Familia Fane Capítulo 7
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Capítulo 7

Después de que Victoria terminara de contar lo que había ocurrido, esperó que los demás hablaran para encontrar alguna solución.

—Puedes contar conmigo, Victoria. Como varón más antiguo en esta casa, tomaré la responsabilidad de encontrar una salida —dijo Albert, duque de Salisbury—. Kitty y las demás damas te harán compañía ahora. Es el momento en que los caballeros debemos deliberar.

—¿Eso significa que si Spencer muere tú te encargarás de mí? —preguntó Eugenia.

—Nuestro hermano no se morirá, Eugenia —corrigió Meredith, enfadada.

—Por si acaso, insisto, ¿cuál de mis cuñados me llevará a su casa? Tendrá la sencilla labor de cuidar de mí. ¿Será mi reciente cuñado, lord Misterio?

—Eres bienvenida a nuestra casa siempre que gustes. Para nosotros será un...

—No —replicó Fanny que interrumpió a su esposo que era demasiado bueno para pertenecer a esa familia—. Tienes a un cuñado facineroso, puedes decirle que te lleve con él.

—Ajá. ¿Foster? —curioseó la más pequeña de la familia.

—Tal vez te vendería a la cuarta semana —respondió Foster, sonriente.

—Sabes que irás conmigo, Eugenia. No hace falta que te humillen con negativas para saberlo —la reprendió el duque.

—Lo sabía. Eres el único que me aprecia, el resto me ve como un estorbo.

—Kitty, váyanse. Hablaré con Foster y Clifford para solucionar el asunto.

—Sí, querido. Nosotras también haremos nuestra parte. Visitaremos a nuestro hermano sin mencionarle nada del asunto que lo tiene mal.

Las damas se retiraron y fueron hacia la planta alta de la residencia para que los caballeros decidieran lo que ocurriría.

—El asunto es grave. Es probable que un sinvergüenza quiera casarse con Rose —comentó Albert—. Se unirá a nosotros alguien que no concuerda con los ideales familiares.

—¿Spencer no tiene enemigos? Tal vez alguien que quiera cobrar alguna deuda —opinó Clifford.

—No, Spencer está limpio. No tiene enemigos, tampoco personas que lo odien. Es muy respetado en los círculos sociales —siguió Foster.

—Necesitamos opciones de quiénes pudieron habérsela llevado. Foster, necesito a todas las personas endeudadas y solteras de Londres.

—Eso es sencillo —replicó lord Earl, ese era su negocio.

—Clifford y yo hablaremos con las personas que estuvieron en la velada. Alguien debió haber visto algo, alguna pista que nos ayude a dar con el paradero de Rose. Cuanto más tiempo pase, mayor es el peligro de que Eugenia se quede en mi casa —comentó el duque.

—Victoria sabrá los nombres de esas personas. Nosotros haremos esas diligencias. Podríamos dividirnos, Fanny y yo, por un lado, y Kitty y tú, por el otro —propuso lord Montgomery.

—Lo haremos, pero antes debemos tomar acciones para resguardar la reputación de la familia de nuestras esposas.

Eso no solo afecta a las solteras de la casa, también a nuestras hijas —alegó el duque—.

Ninguna de mis hijas se quedará sin una buena oportunidad a causa de la tontería de otra persona.

Perseguiremos al desgraciado hasta que pague todos sus pecados y hasta los venideros.

Ellos siguieron conversando, mientras que en la habitación de lord Nottingham escuchaban las lamentaciones de Spencer por haber perdido a Rose.

—No es tu culpa, Spencer. Debe ser culpa de la misma Rose. Todas sabemos que no debemos alejarnos de nuestro hermano o cosas malas podrían ocurrirnos. El jardín es un lugar terrible para cualquier dama, y ella debió tomar el camino equivocado —habló Kitty para consolarlo.

—No disminuye mis culpas, Kitty. Debí estar atento a lo que hacía. Ahora he perdido a mi Rose.

—Que no se noten tus preferencias, Spencer. Si yo desaparecía, estarías agradecido, pero como ha sido tu favorita... —masculló Eugenia, molesta.

—Eugenia, por favor, no es momento de reproches. Spencer necesita que no le demos más problemas —razonó Meredith.

