enseñara de lo que era capaz siendo un duque.

—Gracias —dijo la joven después de que Silvester le sirviera el almuerzo.

—Gracias, Silvester. Retírate, milady y yo conversaremos un poco sobre asuntos de nuestra incumbencia.

—Sí, excelencia. Buen provecho.

El sirviente se retiró y cerró las puertas de comunicación con el comedor. Rose y Harper habían quedado solos y encerrados.

Ambos comían en silencio, aunque se miraban cada rato como si desconfiaran el uno del otro.

—Supongo que ahora que ha comido puede comenzar a contarme cómo es que ha llegado hasta mi carruaje, y no solo eso, sino también quién la ayudó a meterse en mi baúl —habló Harper que se llevó una copa de vino a los labios para escuchar la respuesta que ella le daría.

—Pensé que usted me contaría esa historia, puesto que me secuestró. Me arrebató de la seguridad de una velada.

—Segura hubiera estado si hubiese permanecido en el salón.

—¿Lo ve? Entonces usted sabía que no estaba en el salón.

—Es evidente que no estaba en el salón. Nadie raptaría a una dama estando en un lugar lleno de gente.

Por eso, es que mi teoría de que usted quiso conseguir un esposo con facilidad cada vez gana más peso.

¿Quién ha sido su cómplice? ¿Su hermano, su cuñada, alguna amiga o un lacayo?

Prometo no enfadarme demasiado si confiesa su fechoría.

—¿Enfadarse? Aquí quien debería estar enfadada soy yo porque soy la más perjudicada por sus pensamientos inquietos.

—¿Pensamientos inquietos?

—Mi institutriz dice que los caballeros tienen pensamientos inquietos hacia una dama que los atrae mucho y por eso tienden a hacer cosas para llamar la atención.

Le digo que no hacía falta secuestrarme para tener mi atención.

Me hubiera tropezado con usted para conversar de algo si hiciera falta inventar una excusa, o si tanto le agradaba, pudo acercarse a mí, le aseguro que no lo rechazaría.

—Cuánta educación, milady, pero no estoy tan desesperado por atención.

Es muy bonita, pero no tanto para secuestrarla.

Puedo decir que le he gustado tanto, que buscó mi carruaje para irse conmigo.

Pensó que iría a mi residencia; sin embargo, este viaje lo tenía planeado antes de siquiera saber de su existencia.

No sabía que alguien como usted se enamoraría tan rápido de mí.

—¿Enamorarme de usted? No me queda claro quién de nosotros debería dejar la fantasía, porque habla de una palabra muy fuerte y que supongo que no conoce. El enamoramiento es algo distinto a solo mirar.

—¿Usted se enamora con frecuencia?

—No. Yo tengo una regla para enamorarme.

—Ajá. Me interesa esto. Quiero escucharla. —El duque se acomodó en la silla y le prestó toda su atención. Le estaba resultando divertida la conversación.

—Debe ser un caballero rico, con un buen título, agradable, atento, inteligente y con gran apertura mental para integrar una familia grande.

Tengo cuatro hermanas, un hermano, una cuñada y tres cuñados, a eso debe sumarle mis sobrinos.

Todos mis parientes tienen una excelente posición económica y yo no puedo ser la excepción.

Me gusta la buena vida, las joyas, los caballos y todo lo que me puedan dar.

Estoy acostumbrada a lo mejor de lo mejor y no exagero.

—Qué casualidad que yo cumpla todos sus requerimientos, requerimientos que nunca he oído de su boca porque no la conocía, por esa razón no pude haberla raptado.

—Puedo suponer que usted ha pensado algo como lo que he dicho yo.

—No he pensado en nadie. De hecho, no he considerado la idea de tener una esposa.

A Rose comenzaba a preocuparle que el duque fuera tan reacio y, además, que no quisiera asumir sus actos.

—Escuche, excelencia. Necesito una solución para este problema. Mi hermano debe estar muy preocupado por mí, quizá pensando lo peor. Tengo a mi última hermana que está a dos años de debutar, no puedo terminar desaparecida y soltera.

—¿Y cómo quiere que solucione este problema? —inquirió con humor.

—Es lo que quiero que me diga. Porque yo solo tengo una solución: que mi hermano lo obligue a responder por esto. Sin embargo, me temo que usted no tenga la solvencia suficiente para mis exquisiteces.

—Usted amaneció de broma, ¿no es así? Tengo tanta solvencia que podría estar con cincuenta jóvenes exquisitas sin despeinarme.

—¿Hace gala de ser un libertino o un derrochador?

—De las dos cosas, milady. Volviendo al asunto de nuestra situación, le confieso que me siento muy cómodo siendo soltero y, también quiero aclararle que nadie me obligará a un matrimonio con una desconocida.

—Tampoco me apetece casarme con usted, pero haría el sacrificio por una oportunidad para que Eugenia pueda casarse.

