Capítulo 6
El aristócrata trataba de mantener la calma mientras la gata o comadreja enfadada que llevaba en hombros lo golpeaba y rasguñaba, a la par que le decía cosas que ni siquiera deberían existir en el vocabulario de una dama tan fina como ella aseguraba ser.
—Menos mal que lo encuentro, excelencia. Veo que ha traído a la señorita que ha salido del baúl —comentó el ayuda de cámara que había ido a buscar al duque.
—Sí, encontré a la fiera. He tenido el disgusto de hacerlo. Te dije que la dejaras que se perdiera. Alguien que se mete a mi baúl no es mi responsabilidad —masculló.
—Usted es un secuestrador —acusó Rose.
—Es lo más suave que me ha dicho en todo el trayecto hasta aquí. Llévatela, Silvester. Estoy cansado.
El sirviente recibió a Rose en brazos y la miró.
—Disculpe, señorita. Si me permite la llevaré dentro del carruaje para que viaje junto a su excelencia.
—Prefiero ir en el baúl que viajar con ese ser vil enviado del infierno.
—Todavía la estoy oyendo. Al menos espere que me aleje para que hable mal de mí. Déjeme dudar de la educación que ha recibido si se hace llamar lady diciendo cosas poco elocuentes que no coinciden con su posición —refirió el duque.
—Y usted se hace llamar duque. Un duque no secuestra damas, al menos mi cuñado no lo hace. Cuando él sepa esto, lo pisará como una cucaracha.
—Habla demasiado y ya no quiero escucharla. Que regrese al baúl si tanto le gusta el encierro.
—Excelencia... —habló su ayuda de cámara.
—¿Y qué pretendes? ¿Qué pierda mis privilegios por una deslenguada?
—Patán... —continuó Rose.
El duque siguió caminando hasta su carruaje para subir y tomar asiento.
No estaba mojado del todo, pero sí tenía atorada a esa mujer en su garganta.
Ella estaba convencida de que él la había llevado hasta ahí.
Quizá estuviera fingiendo para involucrarlo en un matrimonio.
Le resultaba muy fácil conseguir un esposo haciéndose secuestrar. La joven debía tener secuaces.
Después de unos instantes, apareció Rose en compañía del sirviente.
—¿Qué haremos ahora, su excelencia? —preguntó Silvester.
—Dímelo tú que has sido el de la idea de buscar a la desconocida.
Harper tuvo tiempo de mirar con detenimiento a la dama y la reconoció.
Era la persona a la que él había deseado conocer en la velada musical, la que había desaparecido.
Pues de cierta manera había logrado su objetivo; sin embargo, no de la forma que esperaba.
Ella no estaba ni cerca de ser lo que él había creído, era hermosa, sí, pero insoportable.
Los ojos azules desafiantes de Rose se fijaron en el hombre que ella juraba que la había secuestrado y era por una razón: no la había perdido de vista en esa noche.
Lo peor de todo era que a ella le parecía muy atractivo.
Había querido al menos recibir sus palabras de consuelo ante su supuesto fracaso en el pianoforte.
—Usted me estaba mirando en la velada, es evidente que me ha raptado por algún interés particular —insistió Rose.
El duque se sonrojó, pues de hecho sí la había estado mirando porque le había parecido hermosa, aunque no lo suficiente para perder la cabeza y raptarla.
—Está equivocada... —replicó avergonzado.
El sirviente de Harper se dio cuenta de que el duque estaba vacilando. Lo que decía la joven tenía sentido y él ya no sabía qué creer. Tal vez el duque no era tan inocente como decía ser.
—¿Regresaremos a Londres, excelencia? —indagó el criado.
La mente de Harper comenzó a pensar en qué ocurriría si la llevaba a su casa. Lo tomarían y lo obligarían a casarse con una demente. No, no podía regresar a Londres. Debía hallar otra solución.
—No podemos regresar. Me obligarían a casarme con esta mujer —señaló a Rose.
—Soy Rose —corrigió la joven—. Le ordeno que me devuelva con mi hermano. Debe estar muy preocupado por mí.
—Ahora estoy más preocupado por mí que por cualquiera. Ni usted ni yo queremos esto, pensemos en algo para salir del aprieto.