—Habla la que cayó de un balcón por tomar más vino del necesario —farfulló la menor.

—Eugenia, tienes razón en dos cosas. Ensañarte conmigo está bien, pero que te hubieran raptado a ti en lugar de Rose hubiera sido mejor —profirió Spencer.

—¡Lo sabía! Pero sabes una cosa, ahora solo te quedo yo.

—Pues te diré otra, ¡no sobreviviré! Esto ha acabado conmigo. Al menos he cumplido con tres hermanas bien casadas. Tú no me das esperanza de que te cases.

—¿Acaso Rose sí te las da ahora? —increpó molesta.

—¡Suficiente, Eugenia! Sal de la habitación de tu hermano ahora mismo. Es mi esposo y lo cuidaré de quien sea. Si debo echarte de esta casa lo haré —advirtió Victoria, que pocas veces hacía gala de su carácter, pues como buena esposa, siempre debía buscar conciliar las cosas.

—Iré a por el gato Clauss. Siempre es bueno tener un gato para los casos de decepción —farfulló antes de salir de la habitación con la nariz alzada y con aires de impertinencia.

—Solo quiere ser agradable, Spencer. No desea que pienses en nada que te perturbe. No te preocupes, Albert lo solucionará todo en compañía de Foster y de Clifford. Confía en tu familia —declaró Kitty que se sentó junto a su hermano.

—También quiero ser agradable con Eugenia para que no sepa que no dejo de pensar en su futuro y que esto que ha ocurrido con Rose está acabando conmigo. Lo único que necesito es un descanso, un digno descanso de la mano de la muerte...

—Nunca he oído tantas tonterías juntas, Spencer. Piensa en una cosa: mientras más desees la paz y la muerte, la vida te castigará dándote salud para soportar. Debemos intentar que esto no nos consuma —dijo Fanny que también se sentó junto a su hermano que yacía en la cama.

Las hermanas Fane intentaban que la tristeza y la culpa no consumieran a la cabeza de la familia.

Una hermana desaparecida era el mayor castigo que alguien podría recibir en la vida y eso todos lo sabían.

El futuro sería incierto si Rose llegara a aparecer.

Las teorías sobre la desaparición podrían ser varias, aunque todos se negaban a creer que ella había desaparecido por voluntad propia.

La idea que más ganaba fuerza era la de la mente enferma de algún hombre ahogado por las deudas que decidió cazar a la persona que lo libraría de la muerte en una velada musical.

***

Rose había guardado silencio durante todo el camino hasta que llegaron a la residencia del duque en una propiedad que ella desconocía. En el horizonte la luz del sol estaba cerca de sorprenderlos.

Pese a que Rose moría de sueño, no se había dejado seducir por el cansancio, el traqueteo del carruaje ni las gotas de lluvia que golpeaban el techo del mismo, invitándola a dormir.

El sirviente del duque, con amabilidad, le había acondicionado una hermosa habitación y también le entregó un camisón para que ella pudiera diligenciarse sola. Al poco tiempo que el hombre se fue, Rose se recostó en la mullida cama y por fin pudo rendirse para descansar.

El duque tampoco cerró un ojo. Su cabeza estaba embarullada por no saber qué hacer con la joven. Con ella no había llegado a ningún acuerdo sobre lo que había pasado, cada uno tenía su versión de la verdad única e indiscutible.

—Milady se ha dormido, su excelencia —comunicó Silvester.

—Quisiera que esto fuera una pesadilla. Todavía no puedo explicar cómo es que salió de mi carruaje como un animal salvaje. Silvester, una mujer aquí es sinónimo de problemas.

—Usted insistió en traerla y no devolverla.

—Imagina que vaya a su casa, golpee la puerta y, de la nada, diga: «Buenas noches, milord, he aquí su hermana perdida». Eso sería como dispararme en el pie, me casarían con ella de inmediato.

—No le veo ningún problema a que lo casen con una joven que le gusta, excelencia.

—Debo corregirte: me gustaba antes de haberla conocido. Solo el desconocimiento es capaz de poner en un altar a alguien con quien no hemos conversado. Ahora que tengo el conocimiento, las maravillas que pude haber pensado de ella se desvanecieron.

—No sé qué solución distinta al matrimonio puede encontrar. En un par de horas sus amigos estarán en camino y usted tiene a una dama, mientras más testigos tenga menos podrá salir del embrollo.