—¡Ja! ¡Sacrificio! Nunca me habían humillado tanto en un instante. Nadie me ha llamado «sacrificio» en mis veintisiete años de vida, ni siquiera mi preceptor.

—Y a mí nadie me ha despreciado tanto, ni mis cuñados y tampoco mi hermano. Estoy acostumbrada a ser amada, atendida y consentida.

—Dirá caprichosa. La han educado mal.

—No. Me han educado para alcanzar lo que deseo, pero alguien tan petulante como usted es incapaz de entenderlo.

—Milady, solo me insulta y no da una solución.

—Si no tiene nada que decir, lléveme a Londres, arrójeme a los buitres y haga que caigan sobre mí todas las desgracias que puedan acontecerle a una dama soltera. —Rose se levantó de la silla para abandonar la mesa.

—Irá a acusarme con su hermano y hablará de mí en Londres, tanto que no podré regresar ni siquiera a mi casa.

—¿A quién más he de acusar?

—Échese la culpa, porque si está aquí, involucrándome en un asunto en el cual no tengo nada que ver y soy inocente...

—¡No es inocente porque salí de su baúl! Usted me raptó, me metió ahí y ahora se desentiende.

—Me desentiendo porque no he sido yo. ¿No admitirá su fechoría?

—No admitiré algo que no he hecho. Quiero que me proporcione un caballo. Me iré —espetó ofendida.

—No puedo dejar que se vaya, puesto que me vincularán con usted.

—No hay una solución que nos componga. Me voy...

Rose caminó hasta la puerta, la abrió, miró a Harper y alzó el mentón con orgullo. De ninguna manera él la humillaría con su rechazo. No le importaba el lugar recóndito en el que se encontraba. Ella debía llegar hasta su hermano. Fue hacia la siguiente abertura de la casa y se dispuso a salir.

Harper se quedó en el comedor, impresionado por haber visto la figura de la joven al irse. Nunca había apreciado algo similar. Su cuerpo se marcaba a la perfección y él había quedado como un loco después de semejante vista. Se decidió a abandonar la silla y seguir a Rose.

Al salir afuera, Harper observó que la joven se perdía hacia el horizonte. Al parecer ella no le temía a nada, ni siquiera a lo desconocido y por esa razón emprendía un trayecto que no conocía. Caminó a largas zancadas hasta alcanzarla.

—¿A dónde cree que va? —cuestionó Harper.

—A mi casa, ¿no lo ve? Si usted no es capaz de darme un caballo, yo tengo dos piernas para caminar. En algún momento de la vida llegaré a un camino o a alguna propiedad. Alguien sentirá compasión por mí y me dará un corcel para presentarme ante mi hermano.

—Todo lo que ve a su alrededor me pertenece.

—¿Quiere que tenga miedo? No lo logrará —advirtió Rose, decidida.

A ese hombre no podía darle una sola muestra de debilidad o se burlaría de ella.

Además, no tenía tiempo que perder, mientras más lejos estaba, sus posibilidades de solucionar el problema que tenía eran mayores.

Era un hecho que su situación era insalvable, era muy parecida a la de Melissa y Foster; sin embargo, en su caso nadie sabía quién pudo habérsela llevado.

Solo al aparecer los demás sabrían que había sido el duque de Alcost, porque sin dudas cantaría como un pajarito.

De cierta manera no sabía qué hacer, su futuro estaba destruido y ella solo quería regresar a su casa.

Su hermano era capaz de hallar algo que le permitiera continuar con su vida.

Rose deseaba casarse con un buen hombre, aunque el destino, de manera fortuita, decidió que no tendría lo que esperaba, pero ella no se resignaba, como buena Fane que era.

—No digo eso para intimidarla, sino para que usted comprenda que, a varias millas de distancia, no encontrará nada más que extensiones de mis posesiones.

—¿Los caminos son suyos?

—Sí, también.

—No me importa. Regresaré junto a mi familia y lo acusaré.

—He intentado explicarle que no tengo nada que ver en su secuestro.

Estuve durante toda la velada esperando a que las damas ejecutaran el pianoforte.

La vi a usted ahí, pero no tocó una sola pieza.

No obstante, mi curiosidad no es tan mala consejera para aconsejarme que la secuestrara, ya que era más sencillo conversar para saciar mi curiosidad.

Asuma que esto le salió mal. Prefirió hacerle mal a su familia con tal de conseguir un esposo conveniente.

—¡No puedo creer que lo siga negando! ¡Todo lo inculpa!

Usted prefiere pensar que yo le he pedido o he pagado para que taparan mi cara hasta casi asfixiarme, me tomaran entre dos, que fueran torpes, me soltaran y golpearan mi cabeza dejándome inconsciente y que después me dejaran en un baúl.

¿No le parece un poco incongruente que me hiciera tanto daño por un esposo conveniente?

—Si ninguno de los dos es culpable, asumamos que somos inocentes.

—Usted no entendió que esto no es una cuestión de inocencia. Es el futuro de dos mujeres y la reputación de una familia. Sea como sea, yo lo acusaré.