***
En Londres, Spencer abrió los ojos y se dio cuenta de que no estaba en su casa. Junto a él estaba su querida Victoria, acompañándolo. También estaba un médico escuchando su corazón.
—Es bueno ver que abrió sus ojos, lord Nottingham —musitó el doctor.
—Necesito que me digan que Rose no ha desaparecido —pidió Spencer.
—Querido, no pienses en eso ahora mismo. Debes estar más fuerte... —replicó Victoria intentando que no hablaran de lo que había ocurrido.
—Lo que necesito es un descanso eterno, Victoria. ¿Cómo Rose ha podido hacerme esto? Mi hermanita, tan pequeña e indefensa... —lamentó.
—Tal vez ya esté en casa, Spencer. Por favor, trata de mantener la calma.
—Quiero ir a ver que esté ahí. Y cuando la vea, nadie impedirá que la asesine a sangre fría.
—Si esa idea te consuela, es correcta. Pediré que preparen el carruaje. ¿Está bien para subir al coche, doctor?
—Mmm... me temo que lord Nottingham no está muy bien, pero es mejor que repose en su casa y no se altere. Su corazón no soportará otro sobresalto igual al último. Si alguien más aparece diciendo cosas, es mejor hacer una fosa.
Victoria tapó su boca con las manos a causa de la impresión.
Debía prohibir las visitas en la casa. No podía dejar que las indiscreciones amenazaran la poca salud que le quedaba a Spencer.
Él había caído desmayado cuando nadie encontró a su hermana después de una búsqueda exhaustiva durante el tentempié.
Todos en Londres sabían que lady Rose Fane había desaparecido.
Las malas lenguas no dejaban de decir que había huido con algún enamorado al que su hermano no aprobaba; no obstante, tanto Spencer como ella, se negaban a creer semejante tontería.
Rose era incapaz de tal acto, lo que los llevaba a pensar que se trataba de algún caballero desesperado que esperaba casarse por esa vía con una dama de buena posición.
La familia Fane no sabía cómo salir del gran problema en el que estaban, la buena reputación se había perdido para siempre.
Al llegar a la residencia, Victoria acompañó a su esposo hasta su habitación y lo recostó en la cama.
—Victoria, he fracasado... —dijo lord Nottingham—. He perdido a Rose de una manera absurda.
—Deja de pensar en eso. No ayudas a nadie ni te ayudas, Spencer. No has fracasado como hermano, tampoco creo que Rose fuera irracional para huir. Ella debió ser llevada por alguien.
—¿Quién sería tan tonto para llevarse a una de mis hermanas?
—Tienes a tres tontos que se han casado con tus hermanas. La codicia podría ser una causa.
—Mi hermana favorita no irá mal casada, la prefiero muerta que infeliz con un sinvergüenza.
—Eso lo dices ahora. Te acostarás a dormir, mañana no hablarás con nadie e intentarás sobrevivir, querido. El médico dice...
—¡El médico puede rascarme una oreja! ¡Quiero a Rose aquí!
—¡No me grites y guarda silencio! —replicó Victoria, irritada—. Descansa, querido. Dormiré en mi habitación esta noche —dijo en un tono más calmado.
—Ven conmigo, Victoria. Si la muerte me sorprende, al menos que sea contigo a mi lado.
La condesa suspiró y asintió. Dormiría junto a su esposo. Sabía que era dramático, pero en ese instante tenía razón.
Fue a su habitación para cambiarse de ropa. Helen la esperaba, dormida en el sillón de la habitación.
—Helen —llamó Victoria a su doncella.
—Milady, han venido muy tarde —comentó Helen, somnolienta.
—Lo sé. Ha ocurrido algo terrible.
—¿Ahora nadie quiere casarse con lady Rose porque ha destrozado el pianoforte?
—No. Rose ha desaparecido y no sabemos en dónde está.
La doncella palideció y quedó en silencio.
—¿Qué será de milady? —preguntó una vez que recuperó la calma.
—No lo sé. Ahora me preocupa mi esposo. Tiene la salud muy débil, solo vive para preocuparse. No quiero que Philip quede huérfano tan pronto.
—¿Y lady Eugenia?