—Envía a un lacayo para decirles que la invitación ha sido revocada por motivos particulares y que pronto retomaremos el asunto.

—Por supuesto, excelencia.

Silvester ayudó al duque a cambiarse de ropa y después se retiró para cumplir la orden que este le había dado.

Antes de poder descansar, Harper pensaba en la joven que estaba en su casa. No tenía idea de qué hacer con ella ni de cómo solucionar el problema. Esperaba que al despertar todo se tratara de una pesadilla y que ella no estuviera ahí.

Horas después él despertó y se levantó de la cama.

Se acercó hasta la ventana y corrió la cortina.

El día estaba nublado y poco apetecible para cualquier actividad fuera de las cuatro paredes.

Después cogió la campanilla y la agitó para que su ayuda de cámara se presentara, mientras lo esperaba, se limpió el rostro con el agua de la jofaina.

Quería iniciar su jornada de la manera más normal posible.

Al escuchar que la puerta se abrió, supo que su sirviente se había presentado.

—Buen día, excelencia —saludó Silvester.

—Buen día, aunque por lo que noto serían buenas tardes.

—Ha dormido todo el día al igual que milady...

El duque suspiró como si estuviera cansado.

—Pensé que ella solo era producto del brandi que bebí anoche... —comentó desanimado.

—Pues el producto de su brandi no tiene ni una sola prenda.

Si no tiene una solución a corto plazo para ella, es mejor que le compre ropa.

Puedo ir al pueblo más cercano a buscar algo para que ella pueda vestirse.

No puede estar en camisón por la casa, es algo indecente y muy tentador para un hombre soltero.

—Ten por seguro que lo último que tocaré en esta vida será a esa dama tan poco educada.

Esta diablura de querer cazar a un duque, le saldrá mal.

Debí gustarle demasiado en la velada musical.

También debió averiguar que soy un soltero codiciado y algo escurridizo, un seductor de damiselas.

Puedo jurar que ella quiso probar suerte pensando que sería tan sinvergüenza para caer fácilmente; sin embargo, no contó con mi astucia de descubrir sus malvados planes.

—En un primer momento he desconfiado de usted, excelencia. Creí que en verdad la había raptado. Es una joven demasiado bella para dejarla pasar, consideré que la tentación lo había vencido.

—Todavía no he conocido a la mujer que me tiente. Cualquiera me anima, pero no todas son capaces de poseerme, soy un poco selectivo.

—Lo sé, milord. ¿Le compro los vestidos a la joven o prefiere buscar una solución con ella?

—Su solución es que nos casemos. No pienso acceder a algo semejante, mejor consigue ropa para ella.

—Por el momento le he prestado una camisa y un pantalón que le pertenecen a usted.

—Qué atrevimiento, Silvester. Debe quedarle horrible.

—Una de las doncellas le ayudaría a ajustarlo, mientras que sus prendas son lavadas.

—Entonces por el momento todo está solucionado.

—Sí. ¿Bajará para el almuerzo?

—Sí. ¿Y ella lo hará?

—No ha dicho nada de eso, pero le avisaré que usted estará.

—Está bien. Es mejor que conversemos en la mesa sobre lo que haremos. Todavía no tengo claro qué acciones tomar y, pese a que sé sus sugerencias, la escucharé de todas formas, puede que termine divirtiéndome un rato.

El duque se vistió con sus prendas elegantes.

No porque tenía una visita indeseada daría una mala imagen.

Durante el día se verían mejor que por la noche con un par de lámparas alrededor.

Conocería de manera definitiva a lady Rose Fane, la desatinada criatura que jugó a ser duquesa y que solo Dios sabrá cómo acabará.

Al salir de su habitación fue hacia el comedor y no encontró a la joven, por lo que concluyó que quizá ella no almorzaría a su lado.

Él cogió la campanilla y la agitó para que alguien le sirviera la comida, luego tomó asiento en la cabecera de la larga y elegante mesa que él precedía.

Tanta opulencia para él solo, y no tenía inconveniente con eso, era feliz siendo soltero, rico y codiciado.

Al escuchar unos pasos se fijó que alguien se había acercado al comedor. Era su visitante que lo estaba observando, vestida como si fuera un caballero.