—No tengo idea de qué ocurrirá y no tengo cabeza para esto. Mañana pídele a un lacayo que busque a mis cuñadas y que vengan. Necesitamos hacer una reunión de familia.
—Esto es terrible, milady. Es una verdadera desgracia.
—No me digas lo que Spencer no ha dejado de repetir. Trato de mantener la calma. Espero recibir ayuda por parte de la familia. Deseo que por nada del mundo se lo digan a mi tío o morirá y si no muere, enfermará. No podré hacerme cargo de todos los que comienzan a caer a mi alrededor.
Después de que la doncella terminara de cambiar a Victoria, ella fue a darle un beso a su hijo antes de regresar junto a Spencer. Necesitaba estar fuerte para sostener a su familia.
Por la mañana siguiente las visitas no se habían hecho esperar, pues el lacayo que pidió Victoria para que fuera a buscar a sus cuñadas había salido muy temprano.
Ella no había pegado los ojos en toda la noche gracias a la preocupación por ver si su esposo todavía respiraba, o si su corazón no se había detenido.
—¿Por qué todos han venido tan temprano, señorita Harting? —indagó Eugenia al ver a su institutriz recorriendo los pasillos. Cuando aquella mujer la miró, reconoció la tristeza en su rostro—. ¿Qué le pasa, señorita Harting?
La institutriz comenzó a sollozar y después negó con la cabeza, como si no quisiera contar lo que ocurría.
—Le juro que no lo he hecho con mala intención, señorita Harting. Fue solo una travesura —se disculpó la menor de las Fane.
—¿De qué habla, lady Eugenia? —inquirió la mujer que, pese a su tristeza, sentía curiosidad.
—Que la vi con el ayuda de cámara de Spencer un par de noches atrás en el jardín y arrojé una pequeña piedra para que se asustaran. ¡Lo lamento!
—Me avergüenza que espíe a la gente, milady, pero de eso hablaremos después. Ahora lo importante es su hermano y lady Rose.
—¿Qué ocurre con Spencer y con Rose? ¿Ella se casará con alguien? No puedo creer que lo consiguiera siendo un desastre con la música.
—Lady Eugenia... su hermana ha desaparecido y lord Nottingham se encuentra delicado de salud a causa de eso.
Eugenia no entendía lo que ocurría.
—¿Rose ha huido con alguien? No diga esas tonterías, señorita Harting. ¿Quién sería tan tonto para querer llevársela?
—Eso es lo de menos, milady. El futuro de las dos está destruido después de esto y lord Nottingham lo sabe. Esto no es algo parecido a lo que le ha ocurrido a lady Meredith, es muchísimo más grave.
—Pero ella no ha huido con nadie. No tenía a un caballero que le gustara.
—Lady Nottingham cree que su hermana ha sido raptada por un noble en la ruina. Eso es terrible, milady.
—Trataré de consolarme con la idea de que un esposo es un esposo, no importa lo pobre que pueda ser, aunque Rose es de gustos muy caros.
—Y usted también. Este escándalo la salpicará, milady. Solo Dios sabrá si usted logrará casarse.
—Admítalo, señorita Harting, ni usted ni yo estamos seguras de que eso ocurrirá. Nadie tiene fe en mí, quizá el gato Clauss, pero después, ni siquiera mi cuñado favorito.
—Usted tiene todo para conseguir ser una mujer casada, aunque ahora le falta la reputación familiar. Su padre debió pensar mil veces en tener tantas hijas.
—No puede quedarse, gracias a nosotras tiene trabajo, señorita Harting, y mucho.
—No me quejo. Solo lamento lo que ocurre porque ustedes representan mi vida y mi legado como institutriz.
—Vamos a oír lo que ocurrirá más adelante, señorita Harting. La solución está en la planta baja.
La joven y la institutriz fueron a la planta baja, donde Victoria, que tenía las ojeras tan grandes como la de un mapache, recibía a la familia en ausencia de la cabeza de los Fane.
—Esta vez puedes participar, esto te afecta a ti más que a cualquier otro —alegó Victoria, invitando a la menor de sus cuñadas para que escuchara todo lo que debía decir.
Contaría hecho por hecho, y las consecuencias nefastas que dejaría el asunto en la familia, además de la terrible hipótesis de un probable secuestro.